Dedicatoria

A Dios, por el don de la vida.

A quienes me han enseñado a reconocerlo en el camino: en la familia, en la amistad, en la naturaleza, en el arte, en el silencio y en esas pequeñas señales de gracia que muchas veces descubrimos solamente cuando miramos hacia atrás.

Y a esas amigas y amigos que, después de leer unas páginas de un ensayo todavía en proceso, supieron decirme:

“Te abrazo, te felicito, te agradezco…”

“Me ha gustado mucho…

Es una invitación a trabajar…

Excelente, Danilo. ¡Enhorabuena!”

Porque a veces unas palabras de aliento también son una forma de decirnos:

Sigue adelante.

El aliento de la mañana y la fragilidad del origen

Hay preguntas que uno no se hace cuando es joven. No porque no existan, sino porque todavía no ha vivido lo suficiente para comprender su profundidad.

Una de ellas es la pregunta por Dios.

Durante muchos años escuché hablar de Dios, aprendí sobre Él y recibí las enseñanzas de la fe como parte de mi formación. Pero con el paso del tiempo descubrí que una cosa es conocer lo que otros nos han dicho sobre Dios y otra, mucho más íntima, es preguntarse qué lugar ha ocupado en nuestra propia existencia.

Este texto nace de esa pregunta.

No escribo para demostrar que Dios existe. Tampoco para discutir con quien no cree. La fe no puede imponerse. Cada persona construye su relación con el misterio desde sus preguntas, sus experiencias, sus heridas, sus descubrimientos y sus convicciones.

Yo solamente quiero mirar hacia atrás y preguntarme:

¿Dónde ha estado Dios en mi vida?

Y mientras más miro, más descubro que quizás Dios no llegó a mi vida en un momento determinado. Quizás estaba allí antes de que yo pudiera reconocerlo.

Nací prácticamente muerto.

Mi vida comenzó, de alguna manera, en el límite entre la sombra y la luz. Pudo no haber comenzado. La vida pudo haberse cerrado antes de que yo pudiera pronunciar una sola palabra, conocer el rostro de mi madre, caminar, amar, equivocarme, hacer teatro, escribir, tener hijos o descubrir la belleza.

Pero comenzó.

Y aquí estoy.

Durante muchos años esa circunstancia fue solamente un dato de mi nacimiento. Hoy la miro de otra manera.

No puedo demostrar que aquella supervivencia haya sido una intervención divina. Sería pretencioso convertir una experiencia personal en una verdad científica. Pero sí puedo decir algo que pertenece exclusivamente a mi conciencia: desde la perspectiva de mi fe, aquella vida que comenzó contra el límite se ha convertido para mí en el primero de muchos signos que aprendí a leer con el paso del tiempo.

Después vinieron los años.

Las alegrías y las pérdidas. Los encuentros y las despedidas. Los proyectos que se realizaron y aquellos que quedaron en el camino. El teatro, la cultura, la familia, los amigos, los errores, los aciertos, las decepciones, las oportunidades y también esos momentos en que la vida parece colocarnos frente a una puerta cuyo significado solamente comprendemos muchos años después.

Una vida está hecha de escenas.

El teatro me enseñó algo que con los años he reconocido también en mi propia existencia: detrás de cada personaje hay una historia, detrás de cada palabra existe una intención y, muchas veces, aquello que no se dice puede ser más importante que aquello que se pronuncia.

Con la vida ocurre algo parecido.

Vivimos escenas cuyo significado no comprendemos mientras suceden. Solo mucho después, cuando miramos hacia atrás, algunas adquieren otra luz.

Quizás la fe consiste, en parte, en aprender a mirar esa luz.

Imagen creada por IA sobre las ideas y reflexiones del articulista.

Cuando la muerte se acerca

También he conocido de cerca la posibilidad de la muerte.

En diferentes momentos de mi existencia he sentido, de una manera casi tangible, que la vida podía terminar. Pero nunca como en estos últimos días. En la primera semana de este mes de septiembre tuve un accidente en motocicleta; apenas había pasado una semana cuando otro accidente más grave volvió a ponerme frente a esa posibilidad.

Dos veces, en un período muy corto, pude haber sufrido consecuencias graves, incluso irreparables. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, salí prácticamente ileso.

Dos veces la muerte pareció pasar muy cerca de mí, como si me hubiera rozado, y dos veces continué mi camino.

No puedo mirar estos acontecimientos simplemente como accidentes. Me obligan a detenerme, a pensar y a preguntarme por qué sigo aquí.

Frente a experiencias así aparecen inevitablemente algunas preguntas:

¿Hasta dónde llega la casualidad?

¿Es simplemente suerte?

¿Existe un destino?

¿Existe una providencia?

No tengo una respuesta científica para esas preguntas.

Tengo algo diferente: una experiencia y una fe.

Después de aquellos accidentes, hubo una frase sencilla que, tendido sobre el asfalto y con los ojos puestos en el cielo, adquirió para mí un significado que nunca antes había tenido. En medio del silencio de aquel instante, mientras intentaba comprender lo que acababa de suceder, solo pude pensar:

Todavía estoy aquí.

Y cuando uno comprende que pudo no estarlo, comienza a mirar la vida de otra manera.

El tiempo deja de parecer infinito.

Una conversación adquiere otro valor.

Un abrazo se vuelve más importante.

Una llamada inesperada puede convertirse en un regalo.

El amanecer deja de ser simplemente el comienzo de otro día.

Y entonces aparece en mí una palabra que con los años ha ido adquiriendo un significado profundo: gracia.

No entiendo la gracia como una fórmula religiosa ni como una explicación automática de todo lo que sucede. Para mí es esa experiencia de recibir algo que no fabriqué completamente con mis propias fuerzas: la vida, una oportunidad, una persona que aparece en el momento preciso, la posibilidad de comenzar de nuevo.

Por eso hoy, cuando despierto, intento no dar por sentado que amanecer es algo ordinario.

Abrir los ojos por la mañana no es solamente despertar.

Es volver a recibir la vida.

Antes de que el día se llene de llamadas, preocupaciones, obligaciones, noticias y responsabilidades, existe un instante de silencio en el que siento la necesidad de descansar en Dios.

No necesariamente para pedirle algo.

A veces solamente para decirle: Gracias por dejarme estar aquí.

Y en ese momento comprendo que la oración no siempre tiene que ser una lista de peticiones.

También puede ser silencio.

Puede ser gratitud.

Puede ser simplemente permanecer delante de Dios.

Hay mañanas en las que no necesito pedirle que me quite el peso de la vida. Me basta con sentir que no tengo que cargarlo completamente solo.

Ahí comienzo a descubrir una dimensión diferente de mi fe.

Dios no siempre llega envuelto en acontecimientos extraordinarios.

A veces está en lo pequeño.

En el sol que entra por una ventana.

En el aire que llena los pulmones.

En la posibilidad de abrazar a un familiar o a alguien que amo.

En una conversación.

En una palabra de aliento.

En la capacidad de volver a escribir.

En la fuerza para levantarse después de una caída.

En la paz que llega sin que sepamos exactamente de dónde viene.

Y, para quien cree en Cristo, esa presencia adquiere además un rostro.

Jesús no me interesa solamente como figura histórica ni como objeto de una doctrina aprendida. Me interesa como la expresión de un Dios que se acerca al ser humano, que conoce el dolor, la soledad, el abandono, la traición, la amistad, la pérdida y la esperanza.

La fe cristiana me recuerda que Dios no es un concepto distante.

Es presencia.

Y quizás esa sea una de las razones por las que, con los años, he dejado de preocuparme tanto por demostrar a Dios y he comenzado a prestar más atención a reconocerlo.

Quizás reconocer a Dios en nuestra vida no significa encontrar respuestas para todo, sino aprender a mirar con nuevos ojos aquello que hemos vivido.

La vida, la tierra, las dudas, los encuentros y las personas que nos acompañan pueden contener señales que solo descubrimos con el tiempo.

La pregunta continúa abierta.

Y en ese camino, todavía me quedan por descubrir otras formas en las que la gracia y la presencia de Dios se han manifestado en mi vida.

Continuamos mañana.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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