La resistencia taína en La Española ha sido leída, con frecuencia, desde categorías militares o políticas. Sin embargo, esa interpretación resulta insuficiente para comprender su profundidad histórica. Más que una reacción armada, la resistencia indígena fue una defensa ontológica del territorio, entendido no como propiedad o espacio neutro, sino como entidad viva, fundamento del orden social, espiritual y material.

El valle de San Juan de la Maguana, núcleo del antiguo cacicazgo de Maguana, ofrece un escenario privilegiado para pensar esta dimensión. Su centralidad no se explicaba solo por la fertilidad agrícola, sino por su condición de centro político-ritual y geografía sagrada. Montañas, cuevas, ríos y manantiales conformaban un paisaje relacional donde humanos, ancestros y divinidades coexistían sin separación radical entre naturaleza y cultura.

Desde esta perspectiva, el territorio funcionaba como un principio organizador del mundo. Gobernar implicaba custodiar el equilibrio entre fuerzas visibles e invisibles. La autoridad del cacique no se fundaba únicamente en el poder, sino en su capacidad de mediar ese orden sagrado.

La figura de Caonabo, tradicionalmente reducida a la de un líder rebelde, adquiere aquí otro significado. Su enfrentamiento con los colonizadores puede leerse como un acto de defensa ontológica frente a una invasión que no solo ocupaba la tierra, sino que fracturaba el tejido relacional que sostenía la vida taína. La lógica extractiva, la mercantilización del territorio y la cosificación de los cuerpos chocaban con una cosmovisión basada en la reciprocidad y la sacralidad del espacio.

Dimensión taína: el territorio como primera resistencia

Aunque Caonabo fue derrotado, su resistencia no desapareció. Se desplazó hacia el paisaje mismo. El territorio se convirtió en archivo vivo de memoria, donde la historia continuó inscribiéndose más allá de los silenciamientos oficiales. Topónimos taínos, cuevas ritualizadas, prácticas agrícolas de reciprocidad y relatos orales mantienen activa esa memoria.

Esta continuidad puede rastrearse también en la etnografía contemporánea. La obra de Fátima Portorreal, al describir los paisajes como “rostros de las montañas”, reconoce al territorio como sujeto expresivo. Sus observaciones sobre bosques heridos por la tala, pero aún abundantes en vida, revelan la persistencia de una relación ontológica con la tierra y la vigencia de la resistencia frente a la colonialidad extractiva.

San Juan de la Maguana no es, entonces, un simple escenario histórico. Es un sujeto histórico, un texto geográfico donde se superponen memoria, resistencia y sentido. La resistencia taína no fue una lucha por la tierra como propiedad, sino por el territorio como ser vivo; no una guerra por el poder, sino por la preservación de un mundo relacional.

La montaña sigue teniendo rostro. El valle continúa hablando. Y en esa voz persistente se inscribe la primera —y más profunda— forma de resistencia en nuestra historia.

Ike Méndez

Poeta, educador y ensayista

Ike Méndez es ensayista y metapoeta dominicano. Coautor de obras como *"San Juan de la Maguana, una Introducción a su Historia de Cara al Futuro"* (Primer premio en el Concurso Nacional de Historia 2000) y *"Símbolos de la Identidad Sanjuanera"* (Segundo premio en 2010). Ganó el Segundo premio en el Concurso de Literatura Deportiva “Juan Bosch” (2008) y colaboró en la serie *"Fragmentos de Patria"* de Banreservas. También coeditó las antologías *"Voces Desatas"* (poesía, 2012) y la primera antología de cuentistas sanjuaneros (2015). Ha publicado seis poemarios: *Al Despertar* (2017), *Flor de Utopía* (2018), *Ruptura del Semblante* (2020), *Baúl de Viaje* (2022), *Al Borde de la Luz* (2023) y *El Joyero de Ébano* (2024), que reflejan una evolución poética constante. E-mail: jemendez@claro.net.do

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