Si me permitieran condensar la personalidad poética de Pedro Espinal (Pellín) en una sola imagen, acaso ninguna resulte más exacta para mí que esta, del jilguero del Guanal. Hago un par de salvedades muy oportunas, noten que escribí «personalidad poética» y no poética exclusivamente; me estoy refiriendo pues al aura, a ese nimbo del Ser que caracteriza a su persona, eso, por una parte; paralelo a que por alguna «raczón» inexplicable hace uno días desperté con esa frase dándome vueltas en la cabeza y así la manifesté en el primer renglón de estas letras. La otra salvedad que les anunciaba tiene que ver con el propio epíteto de jilguero. Hasta el momento en que comencé a darle cuerpo a algunas ideas y dulces letanías una vez leído su último poemario publicado, ignoraba que el propio poeta se había referido así a Josián Espinal, su padre inspirador. Papo Fernández llamó mi atención sobre ese particular en una de nuestras cruzadas culturales. Luego, hay ignorancias que ustedes me van a tener que perdonar.
No he pretendido congraciarme ni regalar una metáfora ornamental para definir su porte y aspecto intelectual, lo que sí intento es una definición crítica que defina su personalidad habida cuenta de su interrelación con su entorno natural —su contexto diría el mismísimo Papo— y su «voz lírica» definitivamente letrada, pero arraigada, enraizada, literalmente. Ave cantora como es el jilguero, asociado a la espontaneidad y a la fidelidad con el paisaje que habita, canta porque esa es su naturaleza. No lo asume para exhibirse. Canta porque el canto es su manera de habitar el mundo. Canta porque es su esencia. Quienes hemos conversado con Pellín, hasta en sus más mínimos gestos, sus interjecciones, su mirada perdida —entiéndase encontrada—, sus sueños escapados, su gallardía sutil y personalísima, no me dejarán divagar. Un saludo de Pellín es un trino, un «santo susurro» que agradece uno. Esa sí es entonces, la razón. Y ahora sí vamos a compartir nuestro derrame de asombros, emociones y tres puntos suspensivos sobre la obra lírica, la poética, de Pedro Espinal, sí, sí, ese mismo, el otro jilguero de El Guanal.
Recientemente fue presentada su última producción poética «Tu nombre me lo regaló la tarde». Y fue allí en la Casa Cultural Josián Espinal precisamente donde hubo de presentarse en sociedad esta hermosa obra. ¿Dónde si no? Ochenta poemas que han llegado para redefinir la condición de Bardo —con mayúscula—de Pedro Espinal desde una acendrada potencialidad lírica, romántica, naturalista, ¿o debemos ya continuar dándole cuerpo epistemológico al término «ruralcentrista» acuñado por Papo Fernández? Veámoslo más adelante. El libro tiene celoso cuidado de ilustraciones interior y de portada que corren por el talento de Francis Ernesto Espinal Beltrand, y un diseño editorial bajo la responsabilidad de Jaime Meléndez Publicidad, impreso en editora Buho, S.R.L.
Lecturas van y lecturas vienen, uno, dos, tres niveles de lecturas, notas y comentarios nos han permitido acercarnos a un compendio de poemas vitales. Textos que le dan una geografía bastante definida a una etapa de madurez creadora a la obra de Espinal. El libro exhibe textos como pilastras que sostienen una voz —un canto poético— capaz de absorber cualquier punto de vista de la crítica literaria y eso me llena de regocijo. Me limitaré no obstante a comentarles varios de los textos que más reavivaron mi modesta capacidad de asombro para incitar la de ustedes, pero sobre todo para dejar testimonio de un salto estético que el poeta ha dado en estas páginas. Tras la lectura de poemas como «Costureras de almas», «A dónde», «Amores sin bostezos» «Devaneos», «Gratitud y olvido», «Esa rara parca», y «Vengan poetas» emerge una voz que no cuelga en las páginas de este libro construida desde la academia ni desde los laboratorios formales de la poesía contemporánea. Su voz surge de una experiencia trascendente concreta, desde un ánimo de observación detenido parsimoniosamente en esa conciencia del ser que no se permite pérdida de tiempo. La observación que se desgrana en estos textos es materia prima ineludible de la creación literaria para el poeta. Y, desde luego, el campo cibaeño, la tradición oral, la religiosidad popular, la memoria afectiva y la contemplación amorosa, groso modo, van a ser las «semillas» para su «cosecha» creativa, intelectiva.
Lo primero que llamó mi atención en esta obra es la permanencia de un imaginario raigalmente campestre. Razones que nos permiten disfrutar el hecho de que no es un escritor surgido de los círculos urbanos de legitimación literaria, como hemos venido acotado, Pedro Espinal hereda —y luce pertenecer— a una estirpe distinta de hacedores de palabras, de sembradores de metáforas, de cultivadores de imágenes, la del creador naturalizado en la tierra, el río, el paisaje, las semilla, las colinas, la tasa de café, al cerro, al hecho de polinizar, el cabalgar, y por sobre todas las cosas a fraguar la memoria familiar. Y aunque en toda la cordillera de la poesía que se empina en esta obra hay múltiples temas, situaciones, o introspecciones desde las que se manifiesta la sensibilidad del poeta, su decir cabalga una trayectoria que revela una continuidad cultural entre generaciones. Si Josián Espinal fue la voz decimera de El Guanal, Pedro Espinal representa una prolongación de ese legado desde registros poéticos más líricos y personales, sin romper nunca con el universo rural que lo vio nacer y ese vínculo ceremonioso de genes divinos, de la creación del ser y de la creatividad propia del individuo que hoy es. Solo quiero marcar esta influencia directa, que no va a ser la única que acrisole la poética de Pellín.
Pedro Espinal no escribe pues desde la ciudad; escribe desde el paisaje —literal—. Y ese paisaje tiene nombre preciso, El Guanal; pero posee además una geografía sentimental que nace y cristaliza en la rivera del río Maco, un arroyuelo que, en la inmediatez creacional del poeta, es océano y vergel, remanso y torrente. Todo así, sin soslayar aquella otra mirada que procura asirse a un mundo cada vez más interconectado y donde circunda su atisbo hacia lo universal desde lo particular y también viceversa. Incluso ahí existe un crecimiento de «versos desatados» en el horizonte literario de Pellín. Y le damos las gracias por ello.
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A «Tu nombre me lo regaló la tarde», lo leí en su orden lógico, me explico, su otro orden lógico, quiero decir no de manera aleatoria como muchas ocasiones asumo la lectura de poesía. Paseé poema tras poema, deteniéndome en aquellos estremecimientos propios del jalón que nos da el propio texto. Releía y anotaba aquello que me dictaba alguien. Lo juro. Bueno, algo…no sé…Lo cierto es que lo pronunciaba en voz alta, tomaba nota y dejaba correr una suerte de estado de gracia que me iba persiguiendo por la página. Y, a la hora de resumir, ese alguien o ese algo me abandonaba y el tirón lo daba contra la página en blanco, secretamente hablando conmigo…y con los versos. Este libro tiene también algo de embrujo…no me lo crean así de plano. Léanlo. Y desmiéntanme luego. Si pueden.
Hay textos que germinan de la observación de una realidad visible concreta y otros que emergen de una experiencia espiritual interiorizada. «Costureras de almas» es uno de esos textos que pertenecen a esta segunda categoría. Se trata de un poema de clara inspiración religiosa que construye un elogio de la vida contemplativa femenina mediante una serie de imágenes que transforman la cotidianidad en sacramento y el trabajo silencioso en acto de trascendencia. Creo que el sujeto en este caso no optó por narrar una experiencia en sí misma, sino revelar una verdad espiritual a través de una cadena de símbolos que convierten a las religiosas —o mujeres dedicadas al servicio espiritual— en mediadoras entre lo humano y lo divino.
El poema advierte una progresión ascendente en estructura y contenido, tres estrofas claramente establecidas y definidas, la primera introduce una metáfora matriz que nombra, «costureras de almas». Una metáfora absoluta, cuya eficacia radica en convertir una tarea doméstica en una misión espiritual. Luego una segunda que expone capacidades espirituales de esas figuras mediante la imagen del pan y la levadura fundamentalmente, «levadura de fe» proclama el hablante lírico, y finalmente una tercera estrofa que culmina en una contemplación sacrificial donde el sujeto lírico lo primero que manifiesta es su admiración y reconocimiento hacia ellas, y nos las presenta además «consumadas en el altar de la vida». Existe, por tanto, una evolución desde el hacer hacia el Ser, desde el Ser hacia el decir y desde el decir hacia la observación, dígase hacia la veneración. Octavio Paz diría no es un decir, es un hacer / un hacer que es un decir.
Es un poema que respira con naturalidad y la emoción avanza en él mediante asociaciones simbólicas antes que por exigencias formales del lenguaje. Su lectura se convierte así en un proceso de descubrimiento gradual, permitiendo que las imágenes se asienten en la conciencia del lector con ritmo pausado, que evocan el acento de ciertas letanías religiosas, místicas. Así como las protagonistas viven «en su inmolación de cada día», y en la humildad de la clausura, el lenguaje del poema evita el artificio excesivo. El poeta ha preferido priorizar el gesto de la misericordia, el acompañamiento espiritual, la restauración moral, o la redención como pautas del eje simbólico de toda la composición.
Sumando a esto nos encontramos con el «pan que se consagra», como símbolo de formación y culminación espiritual, de creación, de Eucaristía, me atrevería a decir. La transformación de la harina en pan vista como metáfora del mejoramiento humano, enlazada con esa imagen hay una serie de metáforas conectadas entre sí que responden a una misma lógica, transformar nuestra realidad, imperfecta, en una realidad más plena; de ahí metáforas como remendar almas, fermentar con fe, y hornear en el amor, para dejarnos ver que la transformación espiritual es el verdadero tema del poema.
La tercera estrofa del texto me resulta admirable, introduce una triada de elementos metafóricos que potencian la espiritualidad del mismo, elementos que van a pertenecer al universo litúrgico, como claustro, cera, y altar; en ese contexto la existencia humana aparece entendida como ofrenda, mientras que la vida espiritual el poeta la concibe como combustión luminosa, «llama perenne», se lee.
Mas, la principal virtud del poema radica en la coherencia interna de la que hace gala. Veamos.
«Costureras de almas» es un poema de evidente inspiración religiosa como hemos observado. El lector va a encontrar su mayor fortaleza en la unidad orgánica y auténtica de su sistema simbólico. La metáfora inicial articulará todo el desarrollo posterior y permitirá construir una representación verdaderamente humana y trascendente de la vida consagrada. En ese sentido la costura, el pan y el cirio forman otra tríada simbólica de extraordinaria coherencia espiritual, reparar, alimentar e iluminar vaticinan la razón ser del texto.
Una de sus mejores —y mayores— cualidades reside en que nuestro poeta ha sabido convertir labores aparentemente humildes en emblemas de una elevada misión espiritual. Allí donde el mundo ve silencio, rutina o clausura, el poema —el poeta— (des)cubre para nosotros otra forma de heroísmo interior.
En su lógica artística, el poeta, —el poema— constituye una celebración de quienes dedican su existencia a zurcir las heridas invisibles de los otros. Pedro Espinal ha conseguido, más que un poema descriptivo, una elegía luminosa de la caridad humana activa y una meditación sobre la propia capacidad del hombre para convertirse, mediante el amor y la fe, en instrumento de restauración espiritual. En esa mirada reverente y transfiguradora reside, además, su más acabada belleza.
Costureras de almas
Así podría llamarles:
costureras de almas,
de almas remendadas
a caridad de oraciones,
a pulsos de consejos.
entre vigilias y ayunos.
¿Qué tienen sus manos?
Sus manos hechas para el milagro,
que vuelven lo pequeño tan apreciable.
Toman la harina y le dan forma,
con su levadura de fe,
la ponen en el horno del amor inapagable,
haciéndola pan que se consagra,
alimento de ángeles.
Les admiro en su claustro,
en su inmolación de cada día
como cera ofrendada,
hechas sirio con su llama perenne,
consumadas en el altar de la vida.
***
La poesía, como signo de interrogación perpetua, es un sistema lingüístico sumamente inquietante desde todo punto de vista, máxime si, como fuerza interior, la pregunta viene contenida desde la dualidad que habita tanto lo implícito como lo explícito. Siendo así, encontramos un próximo poema «A dónde», otro texto, breve si se quiere, que viene a abrir para este poemario la temática amorosa, casi erótica, de otros que van a configurar la nómina de los deseos y los apetitos de/por la contemplación del cuerpo amado. ¿Qué he notado en este texto como apertura para la temática? Primero, que es un poema inscrito dentro de una tradición lírica de fibra amorosa que hilvana su tejido tanto en la poesía petrarquista como en la tradición mística y sensual de la poesía romántica contemporánea.
Desde sus primeros versos, el texto configura una experiencia erótica sustentada en la contemplación sensorial del cuerpo femenino y lo hace a través de la interpelación permanente acerca de aquellos límites indescriptibles del deseo. No se trata, como en otros casos, de una poesía de la posesión corpórea, sino de una poesía del anhelo. El sujeto lírico no describe una consumación amorosa; él explora, más bien, la potencia transformadora de la belleza femenina y la capacidad de esta para desplazarlo hacia regiones desconocidas de la experiencia sensorial. El propio título, «A dónde», nos anticipa la naturaleza esencialmente interrogativa del poema. Toda la composición va a estar atravesada por una pregunta que no busca una respuesta concreta, pero sin embargo funciona como vientos de sotavento del deseo en sí y habría que verlo como principio estructurador del discurso poético que más adelante se disfrutará en este poemario. Decía Luis Cernuda en su poema «No decía palabras»: «Porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe». Y este parangón se puede vislumbrar en el hecho mismo de que el poema de Pedro Espinal, nunca llega a una conclusión alguna. El sujeto pregunta como quien sabe a priori lo incierto del itinerario de las relaciones sensuales basadas en la contemplación, creando uno de esos impasses de dulce abismo en las relaciones amorosas donde lo sensorial es adagio y apetito simultáneamente. Precisamente esa suspensión, esa suerte de limbo, constituye el espacio donde habita el deseo, digo…el poema. Pero el hablante lírico lo ignora hasta el momento. «¿a dónde iría siendo por tus ojos timoneado?», se pregunta. «¿A dónde?», el poema, constituye o construye así toda una metáfora de carácter existencial. Ya decíamos que la poética de Pedro espinal ha venido creciendo desde los derroteros de la observación minuciosa de su paisaje, habría que agregarle ahora del paisaje interior que nos desnuda el poeta en la página. El amor, el poema, la carne, el deseo aparecen como esa fuerza —arrebatadora, dice el poeta— que arranca al sujeto de sí mismo.
Entonces «A dónde» es un poema que inaugura para estas páginas —y encuentra su principal virtud— la coherencia de un imaginario erótico. La interrogación recurrente enuncia una estructura de deseo nunca satisfecha, mientras que la red simbólica del viaje transforma el cuerpo femenino en un territorio de exploración espiritual y sensorial como innegables itinerarios del paisaje femenino. El agua, el vino y el fuego —elementos primordiales dentro de la tradición simbólica universal— (re)configuran en este poema una secuencia ascendente que nos va conduciendo desde la contemplación hasta la pasión. Por eso el viaje es también uno de los símbolos que van a acentuar la connotación tanto del título del texto como de su propio «navegar en las aguas lejanas de tu (nuestra) mirada». El lector podrá ir alistando también sus apetitos en ese sentido.
Ahora, desde una perspectiva crítica, el texto se sitúa dentro de una línea de erotismo lírico clásico, donde el cuerpo femenino es cantado mediante metáforas asidas en la naturaleza y del paisaje metaforizados. Aunque en sus imágenes no se persiguen la innovación radical, necesito decir que sí poseen claridad p claridad de lo sublime, musicalidad y una apreciable capacidad evocadora. Me sorprende el hecho de que el poeta ha sabido «timonear» tal vez como el mayor logro del texto en el hecho de convertir el deseo en una pregunta abierta, en una búsqueda sin demarcaciones precisas, de modo que el deseo contemplativo aparece menos como posesión carnal ponderando una travesía… cabellos, ojos, labios, pechos… «y la braza que arde delante de tus colinas», consuma el poema.
En última instancia, prefiero pensar que el poe(t)ma sugiere que la verdadera experiencia amatoria no reside tanto en alcanzar la fluidez de un destino corpóreo, como en la perplejidad de dejarse conducir por la belleza «del ámbito de los imaginarios océanos», o deseos, hacia aquellas regiones desconocidas del alma donde encuentran su dicha los amores tántricos, ese poseer el cuerpo y su atrevimiento vital como vínculos para la expansión del amor más allá, más adentro entiéndase, del amor. Fíjense que, desde esta perspectiva, la pregunta del título permanece sin respuesta hacia el final del texto como veníamos diciendo porque el amor, en su dimensión más recóndita, es precisamente ese viaje, ese periplo, ese bojeo cuyo horizonte, sus «colinas» jamás termina de revelársenos.
A dónde
Si contemplar tu lozano trigueño
me eleva a la dicha,
¿a dónde me llevaría el palparlo?
Si navegar en las aguas lejanas de tu mirada
me sacan del ámbito de los imaginarios océanos,
a dónde iría siendo por tu ojos timoneado.
Más aún,
si el solo mirar el carmín
que dibujan tus labios me arrebata,
a dónde me llevarías tus besos,
tus besos hidratados con el vino.
Y esos tus pechos,
erguidos y provocados,
y la braza que arde delante de tus colinas.
Tratándose de un libro de madurez en la poética de este autor, el otro jilguero del Guanal, Pedro Espinal (Pellín), he apostado por detenerme sigilosamente como les había advertido en algunos de los textos que provocaron mayor y mejor asombro en este redactor. Con el denodado interés en justipreciar o argumentar estos delirios que uno disfruta con la poesía, pero son sin embargo apreciaciones in extensas que me amparan —y ojalá ustedes me permitan—, subdividir para una segunda parte nuestra admiración y deleite por su obra poética. Si les digo créanme, no lo den por sentado con ciega pasión, procuren leer este libro, siéntanse provocados mientras tanto con estos poemas que les comparto en esta y la venidera entrega y saquen ustedes sus oportunas conclusiones.
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