La idea del infinito real está  presente en Occidente desde el mundo presocrático, cuando en Anaximandro se cuestionan las limitaciones del Ser real bajo la tesis de que nada puede oponerse a lo real y de que la nada no tiene potencia con la cual establecer trabas a una realidad que se expande en el plano espacio temporal pero que es plena para ella misma en la total realización del Ser.

En el Renacimiento, Giordano Bruno (1548-1600)[1] retoma la idea y pone en jaque a una Iglesia Católica que había utilizado la universalidad del desarrollo humano para imponer dogmas de control y condicionar la libertad de pensamiento.

Baruch de Spinoza (1632-1677)[2] utiliza la idea del infinito actual en Bruno para entrar en la política y para considerar que el Estado es parte de la realidad y que no podemos de derecho establecer limitaciones entre lo real y lo artificial.

Baruch de Spinoza

El Estado es un ser real en Spinoza y tiene que soportar las exigencias lógicas que hay que exigirle a toda realidad. Las ideas reales tienen que moverse y permitirnos actuar y solo podrán hacer esto en el marco de un sistema coherente en el cual podamos sacar conclusiones de premisas.

Así, los Estados han de ser homogéneos como todos los seres y no pueden ser enemigos de ellos mismos. Los constituyentes han de latir al calor de las necesidades de sus pueblos y han de concentrarse en resolver sus problemas colectivos primero para luego alcanzar el desarrollo de las metas individuales.

Los Estado han de ser democráticos y se rechazan las grietas en el ser político. No clases, ni élites ni gobernantes trascendentes con normas sin significado. Así la política queda incluida en la metafísica y  se le exigirá coherencia y sobre todo productividad.

Esta idea original en Spinoza que supera la trascendencia de Platón para neutralizar las dictaduras y los supuestos derechos de las elites, para instalarse en las cúpulas políticas y decidir los destinos de las sociedades humanas, tuvo pocas repercusiones en el devenir de las ideas y podemos encontrarla tan solo en Friedrich Nietzsche (1844-1900)[3], cuando habla de la gran política para criticar a la situación democrática que como cuestión de hecho se había materializado en la cultura europea tal y como lo ha hecho hasta el presente.

No se trata en Nietzsche de perfeccionamiento de la democracia efectiva, que se impuso para complacer a las burguesías emergentes de la revolución industrial, sino de afirmar la paradoja que denuncia después G. K. Chesterton (1874-1936)[4] en la que para ser democráticos hay que eliminar la democracia presente. Hay que vivir la continuidad del ser infinito y saber que toda separación elitista y de clase es el ejercicio de una imaginación patológica y estéril.

En Spinoza no se piensa en una democracia como reducción de la justicia a la mediocridad. No se trata, efectivamente, del reconocimiento de la ignorancia como gestora de la dirigencia política en las diferentes culturas. En cambio, se trata de la gestión de las diferencias implícitas en el marco de la multitud para que se haga efectiva la racionalidad.

El concepto de Multitud ha sido destacado en Antonio Negri (1933-2023)[5],  porque al autor italiano le parece esencial para superar la idea de masa. Una multitud es una estructura con un objetivo común en la cual las potencias individuales se integran para solucionar problemas compartidos por la población.

Dr. Antonio Negri.

Ya San Agustín (354-430 d.C.)[6], en la patrística romana, había hablado de la multitud utilizando la palabra Pueblo. Según Agustín se trata de la superación de la individualidad recalcitrante a la sociología que se constituye cuando las carencias comunes se ponen en primer plano y  que sean solucionadas como primer paso para acceder a las expectativas individuales.

En el Tratado de la Reforma del Entendimiento (TIE) Spinoza[7] pone como principal paso para la liberación del hombre en el marco del Estado la revisión de los objetivos y dice que hay que superar los objetivos que dividen y la proposición de metas imaginativas en las que, cuando son obtenidas, el sujeto queda aislado evitando la integración que es el objetivo humano número uno según el filósofo judío.

Este genial antecedente no solo de Sigmund Freud  (1856-1939), sino de Jacques Lacan (1901-1981) y los estructuralistas, parte de la observación histórica para decirnos que lo mejor para un hombre es otro, en el sentido de que la integración de la especie es lo único que puede superar la tristeza del sujeto aislado que genera patologías y sufrimientos en los que se desgasta la energía humana.

De no lograr esta integración a nivel cultural y educativo las élites se descalabran acumulando bienes aislantes que como las riquezas materiales les convierten en piezas de un juego macabro en el que no hay realización ni libertad real para el sujeto de la acción.

Estas élites aisladas y descomprometidas crean tan pronto como pueden sus propias justificaciones en teorías que hablan de empresas monopólicas y llevan el discurso tecnológico al terreno político, sin saber  que la técnica es un arte que podrá ser utilizado para armonía o disociación y que una genialidad que no tiene los pies puestos en su comunidad es una patología, que con pies de barro, no puede sostener una carrera histórica representativa del progreso real de la humanidad.

Cuando miramos a la masa política como una lucha de “todos contra todos” en la que solo sobrevive la malicia y la ignorancia estamos describiendo al estado de naturaleza que es la situación límite de una realidad humana en la que no hay Estado puesto que la naturaleza no se ha hecho para el hombre.  Según Spinoza, la misión del Estado es precisamente la superación de esta situación problemática en que nos limitamos a sobrevivir y que permitirá el desarrollo de todas las potencias humanas de distinto grado y de indoles diferentes que se encuentran implícitas en las multitudes.

Las dictaduras y los elitismos son la ficción que pretende disfrazar el estado de naturaleza en una determinada cultura. Ellas simulan la presencia de un Estado donde no lo hay y en este sentido, no pueden reclamar con propiedad los derechos de soberanía que de hecho reclaman para encubrir el estado de naturaleza que les beneficia y en el que se han impuesto, después de debilitar a los miembros de sus sociedades con represión y carencias.

El Estado real que según Spinoza debe ser buscado, históricamente, es la Democracia en la que las potencias diferentes de los ciudadanos son cultivadas educativamente y a donde todas las aportaciones son tomadas en cuenta para que puedan ser optimizadas en el entrenamiento y la educación. Sistemas en los que se premia el trabajo creativo y la decencia y se castiga con el aislamiento la traición y la hipocresía que florecen en las dictaduras.

Solo así se obtendrán elites auténticas en las que las preocupaciones no sean patológicas y que no tengan que inventarse historias para justificar su neutralidad funcional  y el tipo de desarrollo  vacío  que proporcionan, y que permite brechas en las que junto al desarrollo tecnológico se aposa la miseria, la drogadicción y las enfermedades mentales, y fisiológicas.

Santo Domingo de Guzmán, D.N.

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Cel. 809-977-2905.

[1] Bruno, Giordano. Universo Infinito. Herder, 2002,

[2] Spinoza, B. Correspondencia. Carta 12, Alianza, p.129.

[3] Nietzsche, F. Más Allá del Bien y el Mal. Aforismo 239.

[4] Chesterton, G.K. Ortodoxia.

[5] Negri, Antonio. Spinoza y Nosotros. C lave, Buenos Aire, Argentina, 2011.

[6] San Agustín. La Ciudad de Dios, Capítulos. XVII-XXI-XXXI.

[7] Spinoza, B. Tratado de la Reforma del Entendimiento (TIE). Alianza, Madrid, 1988., p.76.

Elsa Saint-Amand Vallejo

Dra. Elsa Saint-Amand Vallejo, filósofa e investigadora.

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