"La sabiduría es hablar con la verdad y actuar en pos de ella." — Heráclito

La historia de la humanidad podría narrarse como la historia de una palabra. Antes de los imperios, antes de las ciencias, antes de los sistemas filosóficos y religiosos, existió la necesidad de nombrar. Nombrar fue el primer acto de conciencia y también el primer acto de creación. Cuando el ser humano pronunció una palabra para designar el mundo, dejó de ser un simple habitante de la realidad para convertirse en su intérprete. Desde entonces, la palabra no ha sido únicamente un instrumento de comunicación: ha sido memoria, pensamiento, imaginación, cultura y espíritu.

Precisamente sobre esta dimensión trascendente del lenguaje reflexiona Bruno Rosario Candelier en su obra ‘’El sentido de la filología: Lengua, cultura y creación’’ (Editora Punto y Coma, 2026). A través de una profunda ensayística que integra filosofía, lingüística, psicología, estética y espiritualidad, el autor nos conduce hacia una comprensión más amplia de la palabra como expresión de la conciencia humana.

La lectura de este libro constituye un recorrido por los territorios más profundos del logos, entendido no solo como razón o discurso, sino como la capacidad humana de comprender, interpretar y conferir significado a la existencia. Rosario Candelier nos recuerda que la lengua no es una estructura mecánica ni un simple sistema de signos. Es la manifestación visible de la vida interior del hombre, el puente entre la experiencia y el conocimiento, entre la intuición y la creación.

Uno de los aspectos más conmovedores de la obra es la dimensión autobiográfica que atraviesa sus reflexiones. El autor recuerda cómo, siendo niño, debió abandonar temporalmente la escuela para contribuir al sustento familiar. Aprendió el oficio de sastre, trabajó en labores agrícolas y conoció desde dentro la realidad campesina del Cibao.

Bruno Rosario Candelier.

A primera vista, estas circunstancias podrían parecer obstáculos para el desarrollo intelectual. Sin embargo, Rosario Candelier las presenta como experiencias decisivas en su formación humana y cultural. Aquí emerge una enseñanza filosófica de extraordinaria profundidad: nada de lo vivido resulta inútil cuando la conciencia es capaz de descubrir sentido en ello.

No toda escuela tiene muros,
ni toda enseñanza nace en los libros.

Hay lecciones que llegan cubiertas de tierra,
con el sudor del campo en las manos,
con el rumor del viento entre los árboles,
con la paciencia del sembrador que espera.

También educa el camino,
también instruye la necesidad,
también revela la vida
sus secretos en silencio.

Porque quien aprende a leer el mundo
antes de leer las páginas,
lleva en el alma una biblioteca
que ningún tiempo destruye.

La cultura contemporánea suele establecer una separación artificial entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, entre la experiencia cotidiana y el conocimiento académico. Rosario Candelier rompe con esa dicotomía. Los años dedicados a la agricultura enriquecieron posteriormente su comprensión de la lengua, de la cultura y de las formas de pensamiento del pueblo dominicano.

Esta visión recuerda las reflexiones de Viktor Frankl, para quien la existencia humana encuentra plenitud cuando descubre significado incluso en las circunstancias difíciles. La sabiduría consiste precisamente en desarrollar la capacidad de aprender de todo cuanto acontece.

La figura del abuelo del autor constituye otro de los símbolos más significativos de la obra. Sin poseer estudios formales, percibe en su nieto una inclinación natural hacia las letras y lo impulsa a regresar a la escuela.

Este episodio permite reflexionar sobre la intuición como forma de conocimiento. La modernidad ha privilegiado el pensamiento lógico y analítico, pero la experiencia humana demuestra que existen otras maneras de comprender la realidad. Carl Gustav Jung consideraba la intuición una función fundamental de la psique porque permite percibir posibilidades ocultas y dimensiones que todavía no son evidentes para la razón.

La intuición del abuelo simboliza una sabiduría nacida de la observación, de la experiencia y de la sensibilidad humana. Es una forma de conocimiento que trasciende los límites del razonamiento puramente racional.

Uno de los aportes más originales de Rosario Candelier consiste en redefinir el concepto mismo de filología. Tradicionalmente entendida como el estudio histórico y lingüístico de los textos, la filología aparece aquí como una auténtica ciencia del sentido.

El filólogo no analiza únicamente palabras. Interpreta experiencias, símbolos, intuiciones, cosmovisiones y manifestaciones de la conciencia humana. Por ello la filología integra diversas disciplinas: lingüística, filosofía, estética, cosmología y mística.

Cada texto literario constituye una huella espiritual de quien lo escribió. Interpretarlo implica penetrar en la psicología del autor, en la cultura que lo formó y en los valores que transmite. La filología se convierte así en una forma de conocimiento integral del ser humano.

Otro tema central en la reflexión de Rosario Candelier es la contemplación. Los antiguos pensadores griegos comprendieron que el conocimiento no podía reducirse a la acumulación de información. Era necesario aprender a observar, reflexionar y establecer una relación profunda con la realidad.

En una época dominada por la velocidad, la hiperconectividad y la dispersión de la atención, la contemplación adquiere una importancia extraordinaria.

Cuando el ruido se aparta,
comienza a hablar el mundo.

Las hojas dicen cosas antiguas,
la tarde pronuncia su oración de luz,
las montañas recuerdan
lo que el hombre ha olvidado.

Solo quien guarda silencio
escucha la respiración del universo.

Y descubre que toda verdad profunda
llega despacio,
como una estrella que aparece
cuando termina el día.

Contemplar significa detenerse ante el mundo y permitir que la realidad revele sus significados ocultos. Significa mirar más allá de la apariencia inmediata y escuchar aquello que permanece oculto bajo el ruido cotidiano.

Desde una perspectiva psicológica, la contemplación favorece la integración interior y fortalece la capacidad de atención. Desde una perspectiva filosófica, constituye una vía hacia la verdad. Desde una perspectiva espiritual, permite experimentar una comunión más profunda con el universo.

La belleza ocupa igualmente un lugar fundamental en el pensamiento de Rosario Candelier. Siguiendo la tradición clásica, entiende que la formación intelectual no puede separarse del cultivo de la sensibilidad.

La experiencia estética nos permite acceder a dimensiones de la realidad que escapan al análisis racional. A través de la poesía, la literatura y el arte, el ser humano descubre niveles más profundos de significado.

La belleza despierta emociones, amplía la sensibilidad y favorece el desarrollo de la conciencia. Por eso las grandes obras no solo transmiten información: transforman nuestra manera de percibir el mundo.

Uno de los aspectos más críticos de la obra es la preocupación del autor por el deterioro contemporáneo del lenguaje. Sin embargo, su crítica trasciende los errores gramaticales o las deficiencias ortográficas. Lo que realmente le inquieta es la pérdida de profundidad intelectual y espiritual.

El empobrecimiento del lenguaje conduce inevitablemente al empobrecimiento del pensamiento. Una conciencia que dispone de pocas palabras posee menos recursos para comprender la complejidad de la realidad.

Dominar la palabra significa ampliar la capacidad de pensar, interpretar, imaginar y crear.

Esta reflexión se vuelve aún más profunda cuando Rosario Candelier aborda el sentido de la creación verbal. Para él, escribir no constituye únicamente un acto técnico o artístico. Es una manifestación de la conciencia, una búsqueda de significado y una expresión espiritual.

La creación literaria nace de la convergencia de tres dimensiones fundamentales: sensibilidad estética, conciencia intelectual y vocación espiritual. El escritor no crea únicamente porque conoce las reglas del lenguaje. Crea porque existe en él una necesidad profunda de comprender y expresar la experiencia humana.

Nació pequeña,
como una chispa en la oscuridad.

Pero fue creciendo
hasta convertirse en puente,
en memoria,
en pensamiento,
en canto.

Con ella el hombre nombró los mares,
explicó las estrellas,
inventó los dioses
y conservó los sueños.

La palabra es la casa de la conciencia.

Y mientras exista una voz capaz de crearla,
ninguna noche será completa.

Odalís G. Pérez y Bruno Rosario Candelier.

La obra de Bruno Rosario Candelier nos invita a recuperar una visión integral de la palabra y de la cultura. A través de sus reflexiones sobre el Logos, la filología, la creatividad y la conciencia, el autor nos recuerda que el lenguaje constituye una de las expresiones más elevadas de la condición humana.

La palabra no es únicamente un medio para comunicar ideas. Es la herramienta mediante la cual construimos nuestra identidad, interpretamos el mundo y otorgamos sentido a la existencia. Gracias a ella la experiencia se transforma en conocimiento, la intuición en creación y la memoria en cultura.

En una época caracterizada por la superficialidad, la velocidad y la fragmentación del pensamiento, la defensa de la palabra realizada por Rosario Candelier constituye también una defensa de la inteligencia, de la sensibilidad, de la creatividad y de la dimensión espiritual del ser humano. Porque mientras exista una conciencia capaz de pensar, imaginar y crear mediante la palabra, seguirá existiendo la posibilidad de encontrar verdad, belleza y sentido en el misterio inagotable de la vida.

La creación mimética reproduce la realidad visible. Su finalidad consiste en representar fielmente el mundo percibido por los sentidos. Es la dimensión creadora más cercana a la experiencia objetiva y al universo de los fenómenos que se ofrecen ante nuestra mirada.

La creación mitopoética, en cambio, surge de la imaginación. En ella, la conciencia transforma la realidad, inventa mundos posibles y genera símbolos capaces de ampliar los horizontes de la experiencia. Esta capacidad creadora revela una característica fundamental de la mente humana: no estamos limitados a reproducir el mundo; también poseemos la facultad de reinventarlo.

La imaginación constituye una fuerza psicológica extraordinaria. Gracias a ella elaboramos proyectos, construimos identidades, concebimos ideales y desarrollamos culturas enteras. A través de la imaginación, el ser humano trasciende las circunstancias inmediatas de su existencia y se proyecta hacia aquello que todavía no existe, pero que podría llegar a existir. Por ello, la imaginación es una de las fuentes más poderosas de la libertad humana.

Sin embargo, Bruno Rosario Candelier señala una tercera dimensión aún más profunda: la creación teopoética. Esta forma de creación se vincula con la experiencia de la trascendencia, con la percepción de una realidad que supera los límites de lo material y de lo imaginario.

La mística no debe entenderse únicamente como una doctrina religiosa. Más bien representa una experiencia directa de profundidad espiritual. Se trata de una modalidad de conciencia en la que el individuo percibe una conexión íntima con una realidad superior, más amplia y más profunda que su identidad ordinaria.

Diversos psicólogos, filósofos y estudiosos de la conciencia han señalado la existencia de estos estados de experiencia trascendente. William James los consideraba experiencias genuinas de la vida humana. Abraham Maslow las denominó «experiencias cumbre». Carl Gustav Jung las interpretó como manifestaciones de una dimensión profunda de la psique.

Lo importante es comprender que la experiencia mística no implica necesariamente la adhesión a una religión específica. Puede surgir en el arte, en la contemplación de la naturaleza, en el amor, en la creación poética o en momentos excepcionales de lucidez interior.

La literatura más profunda suele nacer precisamente de esta capacidad para penetrar en las dimensiones invisibles de la realidad.

Desde los albores de la civilización, el ser humano ha intentado comprender el misterio de su existencia. Ha observado el movimiento de los astros, ha descifrado los secretos de la naturaleza, ha explorado las profundidades del océano y ha levantado monumentos para desafiar el tiempo. Sin embargo, antes de cualquier descubrimiento científico, antes de cualquier sistema filosófico o religioso, existió una realidad silenciosa que hizo posible toda forma de conocimiento: la palabra.

La palabra no es simplemente un instrumento de comunicación. Tampoco constituye un conjunto de signos convencionales destinados a transmitir información. La palabra es, en esencia, el puente entre la conciencia y el mundo; el espacio donde la realidad adquiere sentido; el territorio donde el pensamiento se vuelve visible y donde el espíritu encuentra una forma para manifestarse.

En tal sentido, la filología, entendida como amor y estudio de la palabra, no es únicamente una disciplina lingüística. Es una vía de conocimiento del ser humano, una exploración de la conciencia y una búsqueda incesante del sentido profundo de la existencia.

Las reflexiones de Bruno Rosario Candelier permiten comprender que el estudio de la palabra trasciende la gramática, la sintaxis y la semántica para internarse en dimensiones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. En el fondo, lo que la filología estudia no son solamente palabras, sino la manera en que los seres humanos construyen significado, organizan la experiencia y buscan comprender su lugar en el universo.

Bruno Rosario Candelier.

La historia misma de la humanidad puede interpretarse como la historia de una relación creciente con la palabra. El ser humano comenzó nombrando las cosas que veía. Luego nombró las cosas que imaginaba. Más tarde nombró los sentimientos, las ideas, los sueños y los dioses. Con cada palabra surgió una nueva forma de percibir el mundo. Nombrar no era simplemente señalar una realidad exterior; era crear una nueva realidad interior.

Esta observación posee una enorme importancia psicológica; Los seres humanos no viven únicamente en el mundo físico. Habitan también un universo simbólico. No reaccionan solamente ante objetos materiales, sino ante los significados que atribuyen a esos objetos. Una piedra puede ser una piedra para una persona y un símbolo sagrado para otra. Una palabra puede ser una simple combinación de sonidos para un individuo y una experiencia transformadora para otro.

La psicología contemporánea ha demostrado que la percepción humana está profundamente condicionada por los sistemas simbólicos que organizan la experiencia. Sin embargo, mucho antes de que existieran las teorías psicológicas modernas, los antiguos pensadores griegos comprendieron que la palabra poseía un poder extraordinario sobre la conciencia.

Heráclito llamó Logos a esa capacidad.

El Logos representa una de las intuiciones filosóficas más profundas de la historia del pensamiento. No se trata únicamente de la razón ni exclusivamente del lenguaje. El Logos es la fuerza que permite comprender, pensar, hablar y crear. Es el principio organizador de la conciencia humana.

Cuando Bruno Rosario Candelier recuerda que Heráclito enseñaba que todos poseemos el Logos, está señalando una verdad fundamental: cada ser humano posee una capacidad innata para interpretar la realidad y otorgarle significado.

Desde una perspectiva psicológica, esta idea resulta extraordinaria.

La conciencia humana no es un espejo pasivo que refleja el mundo. Es una instancia creadora que transforma continuamente la experiencia mediante el lenguaje. Aquello que pensamos depende, en gran medida, de las palabras que poseemos. Aquello que sentimos encuentra profundidad cuando logramos nombrarlo. Aquello que ignoramos permanece oculto hasta que una palabra lo revela.

Por eso la pobreza lingüística suele convertirse en pobreza existencial.

Quien posee pocas palabras dispone también de menos posibilidades para comprender sus emociones, interpretar sus conflictos y expresar su experiencia interior. En cambio, quien cultiva el lenguaje amplía simultáneamente los límites de su conciencia.

En este punto, la palabra deja de ser un simple medio de expresión para convertirse en una forma de revelación.

Había una palabra dormida en la sombra,
antes del tiempo y de la memoria.
No tenía sonido,
no tenía rostro,
pero guardaba en silencio el nacimiento del mundo.

Cuando el hombre la pronunció por primera vez,
las montañas encontraron su nombre,
los ríos reconocieron su cauce
y la noche descubrió que también podía ser luz.

Desde entonces vivimos entre palabras,
como navegantes de un océano invisible.
Cada vocablo es una estrella encendida,
cada significado una puerta secreta,
cada poema una lámpara levantada contra el misterio.

Y quizá, al final de todos los caminos,
cuando el silencio vuelva a abrazar las cosas,
descubramos que la palabra verdadera
no era solamente lenguaje,
sino la respiración profunda del espíritu.

La filología aparece entonces como una disciplina de expansión espiritual.

No estudia únicamente la estructura externa de las palabras. Busca penetrar en su alma.

La expresión utilizada por Bruno Rosario Candelier resulta especialmente reveladora cuando afirma que el filólogo se compenetra con el alma de las palabras. Esta afirmación puede parecer metafórica, pero encierra una profunda verdad filosófica.

Las palabras poseen historia, memoria y capas de significado acumuladas durante siglos.

Cada vocablo es el resultado de innumerables experiencias humanas sedimentadas en el tiempo. Cuando pronunciamos una palabra, utilizamos una herencia cultural que nos precede por generaciones.

La etimología constituye precisamente el estudio de esa memoria escondida.

Cada palabra es un fósil espiritual. Cada término conserva las huellas de antiguas formas de pensar, sentir y comprender el mundo.

Desde esta perspectiva, estudiar una palabra equivale a estudiar la historia de la conciencia humana.

La fascinación de Bruno Rosario Candelier por la semántica encuentra aquí su fundamento. El significado no es algo estático. Evoluciona junto con la sociedad. Cambia porque cambian los seres humanos. Las palabras crecen, se transforman y adquieren nuevas acepciones porque la experiencia humana nunca permanece inmóvil.

Esta dinámica semántica refleja una verdad psicológica esencial: la identidad humana es un proceso de transformación permanente.

Así como las palabras cambian de significado, también las personas modifican la interpretación de sus propias vidas. Un acontecimiento doloroso puede adquirir, años después, un sentido completamente diferente. Una experiencia aparentemente insignificante puede convertirse con el tiempo en el núcleo de una transformación personal.

La conciencia humana es, en gran medida, una actividad hermenéutica.

Interpretamos constantemente: los acontecimientos, nuestros recuerdos, nuestras emociones y nuestra propia identidad.

Por ello, la relación entre filología y hermenéutica resulta profundamente significativa. Comprender una palabra implica comprender una visión del mundo; interpretar un texto supone interpretar una experiencia humana; y comprendernos a nosotros mismos exige, inevitablemente, interpretar los símbolos mediante los cuales damos sentido a nuestra existencia.

En última instancia, la palabra no es solamente una herramienta del pensamiento. Es el lugar donde la conciencia se encuentra consigo misma. Es memoria, creación y trascendencia. Es el espacio donde convergen la razón, la imaginación y el espíritu. Y quizá por ello, cada vez que una palabra auténtica ilumina nuestra comprensión, no solo aprendemos algo sobre el lenguaje: aprendemos algo esencial sobre lo que significa ser humanos.

La hermenéutica representa el arte de interpretar.

Sin embargo, no se limita únicamente a la comprensión de textos. Abarca la totalidad de la experiencia humana como un fenómeno susceptible de interpretación. Todo cuanto vivimos, pensamos, sentimos o recordamos pasa por el tamiz de una conciencia que intenta otorgarle significado.

Vivimos interpretando.

Somos seres hermenéuticos.

La vida misma podría definirse como un inmenso proceso interpretativo, una búsqueda constante de sentido en medio de la complejidad de la existencia.

La diferencia entre una existencia superficial y una existencia profunda radica, muchas veces, en la calidad de nuestras interpretaciones. Quien interpreta pobremente su realidad queda atrapado en las apariencias, confundiendo la superficie con la esencia. Quien desarrolla una conciencia interpretativa descubre dimensiones ocultas de la existencia, percibe conexiones invisibles y advierte significados que permanecen vedados para una mirada distraída.

Esta capacidad interpretativa conecta directamente con otra facultad destacada por Bruno Rosario Candelier: la intuición.

La intuición constituye uno de los fenómenos más misteriosos y fascinantes de la psicología humana. No surge mediante razonamientos explícitos ni depende exclusivamente de la lógica. Aparece como una forma inmediata de comprensión, una luz súbita que ilumina aquello que todavía no ha sido plenamente formulado por el pensamiento racional.

Es la capacidad de captar significados antes de que las palabras los nombren.

Es el presentimiento de una verdad que todavía busca su forma.

La intuición permite percibir relaciones invisibles, descubrir nuevas perspectivas y acceder a niveles profundos de comprensión. Allí donde el razonamiento avanza paso a paso, la intuición parece atravesar de un salto las fronteras de lo evidente.

Quizás por eso los grandes descubrimientos científicos, las obras maestras del arte y las intuiciones filosóficas más profundas suelen nacer de una misteriosa convergencia entre sensibilidad, contemplación y pensamiento.

En el silencio de esa experiencia interior podría escucharse una voz semejante a esta:

Hay un lenguaje oculto en las cosas,
una música secreta en la materia,
un signo que atraviesa las sombras
y florece en la conciencia despierta.

No todo se comprende con razones,
ni toda verdad nace en los conceptos;
a veces el espíritu descubre
lo que el pensamiento alcanza mucho después.

Por esa razón, el autor sostiene que cada ser humano posee un punto único de contacto con el universo.

La afirmación encierra una extraordinaria profundidad filosófica.

Ninguna conciencia observa el mundo exactamente igual que otra.

Cada individuo ocupa una posición irrepetible en la realidad. Cada ser humano contempla aspectos del mundo que nadie más puede contemplar desde la misma perspectiva. La singularidad humana no es una limitación; es una riqueza ontológica. Gracias a ella, la realidad puede manifestarse de formas múltiples e inagotables.

La originalidad auténtica nace precisamente de esa singularidad perceptiva. No consiste en inventar arbitrariamente algo nuevo. Consiste en descubrir aquello que únicamente nuestra mirada puede revelar. La verdadera creación surge cuando una conciencia encuentra el valor de expresar aquello que ha visto, sentido o comprendido desde su particular encuentro con el mundo.

La filología, entendida de esta manera, se convierte en una disciplina profundamente humanista que no busca acumular conocimientos, busca formar conciencia, despertar sensibilidad, desarrollar la capacidad de asombro y cultivar la dimensión estética, intelectual y espiritual del ser humano.

Vivimos en una época caracterizada por la velocidad, la inmediatez y la fragmentación de la atención. En medio de este contexto, la filología adquiere una importancia renovada. Frente a la superficialidad de los discursos instantáneos, propone una relación contemplativa con la palabra. Frente a la prisa, propone profundidad. Frente al ruido, propone sentido. Frente a la dispersión, propone concentración y presencia.

Quizás por eso Bruno Rosario Candelier insiste en que los maestros deben sembrar inquietudes.

La educación auténtica no consiste únicamente en transmitir información.

Consiste en despertar preguntas, en estimular la sensibilidad, en formar seres humanos capaces de pensar, interpretar, crear y comprender.

Cuando la educación pierde esta dimensión humanizadora, se transforma en simple entrenamiento técnico. Produce especialistas capaces de operar sistemas, pero incapaces de interrogar el significado de su propia existencia.

Y cuando la palabra pierde profundidad, la conciencia corre el riesgo de empobrecerse.

La filología nos recuerda que cada palabra contiene una historia, una visión del mundo y una posibilidad de conocimiento. Nos enseña que hablar no es simplemente emitir sonidos. Es participar en una tradición cultural milenaria. Es ejercer el Logos. Es dar forma al pensamiento, construir realidad y abrir caminos para la comprensión.

Al final, la filología no estudia solamente palabras, estudia la aventura humana de buscar significado (el largo diálogo entre la conciencia y el universo)

Estudia el esfuerzo permanente del espíritu por comprenderse a sí mismo y comprender el mundo que habita.

Porque allí donde existe una palabra auténticamente comprendida, existe también una conciencia que se ilumina.

Y allí donde una conciencia se ilumina, el mundo entero adquiere una nueva posibilidad de sentido.

Tal vez esa sea la misión más alta de la filología y de toda auténtica formación humanística: preservar la capacidad humana de comprender. Porque cuando una sociedad deja de interpretar, deja también de pensar; cuando deja de pensar, comienza a repetir; y cuando solo repite, pierde gradualmente su libertad interior.

Por eso la palabra no es un simple instrumento de comunicación. Es una fuerza creadora, una forma de conocimiento y una vía de trascendencia. En ella se encuentra la memoria de la humanidad, la profundidad de la cultura y el porvenir del espíritu.

Defender la palabra, comprenderla y ennoblecerla constituye, en última instancia, una forma de defender la dignidad misma del ser humano, como lo hace Bruno Rosario Candelier en la magnífica ensayística contenida en este libro.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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