«Las cosas esconden el pleno de las cosas; los hechos de lenguaje son la única verdad.» José Mármol
1-La isla como acontecimiento del ser
Pocas obras de la poesía dominicana contemporánea han construido un universo filosófico tan coherente como Yo, la isla dividida, de José Mármol. En este libro, la insularidad deja de ser una categoría geográfica para convertirse en una experiencia del ser; el lenguaje renuncia a la ilusión de la transparencia y la memoria emerge como un territorio donde el pasado permanece abierto a nuevas interpretaciones. De esa convergencia nace una de las intuiciones más originales del poemario: comprender la incertidumbre no como una insuficiencia del conocimiento, sino como la condición que hace posible la experiencia poética.
Esta lectura parte de una hipótesis precisa: la división de la isla no representa una carencia que deba repararse ni una fractura exclusivamente histórica, sino la condición ontológica desde la cual el sujeto poético accede a la comprensión de sí mismo. La escisión deja de ser un signo de pérdida para convertirse en la posibilidad de un conocimiento que renuncia deliberadamente a las certezas absolutas.
Esta operación simbólica desplaza la noción tradicional de insularidad. La isla ya no aparece como escenario ni como emblema nacional: se convierte en una forma de habitar el mundo. La geografía se interioriza hasta transformarse en conciencia; el territorio deja de describir un espacio exterior para revelar una experiencia del ser atravesada por la memoria, el tiempo y la historia.
Los versos iniciales del poemario anuncian con claridad este desplazamiento:
«Yo, como la isla,
rodeado de ti por todas partes, dividido.»
El sujeto no compara su existencia con la isla; se reconoce en ella. La identidad se constituye desde la fractura. En ese gesto inaugural reside una de las mayores conquistas del libro: la división deja de ser un accidente para convertirse en estructura del pensamiento.
Esta concepción entabla un fecundo diálogo con Martin Heidegger. Si el lenguaje es la «casa del ser», como propone el filósofo, Mármol sitúa esa morada en un espacio de permanente apertura. El ser nunca comparece plenamente ante la conciencia porque toda palabra conserva un resto de silencio. La poesía no elimina esa distancia; la convierte en su condición creadora.
Sin embargo, el poemario trasciende la tradición ontológica europea al incorporar la experiencia histórica y cultural del Caribe. La isla no es únicamente una categoría filosófica; es también memoria colonial, mestizaje, desplazamiento y resistencia. En este punto resulta especialmente sugerente el diálogo con Édouard Glissant, cuya concepción de la identidad relacional entiende el Caribe como un espacio donde las identidades no permanecen fijas, sino que se constituyen en el intercambio, la diferencia y el movimiento. Mármol comparte esa intuición, aunque la desplaza hacia una reflexión más radical sobre la conciencia y el lenguaje.
2-El lenguaje y la poética de la incertidumbre
Si la isla constituye el horizonte ontológico del libro, el lenguaje representa el lugar donde esa experiencia se hace visible. Pero no se trata de un lenguaje que aspire a dominar el mundo mediante conceptos transparentes. Por el contrario, la palabra aparece marcada por sus propios límites: nombrar significa aproximarse, nunca poseer.
Uno de los versos más reveladores del poemario expresa esa conciencia con admirable sobriedad:
«Me contento con ser de la música el vacío
y de las palabras, apenas el asomo.»
La fuerza de estos versos reside en que sustituyen la afirmación por la aproximación. El sujeto poético no reclama una identidad concluida ni una palabra definitiva; acepta habitar el umbral entre lo decible y lo indecible. El vacío deja de significar ausencia para convertirse en el espacio donde el sentido comienza a manifestarse.
Esta renuncia a la plenitud aproxima la escritura de Mármol a la tradición de la poética apofática. Como en la obra de José Ángel Valente, el silencio no representa el fracaso del lenguaje, sino su forma más alta de intensidad. Allí donde la palabra reconoce sus límites comienza verdaderamente la experiencia poética.
La afirmación alcanza su expresión más radical cuando el poeta escribe:
«Pero nada será dicho jamás ni develado.»
Lejos de expresar desesperanza, el verso constituye una ética del conocimiento. La realidad nunca comparece de manera absoluta ante la conciencia; todo acto de comprensión permanece abierto a nuevas interpretaciones. El poema no clausura el sentido; lo preserva.
Desde esta perspectiva, la incertidumbre deja de ser una categoría negativa para convertirse en el fundamento mismo del pensamiento poético. No existe porque el lenguaje fracasa, sino porque el ser siempre desborda aquello que las palabras consiguen nombrar.
3-Memoria, hermenéutica y ontología de la intemperie
La reflexión sobre el lenguaje conduce inevitablemente a la memoria. En Yo, la isla dividida, recordar nunca significa reconstruir intacto el pasado. La memoria comparece como una presencia incompleta, atravesada por silencios, pérdidas y desplazamientos.
En este punto, el diálogo con Paul Ricoeur resulta particularmente fecundo: la memoria constituye una responsabilidad ética antes que un simple ejercicio de evocación. Recordar implica interpretar, asumir críticamente la herencia recibida y reconocer que toda reconstrucción del pasado permanece abierta.
A esa perspectiva se suma la reflexión de Jacques Derrida sobre la huella y la diferencia. Ninguna presencia es plenamente estable; toda identidad conserva la marca de aquello que ya no está. Mármol convierte esa condición espectral en uno de los principios constructivos del poemario. El pasado no regresa como certeza, sino como interrogación.
La experiencia alcanza una formulación decisiva cuando escribe:
«Una experiencia ocupa el tamaño de un vocablo.»
En ese verso se concentra toda una filosofía del lenguaje. La palabra no reproduce la realidad; la hace posible. Cada vocablo constituye el lugar donde la existencia adquiere forma y, al mismo tiempo, reconoce su imposibilidad de agotarla.
Mármol construye así una verdadera ontología de la intemperie. El sujeto no habita un territorio de verdades consolidadas, sino un espacio abierto donde el lenguaje nunca coincide plenamente con el mundo. Esa intemperie no representa una carencia; constituye el ámbito donde puede acontecer la experiencia poética. La incertidumbre deja de ser una limitación epistemológica para convertirse en una forma superior de lucidez.
Esta perspectiva dialoga también con la hermenéutica de Hans-Georg Gadamer. Comprender no significa alcanzar una verdad definitiva, sino participar en un proceso inagotable de interpretación. El poema se ofrece así como un acontecimiento que renueva constantemente el sentido y convierte al lector en parte activa de su despliegue.
4-Historia, cuerpo y memoria encarnada
Uno de los mayores logros de Yo, la isla dividida es incorporar la historia sin convertirla en discurso ideológico. La violencia colonial, el exilio, las fracturas culturales del Caribe y las tensiones de la identidad dominicana no aparecen como materia de denuncia explícita ni como argumento político. Permanecen sedimentados en la textura del lenguaje, de modo que el poema no representa la historia: la hace respirar desde sus silencios.
La memoria histórica se manifiesta como una presencia subterránea que modela la conciencia del sujeto poético. Cada imagen del mar, del viento, de la sombra o del otoño participa de una constelación simbólica donde el tiempo colectivo y el tiempo íntimo terminan por confundirse. El paisaje deja de ser un decorado para convertirse en la expresión visible de una experiencia interior.
Esta transformación alcanza una dimensión singular en Vocablo corpóreo, donde el cuerpo aparece como el primer archivo de la existencia. La carne conserva aquello que la conciencia ha olvidado. Antes de convertirse en recuerdo, la experiencia ha sido inscrita en el cuerpo.
En este punto resulta iluminador el pensamiento de Maurice Merleau-Ponty, para quien el cuerpo no constituye un objeto entre otros, sino la condición misma de nuestra relación con el mundo. Mármol desarrolla una intuición semejante: la corporalidad no limita la experiencia espiritual, sino que la hace posible. El poema surge allí donde cuerpo y lenguaje se reconocen mutuamente como superficies de inscripción del tiempo.
La escritura aparece entonces como una prolongación de la carne. Cada palabra conserva cicatrices, pérdidas, deseos y memorias que exceden la voluntad del sujeto. El poema no narra una experiencia: la incorpora.
La misma profundidad simbólica alcanza la figura materna en Paisaje de otoño. La madre trasciende la dimensión autobiográfica para convertirse en imagen de la continuidad de la lengua y de la transmisión de la memoria. En ella convergen el origen de la palabra, la educación sentimental y la permanencia de una tradición que resiste al desgaste del tiempo.
No se trata únicamente de la evocación de una presencia afectiva. La madre representa el lugar donde la identidad encuentra su primera forma de hospitalidad. Gracias a ella, el lenguaje deja de ser un sistema abstracto para convertirse en una experiencia compartida. La intimidad familiar adquiere así un alcance cultural y ontológico.
5-El hombre de los pájaros de Nôtre Dame: una ética de la alteridad
Entre los textos más significativos del libro sobresale el poema dedicado al hombre de los pájaros de Nôtre Dame. Lo que en apariencia podría leerse como una escena urbana termina convirtiéndose en una poderosa reflexión sobre la dignidad humana.
El personaje aparece suspendido fuera del tiempo y de las lógicas utilitarias de la sociedad contemporánea:
«Allí se encuentra, sin tiempo, a pleno sol, el hombre de los pájaros de Nôtre Dame.
Ha sobrevivido a todas las miserias.»
Su supervivencia no expresa triunfo ni resignación; constituye una forma silenciosa de resistencia. Despojado de prestigio, riqueza y reconocimiento, permanece como testigo de una humanidad que ha olvidado la compasión.
La intensidad ética del poema alcanza uno de sus momentos culminantes cuando el poeta escribe:
«El mundo es un fluido escenario de dolor.
Almas que mendigan la piedad que han denegado.»
Estos versos sintetizan una crítica de extraordinaria lucidez a la modernidad contemporánea. El problema ya no es únicamente la precariedad económica o la exclusión social; es, sobre todo, la erosión de la responsabilidad hacia el otro. La pobreza más profunda consiste en la incapacidad de reconocer el sufrimiento ajeno.
En este punto, la lectura se enriquece mediante el diálogo con Emmanuel Levinas. Para Levinas, el rostro del otro constituye una exigencia ética anterior a cualquier teoría o sistema moral. El hombre de los pájaros interpela precisamente desde esa desnudez radical. No reclama compasión; exige reconocimiento. Su sola presencia cuestiona una civilización que ha convertido la indiferencia en una forma de normalidad.
La imagen final posee una extraordinaria potencia simbólica. Mientras la multitud permanece absorta en el espectáculo cotidiano, la catedral se alza silenciosamente sobre la figura del excluido. El espacio sagrado deja de pertenecer a la historia monumental para convertirse en refugio de quien ha sido expulsado de todas las formas de pertenencia. La verdadera grandeza ya no reside en la arquitectura, sino en la dignidad irreductible del ser humano.
6-Modernidad líquida y la resistencia de la palabra
En Escena de modernidad líquida, Mármol desplaza la reflexión ontológica hacia el escenario urbano contemporáneo. La ciudad aparece como el lugar donde convergen el desarraigo, la velocidad, la fragmentación de la experiencia y la fragilidad de los vínculos humanos. El sujeto se descubre inmerso en un mundo donde todo parece transitorio y ninguna certeza logra consolidarse.
Esta visión dialoga con los diagnósticos de la modernidad tardía, pero el poeta evita convertir la incertidumbre en sinónimo de nihilismo. Allí donde muchos discursos contemporáneos anuncian únicamente la disolución del sentido, Mármol descubre la posibilidad de una ética de la permanencia.
La resistencia que propone el poemario carece de gestos heroicos. No pretende restaurar un orden perdido ni ofrecer respuestas concluyentes; se manifiesta en un acto mucho más humilde y, precisamente por ello, más profundo: continuar nombrando.
Nombrar significa impedir que el olvido tenga la última palabra; significa preservar la memoria de aquello que el vértigo de la época amenaza con borrar. La poesía se convierte así en una forma de hospitalidad frente a la fugacidad del presente.
En este aspecto, Yo, la isla dividida se distancia tanto de la nostalgia como del desencanto absoluto. El poema no idealiza el pasado ni demoniza el presente; asume la incertidumbre como el horizonte inevitable de la existencia contemporánea, pero transforma esa condición en una oportunidad para profundizar la conciencia.
La escritura de Mármol demuestra que la palabra poética continúa siendo un espacio de resistencia porque conserva intacta su capacidad de interrogar. Mientras el discurso utilitario busca respuestas rápidas y certezas inmediatas, la poesía reivindica la lentitud de la pregunta. Esa diferencia constituye uno de los mayores valores éticos del libro.
En consecuencia, la incertidumbre deja de designar una insuficiencia del conocimiento para convertirse en el lugar donde el pensamiento permanece vivo. Allí donde cesa la pregunta comienza el dogmatismo; allí donde la palabra acepta sus límites se abre nuevamente la posibilidad del sentido.
7-La incertidumbre como ancla
Llegados a este punto, puede afirmarse que Yo, la isla dividida no propone únicamente una reflexión sobre la identidad insular ni una meditación acerca del lenguaje. El poemario construye una verdadera filosofía de la incertidumbre. Su originalidad consiste en desplazar la duda desde el ámbito de la insuficiencia epistemológica hacia el de la posibilidad ontológica: la incertidumbre deja de ser aquello que limita el conocimiento para convertirse en aquello que lo hace posible.
En esa inversión reside, a mi juicio, una de las aportaciones más significativas de José Mármol a la poesía dominicana contemporánea. La fractura ya no simboliza la pérdida de una totalidad originaria; constituye el espacio donde el ser permanece abierto al devenir. La isla no flota a pesar de estar dividida: flota porque su división impide la clausura del sentido. La grieta no anuncia el derrumbe; permite la entrada de nuevas formas de comprensión.
Podría decirse, incluso, que el libro desarrolla una poética de la intemperie. El sujeto lírico no encuentra refugio en doctrinas, identidades cerradas ni certezas metafísicas. Habita un territorio donde toda palabra conserva un resto de silencio y donde toda verdad permanece inacabada. Esa intemperie no representa un vacío desesperanzador; constituye el ámbito donde el pensamiento conserva su libertad y donde la poesía puede seguir interrogando aquello que el discurso conceptual apenas alcanza a rozar.
Desde esta perspectiva, el poemario dialoga con una tradición filosófica que va de Martin Heidegger a Hans-Georg Gadamer, de Paul Ricoeur a Jacques Derrida, sin convertirse nunca en una ilustración de esas teorías. Mármol no escribe filosofía en verso: piensa poéticamente. Y esa diferencia resulta decisiva. La filosofía busca conceptos capaces de organizar la experiencia; la poesía, en cambio, preserva aquello que toda conceptualización deja inevitablemente fuera. Allí donde el concepto delimita, la imagen expande; donde la definición concluye, el poema inaugura nuevas posibilidades de sentido.
En ese mismo horizonte se comprende la profunda coherencia interna del libro. La isla, el cuerpo, la memoria, la madre, el exilio, el hombre de los pájaros de Nôtre Dame y la ciudad contemporánea no constituyen motivos dispersos; forman una única constelación simbólica cuyo centro es la experiencia de una conciencia que acepta vivir sin garantías absolutas. Cada uno de esos núcleos desarrolla una misma intuición: la identidad no se alcanza mediante la posesión de una verdad definitiva, sino mediante la disposición permanente a interpretarse.
La escritura de Mármol propone, en consecuencia, una ética de la vulnerabilidad. Reconoce que el ser humano es un proyecto inacabado, atravesado por la historia, la memoria, el lenguaje y el tiempo. Esa vulnerabilidad no disminuye la dignidad del sujeto; la hace más plenamente humana. Solo quien acepta la incertidumbre puede permanecer abierto al otro, a la historia y al misterio de la existencia.
La dimensión caribeña del poemario adquiere aquí una relevancia particular. La insularidad deja de ser un accidente geográfico para convertirse en una metáfora de la condición humana. La isla representa toda conciencia rodeada por aquello que no alcanza a comprender del todo. Su división expresa la imposibilidad de reducir la experiencia a una identidad homogénea. El Caribe deja entonces de aparecer únicamente como espacio histórico para revelarse como una forma de pensar la relación entre diferencia, memoria y apertura.
En este sentido, Yo, la isla dividida ocupa un lugar singular dentro de la poesía dominicana contemporánea. Su propuesta estética trasciende las fronteras nacionales sin renunciar a ellas. La historia dominicana, la experiencia caribeña y la reflexión filosófica convergen en una escritura de extraordinaria densidad simbólica, donde cada imagen mantiene una tensión constante entre lo concreto y lo universal.
Conclusión
Toda gran obra termina revelando una imagen capaz de condensar su universo espiritual. En Yo, la isla dividida, esa imagen es, a mi entender, la incertidumbre convertida en ancla.
La paradoja es solo aparente. No se trata del ancla que inmoviliza la embarcación, sino de aquella que impide que sea arrastrada por las corrientes del dogmatismo, la simplificación o el olvido. Gracias a la incertidumbre, la conciencia permanece despierta; gracias a ella, el poema continúa interrogando el mundo sin reducirlo a respuestas prematuras.
José Mármol demuestra que la poesía no está llamada a resolver el misterio de la existencia, sino a custodiarlo. Su escritura transforma la fragilidad en una forma de lucidez, el silencio en un modo de conocimiento y la fractura en una posibilidad de sentido. En tiempos dominados por la velocidad de las respuestas y la ilusión de las certezas instantáneas, esta defensa de la complejidad constituye también una afirmación ética.
La mayor virtud de Yo, la isla dividida consiste en recordarnos que el pensamiento comienza allí donde termina la complacencia de las certezas. El poema no ofrece refugios definitivos; ofrece una forma más exigente de habitar el mundo: la de quien acepta que comprender significa volver una y otra vez sobre las mismas preguntas, sabiendo que ninguna respuesta será jamás la última.
Quizá esa sea la lección más perdurable del libro. La verdadera patria del sujeto poético no es la isla, sino la búsqueda; no el territorio, sino el horizonte; no la certeza, sino la interrogación que mantiene vivo el deseo de comprender. Mientras esa pregunta permanezca abierta, la poesía seguirá siendo uno de los lugares privilegiados donde el ser acontece sin agotarse en el lenguaje.
Por ello, la incertidumbre no constituye el desenlace de la experiencia poética, sino su principio vital. Es el ancla invisible que impide el naufragio del pensamiento y, al mismo tiempo, la fuerza que mantiene al poema orientado hacia el horizonte inagotable del misterio.
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