“Los dados del tiempo”, del poeta y admirable escritor Nicolás Guevara, es una obra de elevada calidad estética, entreverada con los suspiro tiernos de la razón poética y el aroma embriagador de la filosofía creativa.
En ella, armonizan la elegancia rítmica de la razón poética con la emoción y los relámpagos intuitivos del intelecto y el élan vital de la metafísica fenomenológica, articulada con la significación trascendental de la exégesis gadameriana, el ser identitario de Husserl y el existencialismo sartreano.
Quizás por eso, Guevara poetiza con libertad y la fuerza convincente del buen decir.
Su poesía, forjada con la lucidez de la conciencia, es la esencia de la corporeidad del “Yo” que desvela el ser oculto en las brumas del no saber, la extrañeza de sí y la ajenidad del “Yo”, que, ha decir verdad, se sabe perdido en las sombras mustias de la cerrazón.
Diríase, por consiguiente, que es una poesía reveladora de sentimientos disímiles y experiencias ininteligibles, entrelazadas con el realismo aristotélicos y vivencias mundanas de este aquí y ahora, impregnado de incertidumbres, que entumecen la razón y reproducen la lujuria banal de acentuados delirios de grandeza.
“Los dados del tiempo” es una obra poética que danza la melodía de recordaciones nostálgicas y alegorías eidéticas del platonismo y el “Uno”, correspondiente al neoplatonismo de Plotino.
Los poemas de la referida obra trascienden, digamos, los espejismos de la realidad, al tiempo que denotan múltiples sentidos, bajo el influjo de fuerte aliento filosófico.
Poemas escogidos de “Los dados del tiempo”, dan cuenta de ello:
“Una anodina intimidad se esparce en un cielo plástico. Es pirotecnia canjeada por monedas. Sus escenas se renuevan tan velozmente que he olvidado quien soy, quizás un arlequín o bufón de cartón de esos que invaden la pantalla buscando la ingenuidad de la mirada o a quien haya extraviado su ocio”.
“Permanencia en el reposo sin la pregunta y el miedo del insomnio sin el dogma del relato en la memoria, lejos de rituales y de certezas, distantes de maestros ancestrales”.
“Latidos tenues, intensos, serenos, constantes. No los detiene el acero ni el rayo fulminante. Se les ve cristalinos como ondas de agua más allá de la sangre, parecen movidos por aliento cósmico que el tiempo jamás podría contener”.
“La piel abriga el oráculo. En el horizonte solo quedan los pasos en los senderos, la huella en la palabra, un sueño escurridizo, sombras y laberintos, con algún recuerdo lozano guarecido en el silencio”.
“Huella”, es, ciertamente, el título de tan bello poema, esencia de la sabiduría antiquísima del oráculo de Delfos.
Otro poema no menos importante que el anterior, lleva por título: “Solo el tiempo”, en el cual estás conceptualizada la temporalidad de las cosas contingentes.
“Solo el tiempo guía el rugido de la tormenta a la casa del silencio, al punto donde veleros surcan la serenidad de las aguas. Solo el tiempo sosiega la mirada, cordura los pasos y madura las hojas del perdón y resignación. Solo el tiempo”.
Como se puede apreciar, a ojos vistas, ese poema encarna el sentido del tiempo homogéneo, transitorio y perdurable, reflejado, con toda claridad, en la dialéctica ontológica del sabio Heráclito de Éfeso, quien habría dicho, no sin razón, que todo cuanto existe cambia.
“Nadie se baña dos veces con la misma agua de un río”, diría.
Ciertamente, el cambio, como tal, es siempre el mismo, ya que nunca cambia, ya que no existe el no cambio.
En la interesante obra “ Filosofía ante el desánimo”, el filósofo español José Carlos Ruiz afirma:
“Durante milenios, las mentes más brillantes de la humanidad han dedicado sus esfuerzos a comprender los mecanismos del tiempo. Platón ya se ocupo de él en el Timeo; Aristóteles en el ‘ Libro lV’ de su física; San Agustín en las Confesiones (‘Libro XI’)…Por mucho que profundicemos sobre el conocimiento del tiempo, el sujeto sabe que este pasa inexorablemente. Kant lo presento, junto al espacio, como una condición a priori de nuestra sensibilidad (…)”.
Esos y otros tantos pensadores, se ocupan del tiempo porque, ineluctablemente, es parte vital del ser. La poesía también lo es.
Friedrich Hegel no miraría la poesía con desdén.
La visualizaría con justeza diafanidad y racionalidad.
La consideró la más excelsa de las artes, lo cual evidencia al decir:
“(…) La poesía, el verdadero arte del espíritu; porque todo lo que concibe la conciencia, lo que elabora por el trabajo del pensamiento en el mundo interior del alma, sólo la palabra puede recogerlo, expresarlo, y representarlo a la imaginación. Por el fondo, la poesía es así la más rica de las artes; su dominio es ilimitado (…)”.
Ello deja entrever que la poesía no es posible encerrarla en un concepto, en tanto, carece de límite.
Por su elevado nivel de esteticidad, musicalidad, vuelo creativo y deslumbrante belleza, es la más sublimes de las artes.
Debido a eso, Nicolás Guevara, de suyo, la vislumbra estrechamente ligada con pensamientos, ideas, vivencias, conceptos y representaciones y percepciones de la imaginación razonada.
De ahí que su quehacer poético esté alejado del temblor de la incertidumbre perpetua.
Eso demuestra que nuestro sujeto-autor domina la poesía; la respira y destila por los poros; la suda en el pensamiento y refleja en las pupilas de mirada asombrada con intuiciones intelectivas del “Yo” pensante, condicionado por el ser identitario de la mismidad, la cual no sería sino médula dinámica de la existencia perpleja.
El connotado filósofo y brillante biógrafo Rudiger Safranski habría reflexionado la mismidad con rigor lógico, al tiempo que diría, no sin certeza:
“(…) La mismidad no es una sustancia fija, tal como sugiere la metáfora del ‘núcleo”, sino que es algo dinámico, es un acontecer más que un ser. El ser sí mismo de la existencia no descansa en sí, está en movimiento como realización de una relación consigo”.
La mismidad, como tal, no solo comprende la ajenidad del “Yo”, sino que está conexionado con el no “Yo”; distintos rasgos distintivos de la poesía y la lingüísticidad del mundo de vida, filosofado por Habermas.
Diríase, sin menospreciar lo dicho, que Guevara es poseso de la lingüísticidad y la sabiduría filosófica.
Ello se observa en los poemas de “Los dados del tiempo”, cuya lectura, pausada y reflexiva, permitiría comprende, no sin claridad, que la poesía es en “sí” y “para sí”.
De ahí que pueda aprehender el sentido de lo metafórico y lo no dable a la razón, la cual Michel Foucault habría conjugado, muy bien, con el logo, la palabra y las cosas.
En sus distintas vertientes, la poesía es lúdica, inmanente y trascendente, hermosa, armonizada y matizadas con emociones, pensamientos, sentimientos y palabras, encarnadas en imágenes órficas del lenguaje y símbolos recónditos que levitan en el abismo de la nada.
La poesía, como se ha de saber, permanece en el ser y no ser de la cosas.
Su belleza sugestiva viene dada por lo que encierra en sus entrañas, signadas, en gran medida, por todo cuanto pareciese indecible.
Filósofos y poetas de distintos contextos epocales ofrecieron su concepto de la poesía. Entre ellos cabría mencionar los siguientes:
.Hesíodo. Vio la poesía como medio expresivo varios saberes; Homero, la concibió como manifestación de lo sagrado, percibido y oído.
; mientras Lucrecio Caro la entendería como terapéutica y orientadora.
Para Parménides, no sería sino tránsito de la doxa a la alétheia. En desacuerdo con ello, Nietzsche en su obra cumbre: “ Así habló Zaratustra”, pone de manifiesto el sentido épico y filosófico de la poesía.
Heideggerd, en cambio, la considera deso-cultación del ser y correspondencia del enunciado con el objeto.
Opuesto a ese concepto (óntico y gnoseológico) Gadamer sostendría que la poesía es lenguaje, significado, ritmo y belleza con perspectivas significantes.
José Ortega y Gasset no coincide con ello, en tanto sostiene que la poesía “Es como el álgebra superior de la metáfora”.
Contrario a ello, el poeta León Felipe observa la poesía como iluminación; desvelación de realidades y grito de rebeldía.
Nicolás Guevara, conocedor de esas y otras valoraciones, forjaría una novedosa y legítima filosofía de la invención, la creación y la realidad, motivo por el cual no perdería la sensibilidad de su demiurgo inspirador ni, mucho menos, sería indiferente a la fuerza interior del daimon socrático, tenido, absurdamente, como maléfico por Anito, Licón Meleto.
Ahora bien, consciente y no consciente de esa fuerza interior, el poeta (creador) es dueño de sí, toda vez que poetiza desde la alegría, la nostalgia, la esperanza, la desesperanza, los tormentos de la vida y la desazón.
El filósofo y experimentado poeta Víctor Bidó habría dicho, no sin razón, que:
“El poeta juega en la nostalgia y aspira a reconstruir, mediante la memoria, lo que fue; pero está se diluye y, su vez, se reinventa con cada recuerdo. Nada queda intacto. Estamos sujetos al pasar, a lo que pasó, a lo implacable. No obstante, el poeta nos sugiere que en el poema queda el rastro auténtico de la ausencia erguida como testimonio y trascendencia: el lenguaje”.
Ese interpretación es correcta, ya que el poeta, (testigo de su tiempo) crea, inventa, sueña y piensa lo visible; imagina lo invisible; lo desvela y fija con palabras en el papel.
Y todavía más: melancoliza el alma con ternura y nostalgia de ayeres y alegría de creaciones sin término.
Por eso, probablemente, Kierkegaard habría dicho, con sobrada razón, que el poeta exhala el dolor y merma el escozor del sufrimiento.
Y no es para menos, ya que el poeta se alegra, entristece, con nostalgias de ayeres y reverberaciones cotidianas.
Sin quererlo, desespera y no puede, por más que lo quisiese, desdoblarse en su otro tú, ni el no “Yo” acuñado por Johan Fichte.
Por esa y otras razones, sufre y siente dolor de la carne hasta lo indecible.
En su magnífica obra” Filosofía y poesía”, María Zambrano, discípula aventajar del gran filósofo José Ortega y Gasset, no faltaría a la verdad cuando dice:
“El poeta siente la angustia de la carne, su ceniza, antes y más los que quieren aniquererla. El poeta no quiere aniquilar nada, nada, sobre todo, de las cosas que el hombre no ha hecho. Rebelde ante las cosas que son hechura humana; es humilde, reverente, con lo que encuentra ante sí y que é no puede desmontar: con la vida y sus misterios. Vive habitada en el interior de ese misterio como dentro de una cárcel y no pretende saltar los muros con preguntas irrespetuosas. Eterno enamorado, nada exige. Pero su amor lo penetra todo lentamente (…)”.
“El poeta vive-continúa argumentando- según la carne y más aún, dentro de ella. Pero, la penetra poco a poco; va entrando en su interior, va haciéndose dueño de sus secretos y al hacerla transparente, la espiritualiza. La conquista para el hombre, porque la ensimisma, la hace dejar de ser extraña”.
A sabiendas de eso, Guevara no reniega la escritura poética, ni la traduce a lo anodino; tampoco al azar. Al contrario: la trabaja con tenacidad, madures, paciencia y sabiduría.
Por es su poesía no es insulsa, sino de calidad perpetua y duradera.
En efecto, la poesía de Guevara es plural, abierta, existencial y filosófica, pero nunca ajena a la concepción filosófica de Xabier Zubiri, quien habría dicho, no sin razón:
“En el curso de la historia nos
encontramos con tres conceptos distintos de la filosofía, que emergen, en última instancia, de tres dimensiones del hombre:
- La filosofía como un saber acerca de las cosas.
- La filosofía como una dirección para el mundo y la vida.
- La filosofía como una forma de vida y, por tanto, como algo que acontece”.
Esas tres concepciones filosóficas están presente en “Los dados del tiempo”, la cual, sin duda alguna, es una obra maestra, cuyo contenido, sin más, es
. Novedoso.
.Creativo.
.Legítimo.
.Sustancioso.
. Sobrio
.Fluido
.Sensible.
Humano.
.Existencial.
. Filosófico
.Innovadora de la lengua.
.Dador de nuevos horizontes de sentidos.
.Y enriquecedor de la producción poética.
Además de ello, es una obra impresionante que estremece el alma y da goce a los sentidos.
De ahí que resulte fascinante su lectura y se pueda sentir, en carne viva, la belleza de cada uno de esos poemas, que, sin duda alguna, deleitan la imaginación y en cantan a la razón.
Roland Barthes dijo alguna vez que la lectura es placentera.
Cabría decir, entonces, que la lectura Hermenéutica de “Los dados del tiempo”, viene a ser , a todas luces, placentera.
La misma no es fruto de la lujuria banal, sino manifestación poética de saberes, lecturas y experiencias de vida.
Nicolás Guevara, lector a atento de los buenos maestros de la poesía, no los imita, ya que procura la originalidad en su quehacer poético.
Y algo importante: comprende la realidad, el Yo- tú, el Yo- ello y el Yo nosotros, predicado en las reflexiones teoréticas del filósofo y teólogo Martin Buber, el cual habría entendido que el ser humano no viviría en extrema soledación, sino en alteridad con el Otro, cuyo proceso de diálogo parecería indispensable al buen vivir.
La lectura (orientadora y placentera) jamás sería aburrida.
Borges aconsejó que es mejor abandonar el libro que nos resulte tedioso y aburrido.
La lectura es una de las formas de ser feliz.
Diríase, por tal razón, que la lectura de “Los dados del tiempo”, es motivo de infinito placer y felicidad duradera.
Por tal razón, su lectura y debería ser categórica e impostergable.
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