En este tercer espacio, consideraremos otras paradojas que constituyen un hito para el análisis filosófico. Enerio Rodríguez reconoce la complejidad de ciertas paradojas en el momento de su interpretación. En la antigüedad esto ocurría con tanta frecuencia que la gente moría de pena al intentar resolver estos enigmas, como mencionamos anteriormente.

Enerio Rodríguez nos guiará hacia la paradoja o el dilema del cocodrilo, que Erasmo de Róterdam pone en boca de la locura bajo el nombre de «los cocodrilitis» en Elogio de la locura. Según Rodríguez, se trataba de un tipo de argumentación o dilema. (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019). En este punto, el concepto cobra importancia, ya que, para el mundo antiguo, las paradojas constituían la forma en que el sujeto del conocimiento fijaba su necesidad perenne de comprender su forma teórica.

«Esta es una leyenda antiquísima», expresa Rodríguez, y añade que fue rescatada posteriormente.

Cuenta la leyenda que una mujer estaba en la orilla de un río con su hijo, que jugaba cerca de ella. En ese momento, un cocodrilo se acercó y se llevó al niño de la orilla. Entonces, la mujer le pide insistentemente y con voz angustiada al cocodrilo que le devuelva a su hijo.

Tras todo este dilema, ambos deciden hacer un pacto:

Dice el cocodrilo: «Te lo devolveré si adivinas lo que voy a hacer con él».

Replica la señora: «Lo que piensas hacer es quedarte con él».

Entonces, el cocodrilo responde: «Efectivamente, has acertado».

En ese momento, la señora dice: «Pues, como acerté, ahora solo queda que me devuelvas a mi bebé».

Finalmente, el cocodrilo destaca: «En verdad, no podría devolverte al bebé, porque, si te lo devuelvo, entonces no habrías acertado». (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019).

Esta paradoja constituye un desafío para la mente de los pensadores a lo largo de toda la historia de la humanidad. Históricamente, la mente humana se ha enfrentado a desafíos conceptuales que suponen un reto permanente para el pensamiento, y esta paradoja enigmática es una de las que promueven el análisis profundo de los problemas filosóficos.

En este sentido, tenemos la paradoja de los abogados con Protágoras y Evatlo (o Eulato). Según Enerio Rodríguez, en Atenas era necesario que las personas pudiesen defenderse, ya que, si eran sometidas a juicio —como le ocurrió a Sócrates—, debían enfrentarse personalmente al tribunal. Por ello, en aquella época en Grecia había personas que enseñaban el arte de la retórica o eran especialistas en ella. Esto pertenece a la época de la sofística, surgida principalmente en el siglo VI a. C. (escuela jónica), y el siglo II d. C. (época helenístico-romana).

Según Enerio, «tenemos la idea equivocada de que los sofistas eran solo personas dedicadas al engaño; sin embargo, también había sofistas buenos», aunque para Platón también existían sofistas malos. (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019).

En este punto, Rodríguez destaca que Platón sentía una gran admiración por un sofista llamado Pródico, experto en sinonimia. De hecho, en el Crátilo, un diálogo platónico sobre el lenguaje y su relación con la realidad, debaten Crátilo y Hermógenes. Crátilo defendía la vinculación indisoluble y necesaria entre las palabras y las cosas, de manera que sostenía que «una cosa tenía un nombre y no podría tener otro» (…).

Por el contrario, Hermógenes pensaba que los nombres variaban en función de quién los había creado y que, por tanto, eran arbitrarios. Como ejemplo, menciona su propio nombre: Hermógenes era descendiente de Hermes, símbolo de riqueza y luminosidad, pero su realidad era la pobreza. Con ello quedaba demostrado que el nombre no necesariamente guarda relación con la realidad. (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019).

Finalmente, es importante destacar que en esa época se debatía mucho sobre el lenguaje y la retórica. Pródico fue maestro de Sócrates, aunque este solo pudo asistir a una clase, ya que al parecer Pródico cobraba sumas elevadas por sus enseñanzas. También se dice que Sócrates ganaba poco dinero porque trabajaba poco; se pasaba el día dialogando de casa en casa y discutiendo con los jóvenes en las calles de Atenas. Sócrates cuenta que solo asistió a una clase, por lo que no se consideraba experto en sinonimia. Así que, cuando alguien quería que Sócrates le enseñara sobre ese tema, él prefería enviarlo a Pródico. En este sentido, resulta evidente que Pródico era admirado como uno de los llamados «sofistas buenos».

Sin embargo, algunos sofistas no eran respetados, pero Protágoras sí gozaba de gran reconocimiento. En este mismo sentido, figuras como Eutidemo, Dionisodoro, Gorgias, Hipias y Trasímaco no disfrutaron del mismo prestigio. Platón les dedicó el diálogo Eutidemo, una obra famosa en la que ridiculiza las prácticas sofísticas. Por ejemplo, Eutidemo intentaba confundir a la gente con argumentos falsos, conocidos como erísticos, y su método se denominaba erística. En este sentido, eran verdaderos gladiadores de la palabra: personas que solo querían ganar un debate, utilizando cualquier medio, incluso el engaño.

Es importante destacar el argumento de Eutidemo cuando le pregunta a Ctesipo: «Oye, ¿tú tienes un perro?». Este le responde rápidamente: «Claro que sí». Entonces, Eutidemo arguye: «¿Y tu perro tiene hijos?». Ctesipo responde: «Sí, claro, tiene unos cuantos cachorros». Eutidemo continúa: «¿Tu perro es padre y es tuyo?». Y concluye: «Por lo tanto, es padre tuyo y los cachorros son tus hermanos». En ese sentido, «padre tuyo» significaría literalmente que es tu padre.

Del mismo modo, este tipo de argumento se utilizó con Sócrates para ridiculizarlo. Eutidemo le decía: «Vamos a ver, Sócrates, dos cosas diferentes no pueden ser iguales». A continuación, añadía que, si alguien es padre, esa persona es diferente de Sócrates, por lo que no puede ser su padre. De manera que, según su razonamiento, Sócrates o no tenía padre o era hijo de otra persona.

Ante esto, un acompañante de Sócrates respondió: «Bueno, pero hay una perra que tiene cachorros por ahí y, por supuesto, esa perra es diferente de la madre de los sofistas, luego no son iguales». Así que o los sofistas no tienen madre o la perra es su madre». (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019).

Según Enerio, todo esto formaba parte del mundo de las paradojas y eran discusiones cuya finalidad consistía en confundir al oponente en cuanto a los argumentos se referían. Su propósito era presentar razonamientos capaces de mantener al interlocutor atrapado dentro de un marco de palabras elegantes y líneas argumentativas confusas.

Las paradojas constituyen, en este campo, un hilo de ideas que compone la sabiduría en la selección de las palabras correctas en los escenarios más apremiantes. En este sentido, cabe destacar que Protágoras cobraba por enseñar, algo que molestaba profundamente a Platón. Cabe recordar que Platón pertenecía a la aristocracia, era pariente de Critias, tío de Platón y miembro del gobierno de los Treinta Tiranos. Algunos discípulos de Sócrates también participaron en ese gobierno. Por eso, Sócrates fue condenado tras la caída de dicho régimen y el restablecimiento de la democracia ateniense. Además, es importante destacar que una de las acusaciones contra Sócrates era que algunos de sus discípulos, quienes apoyaron la tiranía, habrían aprendido esos antivalores de él. (Rodríguez & Escuela de Filosofía (UASD), 2019).

Pues bien, se dice que Protágoras enseñaba a cambio de dinero. La historia de Protágoras y Evatlo (también conocido como Eulato) constituye una famosa paradoja lógica de la Antigua Grecia, relatada por Aulo Gelio, que ilustra la complejidad del sofismo, la retórica y los contratos legales.

El acuerdo consistía en que Protágoras, un reconocido sofista y maestro de retórica, enseñaría derecho y argumentación a un joven llamado Evatlo. Como Evatlo no tenía dinero para pagar, establecieron un trato particular: el discípulo no pagaría los honorarios hasta ganar su primer juicio.

Sin embargo, una vez concluida su formación, Evatlo no ejercía como abogado ni aceptaba casos, por lo que nunca ganaba un juicio y, por tanto, aplazaba indefinidamente el pago a su maestro. Cansado de esperar, Protágoras decidió demandarlo para cobrar.

Esta situación creó entonces un círculo lógico irresoluble, conocido como la paradoja de la deuda o paradoja de Protágoras.

Protágoras argumentaba lo siguiente: si ganaba el juicio, Evatlo debía pagarle por sentencia judicial, pero si perdía, entonces habría obtenido su primer caso y, según el acuerdo inicial, también tendría que pagarle.

Por su parte, Evatlo —utilizando precisamente las enseñanzas de su maestro— sostenía que, si ganaba, el tribunal dictaminaría que no debía pagar, y que, si perdía, aún no habría ganado su primer juicio, por lo que tampoco estaría obligado a pagar conforme al contrato original.

En resumen, cualquiera que fuese el resultado del juicio —ya ganara Protágoras o Evatlo—, parecía imposible concretar legalmente el pago de la deuda a partir del acuerdo establecido. Esta historia pone de manifiesto cómo la retórica, entendida como el arte de convertir el argumento más débil en el más fuerte, podía utilizarse para crear dilemas lógicos aparentemente irresolubles.

Conclusión

En definitiva, el análisis de estas paradojas que presenta Enerio Rodríguez permite comprender cómo la filosofía y la retórica han estado profundamente vinculadas, desde la antigüedad, con la capacidad humana de argumentar, interpretar y cuestionar la realidad. Cada uno de estos dilemas no solo constituye un ejercicio lógico o discursivo, sino también una manifestación del esfuerzo intelectual por comprender los límites del lenguaje, la verdad y la razón. A través de figuras como Protágoras, Eutidemo y otros sofistas, se evidencia que el debate filosófico antiguo trascendía la simple discusión verbal para convertirse en una lucha por el dominio de las ideas y la persuasión.

Con la presentación de estas ideas, se busca destacar la importancia histórica y filosófica de las paradojas como herramientas de análisis crítico, capaces de revelar las contradicciones presentes en el pensamiento humano y en las estructuras argumentativas. Asimismo, se pretende mostrar cómo la retórica y el lenguaje pueden utilizarse tanto para buscar la verdad como para confundir deliberadamente al interlocutor. En este sentido, el estudio de estas paradojas no solo permite acercarse al pensamiento clásico, sino también reflexionar sobre la manera en que los discursos continúan influyendo en la comprensión de la realidad y en la construcción del conocimiento.

Referencias

Rodríguez, E., & Escuela de Filosofía (UASD). (2019, abril 21). Las paradojas.

Pedro Cruz

Pedro Alexander Cruz, nacido en 1987 en Santiago de los Caballeros. Es un destacado filósofo y escritor. Su trayectoria literaria incluye títulos como La utopía filosófica como faro de la justicia, El hombre y su profunda agonía por el saber y La maravillosa significancia inicial del libro de Lucas. Manual práctico de introducción a la lógica formal. (Epítome): Manual. La filosofía y la construcción del ser: Manuela de filosofía para niños. Política y Ciudadanía. : Intención de transformación. Estas obras reflejan su interés por temas filosóficos, teológicos y sociales, destacándose por su profundidad analítica. Además de su faceta como autor, Cruz es un apasionado de la enseñanza. Actualmente imparte las asignaturas de Filosofía y Pensamiento Social, así como Ciudadanía y Democracia Participativa, en el Colegio La Salle de Santiago. Su enfoque pedagógico busca formar ciudadanos críticos y conscientes de su rol en la sociedad. Su formación académica incluye estudios en Teología en el Seminario Bíblico de la Gracia y actualmente estudia Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), con cursos realizados en la misma Universidad como: Proética. Tutor Virtual. Taller de verano de Filosofía. Neuroética entre otros. Esta sólida base académica le ha permitido combinar su interés por la filosofía con una comprensión profunda de la espiritualidad y la cultura. Actualmente, Cruz sigue residiendo en Santiago de los Caballeros, donde continúa su labor como docente y escritor, contribuyendo al desarrollo del pensamiento crítico en su comunidad.

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