A las utopías se las concibe como ideales inalcanzables para una determinada generación o lugares imaginarios en que los seres humanos sueñan con construir un paraíso en la tierra con determinadas características y especificaciones. Estos espacios han sido anhelados desde los orígenes mismos de la humanidad, así lo recoge la Biblia cuando en destaca en Deuteronomio 26, 8-9, en referencia a Canaán, la tierra prometida: “Entonces el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, y con señales y portentos que causaban terror, y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, ¡tierra que fluye leche y miel!”[1]
Ahora bien, es a partir de la civilización griega cuando se llegó a entender que lo pensado como imposible y obra exclusiva del poder divino, era posible convertirlo en realidad, gracias a la planificación, a la persistencia y al trabajo constante y sostenido de todo un pueblo, el cual es también capaz de construir sus propios liderazgos que le conduzcan de manera inexorable a lograr sus sueños.
Martín Buber define la utopía como cuadros-fantasía de algo que no existe, que es imaginario, pero que se erige en torno a algo esencial y auténtico, el deseo inmenso de que esa fantasía se convierta en una realidad incontrovertible. Así las definía Buber:
Las utopías que figuran en la historia espiritual de la humanidad revelan a primera vista lo que tienen de común: son cuadros, y, por cierto, cuadros de algo que no existe, que es solamente imaginario. En general, se suele calificarlos de cuadros-fantasía, pero eso no basta para definirlos. Esa fantasía no divaga, no va de un lado a otro impulsada por ocurrencias cambiantes, sino que se centra con firmeza tectónica en derredor de algo primordial y originario que esa fantasía tiene que elaborar. Ese algo primordial es un deseo. La imagen utópica es un cuadro de lo que “debe ser”, lo que el autor de ella desearía que fuese real.[2]
En ese sentido, Buber destaca que en la revelación, la visión de lo justo se consuma en la imagen de un tiempo perfecto, como escatología mesiánica; mientras que en la Idea, la visión de lo justo se consuma en la imagen de un espacio perfecto, como utopía. Por su esencia, la primera trasciende lo social, se ocupa del hombre como creación y hasta de lo cósmico; la segunda permanece circunscrita al ámbito de la sociedad, aunque a veces entraña en su imagen una transformación interna del ser humano. En tal sentido, la escatología significa consumación de la creación; mientras que el término utopía se refiere al desenvolvimiento de las posibilidades que encierra la convivencia humana en un orden “justo”. Ambas se proponen despertar en los demás una relación crítica con el presente, al tiempo de mostrarle la perfección con la fuerza luminosa de lo absoluto, pero como algo a lo cual se llega mediante un camino activo desde el presente. Si bien en términos conceptuales lo profético y lo utópico parecerían imposibles, como imágenes suscitan todo el poder de la fe, determinan el propósito y el plan para hacerlo realidad. Esto quiere decir que si escatología es profética y si la utopía es filosófica, siempre tienen carácter realista, terrenal.
En tanto que Martínez Andrade sostiene que la utopía pertenece a la realidad, que es el lado potente de la realidad, y que mediante nuestra práctica histórica podemos transformarla en acciones, en movimientos, en revoluciones, en cambios significativos. Es precisamente esa mística la que da sentido, ánimo y direccionalidad a los movimientos, razón por la cual es necesario pensarla en términos sociológicos en la perspectiva en que la concebía Ernest Bloch, como el Principio Esperanza, que es lo que continuamente mueve a las personas, como si fuera un motor que le provee al ser humano la energía fundamental que le permite luchar por sus sueños y convertirlos en realidad.
En el ámbito latinoamericano, Martínez Andrade refiere que la filosofía de la liberación de Enrique Dussel partió, en la década de los setenta principalmente, de dos cuestiones básicas: por un lado, de la situación de pobreza de gran parte de la humanidad y, por el otro, del deterioro ecológico, ambas situaciones causadas por el sistema de producción capitalista. Es por esa razón que considera como una condición indispensable para la estructuración de un proyecto ético u ontológico la liberación política de la periferia, a partir de las mismas víctimas del sistema de explotación vigente. En ese orden, recuperando los argumentos dusselianos, Martínez Andrade y Meneses sostienen:
La modernidad hegemónica como proyecto eurocéntrico surgió negando no sólo el estatuto ontológico sino también las posibilidades materiales de reproducción de los negros, indígenas, mujeres y pueblos de la periferia mundial. Dicho proyecto, implicó las bases para la expansión de un sistema económico (capitalismo mercantil) y de un patrón de dominación (colonialismo hispánico-lusitano) que seguirá cobrando sus víctimas en las postrimerías del siglo XX. Por tanto, a diferencia de la corriente posmoderna que desdeña los proyectos de emancipación social y descalifica el papel de la razón como instrumento de dicha emancipación, ergo, diríamos cometiendo el yerro de «tirar el agua con todo y niño»; la filosofía de la liberación reivindica la parte libertaria de la ratio y pugna por un diálogo simétrico entre las víctimas que se han encontrado –desde hace más de cinco siglos– fuera de la totalidad hegemónica. Esa razón y ese diálogo serán posibles en un proyecto trans-moderno.[3]
En tanto, Celentano hace un recorrido histórico en torno al concepto de utopía desde su aparición con Platón en la antigua Grecia hasta la aparición del marxismo como crítica mordaz al socialismo utópico. Sin embargo, la idea del establecimiento del sistema comunista como sociedad perfecta, la cual estaría exenta de clases sociales, de toda explotación del hombre por el hombre y en que se edificaría una nueva sociedad basada en la igualdad entre todos los seres humanos, se ha constituido en la más grande utopía de la humanidad, donde muchos movimientos sociales y politicos de diferentes países del mundo se han planteado convertir ese trascedental deseo utópico en realidad.
En los siguientes términos, Celentano recrea el trayecto histórico recorrido por el concepto de utopía o sociedad idílica desde la antigua Grecia hasta los proyectos de independencia de América Latina en el siglo XIX, que intentaron construir diferentes pensadores y movimientos sociales y politicos, tanto a nivel de algunos países como a nivel regional y continental:
La utopía, como pensamiento de lo que no es en ninguna parte, puede rastrearse hasta la Grecia clásica en la reflexión de Platón, pero reaparece en la modernidad inscripta en la reflexión política inglesa, dentro de la convulsión producida por el enfrentamiento político-religioso durante el siglo XVI, permaneciendo en el marco ideológico renacentista tardío, dentro del cual debemos también inscribir la conquista de América. A partir de allí, el pensamiento de aquel ningún lugar como modelo de sociedad pasa por diferentes instancias con el iluminismo (como el lugar del comienzo de la humanidad en Rousseau) y con las revoluciones burguesas, que ubicaron ese modelo de sociedad en manos de los hombres, en tanto ciudadanos, y de la acción política. Una concepción que no fue ajena a las elaboraciones del pensamiento sobre la emancipación americana, ya que, como planteara Sarmiento, nuestras independencias recibieron el impulso de las ideas europeas.[4]
En ese mismo orden, Celentano describe de una manera detallada las ideas utópicas socialistas, mediante las cuales sus autores Saint Simón, Robert Owen, Charles Fourier y Étienne Cabet, entre otros, pretendieron establecer sociedades igualitarias en forma de comunas, cooperativas y comunidades autónomas de producción y consumo, que ante la aparición del marxismo recibieron una crítica demoledora, al no comprender la esencia explotadora del sistema capitalista y no entender que la única vía que tenían los trabajadores del mundo para alcanzar sus metas y propósitos era a través de la lucha de clases y de la creación de un instrumento político revolucionario que fuese capaz de conducir sus luchas de manera correcta, que para entonces se le denominó el Partido Comunista o partido del proletariado. Veamos lo que postula Celentano al respecto:
Durante las primeras décadas del siglo XIX la modernidad instala como dato la permanente inestabilidad política, lo que renueva el pensamiento sobre el fundamento de un poder, ahora que el lazo divino ha sido disipado. Saint Simon buscando una reorganización social de la mano de un monarca y finalmente coronándose a sí mismo como Papa es, más que una inconsecuencia, una evidencia de la inestabilidad del nuevo lazo político. En esa misma centuria se produce la fusión entre el pensamiento utópico y un pensamiento de emancipación social bajo la égida del romanticismo, que incluye corrientes cristianas tanto en Francia como en Inglaterra con el rioplatense Dogma Socialista de Esteban Echeverría; también las ideas de Saint Simón, Owen, Fourier y Cabet atraviesan experiencias de colonias, falansterios y ciudades en Brasil, Estados Unidos y México. La crítica a la utopía es formulada desde el marxismo, con la aspiración de darle un fundamento científico a la política, extendiendo esta pretensión en un cruce de determinaciones de la política por la economía y la filosofía.[5]
Con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo en la Europa del Este, los teóricos del capitalismo, como Francis Fukuyama, postulaban el fin de las ideologías y el fin de la historia, con lo cual daban por un hecho la perpetuidad del capitalismo como sistema económico-social y el fin de la utopía comunista como símbolo de redención de la humanidad. Pero evidentemente, ellos eran solo los publicistas del capitalismo neoliberal que adjura de toda presencia del Estado en la economía de mercado. Tras la crisis de los paradigmas tradicionales y fosilizados que se pretendieron replicar o trasplantar de manera esquemática en diferentes latitudes del mundo, lo que se impone es que los pueblos, tomando como referencia su historia, su cultura y sus experiencias socio-económicas y politicas más incluyentes, democráticas y participativas, como resultado de un dilatado proceso de debate, reflexión y acción, procedan a construir sus propios paradigmas utópicos, ya sean locales, regionales o continentales.
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Los Referentes Utópicos Universales de Pedro Henríquez Ureña
El ideal de utopía adquiere terrenalidad cuando Platón en La República se planteó la necesidad de construir Ciudades-Estados gobernadas por los filósofos, tras considerar que eran los únicos que poseían una formación integral, capaz de combinar de forma armónica la teoría con la práctica, la música y la poesía con la reflexión abstracta, la gimnasia orientada al desarrollo corporal con el cultivo de la mente y proceder al ejercicio del poder desde una perspectiva ética y axiológica en las actuaciones y en las conductas de sus sustentadores.
En el diálogo que sostienen Sócrates y Glaucón en el texto La República, se enuncian las características que deben poseer todos los gobernantes aptos para dirigir las Ciudades-Estados, entre las que destacan: templanza, firmeza, valentía, hermosura, virilidad, nobleza de sentimientos, dones naturales para la educación, buena memoria, perseverancia y ser amantes tanto del trabajo físico como del trabajo intelectual. Ellos entienden que los gobernantes deben tener la sagacidad necesaria para el estudio de las ciencias y una gran facilidad para aprender, puesto que el alma rechaza con la mayor presteza las dificultades que presentan las ciencias abstractas, que aquellas que ofrece la gimnasia, por cuanto esta provoca una fatiga más somera en el cuerpo que la que produce el ejercicio del pensar en la mente.
Por consiguiente, en ese diálogo Sócrates y Glaucón derivan que el error y el descrédito que se ciernen sobre la filosofía se deben fundamentalmente a que no se la cultiva de forma adecuada y dignamente, por cuanto esta no la deben cultivar los hijos bastardos, sino los hijos bien nacidos en el ámbito familiar. Del mismo modo, consideran que quien cultive la filosofía no puede ser una persona que no ame el trabajo, que tenga una mitad dispuesta al trabajo y la otra mitad inclinada a la pereza. Según ellos, eso sucede cuando una persona ama la gimnasia, la caza y todo tipo de fatigas corporales, pero no ama los estudios ni es dada al diálogo y a la investigación, sino que, por el contrario, adjura de todos los trabajos relativos al alma o a la mente.
En los siguientes términos se expresó Sócrates en relación con las personas que debían gobernar las Ciudades-Estados, según lo recoge Platón:
Y una vez llegado a los cincuenta (años) de edad, hay que conducir hasta el final a los que hayan salido airosos de las pruebas y se hayan acreditado como los mejores en todo sentido, tanto en los hechos como en las disciplinas científicas, y se les debe forzar a elevar el ojo del alma para mirar hacia lo que proporciona luz a todas las cosas; y tras ver el Bien en sí, sirviéndose de éste como paradigma, organizar el resto de sus vidas -cada uno a su turno-, el Estado, las particularidades y así mismos, pasando la mayor parte del tiempo con la filosofía pero, cuando el turno llega a cada uno, afrontando el peso de los asuntos políticos y gobernando por el bien del Estado, considerando esto no como algo elegante sino como algo necesario. Y así como después de haber educado siempre a otros semejantes para dejarlos en su lugar como guardianes del Estado, se marcharán a la Isla de los Bienaventurados, para habitar en ella. El Estado les instituirá monumentos y sacrificios públicos como a divinidades, si la Pitia[6] lo aprueba; si no, como hombres bienaventurados y divinos.[7]
Pero a seguidas Sócrates aclara que las características enunciadas por él valen tanto para hombres como para mujeres, siempre que estas últimas estén dotadas de una aptitud conveniente, ya que deben compartir todo de igual modo con los hombres. Esto revela que el gran Sócrates tenía en muy alta estima el rol que podía ejercer la mujer como gobernante, siempre que estuviese en condiciones de combinar de forma armónica y coherente el trabajo físico con el trabajo mental y cumpliese efectivamente con todas las exigencias que se les hacen a los hombres.
Para hacer realidad su utopía, Platón expresa en voz de su gran maestro Sócrates, que su propuesta sobre el Estado y su constitución no son ideas ilusorias, sino cosas difíciles de alcanzar, pero no imposibles. Así se expresa textualmente Sócrates:
-Pues bien: convenid entonces que lo dicho sobre el Estado y su constitución política no son en absoluto castillos en el aire, sino cosas difíciles pero posibles de un modo que no es otro que el mencionado: cuando en el Estado lleguen a ser gobernantes los verdaderos filósofos, sean muchos o uno solo, que, desdeñando los honores actuales por tenerlos por indignos de hombres libres y de ningún valor, valoren más lo recto y los honores que de él provienen, considerando que lo justo es la cosa suprema y más necesaria, sirviendo y acrecentando, la cual ha de organizar su propio Estado.[8]
Como se puede apreciar, Platón creía fervientemente que sólo los filósofos verdaderos estaban capacitados para gobernar, ya que además de cumplir con todas las características definidas, se valoran en ellos la rectitud y la honorabilidad que les adornan, puesto que la justicia es el bien supremo necesario en el proceso de organización y desarrollo del Estado. La justicia se expresa con absoluta claridad si están presentes los tres elementos por excelencia que integran al Estado: sabiduría, moderación y valentía. El Estado es sabio no por el conocimiento de algún aspecto en particular, sino por el conocimiento de su totalidad, que es el apropiado para la vigilancia que le corresponde a los guardianes. El Estado es moderado cuando gobernantes y gobernados coinciden en definir quiénes son las personas más aptas para gobernar y es valiente cuando se ve precisado a ir a la guerra por una causa justa. La justicia es la que permite alcanzar la excelencia de un Estado, la cual consiste en que cada ciudadano haga lo que verdaderamente le corresponde hacer.
En el año 387 antes de Cristo, Platón viajó por primera vez a Sicilia, a la poderosa ciudad de Siracusa, gobernada por el tirano Dionisio; allí conoció a Dión, el cuñado de Dionisio, por quien se sintió poderosamente atraído y al que transmitió las doctrinas socráticas acerca de la virtud y del placer. Según un relato que han acuñado diferentes autores, al final de su visita, Platón habría sido vendido como esclavo por orden de Dionisio y rescatado por el cirenaico Anníceris en Egina, polis que estaba en guerra con Atenas. A la vuelta de Sicilia, se estima que, al poco tiempo, Platón compró una finca en las afueras de Atenas, en un emplazamiento dedicado al héroe Academo, y fundó allí la Academia, que funcionó de forma ininterrumpida hasta el año 86 antes de Cristo.
La experiencia de Platón con los gobernantes que se engancharon a filósofos no fue muy buena, razón por la cual en su etapa de madurez intelectual hablaba de que sólo los filósofos verdaderos, que cumplían con un conjunto de condiciones tanto físicas, intelectuales, ético-morales, con más de cincuenta años, eran los únicos que estaban en capacidad de ejercer correctamente el poder del Estado. Así lo indicó Platón en su Carta VII, cuando enunció, a partir del conocimiento que le otorgó su convivencia con el poder:
Yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, y en consecuencia en la totalidad del sistema político, si dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente; y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están, sin excepción, mal gobernados; en efecto, lo referente a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria reforma acompañada además de suerte para implantarla. Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra.[9]
Como se habrá visto para Platón la filosofía verdadera es la única que permite adquirir un enfoque correcto y amplio de lo que es justo, tanto en el ámbito de la política como de lo privado, razón por la cual estima que los males de la humanidad sólo cesarán cuando los verdaderos filósofos ocupen los cargos públicos o cuando los que ejerzan el poder en los Estados lleguen, por voluntad divina, a ser auténticos filósofos.
El trayecto de formular propuestas para ser concretadas a futuro lo seguiría Tomás Moro cuando escribió y publicó su libro Utopía en 1516, a partir de la postulación de una realidad ficticia que algunos relacionan con una isla grande ubicada en el Nuevo Mundo o América, donde los vientos y el agua son elementos indispensables a la hora de trazar su lugar ideal, lo cual tiene lógica si se toma en cuenta que hace referencia al navegante italiano Américo Vespucio. Aquí aparece la figura del filósofo como un ente salvador ante los males que padece el pueblo y la humanidad, quien con sus sabios consejos podría orientar por senderos correctos y justos a los reyes, pero que, adjuraba de toda servidumbre ante un soberano por considerarse una persona de espíritu totalmente libre. Veamos lo que dice Moro en relación con la República Utopía:
Trataré, primero, de reproducir la charla en que, como por casualidad, salió el tema de la República de Utopía. Rafael acompañaba su relato de reflexiones profundas. Al examinar cada forma de gobierno, tanto de aquí como de allí, analizaba con sagacidad maravillosa lo que hay de bueno y de verdadero en una, de malo y de falso en otra. Lo hacía con tal maestría y acopio de datos que se diría haber vivido en todos esos sitios largo tiempo. Pedro, lleno de admiración por un hombre así, le dijo: —Me extraña, mi querido Rafael, que siendo el que eres y dada tu ciencia y conocimientos de lugares y hombres, no te hayas colocado al servicio de alguno de esos reyes. Hubiera sido un placer para cualquiera de ellos. Al mismo tiempo le hubieras instruido con tus ejemplos y conocimientos de lugares y de hombres. Sin olvidar que con ello podrías atender a tus intereses personales y aportar una ayuda sustancial a los tuyos… Ahora mismo vivo como quiero, cosa que dudo les suceda a muchos que visten de púrpura. Por lo demás, abundan y sobran los que apetecen la amistad de los Poderosos. Que yo les falte y algunos más semejantes a mí no creo que les cause excesivo perjuicio. —Es claro, querido Rafael —dije yo entonces— que no hay en ti ambición de riquezas, ni de poder. Un hombre de tu talante me merece tanta estima y respeto como el que detesta el mayor poder. Por ello, me parece que sería digno de un espíritu tan magnánimo, y de un verdadero filósofo como tú, si te decidieras, aun a pesar de tus repugnancias y sacrificios personales, a dedicar tu talento y actividades a la política. Para lograrlo con eficacia, nada mejor que ser consejero de algún príncipe. En tal caso —y yo espero que así lo harás— podrías aconsejarle —lo que creyeras justo y bueno. Tú sabes muy bien que un príncipe es como un manantial perenne del que brotan los bienes y los males del pueblo. Tienes, en efecto, un saber tan profundo que, aun en el caso de no tener experiencia en los negocios, serías un eminente consejero de cualquier rey. Y tú experiencia es tan vasta que supliría a tu saber.[10]
Una propuesta similar haría casi un siglo después Tommaso Campanella con su Ciudad del Sol, escrita en 1602, mientras su autor permanecía en la cárcel napolitana acusado de conspirar contra el imperio español. La Ciudad del Sol se configura como siete círculos concéntricos con cuatro puertas abiertas a los puntos cardinales, dominando el conjunto un gran templo solar también circular. En éste habita el Metafísico, Hoh, la cabeza de la ciudad, en el cual Campanella ejemplifica el ideal platónico: el gobernante de la ciudad debe ser el filósofo, el sabio de conocimiento universal que nada ignora: considera deshonroso ignorar cualquier cosa que los hombres puedan saber.
Campanella crea así la figura de un filósofo-mago-científico-sacerdote que domina todos los saberes, configurando un ejemplo de su propia experiencia filosófica, llena de elementos tan cercanos a la nueva ciencia como de otros ligados a la tradición mágico-hermética del Renacimiento, pues para él todas las ciencias sirven a la magia en su búsqueda para captar el ritmo secreto de las cosas. Además, su proyecto político está dirigido a crear una monarquía universal, cuya cabeza sea la unión del poder político y religioso: El jefe supremo es un sacerdote, al que en su idioma designan con el nombre de Hoh; en el nuestro, le llamaríamos Metafísico. Se halla al frente de todas las cosas temporales y espirituales.
Esta mezcla de elementos heterogéneos (filosofía, magia, ciencia) no es tan extraña, aunque así pueda parecer, pues magia y ciencia constituyen, en los umbrales de la modernidad, una maraña difícil de descifrar. El que estos dos universos estaban tan estrechamente unidos lo evidencia la vida del científico Kepler, quien se ganaba la vida realizando cálculos astrológicos en la corte rudolfina de Praga. La ciudad se configuraba, pues, de forma racional, ocupando tanto una colina como un llano, tal y como ocurría en el caso de la ciudad Amauroto, de la isla Utopía. Pero, aparte de estos escasos indicios, a Campanella le preocupaba poco la situación de su ciudad. No disimulaba la pura creación geométrica y circular que suponía la ciudad y, al contrario, parecía destacar que se trataba de una construcción ideológica. Esto no quiere decir que se tratara de una ciudad de Dios en la tierra, como algunos han querido dar a entender, sino una creación de la razón humana que, a la manera platónica, esencializa las formas de la naturaleza, geometrizándolas, para llegar a conformar una unión metafísica. Así es como Campanella lo explica en las Quaestiones: “Nosotros presentamos nuestra República no como dada por Dios, sino como un hallazgo de la Filosofía y de la razón humanas, para demostrar que la verdad evangélica está de acuerdo con la naturaleza”[11].
Como se ha podido observar, el texto Ciudad del Sol se inscribe en la tradición utopista de Platón y Tomás Moro, donde el filósofo sabio es la figura central en la construcción de la ciudad o la república soñada. El Estado postulado por Campanella se instituye de la mano de la filosofía y la razón humanas, orientado a demostrar que la verdad bíblica está en concordancia con la naturaleza, lo que ponen en evidencia la existencia de un definido panteísmo filosófico.
Desde entonces, miles de obras se han escrito en diferentes partes del mundo haciendo referencia a la palabra utopía como lugar o territorio inexistente que se quiere alcanzar para disfrutar la vida en total plenitud, felicidad y bienestar. Ese es el mismo lugar que siglos atrás los israelitas plasmaron en el texto divino de La Biblia con el nombre de Paraíso, la tierra prometida y la tierra de la abundancia, donde manaría “leche y miel”, que se ha convertido en la promesa del cristianismo de una vida placentera para todos los devotos de Dios después de su muerte física, si han cumplido fielmente con el mandato celestial.
Asimismo, varios siglos después, los fundadores del socialismo científico, Carlos Marx y Federico Engels, en textos tales como “El Manifiesto del Partido Comunista” hablaban del comunismo como una sociedad donde desaparecería “la explotación del hombre por el hombre” y las clases sociales, al tiempo que los bienes se producirían de forma colectiva y se distribuirían equitativamente entre todos sus miembros. Esta ha sido considerada por muchos estudiosos de las ciencias económico-sociales, políticas y jurídicas como la más grande utopía de la humanidad por cuanto presenta enormes dificultades teóricas y prácticas para su concreción, debido a los intereses múltiples y las características diversas que tienen los seres humanos en los diferentes lugares del planeta tierra.
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La Utopía de Bolívar, la Referencia de Pedro Henríquez Ureña en América
En América, quien concibió tanto política como constitucionalmente una patria grande libre e independiente para el disfrute de todos, fue el gigante Simón Bolívar. Ese pequeño gigante independizó a Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, pero al mismo tiempo soñó con la integración de México, América Central, el Caribe y todos los países que conforman el Cono Sur, en una gran nación. Esta es la perspectiva que aporta Bolívar en 1815, cuando estuvo en Jamaica y Haití, en torno a los posibles centros metropolitanos de la América soñada, una vez la independizara totalmente del dominio español, teniendo como denominador común el idioma castellano o español, pero con la impronta de una diversidad cultural, étnica e histórica indiscutible:
Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas, que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme de que el nuevo mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible no me atrevo a desearlo, y menos deseo aun una Monarquía universal de América, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen, no se reformarían, y nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados Americanos, han menester de los cuidados de gobiernos paternales, que curen las plagas y las heridas del despotismo y la guerra. La Metrópoli, por ejemplo, sería Méjico, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay Metrópoli. Supongamos, que fuese el Istmo de Panamá, punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente: ¿no continuarían éstos en la languidez y aun en el desorden actual? Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al nuevo mundo, sería necesario que tuviese las facultades de un dios, y cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.[12]
Consciente de las dificultades de todo tipo que encontraría en el proceso de edificación de esta magna empresa multinacional, se concentró en visualizar las identidades que poseían algunos países o conjunto de países para avanzar en la construcción de gobiernos federados u organismos regionales, anticipando la idea de que el centro político o metropolitano de esa gran república confederada debía ser México, por cuanto es la única nación que tenía en sí misma un poder interior. En ese sentido pasó a definir lo que entendía era la naturaleza de las localidades, las riquezas, la población y el carácter del pueblo mexicano:
Voy a arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre la suerte futura de la América: no la mejor, sino la que le sea más asequible. Por la naturaleza de las localidades, riquezas, población y carácter de los mejicanos, imagino que intentarán al principio establecer una república representativa, en la cual tenga grandes atribuciones el poder ejecutivo, concentrándolo en un individuo que, si desempeña sus funciones con acierto y justicia, casi naturalmente vendrá a conservar una autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta administración excita una conmoción popular que triunfe, este mismo poder ejecutivo quizá se difundirá en una Asamblea. Si el partido preponderante es militar o aristocrático exigirá probablemente una Monarquía, que al principio será limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará en absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más difícil en el orden político que la conservación de una Monarquía mixta; y también es preciso convenir, en que solo un pueblo tan patriota como el inglés, es capaz de contener la autoridad de un Rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un Cetro y una Corona.[13]
Es indudable que el libertador Simón Bolívar tenía un conocimiento cabal de lo que ocurría en cada parte de América, razón por la cual pudo indicar con toda certeza que el régimen que adoptaría tras su independencia frente a España era el de la república democrática representativa, donde el poder ejecutivo tendría un poder supremo frente a los demás. En tal sentido, ve a México como el país que estaría en mejores condiciones de encabezar la unidad de los pueblos hispanoamericanos, ya que, si bien el istmo de Panamá es el centro del continente, carece de la fortaleza interna y de la autoridad necesaria para ser el punto elegido para constituirse en la capital de la república confederada.
Bolívar destaca el rol esencial que jugarían los países que constituyen a la América Central desde Panamá hasta Guatemala, pasando por Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador, en el trasiego de mercancías a través de los canales comerciales que permitirían conectar a los continentes de Europa, América y Asia, con lo cual avizoró el futuro que le deparaba la geopolítica como capital del mundo a esta zona céntrica del Nuevo Mundo, con los canales de Panamá y de Nicaragua. De esta manera lo expresó el gigante de la libertad americana:
Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizá una asociación. Esta magnífica posición, entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del Universo. Sus canales acortarán las distancias del Mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América, y Asia, traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso solo allí podrá fijarse algún día la Capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio![14]
Al referirse a la unidad de Nueva Granada y Venezuela para conformar la Gran Colombia, como tributo al navegante de origen italiano Cristóbal Colón, Bolívar expresa que tendría fácil acceso y su situación sería tan poderosa que se haría inexpugnable ante sus enemigos, al tiempo que sería un territorio próspero para la agricultura, la ganadería y la madera de construcción, pasando a ser su capital Maracaibo o una ciudad nueva que recibiría el nombre de Las Casas en honor al filántropo dominico defensor de los aborígenes, Fray Bartolomé de las Casas. Así lo consigna Bolívar (2007) en las siguientes palabras:
La Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una República Central cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas (en honor de este héroe de la filantropía) se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición, aunque desconocida, es más ventajosa por todos respectos. Su acceso es fácil, y su situación tan fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganados, y una grande abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Goagira. Esta nación se llamaría Colombia, como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés, con la diferencia de que, en lugar de un rey, habrá un poder ejecutivo electivo cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república, una cámara o senado legislativo hereditario que, en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del Gobierno; y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones, que las de la cámara baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de todas las formas; y yo deseo que no participe de todos los vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho incontestable para desearle lo que en mi opinión es mejor. Es muy posible que la Nueva Granada, no convenga en el reconocimiento de un Gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará por sí sola un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todos géneros.[15]
En la construcción de esa gran confederación contó con el apoyo del presidente haitiano Alexandre Pétion, quien puso como única condición para colaborar con armas y personas de su patria, que una vez fuese lograda la independencia de esos países todos los negros esclavos fueran liberados. En estos términos se expresó Bolívar de esta gran unidad cuando se dirigió al pueblo de Venezuela en el Congreso de Angostura, el 15 de febrero de 1819:
La reunión de la Nueva Granada y Venezuela en un gran Estado ha sido el voto uniforme de los pueblos y gobiernos de estas repúblicas. La suerte de la guerra ha verificado este enlace tan anhelado por todos los colombianos; de hecho, estamos incorporados. Estos pueblos hermanos ya os han confiado sus intereses, sus derechos, sus destinos. Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal que ofrece para el ejercicio de la voluntad soberana un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas entre esos océanos que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana. Ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro. Ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo. Ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.[16]
Por último, al hacer referencia a las provincias que conformaban el Cono Sur, especialmente a la Argentina, Chile y Perú, Bolívar destacó las características que vislumbraba en cada una. De Argentina subrayó la preeminencia de los sectores militares como consecuencia de sus divisiones intestinas y de las guerras externas, cuyo gobierno central tendía hacia la oligarquía. De Chile dice bondades, que es un pueblo de costumbres inocentes y virtuosas, que, si en algún pueblo prevalecería la libertad, ese sería el pueblo chileno. En tanto que de Perú expresó que era portador de dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal, el oro y la esclavitud, donde el primero lo corrompe todo y el segundo está corrompido en sí mismo, puesto que en muy escasas ocasiones el siervo llega a apreciar la sana libertad. Así lo resume Bolívar:
Poco sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos Aires, Chile, y el Perú. Juzgando por lo que se trasluce, y por las apariencias en Buenos Aires, habrá un Gobierno central, en que los militares se lleven la primacía por consecuencia de sus divisiones intestinas y guerras externas. Esta constitución degenera necesariamente en una oligarquía o una monocracia, con más o menos restricciones, y cuya denominación nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal cosa sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a las más espléndidas glorias. El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de Libertad; los vicios de la Europa y del Asia llegarán tarde o nunca, a corromper las costumbres de aquel extremo del Universo. Su territorio es limitado, estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres, no alterará sus leyes, usos y prácticas, preservará su uniformidad en opiniones políticas y religiosas, en una palabra, Chile puede ser libre. El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo, rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas serían aplicables a toda la América, creo que con más justicia, las merece Lima, por los conceptos que he expuesto, y por la cooperación que ha prestado a sus señores contra sus propios hermanos, los ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta -. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia, ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia. Los primeros preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias, y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si consigue recobrar su independencia.[17]
Bolívar tenía la idea de que las distintas provincias o regiones de América estaban luchando por lograr su independencia para constituir repúblicas con diferentes características y gobiernos monárquicos o federados. Al mismo tiempo ve como una gran idea la construcción de una sola nación de todo el Nuevo Mundo, ya que tiene un mismo origen, una misma lengua, costumbres similares y una misma religión, lo que debiera ser un motivo más que suficiente para constituir un solo Gobierno, que confederase a los diferentes estados que habrían de formarse, algo similar a lo que había propuesto dos siglos antes el abate Charles-Irenee Castel de Saint Pierre como antecedente del actual proceso de constitución de la Unión Europea.
Esto deja entrever con absoluta claridad, que, así como el abate Saint-Pierre soñó con que Europa se constituyera en una gran nación, y tres siglos después su idea se constituyó en una realidad insoslayable, lo mismo podría ocurrir con la confederación de toda la América Hispánica. Por tanto, no es ilusorio pensar que más adelante toda América se pueda constituir en una sola nación desde América del Norte hasta la Tierra del Fuego, tal como la concibió Simón Bolívar en sus reflexiones y en virtud de lo cual dio pasos firmes para echar las bases políticas de esa gran confederación, a través de la construcción de la Gran Colombia. Veamos lo que dice el propio Bolívar:
De todo lo expuesto podemos deducir estas consecuencias: las provincias americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso, algunas se constituirán de un modo regular en repúblicas federadas y centrales, se fundarán monarquías, casi inevitablemente, en las grandes secciones; y algunas serán tan infelices que devorarán sus elementos, ya en la actual, ya en las futuras revoluciones; que una gran monarquía, no será fácil consolidar, una gran república imposible. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo, una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo Gobierno, que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres de semejantes dividen a la América: ¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración: otra esperanza es infundada; semejante a la del abate St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo, para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones.[18]
Como se puede advertir, en Bolívar había mucho escepticismo de que esa idea de una sola Gran Nación se pudiese concretar en el momento en que la concibió, pero al mismo tiempo soñó con que esta se pudiera concretizar en alguna época dichosa de nuestra regeneración política, donde los habitantes de América pudieran tener la fortuna de instalar un augusto Congreso en el istmo de Panamá con los representantes de todas las repúblicas, reinos e imperios, donde se discutan los elevados intereses de la paz y de la guerra con las naciones de los demás continentes que integran el globo terráqueo.
Del mismo modo que existen diferencias, tal como las remarcó Bolívar, relativos a climas remotos, situaciones diversas e intereses opuestos, del mismo modo existen muchas identidades, entre las que destacan un mismo origen, un devenir histórico-cultural similar, una lengua común, costumbres análogas y una misma religión. Estas identidades y otras deben servir de elementos motrices para avanzar hacia la constitución de un solo Gobierno, que confederase los diferentes estados que se han formado a lo largo y ancho de nuestra América, pero siempre partiendo de la premisa que deben existir reglas claras, como la igualdad de oportunidades, el consenso, la multiculturalidad, la libertad de pensamiento y de cultos, así como el respeto a la diversidad en el sentido más amplio, tanto en el ámbito público como privado, sin importar el tamaño de los territorios, el nivel de desarrollo alcanzado, la religión, la lengua o la procedencia étnica.
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La Patria de la Justicia y del Ideal de Cultura de Pedro Henríquez Ureña
Como se ha podido observar, en las utopías esbozadas se han visualizado muchas identidades y diferencias con respecto a la perspectiva esbozada por Pedro Henríquez Ureña en la Argentina de los años 1922 y 1925, en sus textos La Utopía de América y Patria de la Justicia. Con las utopías que tiene más similitudes la de Henríquez Ureña, son las esbozadas por el filósofo griego Platón en sus obras y la formulada por el libertador latinoamericano Simón Bolívar en sus cartas, discursos y constituciones, procediendo a integrar en su formulación una diversidad de elementos sumamente novedosos. Es así como Henríquez Ureña delinea los factores comunes que justifican la formulación de su utopía:
La unidad de su historia, la unidad de propósitos en la vida política y en la intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más. Si conserváramos aquella infantil audacia con que nuestros antepasados llamaban Atenas a cualquier ciudad de América, no vacilaría yo en compararnos con los pueblos políticamente disgregados, pero espiritualmente unidos, de la Grecia clásica y la Italia del Renacimiento. Pero sí me atreveré a compararnos con ellos para que aprendamos, de su ejemplo, que la desunión es el desastre. Nuestra América debe afirmar la fe en su destino, en el porvenir de la civilización.[19]
La utopía de Henríquez Ureña tiene como fundamento su propuesta filosófica de la perfección del espíritu y la búsqueda de la profunda raíz nativa, original; su postulado de que el concepto de justicia es superior al ideal de cultura; su aspiración de lograr que todos los habitantes de América logren alcanzar la emancipación del brazo y la inteligencia; su anhelo de que América sea la tierra de promisión para la humanidad; su apuesta para que los pueblos americanos mantengan su unidad en base al respeto y logren la armonía en la diversidad de voces y expresiones, evitando así la uniformidad que regularmente imponen los imperialismos estériles; pero, sobre todo, al mantener la claridad de miras de que las utopías sólo pueden convertirse en realidad como resultado del trabajo constante y sistemático de todos los pueblos que aspiran y luchan por hacer realidad un elevado ideal.
En ese orden, la destacada escritora dominicana Soledad Álvarez pondera los aportes realizados por Henríquez Ureña en cuanto a la postulación de la necesidad de unir a la América Hispánica para que estuviera en capacidad de enfrentar la creciente dominación imperialista, donde se planteaba retomar el proyecto de constitución de una Magna Patria como la concibieron el libertador Simón Bolívar y el apóstol de la libertad José Martí, cuando hablaban de Nuestra América. A tono con este postulado, Álvarez destacó el compromiso intelectual que asumió Henríquez Ureña en relación con el estímulo de la participación popular en el proceso de lucha contra todo tipo de colonialismo, el imperialismo norteamericano y en pro de la construcción de su utopía basada en la “Patria de la Justicia”. Así lo plantea de forma explícita la investigadora social Álvarez:
Contrario a los pensadores idealistas de su tiempo, quienes, contagiados por las teorías irracionalistas y hegelianas, veían a nuestra América como un producto de negaciones, no de síntesis, como un continente desvinculado entre sí y a la vez desvinculado del mundo, Henríquez Ureña plantea la consustancialidad de nuestros pueblos que constituidos en Magna Patria deberán unir sus fuerzas para impedir la creciente dominación imperialista. Retoma entonces el proyecto de unidad latinoamericana enarbolado por Bolívar y Martí. A ellos le une no solo el reclamo unitario: el americanismo de Henríquez Ureña es fruto del americanismo bolivariano, y, sobre todo, continuación de José Martí. La presencia de Martí es evidente en el pensamiento de Henríquez Ureña. Ya vimos su recta interpretación del legado martiano, su admiración hacia el escritor que pudiendo todo al solo ideal de ser poeta, “antes quiso acatar normas de honrado; el deber y el amor se le agrandaron, se completaron en la devoción de su tierra”. De Martí el rechazo a toda actitud evasionista, la toma de partido por un arte plenamente humano, lo mejor de la cultura universal a nuestra cultura, conservando las esencias latinoamericanas, el amor hacia la auténtica cultura española y hacia el idioma, y el reclamo de una expresión propia a la que debe proceder el reconocimiento de la existencia de Latinoamérica. Sobre todo, de Bolívar y Martí la conciencia apasionada de servicio, el antiimperialismo. En momentos en que el intelectual latinoamericano tenía que decidir su suerte del lado de nuestros pueblos y con los oprimidos, o en su contra, Henríquez Ureña se pronuncia contra todo tipo de colonialismo, contra el saqueo espiritual y económico de nuestros países por parte del imperialismo norteamericano y proclama que nuestra América se justificará ante el futuro cuando termine en sus tierras la explotación del hombre por el hombre. Contempla, además, la participación popular en la construcción de lo que él llama “nuestra utopía” -su sueño de justicia-, ya que, como Martí, es con los oprimidos con quienes hace causa común.[20]
Una obra interesante y polémica es Delirio Americano del autor colombiano Carlos Granés, quien estructura su ensayo en tres tiempos bien definidos, partiendo del supuesto delirio permanente en que ha vivido esta tierra de utopías: el delirio de las vanguardias y la búsqueda de la modernidad, con el temprano ensueño de la Madre Patria, la búsqueda de un destino común y la exaltación de los sentimientos antiyanquis y antiimperialistas; el delirio de la identidad, la explosión de los nacionalismos, la consolidación de los estados y la peligrosa derivación de muchos de ellos hacia regímenes fascistas; y el delirio de la soberbia, el renacer de la revolución y la invención del guevarismo, con incidencia en diferentes países de América Latina.
Con su reflexión, que inicia con la muerte en combate del apóstol de la independencia cubana José Martí en 1895 y concluye con la muerte del comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016, Granés intenta demostrar que “América Latina es siempre una pantalla donde alguien intenta proyectar una utopía, una fantasía o un delirio”, ya sea extranjero o nativo. En ese orden, el autor colombiano niega todas las afirmaciones que históricamente se han estructurado en torno a que América Latina “es el continente mágico-realista, el continente de las revoluciones o el continente solitario que llegó tarde al banquete de la civilización”. Muy por el contrario, se propone “quitar todas esas capas de ficción para demostrar que somos un continente extremadamente complejo geográfica, racial y culturalmente” e indica que “nos toca a todos convivir en democracia y con tolerancia, y eso supone dejar todos esos anhelos de pureza con respecto al enemigo exterior que siempre derivan en la búsqueda de un enemigo interno, lo cual ha sido nuestra gran tragedia.”.[21]
En lo que se refiere al proceso identitario latinoamericano, Granés destaca que el continente ha tenido una larga historia de búsqueda de sí mismo, de exploración de una esencia que no pocos políticos e intelectuales han creído encontrar en los nacionalismos, los indigenismos y los populismos, haciendo del martirologio y del rechazo indolente y ancestral de los Estados Unidos o de España sus señales de identidad, dejando entrever que todos los males vienen de afuera, alimentando así una supuesta falsa dialéctica entre los imperialismos ficticios y la inocencia de los nativos. Al respecto, Granés sostiene:
(…) de las independencias habíamos pasado a las guerras civiles, luego a las guerras entre países y finalmente, de forma abrupta, a las revoluciones –la mexicana, la chilena, las militares de Uriburu, Getúlio Vargas y Sánchez Cerro; la de Sandino, las populistas, las socialistas, las antiimperialistas–; llegábamos a los años ochenta exhaustos, rindiéndole una fidelidad absurda y masoquista a un conjunto de ideas obsoletas, crueles y tiránicas que los latinoamericanos parecíamos condenados a repetir como loros tropicales: la descolonización, el antiyanquismo, el enemigo interno, la pureza de las tradiciones, el líder telúrico, la legitimidad de la violencia.[22]
En Delirio Americano se examina a profundidad la relación permanente que existe entre arte y política, literatura y poder político, revelando claramente que el genio literario y la ambición política por el poder han andado siempre muy de cerca. De esta manera, Granés encuentra reveladores niveles de correspondencia entre las expresiones políticas e intelectuales con respecto a las diferentes manifestaciones artísticas y literarias. Salvo el muralismo mexicano, el populismo argentino, la vanguardia arquitectónica brasileña, la Revolución cubana y el boom literario, la mayor parte de los fenómenos culturales latinoamericanos han tenido un consumo marcadamente de tipo local o nacional. En este sentido, la tensión creativa entre localismo y universalismo es una clave de lectura de la historia cultural de América Latina. No cabe duda de que intelectuales como Martí, Rodó, Vasconcelos, Neruda, García Márquez, Vargas Llosa y Borges, entre otros, recrearon magistralmente problemas latinoamericanos en diálogo con los cánones de las vanguardias más avanzadas de su tiempo. Por eso sus nombres no quedaron atrapados en el ámbito reducido de lo nacional, sino que aún hoy exhiben ante el mundo su mejor espíritu creativo.
Tras realizar un recorrido desmitificador que va desde finales del siglo XIX, pasando por el siglo XX hasta llegar al siglo XXI, Granés concluye su obra con un discurso nihilista, que al mismo tiempo intenta ser un llamado a la convivencia, a la cordura y al reconocimiento de la exhuberancia geográfica, la complejidad histórico-cultural, así como también del barroquismo étnico y literario que caracteriza a la América Latina. Esto se pone manifiesto en el siguiente texto:
Lo auténticamente latinoamericano, sería sacudirse ese estereotipo, olvidarnos de la imposible pureza premoderna, huir del lugar del “otro” que nos han asignado y tratar de entender que América Latina no es la tierra del prodigio, ni de la utopía, ni de la revolución, ni del realismo mágico, ni de la descolonización, ni de la resistencia, ni del narco, ni de la violencia eterna, ni el subdesarrollo, ni de la esperanza, ni siquiera el delirio. Tan solo es un lugar donde gente muy diversa tiene que convivir y prosperar. Un lugar exuberante por su geografía, complejo por su historia y barroco por las improbables mezclas a las que ha dado lugar. Solamente eso. Cualquier otra cosa que se diga tal vez no deje de ser solo una proyección o una fantasía. Incluso, una maldición.[23]
Contrario a las ideas postuladas por Granés en su Delirio Americano, la república anhelada por Henríquez Ureña, la Patria de la Justicia, cobra sentido no en el deseo de uno, dos o tres iluminados, al margen del esfuerzo colectivo, sino que es fruto o resultado del esfuerzo mancomunado de múltiples y coordinadas voluntades de todo un pueblo, conducido por un liderazgo colegiado, democrático, responsable y con una visión táctica y estratégica, salido de sus propias entrañas. Solo con la cooperación sistemática de cada uno de los hijos de Hispanoamérica y de todos aquellos que estén dispuestos a colaborar solidariamente en esa magna empresa, se podrían alcanzar las metas delineadas y los propósitos proyectados. Veamos lo que dice el pensador dominicano sobre este aspecto:
Nuestro ideal no será la obra de uno, dos o tres hombres de genio, sino de la cooperación sostenida, llena de fe, de muchos, innumerables hombres modestos; de entre ellos surgirán, cuando los tiempos estén maduros para la acción decisiva, los espíritus directores; si la fortuna nos es propicia, sabremos descubrir en ellos los capitanes y timoneles, y echaremos al mar las naves.[24]
La patria que aspira a construir no puede edificarse sobre la base de la injusticia ante sus propios hijos e hijas o frente a naciones y pueblos vecinos o de otras latitudes, en aras de mostrar poderío e infundir temor. La justicia ha de ocupar un lugar privilegiado en la Magna Patria postulada por Henríquez Ureña, de manera que se anteponga y sirva de fundamento al ideal de cultura, tan necesario para lograr el desarrollo integral de nuestros pueblos. Al respecto, el gran humanista hispanoamericano plantea: “El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que sólo aspira a su propia perfección intelectual”.[25]
Henríquez Ureña entiende que debemos propiciar la unidad en torno a la Magna Patria, pero que esto no debe constituirse en un fin en sí mismo. Por eso entiende que la meta final es alcanzar un ideal superior de justicia y desarrollo cultural, porque si ocurriese lo contrario, ese proyecto se constituiría en uno más para acumular poder con el solo propósito de tener poder, lo que podría contribuir a que la nueva nación se convierta en una potencia internacional fuerte y temible, destinada a sembrar nuevos terrores en el seno de la humanidad atribulada, que busca de forma incesante la tierra prometida. El humanista dominicano define el perfil de la nueva patria a que aspira se construya en América con las siguientes palabras:
Si la magna patria ha de unirse, deberá unirse para la justicia, para asentar la organización de la sociedad sobre bases nuevas, que alejen del hombre la continua zozobra del hambre a que lo condena su supuesta libertad y la estéril impotencia de su nueva esclavitud, angustiosa como nunca lo fue la antigua, porque abarca a muchos más seres y a todos los envuelven la sombra del porvenir irremediable.[26]
Al mismo tiempo deplora el que nuestro continente se constituya en una réplica o prolongación de Europa, Estados Unidos o cualquier otra potencia imperialista de la tierra, porque con ello solo se haría crear las condiciones propicias para profundizar la explotación y expoliación entre los seres humanos. Muy al contrario, entiende que se deben crear las condiciones para que América se convierta en la tierra de promisión, amor, justicia, desarrollo cultural, libertad, abundancia y bienestar de la humanidad, cansada de soñarla y buscarla en todos los lugares del planeta. Por eso, al tiempo de trazar las coordenadas de su ideal utópico, Henríquez Ureña advierte contra los peligros que acechan:
Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre (y por desgracia, esa es hasta ahora nuestra única realidad), si no nos decidimos a que esta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación: sería preferible dejar desiertas nuestras altiplanicies y nuestras pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos, no los dolores que nada alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y de la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infringen al débil y la hambriento.[27]
Para prevenir a los constructores de la Magna Patria, soñada por Simón Bolívar, José de San Martín, Juan Pablo Duarte, Francisco Morazán, Eugenio María de Hostos, Gregorio Luperón, Emeterio Betances, José Martí, Máximo Gómez, Federico Henríquez y Carvajal, Pedro Albizu Campos, César Augusto Sandino, Gregorio Urbano Gilbert, Farabundo Martí, Ernesto -Che- Guevara, Francisco Alberto Caamaño, José Enrique Rodó y el propio Pedro Henríquez Ureña, este nos traza con claridad el camino a seguir:
Nuestra América se justificará ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de su naturaleza y por el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad donde se cumple ‘la emancipación del brazo y la inteligencia’… En nuestro suelo nacerá entonces el hombre libre, el que, hallando fáciles y justos los deberes, florecerá en generosidad y en creación.[28]
Como se puede observar, la América a que aspira nuestro gran pensador y crítico es aquella que se fundamenta en la unidad de todos sus pueblos sobre la base de la prosperidad material y espiritual que proporciona la naturaleza y los frutos que emanan del trabajo y el esfuerzo mancomunado de sus hijos. Esta es la única vía para construir la mujer y el hombre nuevos – el ser humano universal nuevo- que se necesita, con una mentalidad y una praxis democrática y participativa, donde ondee serena -pero firme- la llama ardiente de la libertad y donde florezcan en creatividad y altos vuelos imaginativos y reflexivos, las más infinitas y disímiles escuelas artísticas, literarias y del pensamiento, en los ámbitos filosófico, científico y epistémico.
Así concebía Henríquez Ureña al ser humano universal que emergería del proceso de construcción de la nueva sociedad utópica americana:
El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será descastado: sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra; su tierra, y no la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos, y esa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino, carácter propio. La universalidad no es el descastamiento: en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones, pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos. Y por eso, así como esperamos que nuestra América se aproxime a la creación del hombre universal, por cuyos labios hable libremente el espíritu, libre de estorbos, libre de prejuicios, esperamos que toda América, y cada región de América, conserve y perfeccione todas sus actividades de carácter original, sobre todo en las artes: las literarias, en que nuestra originalidad se afirma cada día; las plásticas, tanto las mayores como las menores, en que poseemos el doble tesoro, variable según las regiones, de la tradición española y de la tradición indígena, fundidas ya en corrientes nuevas; y las musicales, en que nuestra insuperable creación popular aguarda a los hombres de genio que sepan extraer de ella todo un sistema nuevo que será maravilla del futuro.[29]
Está claro que el ser universal por el que abogaba Henríquez Ureña debía ser una persona capaz de valorar y disfrutar de todas las tonalidades, pero debía fundar sus gustos en los sabores procedentes de los lares nativos, de todo lo que tenga sabor auténtico o propio. De igual manera, plantea que en el mundo de las utopías no deben desaparecer nunca las diferencias que surgen del clima, las lenguas y las tradiciones, las cuales, en lugar de causar separación y discrepancias, deberán combinarse como tonos diversos de la unidad humana, como concordia de las múltiples voces, jamás como similitud proveniente de dominaciones y hegemonías infecundas. De esa manera, América contribuiría a forjar al ser universal, por cuyos labios se podría expresar libremente el espíritu en todas sus manifestaciones.
A tono con su novedosa concepción filosófica de la perfección espiritual, Henríquez Ureña postula triunfante:
Si el espíritu ha triunfado, en nuestra América, sobre la barbarie interior, no cabe temer que lo rinda la barbarie de afuera. No nos deslumbre el poder ajeno: el poder es siempre efímero. Ensanchemos el campo espiritual: demos el alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía.[30]
En fin, el forjador del ideal político-cultural y filosófico de la Magna Patria recuerda que la utopía no es ilusión, sino flecha de anhelo, razón por la cual era de opinión que los ideales solo se concretizan sobre la faz de la tierra con base en el esfuerzo y el sacrificio. Es por ello por lo que insta a todos los hispanoamericanos a trabajar día tras día de forma incansable, con fe y esperanza en el porvenir, para convertir en una realidad irrefutable y venturosa la creación de la patria de la justicia y de la cultura. Por ella tanto soñó y luchó Henríquez Ureña, desplegando inmensos esfuerzos en el ámbito de la cultura, el magisterio y la producción intelectual en todos los confines de Hispanoamérica, tratando de interpretar, arrojar luz y transformar la realidad de sumisión y explotación que existía, en un paraíso lleno de abundancia material y espiritual, donde el amor, la libertad, la democracia, el respeto a los derechos humanos, la libertad de pensamiento y, sobre todo, la justicia social plena, prevalezcan para siempre.
[1] La Biblia Reina Valera Contemporánea. https://www.bible.com/es/bible/compare/DEU.26.8-9
[2] Buber, Martín. Caminos de utopía. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1955, p. 17.
[3] Martínez Andrade, Luis y Meneses, José Manuel. Esperanza y Utopía. Ernst Bloch desde América Latina. México: Taberna Libraria Editores, 2016, p. 114.
[4] Celentano, Adrián. Utopía: Historia, concepto y política. Utopía y Praxis Latinoamericana, Volumen10, Número 31, Maracaibo, Diciembre 2005, p. 2.
[5] Ibidem.
[6] Pitia, sacerdotisa de Apolo, que era poseída por el dios para dar respuesta a las preguntas que se les hacían mediante una suerte de trance.
[7] Platón. Obras Completas, Tomo IV: República. Madrid: Editorial Gredos, 2008, pp. 375-376.
[8] Ibidem.
[9] Platón. Obras Completas, Tomo VII: Dudosos-Apócrifos-Cartas. Madrid: Editorial Gredos, 2008, p. 488.
[10] Moro, Tomás. Utopía. Madrid: Espasa-Calpe, 1999, pp. 5-6.
[11] Campanella, Tommaso. La Ciudad del Sol. Madrid, Mondadori, 1988, p. 206.
[12] Bolívar, Simón. La obra política y constitucional de Simón Bolívar, Madrid: Tecnos, 2007, pp. 21-22.
[13] Ibidem, p. 24.
[14] Ibidem, pp. 24-25.
[15] Ibidem, pp. 25-26.
[16] Ibidem, pp. 98-99.
[17] Ibidem, pp. 26-27.
[18] Ibidem, pp. 27-28.
[19] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, Tomo 7:1921-1928, Vol. I (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, pp. 127-128.
[20] Álvarez, Soledad. La magna patria de Pedro Henríquez Ureña. Santo Domingo: Colección Siboney, 1980, pp. 129-130.
[21] Lo expresado por el escritor Carlos Granés en una entrevista concedida a la Revista Mundo Diners de Quito, Ecuador, el 1 de marzo del 2023.
[22] Granés, Carlos. Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina. Bogotá: Taurus, 2022, p. 399.
[23] Ibidem, pp. 516-517.
[24] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, Tomo V. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Cultura, 2003, pp. 462-463.
[25] Ibidem.
[26] Ibidem, p. 462.
[27] Ibidem.
[28] Ibidem.
[29] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, Tomo 7:1921-1928, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, pp. 127-128.
[30] Ibidem, p. 129.
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