El lambdacismo constituye uno de los metaplasmos fonéticos más visibles y socialmente marcados del español caribeño. Se manifiesta cuando el fonema vibrante simple o múltiple /r/ es sustituido por el lateral alveolar /l/, especialmente en posición implosiva o final de sílaba. De ese modo, puerta deviene puelta, amor se articula como amol y comer puede oírse como comel. Este fenómeno, lejos de ser un simple “vicio del habla”, encierra una compleja historia lingüística, social y cultural que atraviesa el tiempo y el espacio antillano. ¿Por qué este rasgo aparece con tanta fuerza en Puerto Rico, se extiende por zonas del este de la República Dominicana y se documenta también en áreas específicas de Cuba? ¿Qué fuerzas históricas y simbólicas lo han sostenido? ¿Cómo comprenderlo sin reducirlo a una desviación de la norma?
Desde el punto de vista descriptivo, el lambdacismo es una variante de neutralización consonántica que afecta a las líquidas en coda silábica. En el español general, /r/ y /l/ se oponen funcionalmente; sin embargo, en amplias zonas del Caribe esta oposición se debilita. Manuel Alvar, en sus estudios dialectológicos sobre el español de América, ya advertía que la inestabilidad de las líquidas en posición final de sílaba constituye uno de los rasgos definitorios del español antillano, junto con la aspiración o pérdida de /s/ y la elisión de consonantes finales. Orlando Alba, por su parte, ha subrayado que estas realizaciones no responden al azar, sino a patrones sistemáticos condicionados por factores fonéticos, sociales y estilísticos.
En la República Dominicana, el lambdacismo se concentra con mayor frecuencia en la región Este —San Pedro de Macorís, La Romana, El Seibo, Higüey— y aparece también en sectores populares de la capital, Santo Domingo, particularmente en registros coloquiales. Expresiones como calta por carta, peldón por perdón o balba por barba forman parte del repertorio cotidiano de muchos hablantes. En Cuba, aunque el rotacismo suele ser más productivo que el lambdacismo, este último se documenta en determinadas provincias orientales y en hablas rurales. Puerto Rico, sin embargo, representa el espacio donde el lambdacismo alcanza mayor extensión y estabilidad: verdad → veldá, puerto → puelto, carne → calne. Este rasgo no solo es frecuente, sino identitario.
El origen diacrónico del lambdacismo antillano remite al español meridional y atlántico de los siglos XV y XVI. Las hablas andaluzas y canarias, llevadas al Caribe durante el proceso de colonización, ya presentaban fenómenos de relajación articulatoria en posición implosiva. En ese contexto, la vibrante /r/, articulatoriamente más compleja, tendió a debilitarse y a aproximarse a la lateral /l/, más estable desde el punto de vista fisiológico. A ello se sumó el contacto lingüístico con lenguas africanas traídas por poblaciones esclavizadas, muchas de las cuales carecían de oposición funcional entre líquidas o favorecían articulaciones laterales. El resultado fue un ecosistema fonético proclive a la neutralización.
El lambdacismo del Caribe hispano debe ser leído como resultado de una convergencia de factores históricos, fonéticos y simbólicos. Su presencia en el este dominicano, en la capital, en zonas cubanas y, de modo emblemático, en Puerto Rico, revela la profundidad de un proceso diacrónico que sigue activo.
Ahora bien, la historia no explica por sí sola la persistencia del fenómeno. ¿Por qué el lambdacismo se mantiene, a pesar de siglos de escolarización normativa y de la presión de los medios de comunicación? ¿Por qué no desaparece, sino que se reconfigura según contextos y registros? A este punto, resulta fecundo un enfoque cosmolingüístico, entendido como una mirada que concibe la lengua no solo como sistema, sino como universo de universos comunicativos, donde lo verbal y lo no verbal interactúan con la experiencia humana, la memoria colectiva y la identidad.
Desde esta perspectiva, el lambdacismo no es únicamente una realización fonética, sino un signo cultural. Marca pertenencia, territorialidad, cercanía afectiva. En Puerto Rico, por ejemplo, el uso de puelto o amol no siempre denota descuido, sino autenticidad. En la República Dominicana, su presencia en ciertos registros refuerza la oralidad espontánea y la complicidad comunicativa. El hablante sabe cuándo puede lambdacizar y cuándo no; domina la alternancia. ¿No es esa competencia una prueba de sofisticación lingüística más que de carencia? ¿No revela una conciencia tácita de los valores simbólicos del sonido?
Los estudios de William Labov sobre variación y cambio lingüístico ayudan a comprender este punto. La variación no implica desorden, sino estructura. El lambdacismo se distribuye según variables como nivel educativo, edad, contexto comunicativo y actitud identitaria. En situaciones formales, el hablante caribeño tiende a restituir la /r/ estándar; en contextos íntimos, la /l/ emerge con naturalidad. La lengua, por lo tanto, se comporta como un organismo vivo que negocia constantemente entre norma y uso.
Ejemplos abundan y confirman la sistematicidad del fenómeno: cuerpo → cuelpo, mujer → mujel, tarde → talde, perla → pella. No se trata de errores aleatorios, sino de regularidades fonológicas inscritas en una tradición histórica compartida. Como señaló Manuel Alvar, “las hablas no se miden por su proximidad a la norma, sino por su coherencia interna”.
Por consiguiente, el lambdacismo del Caribe hispano debe ser leído como resultado de una convergencia de factores históricos, fonéticos y simbólicos. Su presencia en el este dominicano, en la capital, en zonas cubanas y, de modo emblemático, en Puerto Rico, revela la profundidad de un proceso diacrónico que sigue activo. Comprenderlo exige superar la mirada prescriptiva y asumir una visión integradora, cosmolingüística, donde la lengua se reconoce como espacio de identidad, memoria y creación. ¿No es acaso en estas variaciones cuando el español muestra su mayor vitalidad? ¿No reside en esto, precisamente, su riqueza más perdurable?
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