Sinopsis

El barrio es un monólogo intenso y visceral que explora la vida de un hombre endurecido por la violencia y la adversidad, conocido como El Bigchan. En el contexto de un barrio marginal, con un ambiente sombrío, el personaje se presenta como un hombre rudo, marcado por su experiencia en un entorno donde las reglas del código de la calle son la única ley. Con un costal a su lado y un aire desafiante, se dirige al público como si hablara con viejos conocidos, reflexionando sobre la vida, la lealtad y el dolor. A través de sus palabras, El Bigchan revela el sentido de solidaridad y hermandad que existe en su barrio, pero también la violencia y la dureza que lo gobiernan. Habla de las normas no escritas que rigen su comunidad: el respeto, la protección de los suyos y las consecuencias de romper los códigos. Relata con crudeza su propia vida, marcada por la ausencia de cariño y la lucha constante por sobrevivir, lo que lo llevó a convertirse en lo que es hoy: un hombre respetado y temido, pero también odiado y solo. A lo largo del monólogo, el personaje va desglosando su compleja relación con la vida y la muerte, el dolor y la venganza, la lealtad y la traición.
El Bigchan reflexiona sobre su pasado, sus decisiones y su lugar en el mundo, mientras hace un balance de lo que significa vivir en un barrio como el suyo. Sin lamentos, pero con una rabia contenida, expresa cómo la violencia y la sobrevivencia son inevitables, pero también cómo la comunidad, por más rota que esté, sigue siendo su único refugio. Al final, el personaje se enfrenta a la realidad de que, aunque el barrio no perdona ni olvida, es el esfuerzo y la resistencia diaria lo que define a las personas en su entorno. El texto no solo es un recorrido por el dolor y la rabia de un hombre marcado por su contexto, sino también una reflexión profunda sobre lo que significa ser parte de un lugar donde las calles hablan más que las palabras y donde cada acción tiene un peso irreparable.
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El escenario está oscuro. En el centro, se ve un parque. Bancas viejas, un árbol grande y un ambiente que parece familiar, pero algo sombrío. Entra un hombre de aspecto rudo, con ropa a rayas, un antifaz y un costal en la mano. Saluda a lo lejos, como si estuviera reconociendo a conocidos en su vecindario. Lleva una actitud desafiante pero tranquila, como si estuviera en su propio territorio. Llega a una banca y se sienta. El costal lo coloca a su lado mientras observa el entorno.

El Bigchan: (Empieza a hablar mientras observa alrededor, como si se dirigiera a alguien invisible) ¿Qué onda, «Cholo 500»? ¿Cómo anda, «La Gorda Berta»? (Ríe ligeramente) No, pues, aquí nomás… frenando en el aro, como siempre. (Hace una pausa y se acomoda en la banca)
Hay gentes a las que se les nota la desgracia a kilómetros. Van cargando sus penas y el peso de sus desventuras se puede contemplar en la tristeza de su mirada (Dándose palmadas con la mano en el pecho) Yo soy uno de ellos. Cuando la vida es desgraciada, hay que irse muriendo a toneladas, no gota a gota como esos afortunados ricos.
Ya sabes cómo es esto, mi pana. El barrio siempre ha tenido sus reglas. Siempre ha habido códigos que respetar. Y no es que uno quiera ir de sabio, pero… mira, aquí, en este lugar, no se roba a los vecinos. (Levantando el dedo como quien da un discurso) Y si alguien lo hace, ya sabes, las consecuencias se sienten en el aire. O mejor dicho en la espalda de quien robe. Treinta o cuarenta chuchasos con Ninguno. (Encendiendo un cigarrillo y sujetándolo en los dedos como quien va a dar una catedra) Para los que no lo conocen este es Ninguno (Saca un instrumento de tortura compuesto por cables de teléfono pegados a un mango de madera) para que sea más fácil de utilizar, antes de aplicar el correctivo se suele mojar en aceite de motor quemao y luego fuaaaa, se oyen los gritos al cielo. (Lanza un fuetazo al aire) Aquí somos familia. Como en todos los barrios, las peleas entre los vecinos son cosa de todos los días, hasta la envidia se lleva con ganas. Pero lo que no se tolera, lo que no se permite, es que vengan otros a meter la mano donde no les corresponde. Eso sí que no. (Pausa, su tono se vuelve más serio y reflexivo)
El destino me ha cobrado cada día de haberme criado sin un abrazo, sin una caricia, sin un cumpleaños. Cuando me enfermaba tenía que curarme solo o esperar a que la muerte llegara, pero la muy desgraciada parece que se encariñó con otros y no llegaba. (Empujándose algo con el codo desde el costado hacia delante, sacando un objeto punzante) Miren bien, esto es una bricha, o mejor dicho un lengua de mime. Con este ya he destripado a unos cuantos que han venido a privar en más guapos de la cuenta en mi territorio. En este barrio, el código es claro. (Saca una chata y se da un trago) No te metas con los tuyos. No toques lo que no es tuyo, no involucres a los chavos o a los viejos en tus pendejadas. Nada de meterse con los vulnerables. Los niños tienen su lugar, los abuelos el suyo. Y no es por ser mamón, mamita, pendejo, coñene, tateahí o gallina, ¡No señor! la lealtad al barrio, esa nunca se negocia. Aquí, se protege a la familia, a los que viven aquí, a los que están en este círculo, porque si no lo haces, ya no eres parte de nada. Y la violencia… la violencia no es el camino, hermano. Uno roba por necesidad, no como los políticos, que roban para no perder la costumbre. Aquí la gente se respeta. Se evita la bronca innecesaria. Si no hay que golpear, no se golpea. Si no hay que tirar plomo, no se tira. (Mira el costal con una leve sonrisa, como si pensara en algo más. Luego sigue hablando)
La vida debiera ser más equitativa repartiendo el dolor y las penas. Cuando a la vida le cogió contigo, resulta menos doloroso morirse. Mis oraciones iban atadas a toneladas de desgracias, por eso parece que no subían al cielo para ser escuchadas. En el cielo al parecer utilizaban tapones de oído cuando yo oraba. (Dándose un largo trago) Cando tienes esperanza te aferras a la vida, a una vida que te ha demostrado que no te quiere y te deja nadando en el dolor.
El código del silencio… (Llevando su dedo a la boca como pidiendo silencio) ese sí que es un tema. Aquí nadie habla con la policía, no importa lo que pase. El que mete la lengua, el que se pasa de vivo, sabe lo que le espera. (Sujetando a Ninguno por el mango) Lo peor no es lo que pasa en las calles, es lo que se dice de ti cuando abres la boca. Porque en este barrio, lo que sucede aquí, se queda aquí. Nadie delata, nadie va por ahí vendiendo lo que no le corresponde. Y si alguna vez hay algo raro, como un «intruso», un «bandido de otro sitio», ese no vuelve a pisar por aquí. Nosotros consumimos los delincuentes nuestros, nada de importaciones. (Pausa, se acomoda en la banca y mira al frente, como buscando algo que le dé respuestas)
Me faltó corazón y pecho, alimento y amor. (Sacando el fuete del costal) Hoy todos me respetan, pero nadie me quiere, me odian, pero me temen, por eso estoy vivo. Me aborrecen, pero me soportan a la brava porque saben que les puedo tirar las tripas a la calzada. (Acariciando a Ninguno) Tengo ganado un pase VIP al infierno. Les he quitado a los que me han quitado. (Desenvainando el puñal) He matado a los que me sepultaron hace tiempo bajo el peso de sus leyes, de sus costumbres.
Y no es solo el barrio… es todo lo que viene detrás. La solidaridad, ¿me entiendes brother? Porque a veces no todo es pelea, (Haciendo sombra con el cuchillo como yéndose a las puñaladas con alguien) no todo es por lo que pasa en la esquina. También está el que te echa la mano cuando las cosas se complican, el que te deja un peso cuando lo necesitas, el que cuida a tus hijos como si fueran suyos. Aquí, en el barrio, todos nos conocemos, todos sabemos que lo que nos pasa a uno, nos pasa a todos. Y por eso es que no se vale hacer tratos sucios entre los nuestros, ni engañar, ni traicionar. Porque esa es la forma de perder, hermano. El barrio no te olvida, el barrio no perdona. (Se toma un momento para observar al público, como si estuviera mirando a alguien directamente. Luego, con un tono más filosófico)
Yo sé lo que es dormir bajo la lluvia con las tripas vacías. (Apretando el puño con rabia) Yo sé lo que es no tener una madre a quien llamar porque tu padre le arrancó la vida ante tus ojos. (Dándose en trago) No pido indultos, ha sido la misma vida la que me ha lanzado a arrastrar la delincuencia por las calles de este barrio. Por más predica que he recibido, siempre robo para comer, el hambre no conoce de dioses.
A veces uno piensa que el futuro depende de algo más, que el azar, que la suerte o que la intervención divina nos va a sacar de este hoyo. (Dándose un trago) Pero no. Nuestro futuro depende de lo que hagamos ahora, de las decisiones que tomemos. Somos lo que hacemos, lo que dejamos que pase. Y por más que algunos digan que la cultura está en los libros, en lo que se lee y se estudia, yo creo que la cultura está en lo que vivimos, en lo que nos rodea. En las calles. (Pausa, reflexivo) Yo no fui a la escuela, tuve que tirarme a la candelá desde que mi papá mató a mi mamá. Estoy vivo para contarla, uno que otro vecino me daba un plato de comida o me regalaba la ropa que dejaban sus chamacos. (Dándose otro trago y pensativo) Lo que callamos también comunica, más que mil palabras. Y aunque a veces parezca que no estamos haciendo nada, que estamos simplemente sobreviviendo, créeme, todo suma. Todo lo que hacemos, aunque sea mínimo, tiene su peso, su consecuencia. Y cada acción que tomamos hoy, es la que nos va a definir mañana. (Se levanta lentamente, como si la conversación lo hubiera cambiado, mira nuevamente el costal)
Los recuerdos pesan y no pasan. Te persiguen a todas partes para recordarte que estás solo. Es difícil tener diecinueve años y aparentar haber vivido cincuenta. (Mirando al público) Así que aquí estamos. Yo, tú, todos. Pensando que el presente es el único que importa, pero el futuro, el pasado, todo se mueve a la par. Pero si algo aprendí en el barrio, es que por poco que pueda parecer lo que hagamos, todo suma. Y en este lugar, en este barrio, el esfuerzo es lo que nos hace ser lo que somos. Nada más.

(Se aleja del escenario lentamente, mientras se escucha un sonido suave de fondo que evoca un silencio reflexivo. Las luces se apagan lentamente)
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