"El teatro que ha perdurado siempre es el de los poetas. Siempre ha estado el teatro en manos de los poetas. Y ha sido mejor el teatro en tanto era más grande el poeta". (Federico García Lorca. Entrevista en 1935)
Primero se forman cúmulos de nubes, resultado del aire húmedo y cálido, lo eléctrico, con sus cargas opuestas, hacen estallar el cielo y como el rugido de un jaguar marcando su territorio, se desatan las aguas desde lo alto. Una tempestad despierta y nacen las tragedias.
Así, las emociones humanas, explotan en un interior de preguntas. Las respuestas devienen como fuertes tormentas que arrasan todo rastro de lo apacible. La ira, el odio, la pasión desbordante, la soberbia, el orgullo, los prejuicios, transforman el relieve de la geografía de los sentidos en algo totalmente diferente. Cuando se calman las aguas ya es demasiado tarde.
"Tempestad del silencio", Editorial Santuario, Santo Domingo, 2014, del Premio Nacional de Literatura 2010, don Mateo Morrison, hace de sus metáforas, un estruendo que irrumpe en cada ápice de nuestras emociones. Es una tormenta perfecta, que como al profeta Jonás, nos sorprende dormidos y nos lanza a un mar de dudas que nos absorbe y sumerge (Jon 1:4). O como al anciano Próspero y a su hija Miranda, abandonados a su suerte en una pequeña embarcación y su subsiguiente venganza con una gran tormenta en "La tempestad" (1611) del dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616).
De su lado, el galardonado escritor, poeta, maestro y dramaturgo, César Sánchez Beras (Santo Domingo, 1962), con su "Dos piezas trágicas", Premio Anual De Teatro Cristóbal de Llerena 2017, Editora Nacional, 2018, impreso por Editora Búho, trasciende lo dicho por el filósofo y crítico George Steiner (Francia, 1929-2020) en su ensayo "La muerte de la tragedia"(1961) "[…]Toda concepción realista del teatro trágico debe tener como punto de partida el hecho de la catástrofe. Las tragedias terminan mal. El personaje trágico es destruido por fuerzas que no pueden ser entendidas del todo ni derrotadas por la prudencia racional. También esto es de una importancia capital. Cuando las causas del desastre son temporales, cuando el conflicto puede ser resuelto con medios técnicos o sociales, entonces podemos contar con teatro dramático, pero no con la tragedia”. Y lo trasciende, por que don César, logra transmitir las emociones más profundas sin que haya de por medio elementos sobrenaturales o ficticios que no estén al control de los personajes, personajes creados, como decía nuestro Pedro Henríquez Ureña ( Santo Domingo 1884-1946) en : "Seis ensayos en busca de nuestra expresión"(1928) , al referirse al teatro de Alarcón, con la libertad cinematográfica que permitía mostrar a dichas creaciones en todas las situaciones interesantes para la acción; "y así ( sin parafrasear al maestro Henríquez), bajo el principio de unidad lógica que impone a sus caracteres, gozan ellos de extenso margen para revelarse".
Es este artículo, mi objetivo es dar otra mirada a estas dos obras de nuestros destacados e importantes poetas. ¿Qué resultaría de que los personajes de uno, recitaran o pensaran los versos del otro al momento de la puesta en escena? Para ello integraré, con el permiso de nuestros premiados autores, los diálogos y acciones de "Dos piezas trágicas", con el lirismo característico en la obra de Morrison, "Tempestad del silencio", ya que como dijo Lorca: " No puede haber teatro sin ambiente poético, sin invención…" aunque el teatro de Sánchez Beras lo tiene de sobra; para ver un resultado que quizás parezca un poco atrevido.
En "Cuatro disparos en la noche", una de las dos obras teatrales que componen el libro de don César, en la escena uno aparecen dos de los personajes, "GENERAL 1″ y "HOMBRE MANIATADO". El primero, halando con violencia al segundo y sentándolo nuevamente en la silla, le inquiere:
"¿Por qué tuviste que complicarte la vida y dificultar la mía? ¿Por qué no te quedaste en la universidad y seguiste siendo el ingeniero de obras públicas? ¿Por qué tanto joder por esa gente que no te lo agradecerá?".(Pág.16)
Imagino al GENERAL 1 recitando para sí el poema 25 del maestro Morrison:
"Ataviado de espíritus que circulan la atmósfera
con dolores quejumbrosos en el cuerpo
siento el irracional deseo de convertir en brasas
mis linderos". (Pág.41)
Y el HOMBRE MANIATADO, en su pausa para contestarle al ĢENERAL 1, piensa en lo hondo de sus quebrantos el poema 24 de "Tempestad del silencio":
"Tal vez no ha llegado el momento
del encendido de velas.
A lo mejor se retrase la disolución.
Pero si se adelanta el paso
y hay una ceremonia de llantos,
tomen la decisión de construir un espacio para poetas.
Éstos en verdad deberían ser instantes congelados". (Pág.40)
Y explota con un emotivo discurso, hablando sin mirar a su inquisidor, escrito por la pluma del insigne dramaturgo dominicano:
"Yo no fui educado para la guerra ni preparado para la venganza de la sangre. Nací para la grandeza de la ciencia. Para escudriñar los cuadrantes de las galaxias, allá donde la oscuridad es un lienzo para que escriban las mentes superiores, donde el número infinito es la verdadera poesía del universo. Pero no todo en la vida es tan exacto como el binomio o las raíces de los números reales. A veces se tienen todas las variables, pero la ecuación termina en desconcierto, en un callejón sin salida, en un túnel que no conduce a parte alguna". (Pág.16)
"Cuatro disparos en la noche" retrata las peripecias de un grupo de jóvenes que, por sus fuertes ideales, fueron perseguidos, apresados, maltratados, vejados y asesinados por los remanentes del régimen trujista. La tragedia, en un acto y cuatro escenas, conmueve al lector por sus impactantes diálogos y monólogos, que hacen que el público sea participe en carne viva de aquellos tristes y lamentables acontecimientos.
En la escena 2, nuevamente dos personajes intervienen con palabras que retratan la gravedad del momento. La impotencia se hace presente, pero el coraje sale a relucir entre esta tempestad imparable. El HIJO, con pesimismo, externa lo siguiente:
"Sí. Ya perdimos a Otto y nos acaban de arrebatar a Amín. Están torturando a Jáquez, a Miguel y a Luis Emilio. Las balas que tienen los hombres de Los Palmeros ya están dentro de la recámara, solo es cuestión de tiempo. Ellos tienen toda la vida para esta cacería y nosotros apenas dos o tres escondites; cuevas que no llegan a trincheras para enfrentar a esos lacayos". (Pág.22)
Y su vista se va hacia la nada y piensa, en mi imaginaria interpretación, con el poema "30″ del libro "Tempestad del silencio":
"Recorrer estos mijares
hace más pesado el camino,
boscajes de vidrio parece ahora la ciudad.
Sé que en mi ruta están las garzas,
pero no las veré jamás.
Déjenme degustar
los tallos de las matas caídas". (Pág.46)
Y la madre (MANUELA), luego de repasar en su mente el poema "26″ del citado libro, que dice:
"La herida que comenzó en el meñique
se extiende hasta el otro extremo.
Ahora son diluvios de sangre.
No detendré este flujo porque los cuerpos como ríos necesitan desbordarse
e inundar la tierra cada cierto tiempo.
La herida que inició en el aire
tiene vocación de mares". (Pág.42)
Con el lamento en sus ojos se dirige al HIJO y susurra sus palabras pero como un grito que estremece las líneas de "Cuatro disparos en la noche":
"Ya no tengo cara con que mirar a las viudas de tus amigos. No tengo ojos para verme en las pupilas de esos huérfanos. Me niego a creer que eso sea la vida que soñamos juntos. Me resisto a creer que este sea el final de la existencia". (Pág.22)
El poemario "Tempestad de silencio", fue dedicado al Taller Literario César Vallejo en su 35 aniversario, fundado, a finales de los años setenta, por nuestro insigne poeta y gestor cultural Mateo Morrison. En el libro fueron incluidos cuatro ensayos o valoraciones critica a la obra, expuestos por igual número de jóvenes escritores: José Ángel Mercedes Brutini (Hato Mayor, 1987) " Los hombres creadores, en esencia los artistas, padecen estas raras tempestades en el alma y hasta se acostumbran, de tal manera, a su padecimiento" ;Orly Diane Rodríguez (Santo Domingo): " […]Y todo empieza por un punto, una pequeña herida que es capaz de crecer y convertirse en ríos y mares"; Jennet Tineo (Santo Domingo, 1983): " En el tejido que describe las fuerzas que estructuran este mundo físico, la dualidad y su contraste definen el peso de la realidad, no existe nada sin su opuesto"; y José Alberto Beltrán (Monte Plata, 1989): " <Tempestad del Silencio> cuenta las pequeñas tormentas del hombre. No aquellas que descalabran al individuo hasta envolverle en conflicto de existencia, sino los huracanes silenciosos que surgen solo sentados a la mesa con la cotidianidad".
Volviendo a nuestra puesta en escena imaginaria de la obra contenida en el libro de teatro: “Dos Piezas Trágicas”, cuya escogencia de parte del jurado compuesto por el destacado director de teatro y catedrático universitario Dione Rufino (Santo domingo, 1968), del actor, dramaturgo y director Claudio Rivera (San Pedro De Macorís, 1968) y del crítico e investigador teatral venezolano, residente en la República Dominicana, Carlos Rojas (1974), fue muy atinada.
En la escena tres de "Cuatro disparos en la noche", dos nuevos personajes salen al escenario, siempre en la transición de lo oscuro a lo iluminado. Esta vez el interrogatorio lo realiza otro general (GENERAL 2) a una MUJER MANIATADA. Éste en un arranque de cólera y acercándose para intimidarla, le arroja el quepis, luego de que un narrador (lo he imaginado yo) recita el poema 4 del maestro Morrison:
"He aquí donde están colocadas las criaturas que van a hacer estatuas.
Entes tallados sin sudores
y sin nada que circule por sus venas.
Ya están listas lejos de las ciudades donde deambulan
tantos seres anónimos que nunca serán esfinges.
Trasladen ya a los seleccionados para la gloria y déjennos con nuestra intrascendencia, dispuestos a morir como llegamos
emitiendo un pequeño grito.
Arropándonos con la sábana del olvido" (Pág.20)
Y dice sus líneas como un juez que sentencia al inocente, con ojos de odio, como un rayo que cae en el árbol para quebrarlo:
"¡Ni tú ni tus cómplices tienen nada que reclamar! ¡Yo soy un hijo de la guerra!, ¿me oyes? ¡Un hijo de la guerra! Fui elegido para apretar el gatillo, para darle vuelta al tambor y seleccionar la bala que acabará con el oponente. A mí me condujeron hasta este punto en que matar o morir son las dos caras de una misma moneda. Pero ustedes no, ustedes no fueron elegidos por la mano larga del destino. Ustedes tuvieron la oportunidad de elegir otro camino. Tuvieron muchas puertas para salir de esta vaina, pero tomaron el rumbo equivocado y ahora no hay remedio. Debo matarte porque tú me matarás desde que me tiemble el pulso. Uno de los dos debe dar la cara para siempre". (Pág.27)
Y la MUJER MANIATADA, con la cabeza en alto, empieza su respuesta como un torbellino que gira de la nada hasta su máxima potencia:
"La muerte nunca será un triunfo. Usted lo sabe, general, aunque intente ignorarlo. Hay algo en la última mirada del vencido que no deja que el triunfador disfrute enteramente la victoria. Por encima del aplauso, usted escuchará el llanto del que tuvo que enfrentar a la muerte en desventaja. Nunca será un ganador, general. ¡Nunca! El honor le está prohibido para siempre". (Pág.27)
Y ella, maniatado su cuerpo, pero no así su espíritu, susurra los versos del poema 16 de "Tempestad del silencio":
"Vivo aquí donde fallece el viento.
Muero para renacer
tal vez
en tu memoria". (Pág.32)
La lectura de teatro se disfruta igual o quizás más que la asistencia a verlo actuado en un gran escenario. La diferencia es que debemos imaginar todo y ese mundo que diseñamos no deja de ser asombroso. El Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa (Perú, 1936-2025), en una entrevista televisiva confesó que le encantaba leer teatro. Yo exhorto a que nos acerquemos cada vez más a este grandioso género.
En la escena 4, la cual se desarrolla veinte años después de los acontecimientos de las tres primeras escenas, aparecen dos nuevos personajes y el GENERAL 2 ENVEJECIDO. Son el CADETE PEREZ y el CADETE GARCÍA, el narrador imaginario vuelve y recita con la voz en off el poema 1 de Mateo Morrison:
"Casi libre de pensamientos
el anciano se aposenta
en el más pequeño
banco del parque.
El viento que levanta las faldas
le trae una leve sensación de bienestar.
Las horas llamearon su cuerpo.
Ahora está colocado
en esta miniatura de asiento
que le servirá de almohada.
Su cama será un conjunto de hilachas
con forma de estrella
pero sin luz.
Él percibirá
en su extraño mundo
que la muerte merodea
como incendio voraz
su anatomía.
Vegetativamente sonríe
en una mueca
escoltada por dientes
que existieron.
A su lado la vida continúa.
Ratas multiplicadas en las aceras.
Ligeras lluvias acarician las rosas pisoteadas. Una mariposa se pasea solitaria
y una luciérnaga
parece mantener la esperanza de que pronto
la noche cesará.
En este lugar todos avanzan veloces
para alcanzar algún espacio.
Nadie se detiene a acompañar
a este ser que lleva
el tiempo entre los huesos". (Pág.16)
El escritor, poeta y profesor universitario Valentín Amaro (Espaillat, 1969), dice del libro "Tempestad del silencio ", en su artículo publicado recientemente en Acento.com, titulado "Profecía y temblor: la poesía madura de Mateo Morrison", que "Es un poemario que trata de lo terrible y, a veces, cruel de la condición humana: entre el grito y el dolor, la desidia y la desesperanza".
Y es que con esta desidia, con esta desesperanza vestida de esperanza, el personaje GENERAL 2 ENVEJECIDO, dice estas líneas para sí y luego para los otros dos personajes, sacadas del ingenio de César Sánchez Beras:
"Ya es la hora de mancharme. Nadie agradece ni agradecerá mis servicios a la causa. Estoy viejo, pero ahora tengo mucho más claro para qué han de servirme esas estrellas. (Se toca el hombro.) Aunque no tengo el mismo pulso a la hora de quitar del medio la cizaña, aún me queda voz de mando, pero son otros los oídos y otras las manos que empuñarán el arma que acabará el trabajo que inicié. La muerte siempre tiene seguidores y el espanto siempre tendrá público. Me voy tranquilo a casa. Soy un hijo de la guerra y como tal he sido fiel al llamado del sable y de las botas, pero llegó la hora de cuidar a los nietos, mis hermosos retoños que nunca sabrán cuánto ha costado su paz y su abundancia; de besar a mi mujer, esa frívola criatura que adorna su cuello con diamantes mientras yo adorno mi frente con colmillos de fieras, con los dientes de esos pendejos que me enfrentaron como ya antes sus padres, también pendejos, se enfrentaron a la bestia…" (Pág. 34)
Y casi a coro, al unísono, las voces de los personajes CADETE PÉREZ Y CADETE GARCÍA, disparan las palabras que han de herir el alma del GENERAL 2 ENVEJECIDO, antes de sucumbir con su mismo hierro:
"Llegó la hora del retiro, general. Ya no le sirven las órdenes de mando, ni los galones ganados sin honor, y sus medallas sobre el pecho equivocado. Como usted, yo también soy un hijo de la guerra. Vengo desde el Sur, saltando barricadas de impotencia para encontrar su corazón de víbora en reposo.
No es un acto de venganza, general. No tiene que arrodillarse ni le haremos sufrir las humillaciones que usted les hizo a los otros. Aquí no tiene que llorar, debe morir como ha vivido". (Págs.35-36)
Y como en "Bodas de sangre" (1931) de Federico García Lorca( Granada, 1898-1936), el poema 3 del maestro Morrison, resonaría en las bocas de los jóvenes cadetes, trayendo consigo la caída del telón imaginario y el sonido percutor característico de cada escena de la magistral obra "Cuatro disparos en la noche":
"La daga que construyes para herirme. El cuchillo imantado que lanzas a mi pecho.
La tea con que incendias mis pisadas. La herida en mí descuidado rostro.
Las abejas que entrenas para emponzoñar mi espíritu.
Las aguas infectadas del jardín que cultivas para ensañarte en mi cuerpo derribado.
El pistoletazo que buscaste en el poema de Maiakoski para penetrar en mi sien.
Los restos de cicuta que indagas en la historia para que su esencia destruya mis entrañas.
Las investigaciones que avanzas para aprender y aplicarme las torturas más sublimes de la postmodernidad.
La cámara de gas que fuiste a conocer para estudiar la posibilidad de mi holocausto particular.
La mirada que exhibes cada mañana forzando
a refugiarme en la quietud.
¿No son suficientes para detener tus asedios a mi sombra?".(Pág.19)
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