Existen novelas, cuentos y leyendas urbanas que han sido creadas con el motivo de representar un flagelo de la sociedad ante una lupa distante que se proyecta en el futuro, que bien puede ser bajo condiciones benéficas o de grado negativo, estos son los relatos utópicos y distópicos. Probablemente no pueda existir uno sin la inevitable aparición de su contrario, como la pizca de sal obligatoria en la elaboración de un postre o la gota de mal necesario en el yang y el ligero positivismo del yin, dos fuerzas opuestas, pero complementarias.
Así son la utopía y la distopía. La primera, embelesa tanto que hace olvidar la inexplicable realidad en la que vivimos, pero cuando explota la burbuja, se acaba el polvo de hadas y se cae el telón, trae consigo un remolino de sentimientos que preocupan al lector sobre el tema que haya sido tratado en las páginas donde se adentró. La segunda, por su parte, es un balde de agua fría en pleno invierno, una comida mal elaborada en tiempos de enfermedad, una herida que debe curarse día a día con estropajos. Aunque lo utópico parezca sutil, realmente no lo es, pues es más cómoda una verdad dicha con paños tibios que una doliente y punzante; en la distopía, se desnuda la corrupción de una sociedad.
Inglaterra ya tuvo su porción del pastel distópico con George Orwell, del que comieron también otros países de Europa y Asia; Estados Unidos no vio escape ante la pluma de Ray Bradbrury y República Dominicana se queda atrincherada ante los relatos del escritor Juan Carlos Mieses. En su obra La resurrección del Dr. Blagger y otras narraciones, Mieses presenta una sociedad futurística en la que hasta el fallecimiento puede ser controlado, así como lo están otros elementos primordiales de la vida como el libre culto, el patriotismo y el pensamiento individual.
La ciencia ficción toma un amplio lugar en este libro, los robots se han apoderado de todo y quedan unos cuantos humanos escépticos que no quieren abandonar su biología total o Whole Biological Individual (permanecer como ser humano), como es relatado en las narraciones, ya que detestaban la idea de compartir rasgos con aparatos que no tenían su misma capacidad, estos son los Autonomous Cybernetic Entity, entidades meramente robóticas. Sin embargo, esto no excluye el creciente auge tecnólogico y su permanencia en el universo, que es el primer tema a relucir: La tecnología está avanzando, vino para quedarse y, si nos descuidamos, para alejarnos de nosotros mismos… en el ámbito inteclectual, emocional, espiritual y laboral.
Si hay un asunto que preocupa al mundo acerca de la Isla Hispaniola es la división del territorio entre dos naciones. Por largos años se ha extendido el debate de si es posible que una sola isla esté separada por dos países, siendo el argumento principal las tradiciones y culturas que los separan a cientos de miles de kilómetros más allá del enlace geográfico que los une. Para Juan Carlos Mieses fue sencillo explicar este fenómeno y su posible final si la discusión continúa como en los presentes días: La existencia de la CaribFed derivó en la unión de las naciones caribeñas, por consiguiente, de la República Dominicana y la República de Haití, siendo evidente en la siguiente oración: «…la antigua carretera internacional que separaba las dos naciones que antaño compartían la isla». El libro describe la CaribFed como la Federación de Naciones Del Caribe, presidida por un solo individuo sobre toda la región caribeña. Es mencionado, con impotencia, por el personaje Mexía Franciscus que: «Primero habían diluido su país en una comunidad isleña y le cambiaron el nombre, luego lo disolvieron en una federación regional y ahora pretendían fundirlo en una confederación continental… Era deprimente y desesperanzador». Tomando prestado el pensamiento anterior, es deprimente y desesperanzador que estas pueden ser las metas de las organizaciones internacionales que rigen el mundo en el actual siglo XXI.
Otro motivo de defensa patriótica es probablemente el eterno respeto a los símbolos patrios, pero de una sociedad que no conoce sus orígenes y razón de existir no pueden tenerse altas expectativas de honor nacional. En un mundo invadido por máquinas, no existe la llama del pecho al que Prud’Home se refirió con tanto fervor. En la rebeldía por restaurar la solemnidad que merecen estos elementos nacionales, destaca la hazaña aplaudible del personaje principal del relato Mexía o el útlimo de los quisqueyanos, que hizo todo lo posible para hacer sonar, a 150 decibeles de rabia, las imponentes notas y letras que dan inicio al himno más estemecedor de América: «Quisqueyanos valientes, alcemos…». El cuento revela que en el futuro, estas serían «las notas de un antiguo himno del siglo XIX que había sido descartado desde hacía mucho tiempo y que ya nadie parecía recordar». Es infalible seguir el acto de Mexía, pues tal como el último quisqueyano pensaba: «Es amarga una vida sin pasión».
Si la unión política y la representación de la pérdida de los símbolos patrios no es suficiente luz para iluminar el camino hacia el matadero por el que se dirige una sociedad corrupta, en el futuro distópico del siglo XXIV de Mieses todavía existe el uxoricidio, un mal que persigue al dominicano. Es el necio pensamiento de que una vida puede acabarse bajo una decisión emocional y hasta infernal, el asesinato de un hombre hacia su mujer y el tan obviado caso opuesto de esta situación.
Esta fatídica escena forma parte del relato Noti-Tierra, un noticiero donde se ofrecen las últimas novedades de la región con un estilo comunicativo radial, dando la hora local al final de cada reporte. En el SEGMENTO 4, llamado ¡QUÉ BÁRBARO!, se reporta la trágica noticia de un nuevo asesinato pasional: «Este homicidio es el último de una serie cometidos por ciudadanos-M contra ciudadanos-F en un sector que ya posee un triste récord en esta clase de delitos (…) Cuando se le preguntó por qué cometió el asesinato, declaró “Lo hice porque la amaba y no soportaba la idea de vivir sin ella…”». Al parecer, la situación es tan cultural que ni en cientos de años es posible imaginar una realidad diferente.
La lucha de poder entre religiones hace un gran acto de presencia al exponer una sociedad donde las más enfrentadas entre sí han sido prohíbidas de por vida. En El testimonio de Sorianus, se muestra la rivalidad ancestral entre el judaísmo y el islam, además del funesto resultado que podría producir un enfrentamiento desenfrenado entre ambas religiones.
El cuento relata las dos caras de la moneda, por su parte, la cruz se encuentra en la siguiente posición: «Los cristianos de la región comenzaron a inquietarse seriamente cuando la Federación Bolivariana permitió en una zona de su territorio la aplicación de las leyes de la neosharia». Mientras que las intenciones de invasión de Al-Saïd provocó «propagación de violencia por la isla y por las demás islas del Caribe, por las federaciones americanas y por todo el mundo». En este sentido, se vislumbra el sendero de lo que podría ser un futuro no tan lejano para la población mundial. Estos acontecimientos no son preocupación para quien tiene presente la realidad citada por el mismo autor al iniciar este relato: «No piensen que he venido a traer paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra» (Evangelio de Mateo 10:34, Jesús de Nazaret).
En ocasiones, se ha tenido el pensamiento de que las distopías pasarán algún día de ser libros de ficción a ser puestos en los espacios de Historia en librerías y bibliotecas. Parece absurdo pensarlo, pero si se leen detenidamente relatos como los que comprenden este libro de Juan Carlos Mieses y otros similares, es posible ver que no se presenta una realidad paralela, ni la que podría ser, sino aquella en la que ya vivimos y el hueco negro en el que de forma irremediable terminaremos por caer.
Referencias
Mieses, Juan Carlos (2019). La resurrección del Dr. Blagger y otras narraciones. Editorial Santuario.
Págs. Citadas: 46, 47, 49, 51, 56, 57, 63, 75.
International Bible Society (1999). Nueva Versión Internacional (NVI). IBS.
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