La marcha seguía como la vida misma. Los tropiezos eran parte de ella. "Doña Teofila", llevando su canto de madre. Con las manos llenas de limitaciones,   implorando, ante dioses extraños, perdón  a los conjurados.

En 1986, la Biblioteca Nacional, como parte de la Colección Orfeo, publicó "La tierra está bramando" de Hilma Contreras( San Francisco de Macorís, 1913-2006), en esta novela, cuidadosamente relatada por nuestra Premio Nacional De Literatura 2002, donde a veces quien narra es el personaje protagonista y en ocasiones un narrador omnipotente que lo visualiza todo. Conviven diferentes actores que interviene puntualmente cuando se le solicita. Sin embargo, son las madres y a la vez abuelas que aparecen entre los párrafos, las que me llaman la atención en esta interesante obra narrativa.

Tomando las calles, las madres y abuelas, sostienen la esperanza como estandarte, sus hijos y nietos, envueltos en convulsos conflictos con un ente gobernante que los aprisiona entre paredes que son levantadas por la represión y el odio.

"-Vámonos-dijo el sargento a sus hombres.

-¡Buena Cacería! -les gritó burlón el senador-

Atrapen a esos asesinos si quieren honrar el uniforme". (Pág.124)

El mundo se desmorona. Los jóvenes luchan por sus ideales. La libertad no es más que una frágil ala de mariposa. El toque externo de la maldad la hace polvo,  dejando un rastro de alas rotas y mariposas en el suelo:

"- Yo oí una conversación en esa casa… Dijeron que van a matar a los presos al otro día de soltarlos.

-¡Criatura! ¿Quién lo dijo?

-El general al coronel Solpino.

-¿Y qué más?

– No sé… Me asusté y corrí a ayudar a mi papá que desyerbaba unos canteros.

-No lo puedo creer -susurré-. ¿Te quedaste ahí, tan tranquilo, desyerbando?

-No- protestó el niño-. Decidí contárselo a mi madrina, la mamá de Carlos José, y él me mandó a contárselo a usté. Me dijo que usté haría algo y que no hablara con nadie más". (Pág.105)

Susurra el viento, susurra la noche, la tarde, la mañana. Todo es un susurro constante. Las madres advierten, fingen ignorar, pero no pueden. Advierten:

"Doña Eugenia levantó de su regazo el tejido y antes de mover ágilmente las agujetas echó una mirada a su hija.

“-Hay rumores, Eugenia. Tú mejor que nadie  sabes que las reuniones a puertas cerradas resultan sospechosas. No insistan, mis nervios comienzan a resentirse, te lo aseguro." (Pág.14)

Las calles son como árboles frondosos, llenos de pájaros ocultos y nidos de maldades vigilantes:

"-Todos vivimos así desde que andan los espías rondando las casas. Está uno expuesto a cualquier arbitrariedad de uno de esos tipos". (Pág.29)

Sin embargo, los anhelos, el deseo de cambio, irrumpe en la mente de los hijos, de los nietos que luchan por lo que creen sería un mejor porvenir. El presente no lo es, el pasado reciente tampoco. A la espera, el tiempo conjuga al verbo:

"-Dime, Eugenia, ustedes traman algo, ¿qué es?

-¿Nosotros?- me asombré.

-Tú eres una muchacha sensata. Aconséjalos, no los dejes cometer una locura. ¿Crees que no me doy cuenta? El aire apesta, como el año en que desapareció Miguel, ¿y de qué sirvió esa muerte y las otras? ¿De qué? Son muchas las vidas y muchos más los corazones destrozados para luego continuar en lo mismo. Te lo suplico, Eugenia, ayúdame a salvar a Jesús. No conspiren, por favor, no sacrifiquen su juventud, no vale la pena.

Estuve a punto de llorar… ¡Sacrificar la Juventud!". (Pág.56)

La autora de " Entre dos silencios", presenta a madres preocupadas, familias a la espera de lo peor, pero con una fe inquebrantable. Madres fuertes, incapaces de poner en prácticas el desfallecimiento:

"Doña Eugenia oyó cuando su hija introdujo el llavín en la cerradura, apagó la luz de la entrada y pasó de puntillas por delante de su puerta. Entonces dio gracias a Dios y se dispuso a dormir más tranquila". (Pág.27)

Sus hijos están  allá afuera, ocultos detrás de barreras invisibles, camuflados con el entorno, entre la ida y venida del día, se repiten sus nombres como una bandada de pericos al vuelos. Pero ellos están allí, ocultos, inconsultos, inconmensurables:

"Ya el sol lucía en todo su esplendor cuando las Autoridades rugieron su cólera a través de las estaciones oficiales de radio y de televisión. Vomitaron insultos, amenazas, prometiendo un riguroso escarmiento a los cobardes forajidos que se embozaban en la oscuridad nocturna para deslustrar la obra del gobierno. Se sentía, empero, que daban palos de ciegos. Los culpables resultaban, al menos por el momento, inasibles, consecuencia natural de la consigna que se había acordado: No usen el teléfono, no se visiten, continúen su vida normal sin corrillos ni cuchicheos durante una semana. Vivimos sobre ascuas siete larguísimos días debido al aislamiento que por el propia voluntad nos habíamos impuesto". (Pág.86)

Hilma Contreras, 1941. Santo Domingo © Atilano Sánchez

El paso de las madres, que aturde por su silencio, demuestra lo poderoso que puede ser lo ausente de la palabra. Rostros que hablan, que dicen,  que observan,  que marchan:

"La mayoría caminaba en silencio. Algunas inquirirían noticias de tal o cual encarcelado. Desde los establecimientos comerciales nos censuraban los ojos ariscos de los empleados. Cuatro manzanas más adelante rodaba hacia nosotras un vehículo". (Pág.96)

Y es que nuestra insigne literata, Hilma Contreras, desnuda la realidad que viven las madres, abuelas, tías, en tiempos de represión. Cómo asimilan los riesgos que corren sus hijos, nietos,  sobrinos, en ese mal incontrolable que es la  inmundicia del autoritarismo, en una sociedad lacerada por voluntades egoístas y narcisistas:

"Sin más incidentes llegamos al recinto gubernamental. En aglomeración apretujada ocupamos la plazoleta, detenidas allí por la verja del jardín cuyas magníficas puertas estaban cerradas. Los centinelas permanecieron impertérritos bajo el peso de las miradas hostiles.

-¡Oiga!

Uno de los guardias armados que en actitud alerta observaban a los manifestantes a través de las rejas, fijó la atención en Doña Teófila.

-Sí, usted, haga el favor, avísele al oficial que está en la escalinata que una dama desea explicarle el motivo de nuestra manifestación, o mejor, dígale que somos portadoras de un pliego de peticiones que es indispensable que llegue a manos del señor Presidente. Vamos, no se haga el sordo. ¿Qué le pesa  dar unos  pasos hacia allá?".(Pág.99)

Ella,  doña Hilma, abre el libro, con un excelente párrafo que contiene las siguientes impactantes oraciones:

“Vivo en un mundo extraño de absurdas contiendas bélicas interminables, de bárbaros asesinatos, de un deslenguamiento feroz cuya acción corrosiva desnuda de su honra a los hombres y le despelleja la dignidad. Como ayer, como siempre, el círculo vicioso de la pobre humanidad […]". (Pág.11)

Son palabras que parecen ser escritas en éstos días. En ellas se nota lo trascendente que es la prosa de Doña Hilma Contreras  que a pesar de nunca haber sido madre, es madre y maestra de la literatura dominicana.

Juan Carlos Báez Moreta

Poeta

El autor, Juan Carlos Báez Moreta, es un poeta dominicano, que ha publicado 13 libros de poesías. Es miembro de la Unión De Escritores Dominicanos (UED) y del Centro PEN de República Dominicana. Juancbaez25@gmail.com

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