¿Qué se hace cuando el hombre que representa el orden es también la raíz del desorden que te habita?
Mario Mendoza.
Dicen que la justicia es ciega, pero no dicen que también huele el perfume de la traición. Y yo la he olido. Huele a sudor seco, a madera vieja, a papeles que llevan tiempo guardando la mugre de los hombres. Huele a pasillo sin ventanas, a zapatos que arrastran culpa.
Cuando entré por primera vez al despacho del juez Alcides Ramírez, no sabía que la justicia tenía una voz tan ronca. Ni que los jueces sudaban como todos los demás. Él me miró de reojo, como si ya me hubiera visto antes, pero sin decirlo. Yo solo quería aprender. Ser alguien. Ser el que pone el peso de la ley sobre la mesa y lo deja ahí, retumbando como un eco en los huesos de los demás.
Y sin embargo…, hay una grieta entre lo que uno quiere y lo que uno encuentra. Una grieta honda, como las que se abren en la tierra cuando hay sequía y la gente se arrodilla para rezar, aunque ya no crean en nada.
Con el tiempo, vi cosas, papeles que se escondían, firmas que no coincidían, testigos que aparecían y desaparecían, como si fueran sombras llamadas por la voluntad de alguien más.
Yo llevaba café, copiaba sentencias, saludaba con respeto, pero algo no cuadraba. A veces lo veía llegar con el aliento cargado de ceniza. Otras veces lo oía hablar por teléfono, bajito, diciendo nombres que luego aparecían muertos en la radio. Alcides Ramírez tenía un modo raro de mirar, como si pudiera ver dentro de uno, como si supiera cosas que ni uno mismo se ha dicho. Y entonces un día lo supe, no porque me lo dijeran, sino porque se me clavó en el pecho como se clava una espina seca. Alcides Ramírez era mi padre.
La ansiedad brota en mí, mientras los sueños se deslizan en un universo de disparates, porque en este epílogo de la noche, despierto sobresaltado, entre la discusión y el silencio de lo que está por venir.
No lo había visto en mi vida. Mi madre me hablaba de un hombre que se fue antes de que yo pudiera balbucear su nombre. Nunca dijo que era juez. Mucho menos que era juez y ladrón.
Lo descubrí una tarde, hurgando en los archivos. No buscaba nada en particular. Solo quería saber cómo firmaba. Quería ver si la mano de la ley también se parecía a la mía. Y ahí estaba; una carta vieja, enterrada entre expedientes muertos. Una carta escrita a mi madre, con su firma al final. Con el mismo temblor que yo tengo cuando escribo bajo presión.
Quise creer que era mentira, que todo era un error, pero uno no se confunde con su sangre. La sangre, cuando se reconoce, da un golpe sordo en el pecho, como un tambor al que nadie ha tocado.
Después vi todo claro, las recomendaciones que nadie entendía, el silencio cómplice de sus asistentes. La manera en que me protegía de algunas tareas, como si no quisiera ensuciarme del todo. Como si supiera que, aunque era juez, era también barro, y yo apenas comenzaba a ser arcilla.
¿Y qué se hace cuando se descubre que, la ley que uno quiere aprender está podrida por dentro?
¿Qué se hace cuando el hombre que representa el orden es también, la raíz del desorden que te habita? Lo pensé. Lo pensé muchas noches. Pensé en denunciarlo, en enfrentarlo, en decirle; ¿Por qué? Pero nunca lo hice. Me quedé quieto. Porque no se le grita al espejo cuando uno ve su reflejo por primera vez. Uno solo se asusta y baja la cabeza.
Y en ese silencio, me fui deshaciendo. Empecé a dudar de todo. De los códigos, de las normas, de los discursos del decano. Empecé a entender que la justicia no se enseña; se sobrevive.
La ciudad se volvió más gris. Las voces en los pasillos ya no sonaban como antes y yo caminaba con el peso de un apellido que no podía usar, pero que ya me había marcado para siempre. Entonces, esta noche, lo vi otra vez, lo vi en sueños. Estábamos los dos en un tribunal vacío. Él en el estrado, yo en el banquillo. Me le quedé viendo, esperando una palabra. Pero no dijo nada. Solo me miró como siempre. Como si supiera algo más. En las sombras del pasillo que da a la sala de audiencias, el eco de los pasos resuena con una claridad inquietante. Cada golpe del tacón en el frío piso, parecía ser un presagio, un corazón que, en su latido, guarda secretos que nunca se atreven a revelarse. En el umbral de la experiencia, me encuentro atrapado en un entramado de ambiciones, anhelos y un destino que se escapa entre mis dedos, como el agua en un cántaro roto. El juez Alcides Ramírez, figura digna de un relato, es a la vez mi mentor y, si el destino así lo quiere, el entrelazamiento de mis raíces. Su voz, como un torrente de autoridad, se hace eco en mi mente. Lo observé con reverencia, las palabras que derramaba en la sala de justicia eran como hojas caídas que se aferran al viento del cambio. Pero detrás de ese rostro austero, las líneas del pasado se dibujan inquietantes. No lo sabía, el hombre que admiraba ocultaba tras la toga y el brío, las oscuras coordenadas de su historia. Un ladrón de sueños en el laberinto del sistema judicial, pero también mi padre.
Un tumulto en mi pecho se agita mientras intento narrar estas ideas. Reflexiono sobre el contraste entre la luz de la ley y la sombra del delito, entre el sueño y la realidad. La justicia, esa dama de espinas que besaba la ilusión de un futuro recto, se convierte, en mis pensamientos, en un engaño. El mismo hombre que debía ser el guardián de la moralidad, fue también el que había desdibujado sus propias fronteras, arrastrándome a una espiral de confusión. ¿Quién soy en este juego? ¿Un peón en su tablero o un protagonista en búsqueda de mi propia verdad? Cada jornada junto a él, me siento más perdido, como un náufrago en una isla cuya geografía desconozco. Mi mente es un caos en el que los principios se tambalean. Justo cuando empiezo a sentir que el camino hacia la justicia es una senda directa, el destino voltea su rostro, se ríe y señala la ironía del boomerang de la herencia. Y entonces, el eco de su risa se convierte en un grito sordo que reverbera en mi ser.
¿Y si todo lo que he puesto en la balanza de mis esperanzas se desmorona frente a la revelación de su verdad? Soy hijo del delito y la justicia que tanto anhelo, siendo al final, un espejismo que se rompe a cada instante. La lección que, sin saberlo, aprendí en cada clase se vuelve dura y amarga en el fondo de mi estómago. La ley, ese bastión de lo correcto, se ahoga en un mar de contradicciones.
Antes de que mis pensamientos puedan transformarse en carne viva, el rincón de mi alma se agita. El sonido de mi reloj marca la cuenta atrás, despierto sobresaltado. Hoy es el primer día de preselección en la facultad de ciencias jurídicas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, (UASD). Mi mente da vueltas y se enreda, como un río agitado que no encuentra su cauce. Solo ayer, el decano, con su halo de autoridad, nos dio una calurosa bienvenida, palabras llenas de promesas que se evaporan en el aire. La ansiedad brota en mí, mientras los sueños se deslizan en un universo de disparates, porque en este epílogo de la noche, despierto sobresaltado, entre la discusión y el silencio de lo que está por venir. Solo ayer tuvimos nuestro encuentro de bienvenida con el decano…y ya he soñado todos estos absurdos. El mundo exterior me llama, y, sin embargo, me alejo de esta realidad, buscando quizás, en la penumbra de los sueños, la salvación que encuentro en mis propias convicciones.
Soy Mario Mendoza, un estudiante de derecho ansioso por tocar la justicia con mis propias manos, sin saber que la vida juega a enredar los hilos de la existencia como un tejedor loco.

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