Los proscritos del 21 de febrero de 1863 de Sabaneta pasaron al vecino país de Haití, desde donde mantenían estrechas relaciones y formas de comunicación efectivas con sus compañeros de la frontera norte, lo que les permitió incorporar un número cada vez mayor de adeptos a la causa nacional.
Norberto Torres, Juan de la Cruz Álvarez y Federico de Jesús García habían obtenido la gracia de parte del Gobierno español. Lucas Evangelista de Peña, Santiago Rodríguez, Ignacio Reyes y Benito Monción habían cruzado la frontera dominico-haitiana y se habían refugiado en la hermana República de Haití. Entretanto, Juan Antonio Polanco pasó a ser un fugitivo de las autoridades españolas y José Cabrera se mantuvo alerta con su guerrilla en todo el perímetro del cerro de Capotillo. Pedro Antonio Pimentel y Bartolo Mejía habían sido apresados, pero al cabo de unos días quedaron absueltos.
Los prófugos de la acción de Santiago de los Caballeros del 24 de febrero de 1863, como Genaro Perpiñán, Manuel Tejada y Ramón Almonte, jamás se presentaron ante las autoridades españolas.
El Gobierno español había extremado las medidas de seguridad, temiendo lo peor, lo que le llevó a instalar una guarnición en el fuerte de Beller, mejor conocido como El Invencible, en las afueras de Dajabón y próximo a la frontera con Haití, otrora lugar de gloria de las tropas dominicanas en la campaña militar contra las tropas haitianas en 1845. Sabaneta fue ocupada por cuatrocientos veteranos al mando del general José Hungría, mientras que las guarniciones de Guayubín y Monte Cristi fueron reforzadas.
Desafiando la difícil situación por la que atravesaba la Línea Noroeste, los patriotas Benito Monción y José Cabrera bajaron del cerro de Capotillo hasta las inmensas llanuras que van desde Sabaneta (hoy Santiago Rodríguez) y Guayubín hasta Monte Cristi. Allí se entrevistaron con Susuto Monción, un patriota respetable que le explicó lo complicado del estado de cosas, lo que dificultaba iniciar cualquier tipo de acción revolucionaria exitosa. Esto, en virtud de la escasez de fuerzas patrióticas dispuestas a enfrentar las tropas españolas y el intenso estado de terror impuesto por los ocupantes peninsulares a la población civil de la zona. No obstante, Susuto se hizo responsable de preparar las opiniones favorables a una conspiración patriótica y dar un oportuno aviso, mientras que Monción y Cabrera retornaron a sus respectivos escondites hasta que las condiciones fueran más favorables.
En esos días se produjo la puesta en libertad de Pedro Antonio Pimentel, quien, profundamente herido por los vejámenes y ultrajes de que había sido víctima, decidió asumir la reorganización del Partido Nacional. Pimentel se puso en contacto con José Cabrera y fijaron la fecha de la reaparición en el escenario de la guerra patria; luego penetró a Haití y, de igual forma, se puso de acuerdo con Monción sobre el estallido de la acción revolucionaria. Posteriormente se puso en contacto con José Antonio Polanco, Manuel González, Antonio Gómez, José Barrientos y otros patriotas, a quienes les asignó la tarea de sublevar a la común de Guayubín.
Pimentel integró a cuantos prosélitos pudo contactar y en la primera mitad del mes de agosto de 1863 conformó una guerrilla de dieciséis hombres, la cual estableció en el paso de Macabón, entre Escalante y Beller, es decir, en el centro del triángulo formado por los pueblos de Sabaneta, Guayubín y Montecristi. Una vez emplazados allí, a las fuerzas españolas de Beller, Sabaneta, Guayubín y Monte Cristi les fue prácticamente imposible comunicarse entre sí. Esto fue un aspecto vital para la lucha por la causa nacional que se había planteado Pimentel.
Al entrar a San José de las Matas, Pimentel se encontró con que la plaza de armas había sido pronunciada por el general Bartolo Mejía, quien había hecho prisionero al comandante de armas, general Nisio Mieses, y a su guarnición. Pero posteriormente se dio cuenta de que Mejía había tomado la plaza con pocos hombres, lo que aprovechó, junto al general Mieses, para escapar con destino a Santiago de los Caballeros.
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El Grito de Capotillo, una clarinada por el retorno de la independencia y la libertad
El 16 de agosto de 1863, los patriotas Santiago Rodríguez, Benito Monción e Ignacio Reyes salieron de Haití al frente de un contingente armado, los cuales se juntaron con José Cabrera en el cerro de Capotillo, perteneciente a la común de Dajabón, donde izaron la bandera dominicana e iniciaron la lucha revolucionaria en toda la Línea Noroeste por la Restauración de la Independencia Dominicana.
El general José Hungría se enteró de lo ocurrido en Capotillo y salió de inmediato con sus tropas desde la común de Sabaneta. Reyes, Cabrera y Rodríguez les salieron al paso, donde entablaron un encarnizado combate, donde, muy a pesar de que las fuerzas patrióticas eran reducidas en número y armas, lograron vencer a las tropas españolas con gran audacia y fervor patriótico y revolucionario. De esta manera, el general Hungría se vio obligado a ordenar la retirada y, sin que le diera tiempo a entrar a Sabaneta, fue perseguido hasta San José de las Matas, causándoles importantes bajas entre muertos, prisioneros y heridos.
Ese 16 de agosto, el intrépido y valeroso capitán Federico de Jesús García, junto a un grupo de valientes patriotas, tomó la plaza de Monte Cristi, y, después de una heroica defensa realizada por el temerario general Ezequiel Guerrero, se posesionó de la plaza e hizo prisionero al general y al resto de la guarnición.
El brigadier Manuel Buceta, quien ostentaba la posición de Gobernador de Santiago, había salido el 14 de agosto hacia Guayubín y Beller, para comprobar las informaciones que había recibido a través del general haitiano Philantrope, Gobernador de Juana Méndez, de que en la zona fronteriza se estaba urdiendo una trama conspirativa contra el Gobierno español, llegando acompañado de pocas tropas el mismo día 14 a Guayubín y el 15 de agosto a Beller.
Pimentel, activo y audaz, desde que el 15 de agosto pasó el brigadier Buceta por Sabana Larga, le cortó la comunicación de Beller con Guayubín y Sabaneta. De igual forma, destrozó una patrulla que iba desde Guayubín para Beller y a otra que salió a su encuentro desde Beller, procediendo a hacer prisioneros a quienes no perecieron en la acción armada. Buceta salió a visitar la guarnición de Estero Balsa, Monte Cristi, y sólo pudo regresar a Beller a fuerza de bravura, ya que un grupo de hombres de Pimentel lo hostilizaban fieramente a caballo. Los patriotas aprovecharon la situación e inmediatamente tomaron el puesto de Estero Balsa.
Benito Monción se unió a Pimentel, Polanco, González, Gómez y Barrientos, quienes, junto a los patriotas de Guayubín, atacaron esta Plaza el 17 de agosto por la mañana, siendo rechazados por la guarnición que contaba con doscientos soldados. A las dos de la tarde regresaron los revolucionarios con un gran refuerzo en hombres y armas, quienes volvieron a la carga. Polanco y Gómez, sable en mano, tomaron la pieza de artillería que les hacía daño y, luego de una lucha reñida, encarnizada y sangrienta, tomaron la Plaza, haciendo prisionero al resto de la guarnición. En esta acción murió el general Reyes, de las Reservas, muchos soldados españoles y hubo una gran cantidad de heridos.
El brigadier Buceta desesperado por la tardanza de los convoyes y los soldados que esperaba desde Guayubín, salió con cien hombres desde Beller hacia ese lugar el 17 de agosto. En Sabana Larga lo envolvió Pimentel, hasta del punto de que logró escapar milagrosamente y su tropa se le redujo a menos de la mitad.
Marchando hacia Guayubín, al llegar a Escalante, Buceta se encontró con Don Ambrosio García, amigo suyo y padre del patriota Federico de Jesús García, quien le informó que el general Hungría había sido derrotado por los revolucionarios y estaba prisionero en la común de San José de las Matas, junto al general Nisio Mieses. De igual modo, le informó que Guayubín y Monte Cristi habían caído también en manos de los revolucionarios desde el día anterior y que toda la Línea Noroeste había sido pronunciada por los patriotas.
El brigadier Buceta, ayudado por Don Ambrosio, pasó el río Yaque del Norte por La Malena y Juan Gómez, para dirigirse a Santiago de los Caballeros. Pero descubierto por los patriotas, que lo perseguían muy de cerca, lo hostilizaron desde Hato del Medio hasta Guayacanes, lugar donde logró obtener posada hasta el día siguiente. Cuando se iba el día siguiente, fue tiroteado nuevamente por los patriotas a la altura del cementerio, viéndose obligado a internarse por los montes para llegar ileso a Santiago.
Un batallón de artillería había salido desde Santiago de los Caballeros en auxilio del brigadier Buceta, quien era perseguido tenazmente por los coroneles Pedro Antonio Pimentel, Juan Antonio Polanco y Benito Monción, junto a un gran número de combatientes, sin que pudieran encontrarlo en el trayecto, en virtud de la decisión del oficial español de internarse por los montes para poder llegar a Santiago. El batallón solo encontró en el camino al capitán Ramón Alberola y a otros soldados españoles extraviados, tras la emboscada de Pimentel al brigadier Buceta.
Gregorio Luperón se mantuvo haciendo propaganda contra el Gobierno español de forma individual, mientras que los revolucionarios Pimentel, Monción y Cabrera le enviaron un expreso para que se integrara a la acción que habían programado en la Línea Noroeste. También tomaron parte en la nueva trama conspirativa los generales de las reservas Gregorio de Lora y Gaspar Polanco, ex altos oficiales del ejército realista español que se habían separado de sus filas por diferencias con algunos oficiales peninsulares, así como también los señores Silverio Delmonte, José Antonio Gómez y José Barrientos.
De esa manera, toda la Línea Noroeste quedó en manos de los patriotas, quienes pasaron a ser los nuevos jefes de las diversas plazas de armas. El general Santiago Rodríguez pasó a ser el Comandante de la Plaza de Armas de Sabaneta; en tanto, el coronel Eugenio Valerio y el capitán Federico de Jesús García asumieron la Comandancia de Monte Cristi.
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La batalla de Santiago del 6 al 13 de septiembre: batalla decisiva de los patriotas restauradores
El general Gaspar Polanco acompañado de un ejército de 6,000 hombres mal armados, pero convencidos de la necesidad de restaurar la independencia perdida, marchó el 30 de agosto de 1863 sobre la ciudad de Santiago de los Caballeros. A él se sumó el entonces coronel Benito Monción –con heridas aún no curadas- desde la común de Guayubín, el 31 de agosto de 1863, cuando el veterano militar se encontraba en Gurabito en disposición de atacar al ejército realista español.

Los españoles tenían en Santiago los Caballeros 817 plazas bien equipadas. Al enterarse el brigadier Buceta de que los patriotas se acercaban, nombró al coronel del Batallón de Infantería de Línea Vitoria, como Gobernador del Fuerte de San Luis y decidió esperar al enemigo en Gurabito, con una compañía de aquel Batallón, con otra del Batallón de San Quintín, con varios voluntarios del país y con expertos militares activos, 77 caballos del escuadrón de África y un obús de la batería de montaña, bajo la dirección de los experimentados generales dominicanos españolizados José Hungría, Antonio Abad Alfau, Archille Michell y José María López.
La acometida de las tropas dominicanas a las 11 de la mañana del 31 de agosto de 1863 no dio tiempo a que se pusiera en práctica lo planificado por el general Buceta. La primera embestida de los patriotas perturbó totalmente a los españoles, viéndose obligado el capitán Juan Albert la orden de retirada de los jinetes de la caballería que dirigía, en lugar de dar la orden de ataque. De esa manera, quedaron desamparadas las demás fuerzas, lo que aprovecharon los revolucionarios para apoderarse de un cañón de las tropas realistas, tras una lucha campal con el sargento que las dirigía. De esa manera, los soldados españoles perdieron el combate frente a los patriotas dominicanos.
El brigadier Buceta se planteó fusilar al capitán Albert, pero cayó en la debilidad de acceder a sus súplicas de perdón. En ese momento, las fuerzas que dirigía Gaspar Polanco se apoderaron de todas las entradas de la ciudad de Santiago, mientras que los españoles tuvieron que replegarse a los fuertes de San Luis y El Castillo, así como a la Cárcel Vieja.

El primero de septiembre llegó a Santiago el coronel José Antonio Salcedo (Pepillo), quien venía desde Dajabón, lugar desde el cual había hecho huir al coronel español Juan Campillo hacia el vecino país de Haití. A su llegada a Santiago, el coronel Salcedo pidió órdenes para desalojar El Castillo, operación arriesgada y difícil por tratarse de un punto predominante por todas partes. Pero Salcedo, que era un soldado sumamente aguerrido y estaba rodeado de un conjunto de hombres muy bien seleccionados, procedió a romper el cerco con sus fuegos desde Rincón Largo. Avanzó en carrera después de cada descarga y, al acercarse a las tropas enemigas, emprendió una formidable carga al machete que pronto anonadó la guarnición, la cual huyó hacia la fortaleza San Luis, dejando un botín y una gran cantidad de armas. De esa manera, fue tomado el fuerte El Castillo, ubicado en la parte oriental de Santiago. En este lugar fue construido el Monumento a los Héroes de la Restauración, desde el cual se dominaba perfectamente el fuerte San Luis.
La toma del fuerte El Castillo fue para los españoles una prueba más que contundente del empuje de las fuerzas restauradoras, las cuales contaban con oficiales y soldados muy capaces y audaces. Después de esta hazaña, el coronel Eloy Aybar se dirigió a Moca y a La Vega junto a otros patriotas en busca de varias piezas de artillería y el día 2 de septiembre el teniente coronel de artillería José Pierre, Papá Pacheco y el coronel José Gómez procedieron a montar tres piezas en El Castillo y en los dos cerros contiguos localizados en la parte este de Santiago.
El 3 de septiembre de al amanecer, los patriotas restauradores ocuparon toda la ciudad de Santiago y comenzaron a sentirse las balas-rasas en la fortaleza de San Luis, llevando de esa manera el suplicio y el pánico a más de doscientas familias españolizadas que estaban allí como refugiadas, quienes habían creído como ineluctable el triunfo de España en aquella contienda bélica, cuando se produjo el cerco de esa dotación militar.
Posteriormente, los jefes del movimiento restaurador se reunieron y formaron un Consejo Revolucionario integrado por los generales Gaspar Polanco, Gregorio de Lora, Ignacio Reyes, Gregorio Luperón y los coroneles Benito Monción, José Antonio Salcedo y Pedro Antonio Pimentel. Todos los presentes estuvieron de acuerdo en otorgarle el Mando en Jefe de Operaciones al general Gaspar Polanco, por el único general que provenía de la Primera República y por su experiencia en el arte de la guerra; el coronel Pedro Antonio Pimentel fue despachado a Haití para que comprara pertrechos militares y municiones; el comandante José Cabrera fue enviado a San José de Las Matas para, de común acuerdo con el general Bartolo Mejía, reuniera las fuerzas de aquella heroica común para reforzar a Santiago; el general Gregorio Luperón recibió el mando de las fuerzas que hostilizaban día y noche a la fortaleza San Luis; el coronel Benito Monción fue encargado del mando de la fortaleza El Castillo, donde fueron colocadas las dos piezas de artillería traídas de La Vega, con el propósito de atacar la fortaleza de San Luis; el coronel José Antonio Salcedo fue encargado para que recorriera las comunidades y secciones más ricas de los alrededores de Santiago para solicitar apoyo logístico en favor de la revolución, como eran ganado, víveres, cereales y otros tipos de provisiones para el sustento de las tropas; de su lado, Ignacio Reyes y Gregorio de Lora fueron designados como jefes de las fuerzas de las reservas de la Revolución.
Entretanto, el general Manuel Mejía fue designado como el gobernador de La Vega; el coronel Santiago Sosa comandante de armas de Moca; el coronel Cayetano de la Cruz, comandante de armas de San Francisco de Macorís y el coronel Tomás Ramón Castillo, comandante de armas de Cotuí. De igual modo, los coroneles Basilio Gavilán y Esteban Adames marcharon sobre Yamasá; el comandante Pedro Antonio Casimiro y varios oficiales más lograron el pronunciamiento de Bonao en favor de la Revolución; el coronel de las fuerzas realistas españolas Eusebio Manzueta cayó prisionero en poder de los coroneles Gavilán y Adames, el cual al identificarse con la causa patriótica fue designado comandante de armas de la común de Yamasá por parte del general Gregorio Luperón, cuando pasó a ser el Jefe de Línea del Frente Este; mientras que el general José Durán logró el pronunciamiento de Jarabacoa. Todo el Cibao era un volcán encendido en favor de la causa nacional, generando en la población dominicana con elevados sentimientos patrióticos un gran entusiasmo y una pasión delirante por la Restauración de la República Dominicana.
Mientras se producía el cerco de la fortaleza San Luis con balas y cañones de artillería, llegaron a Puerto Plata procedentes de Santiago de Cuba varios batallones con más de tres mil soldados españoles, quienes se pusieron bajo el mando del general Juan Suero y del coronel Mariano Cappa, que, en su avance, no pudieron ser detenidos por la fuerza que dirigía el comandante Juan Nuesí Lafitte. Como a la nueve de la noche del 5 de septiembre de 1863 llegan a Santiago de los Caballeros el coronel Luis Navarro y el comandante Crisóstomo Guillén, dando cuenta de que el general Suero y un ejército numeroso se dirigían a la Ciudad Corazón en horas de la noche con el propósito de sorprender a los sitiadores dominicanos.
De inmediato el general Gaspar Polanco mandó a llamar a los generales Gregorio de Lora, Gregorio Luperón e Ignacio Reyes, así como al coronel Benito Monción, a quienes les informó de la marcha del general Suero y el coronel Cappa hacia Santiago. Acto seguido pidió la opinión de los oficiales presentes, de los cuales solo dieron su parecer los generales De Lora y Luperón, quienes se ponían a disposición para salir al encuentro de Suero y Cappa con sendas columnas para impedir su entrada a Santiago. Polanco no aceptó la propuesta de los dos oficiales y en su lugar ordenó a las dos de la madrugada el ataque de la fortaleza San Luis.
La forma en que se produjo el ataque a la fortaleza San Luis fue el siguiente: el general Gregorio de Lora que, con una columna integrada por las fuerzas puertoplateñas y santiagueras, marchó de frente por la calle Gral. Valverde, hoy calle San Luis; el coronel Benito Monción, quien dirigía la artillería de la fortaleza El Castillo de Santiago; Luperón, quien con una columna integrada por fuerzas de Moca y La Vega, marchó por el Noreste, tomando la calle Juan Francisco García, mientras que el general Gaspar Polanco, con dos piezas de artillería, marchó con las gentes del hato por el lado Oeste, tomando la calle de la Barranca o de la Iglesia, hoy avenida 27 de Febrero. Las tres columnas se movieron simultáneamente y el fuego se verificó en toda la trinchera, siendo la embestida fuerte y valiente. Pero, de igual modo, las tropas enemigas mostraron una gran resistencia. En tres ocasiones los patriotas la emprendieron contra las defensas de la fortaleza San Luis y, en igual número de ocasiones, fueron rechazados, cubriéndose el terreno de combate de cadáveres de ambos lados.
De Lora cayó herido de muerte y murió tiempo después en Los Chachases; el general Luperón tomó el mando de las dos columnas y renovó el ataque con mayor fiereza, pero su caballo fue herido en el pecho por una bola de cañón y luego murió. El general Luperón no se acobardó e inmediatamente se levantó, se montó en otro caballo y continuó su acción pertinaz en torno a la fortaleza San Luis.
Si el brigadier Buceta no hubiese contado con el apoyo de los jefes de las fuerzas de Reservas, la suerte hubiese estado del lado de las fuerzas restauradoras dominicanas. Los patriotas se enfrentaron a los sitiados de la Fortaleza con gran valor, pero con armas muy antiguas y poco efectivas como lanzas, fusiles, trabucos, pistolas, machetes, garrotes y otros tipos de armas que cayeron en sus manos. Si bien es cierto que en dicha acción no se logró la rendición inmediata de las tropas españolas, sí permitió que la correlación de fuerzas se tornara en favor de los abanderados de la causa nacional. Situaciones como ésta sólo son posibles en virtud de la intrepidez y la convicción profunda que nacen únicamente en el fragor de las luchas patrias.

Archambault describe los pormenores de los combates escenificados entre los restauradores y las tropas realistas españolas encabezadas por el general Suero y el coronel Cappa:
“Siendo las once de la mañana vino un expreso donde el general Gaspar Polanco, que se encontraba en la esquina de las calles La Barranca (27 de Febrero) y Cuesta Blanca (Duarte). Se le avisaba que la columna de Suero y Cappa se encontraba por el arroyo de Jacagua, camino de Palmar, próximo a entrar a Santiago. Lo natural era considerarse perdidos en la perspectiva de un formidable ataque por retaguardia de tropa fresca, sobre todo cuando ya no hay esperanzas de tomar el fuerte ante la férrea resistencia de los bravos españoles. Pero Gaspar estaba ese día inspirado por Minerva y encabritando su caballo, blandiendo el sable epónimo y echando chispas por los ojos exclamó radiante: ´le tengo a Suero guardado el as de triunfo´. Se refería al incendio de la ciudad que había meditado como su ancla de esperanza. Llamó a Juan Burgos de Licey, un hombre insignificante pero bravo, le dio órdenes secretas y en seguida salió el valiente, penetró por la calle del Vidrio (Mella) hasta la casa más próxima del reducto del fuerte en esa calle y prendió fuego a la casa debajo de la metralla y las descargas españolas; al mismo tiempo, Agustín Pepín, que vivía hasta hace poco, por orden de Gaspar, pegaba fuego al almacén de Archille Michell, por la Cuesta de las Piedras, próximo al fuerte; y pronto, como la brisa era fuerte y soplaba del Este, el incendio se propagó con pasmosa velocidad.”[1]
Es más que asombroso observar cómo la ingeniosidad popular en los procesos independentistas hace posible enfrentar con éxito a fuerzas excesivamente poderosas. El general Polanco sacó de bajo de las mangas su as de triunfo frente a las tropas españolas, con lo cual demostró que en el desarrollo de una guerra no deben aplicarse de forma rígida aquellas reglas convencionales definidas por los manuales clásicos, sino que es preciso dejar espacio a la creatividad y a las circunstancias específicas del momento para aquellos acontecimientos no previstos, como lo fue el incendio en la gloriosa ciudad de Santiago de los Caballeros. Ahora se procederá a transcribir la descripción que hace el general Luperón del incendio que abrazó con sus llamas, devoradoras y libertarias, a la Ciudad Corazón:
“Era la una del día y solo se oían descargas cerradas de artillería y de infantería. Muy pronto la ciudad fue, como se dijo, presa de las llamas. Cada alambique incendiado hacía una tremenda explosión. Aquello no era batalla; era un cráter en espantosa actividad. La cólera de los hombres se mezclaba en terrible maridaje a la cólera de los elementos. Santiago, aquel pueblo alegre, bullicioso, sociable, viril y patriota, de sencillas costumbres, tolerante, con sublime heroísmo e impulsado por aquel espíritu impenetrable de lo suprasensible, que lo hace tan superior y admirable en días de las mayores desgracias, no se acongojaba por la catástrofe, y lleno de intrepidez y de entusiasmo, saludaba el cruento sacrificio de su bella ciudad, esperando que de sus ruinas saldría la Restauración de la República. Es que los pueblos, en semejantes luchas, no conocen el desaliento, y es por eso también que el valor, el patriotismo y el deber, no se compran ni se pagan jamás.”[2]

Esta es una de las pocas ocasiones en que uno de los patriotas participantes en la Guerra Restauradora acepta indirectamente que el incendio formó parte de las acciones de guerra implementadas por los revolucionarios dominicanos en esta gesta independentista. Al mismo tiempo destaca las características esenciales de los habitantes de Santiago y su disposición al sacrificio para contribuir a recuperar la independencia perdida por obra de la acción infame del hatero del Seibo.
Al mismo tiempo que las llamas consumían las inmediaciones de la fortaleza San Luis, el general Gaspar Polanco dividió sus fuerzas, dejando una parte de ellas al mando del general Luperón y con el resto del ejército rebelde marchó rápidamente al encuentro del general Juan Suero, el coronel Cappa y las tropas que le acompañaban. Los patriotas dominicanos procedieron a ocupar los fuertes Dios, Patria y Libertad, al tiempo colocar un cañón en un bosque situado más allá del fuerte Dios.
Desde que la avanzada del coronel Cappa asomó por Gurabito, se inició el combate desigual entre las tropas dominicanas y españolas, alrededor de la una de la tarde. Las municiones de las tropas dominicanas se habían agotado casi por completo, teniendo que efectuar la defensa con arma blanca, mientras que los españoles utilizaban su fusilería, cañones y caballería. Las tropas que dirigía el general Suero sumaban 1,400 soldados, quien dispuso que el Batallón Isabel II fuera lanzado contra el centro de las tropas restauradoras y el Primer Batallón de la Corona, con sus cinco compañías, ayudado por las fuerzas de artillería, tomara el fuerte Dios y luego lanzara esas fuerzas sobre el fuerte Patria.
En el lugar había una pieza de artillería, al mando de la cual estaba Papá Pacheco, que fue desmontada en el primer combate por las fuerzas enemigas, resultando muerto el patriota que la dirigía. El artillero capitaleño Ramón Martínez al ver que las tropas españolas se acercaban, le pidió a Francisco Suriel que le sostuviera la pieza para dispararla, haciendo blanco en las filas enemigas, pero resultando este último muerto en el acto por una pieza de artillería contraria.
Los españoles no pudieron penetrar por esa entrada de la ciudad de Santiago, ya que en ese momento llegó el general Gregorio Luperón con sus tropas por la Sabana del Cementerio, donde se estaban emplazando las columnas del general Suero. Fue entonces cuando Luperón y los patriotas que le acompañaban se enfrentaron a las fuerzas que dirigían Suero y Cappa, demostrando tanta constancia que las nutridas columnas españolas fueron empujadas hasta el Tejar, lugar ubicado al fondo de la sabana, hacia el oeste. Fue entonces cuando el Batallón de la Corona, dos compañías del Batallón de Madrid, el Batallón de Cuba y la artillería española se dirigieron al fuerte Libertad, situado al suroeste de Santiago, logrando tomarlo y penetraron a la ciudad por aquella parte, después de cuatro horas de combate.
Esa acción implicó una baja de 153 soldados para la columna del general Suero, entre muertos y heridos, hasta lograr refugiarse en la Iglesia Mayor a eso de las cinco de la tarde. La Iglesia estaba situada frente a la Cárcel Vieja, mientras que los fuertes estaban ubicados frente a la Plaza de Armas, los cuales se habían salvado del incendio que abrazó a Santiago por estar hechos de piedra. Sin embargo, el general Suero no pudo comunicarse con los españoles sitiados en la fortaleza San Luis, que estaba ubicada a varias cuadras de allí, hasta el día siguiente, debido al intenso fuego que mediaba entre ambos puntos. Y como dice con gran realismo y laconismo el general Luperón: “Entonces los combatientes se vieron frente a frente sin poderse perseguir, atribuyéndose ambas partes la victoria.”[3]
Esa noche, varios patriotas dominicanos, desmoralizados por los fracasos sucesivos obtenidos –a pesar del gran heroísmo mostrado-, emigraron hacia diferentes poblaciones aledañas a Santiago, como Moca, San José de las Matas y Guayubín, dispersándose, sin que unos supieran el paradero de los otros, incluyendo a figuras clave de la revolución como Gaspar Polanco, Ignacio Reyes y José Antonio Salcedo, entre otros.
En otra estampa no menos emotiva, el general Luperón describe con gran colorido y dinamismo lo acontecido el 6 de septiembre de 1863 en la Batalla de Santiago, del modo siguiente:
“La batalla de Santiago, el 6 de septiembre de 1863, es un acontecimiento único por su grandiosidad en el país. Esfuerzos de valor y ejemplo de heroísmo dieron ambos combatientes aquel día memorable que no podría borrarse jamás de la historia de la guerra, ni de la memoria de aquellos que tuvieron la inmensa gloria de presenciarlas.”[4]
Aunque la Batalla de Santiago en su totalidad tuvo una duración de aproximadamente 14 días, si partimos del hecho de que la contienda bélica entre las fuerzas españolas y las fuerzas restauradoras inició el 31 de agosto y concluyó el 13 de septiembre de 1863, con la rendición de la rendición de las fuerzas invasoras realistas, justo es destacar que la acción del 6 de septiembre de ese año fue la más decisiva en la definición del conflicto armado que se desarrolló entre los patriotas dominicanos y las tropas peninsulares.
El 7 de septiembre, los ahora generales Benito Monción y José Miguel Reyes, junto al coronel artillero Papá Luis, el ayudante Eloy Aybar y un gran grupo de patriotas se unieron al general Gregorio Luperón con las fuerzas que les acompañaban e hicieron un gran alboroto de tambores y cornetas para atraer a los compañeros, al tiempo que sacaban de sus bolsillos algunas cartas falsas en las que supuestamente informaban que El Seibo y Azua se habían pronunciado en favor de la Revolución Restauradora. A partir de ese momento se reanimaron las fuerzas patrióticas, siendo tantos y tan fuertes los ¡vivas! lanzados por los congregados, que los españoles pensaron que se trataba de otro asalto a la fortaleza San Luis. Asimismo, el general Luperón arengó a los presentes, anunciando la firme determinación de la revolución de fusilar al primero que se retire de los campamentos sin una orden expresa de los jefes superiores.
Ese día el general Luperón colocó guardias por todas las partes de la ciudad de Santiago que no se habían incendiado: detrás del Tejar, en las zanjas que salían por el Cementerio, en Gurabito y en la Otra Banda, al tiempo que mandó a realizar rondas por todos los lugares que estaban dentro y fuera de la ciudad, con el propósito de reincorporar a los fugitivos. Al mismo tiempo despachó partes a Moca, La Vega, Cotuí, San Francisco de Macorís, San José de las Matas, Guayubín y Sabaneta, donde se le participaba a los patriotas que tanto el general Suero como el coronel Cappa tenían sitiada la Iglesia Mayor y que el cerco a la fortaleza San Luis estaba más estrecho que antes, al tiempo que le pedían no darle crédito a los propagandistas del enemigo, que recogieran a los desertores y los enviaran con la mayor prontitud posible a Santiago de los Caballeros.
El general Luperón pasó al cantón de Marilópez, donde los coroneles Andrés Tolentino y José María Morel, el comandante Teodoro Gómez, así como varios oficiales y patriotas se mantuvieron firmes con sus gentes; los reanimó al elevarlos al rango de General de Brigada y Jefe del Cantón al coronel Tolentino, al tiempo de ordenar que hicieran rondas para recoger y reconcentrar a todos los hombres de armas a sus cuarteles.
Luperón volvió al cantón del Meadero y a la una de la noche pasó con el general Benito Monción y otros oficiales más a Pontezuela a comerse un sancocho, porque no habían comido nada ese día. Regresaron a las tres de la madrugada e inmediatamente Monción procedió a ocupar su puesto y a preparar los cañones para que -cuando se tocara la diana al amanecer del 8 de septiembre- se dispararan varios cañonazos a la fortaleza San Luis. Esta acción se ejecutó al pie de la letra, en medio de muchos y prolongados vivas a la República. Cuando amaneció, los sitiados se dieron cuenta de que las cosas iban en serio, ya que ni siquiera podían ir a coger agua al río Yaque del Norte.
Ese día llegaron suficientes municiones de La Vega y Moca, lo que permitió que se reconstituyeran las fuerzas y el sitio se reforzara y estrechara aún más, hábilmente dirigido por el general Luperón. Entonces el general Suero, con gran valentía y logrando establecer comunicación con los generales Antonio Abad Alfau y Manuel Buceta, que estaban en la fortaleza San Luis, solicitó que le entregaran la dirección de las fuerzas españolas para, en dos días, vencer la revolución y acabar con los restauradores.
Inmediatamente le encargaron dos grandes columnas, con las que atacó en tres ocasiones el cantón de Los Chachases, pero del mismo modo sus ataques fueron rechazados con grandes pérdidas humanas. Esto hizo que el general Suero y sus columnas se vieran obligados a concentrarse nuevamente entre la Fortaleza y la Iglesia, donde apostaban a que se produjera algún descuido entre los revolucionarios para llevar a cabo un ataque fulminante.
Después de varios combates durante la noche, el general Suero y sus tropas avanzaron la mañana siguiente sobre las fuerzas patrióticas como un tornado que se llevaba por delante todo lo que encontrara a su paso, pero fueron rechazados fuertemente por el general Luperón y sus tropas, logrando quitarles dos piezas de artillería a los españoles, al tiempo de obligarles a concentrarse nuevamente en su puesto.
El 9 de septiembre al mediodía, ante la escasez de provisiones -a consecuencia del incendio de Santiago- y ante el aumento de la guarnición de los revolucionarios restauradores, los españoles dieron órdenes de atacarles con el regimiento La Corona y una pieza de artillería la Cárcel Vieja, que para entonces era ocupada por una pequeña guarnición dominicana con el propósito de salvar las provisiones que allí aún quedaban. La puerta fue derribada a cañonazos y los patriotas que defendían el edificio con gran valor se lanzaron, machete en mano, sobre los artilleros, trabándose un reñido combate con arma blanca, en el que sucumbieron gloriosamente un cabo y tres soldados españoles que servían la pieza, antes de que pudieran ser protegidos por la infantería.
Desde el fuerte San Luis, el brigadier Buceta se dio cuenta que la acción estaba comprometida, en virtud de lo cual procedió a enviar el Batallón Isabel II en auxilio del Regimiento La Corona, logrando de esa forma su objetivo de sacar las municiones en varias mulas. De igual modo, fueron enviados los heridos y enfermos a la Iglesia, convertida en hospital de sangre bajo la custodia de un batallón. Las pérdidas españolas en los combates de esa semana se estiman en mil soldados, mientras que las bajas de los restauradores se evalúan en quinientos soldados.
A partir de entonces, las acciones se vieron considerablemente disminuidas, limitándose sólo a simples escaramuzas, al tiempo que empeoraba la situación de abastecimiento para las tropas españolas con la escasez de agua y víveres, viéndose obligados a reducir las raciones alimenticias a cuatro onzas de arroz diarias. Del mismo modo, la caballería sufría una falta enorme de hierbas, llevando esto a los españoles a realizar un esfuerzo extraordinario por conseguir forraje para evitar la muerte de sus animales.
Con ese propósito, el 11 de septiembre en la madrugada salió el regimiento La Corona, aprovechando el total descuido de los revolucionarios al otro lado del río. Los soldados españoles atravesaron el Yaque del Norte frente a la Cuesta de los Chivos y penetraron en el campo, evitando así la altura de Los Borbones y dirigiéndose sigilosamente a La Barranquita, tres leguas adentro de los bosques. Allí hallaron bastante forraje y se tropezaron con un viejo, quien les aseguró que por allí no había revolucionarios. De igual manera, los soldados peninsulares encontraron mucha carne fresca y abundante carne sazonada, lo que era un claro indicio de que los patriotas estaban bastante cerca. También cargaron varios cerdos y gallinas que encontraron durante el maroteo y se retiraron con el botín hallado tan pronto como pudieron.
A mitad del camino, el regimiento español se vio cercado por los patriotas dominicanos por todas partes, ya que el viejo le avisó de la presencia de los invasores al cantón de La Otra Banda que dirigía el coronel José María Checo, quien estaba al frente en ausencia del general José Cabrera, el oficial al mando de este. Incluso, el anciano estaba en medio del camino, disparando a los intrusos con un trabuco, pagando su atrevimiento y valentía con la vida.
El combate estaba dirigido a conservar las vituallas encontradas, razón por la cual el segundo batallón español desplegó combates a los flancos con la vanguardia y la retaguardia, sufriendo ataques muy seguidos. Al llegar al río Yaque del Norte, entró en acción una gran cantidad de patriotas, quienes tomaban posiciones para cerrarle el paso, pero gracias a la artillería del fuerte San Luis y al Batallón de Cazadores del Regimiento Isabel II, que bajó hasta la Cuesta de los Chivos a socorrer la columna del Batallón La Corona, lograron salvar la operación a costa de varios muertos, heridos y prisioneros.
Las tropas españolas se vieron en situaciones muy apremiantes, con las grandes dificultades en que estuvieron envueltas las columnas dirigidas por el general Suero y el coronel Cappa, con la despoblación de la ciudad de Santiago a causa del gran incendio que le azotó y los múltiples obstáculos que encontraron los refuerzos en el camino Puerto Plata-Santiago, integrados por las columnas que dirigía el brigadier Primo de Rivera. Las tropas dirigidas por este general de brigada español, estaban integradas por 2,000 soldados procedentes de La Habana, Cuba, y contaban con cuantiosos parques, los cuales se vieron obligados a utilizar ante la acción ofensiva de las cuadrillas que dirigían el general Nuesí Lafitte en Los Llanos de Pérez, y el coronel Carlos Palanca, quien dirigía otra poderosa columna de 500 hombres. Otra operación que disminuyó al mínimo las fuerzas españolas fue la acción ofensiva de los patriotas dominicanos dirigidos por los comandantes Juan Bonilla y Pedro Gregorio Martínez, que posteriormente fueron reforzados el comandante Francisco Reyes y el capitán Norberto Reynoso, que habían llegado desde Santiago tras el ataque a la fortaleza San Luis, sufriendo los soldados peninsulares cuantiosas pérdidas y viéndose obligados a regresar a Puerto Plata el 14 de septiembre de 1863.
Decidida la retirada de los peninsulares de Santiago a Puerto Plata, estos le dieron la última oportunidad al general Suero de romper el cerco a sangre y fuego. Con tal propósito, el oficial de las tropas españolas salió con una fuerte columna a atacar el cantón de La Otra Banda en la parte oeste de Santiago, la cual fue rechazada heroicamente por el coronel Checo y los patriotas que le acompañaban.
En horas de la noche, los españoles intentaron romper el sitio de Marilópez de la mano del práctico Casiano Martínez. Pero antes de que pudieran entrar en acción fueron hechos prisioneros varios de ellos por parte de la guerrilla del capitán Medina y conducidos al cantón; Casiano Martínez y 18 españoles fueron ejecutados por orden del general Luperón. De esta manera, los sitiados perdieron toda esperanza de dar una sorpresa a los sitiadores y dispusieron el 13 de septiembre enviar al padre Francisco Charboneau con instrucciones de pactar una capitulación definitiva.
Los patriotas dominicanos encabezados por Gaspar Polanco, José Antonio Salcedo, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, Silverio Delmonte y Juan Luis Domínguez planteaban la rendición de las tropas españolas, la entrega de las armas y pertrechos militares, la entrega de billetes dominicanos de 20 y 40 pesos, la devolución de los prisioneros que estuvieran en poder de unos y otros, así como el señalamiento del Puerto de Monte Cristi como el lugar de evacuación de las tropas peninsulares.
De su lado, el brigadier Buceta, a través del padre Charboneau, primero, y del coronel Velasco después, planteó que no rinde nunca las armas que le había confiado su patria, que no existían billetes dominicanos en la tesorería por haberlos remitido a Santo Domingo, al tiempo que confió a los sentimientos humanitarios la conservación de la vida de los valientes soldados que se hallaban en el hospital de Santiago y que, en obsequio a dicha humanidad, estaban dispuestos a marchar sin combatir, en el caso de que las tropas dominicanas no les hostilicen, pero que en el caso de que eso ocurriera, ellos cumplirían con su deber y no sería su responsabilidad.
Ante la actitud obstinada del brigadier Buceta, los dominicanos decidieron que la columna española saldría sin hostilizar y sin ser hostilizada; que retirarían las fuerzas restauradoras que estaban escalonadas sobre el camino de Puerto Plata y que los heridos, los empleados del hospital y las familias refugiadas en el fuerte San Luis quedarían bajo la garantía de los dos jefes superiores, brigadier Buceta y general Suero. Convenidas estas condiciones, salió personalmente el generalísimo Polanco a despejar el cantón de Gurabito y a enviar una escolta de caballería delante de la columna española, con el propósito de evitar todo tipo de hostilidad.
No obstante, se produjo un motín encabezado por el oficial Manuel Rodríguez (alias El Chivo), contra los parlamentarios españoles, en el cual tuvo que intervenir el general Salcedo, quien se comprometió a exigirle a la guarnición española la entrega de las armas para calmarlos y escribió una nueva comunicación al brigadier Buceta y mandó un aviso a los restauradores para que restablecieran las posiciones sobre el camino. El aviso no llegó a tiempo y la columna española salió a las tres de la tarde, sin encontrar obstáculos, sin previo aviso a los restauradores y abandonando a sus parlamentarios. Esto dio pie a que las tropas españoles fueran hostilizadas durante todo el camino por la retaguardia restauradora y por las guerrillas nacionalistas apostadas en los montes, causándoles bastantes daños en todo el trayecto hasta Puerto Plata.
El general Luperón, impaciente en su cantón de Marilópez, al ver que no se solucionaba la capitulación y, teniendo conocimiento de que los españoles habían salido del fuerte San Luis precipitadamente, se dirigió a él acompañado de algunas fuerzas y apresó a varios españoles que aún no habían salido, los cuales reclamaban la inmunidad de la capitulación. La Fortaleza fue ocupada por el general Andrés Tolentino, el coronel José María Morel y el comandante Teodoro Gómez. Entre tanto, el general Luperón, acompañado del comandante Francisco González, a marcha forzada fue a reunirse con las fuerzas que combatían a la retaguardia española, que estaba al mando del generalísimo Gaspar Polanco y los generales José Antonio Salcedo, Benito Monción y Pedro Antonio Pimentel, habiendo este último retornado recientemente de Haití con suficientes pertrechos militares y municiones.
De esa forma concluye la gran Batalla de Santiago, procediendo a partir de entonces las fuerzas nacionalistas a instalar el Gobierno Provisorio Restaurador el 14 de septiembre de 1863, cuya Presidencia recayó en el general José Antonio Salcedo, quien era Subjefe de Operaciones de la Revolución; la Vicepresidencia, en mano del ciudadano Benigno Filomeno de Rojas, mientras como Ministros fueron escogidos Ulises Francisco Espaillat, Máximo Grullón, Pablo Pujol, Pedro Francisco Bonó, Alfredo Deetjen, Sebastián Valverde y Belisario Curiel. De igual manera, se procedió a designar a otros funcionarios civiles, en tanto que los nombramientos de los puestos militares fueron puestos en manos de los jefes militares correspondientes. Asimismo, se redactó un manifiesto, donde se proclamaba como un hecho irreversible la Restauración de la Independencia Dominicana, tal como se explicita en el texto que se reproduce íntegramente a continuación:
“ACTA DE INDEPENDENCIA
NOSOTROS, los habitantes de la Parte Española de la Isla de Santo Domingo, manifestamos por medio de la presente Acta de Independencia, ante Dios, el mundo entero, y el Trono de España, los justos y legales motivos que nos han obligado a tomar las armas para restaurar la República Dominicana y reconquistar nuestra Libertad: el primero, el más preciado de los derechos con que el hombre fue favorecido por el Supremo Hacedor del Universo, justificando así nuestra conducta arreglada y nuestro imprescindible obrar, toda vez que otros medios suaves y persuasivos, uno de ellos muy elocuente, nuestro descontento empleado oportunamente, no han sido bastantes para persuadir al Trono de Castilla, de que nuestra anexión a la Corona no fue la obra de nuestra espontánea voluntad, sino el querer fementido del General Pedro Santana y de sus secuaces, quienes en la desesperación de su indefectible caída del poder, tomaron el partido de entregar la República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el pretexto de anexión al poder de España, permitiendo que descendiese el pabellón cruzado, enarbolado por el mismo General Santana, a costa de la sangre del Pueblo Dominicano, con mil patíbulos de triste recordación.
Por magnánimas que hayan sido las intenciones y acogida de S.M: Doña Isabel II (Q.D.G.), respecto del Pueblo Dominicano, al atravesar el Atlántico, y al ser ejecutadas por sus mandatarios subalternos, ellas se han transformado en medidas bárbaras y tiránicas, que este pueblo no ha podido ni debido sufrir. Para así probarlo, basta decir que hemos sido mandados por un Buceta y un Campillo, cuyos hechos son más notorios.
La anexión de la República Dominicana a la Corona de España ha sido voluntad de un solo hombre que la ha domeñado; nuestros más sagrados derechos, conquistados con 18 años de inmensos sacrificios, han sido traicionados y vendidos; el Gabinete de la Nación Española ha sido engañado, y engañados también muchos de los dominicanos de valía e influencia, con promesas que no han sido cumplidas, con ofertas luego desmentidas. Pronunciamientos, manifestaciones de los pueblos arrancadas por la coacción, ora moral, ora física de nuestro opresor y los esbirros que le rodean, remitidas al Gobierno Español, le hicieron creer falsamente nuestra espontaneidad para anexarnos; empero, muy en breve, convencidos los pueblos del engaño y la perfidia, levantaron su cabeza y principiaron a hacer esfuerzos gloriosos, aunque por desgracias inútiles, al volver de la sorpresa que le produjera tan monstruoso hecho, para recobrar su independencia perdida, su Libertad anonada. -Díganlo sino, las víctimas de Moca, San Juan, Las Matas, El Cercado, Santiago, Guayubín, Sabaneta y Puerto Plata.
¿Y cómo ha ejercido España el dominio que indebidamente adquirió sobre unos pueblos libres? –La opresión de todo género, las restricciones y la exacción de contribuciones desconocidas e inmerecidas, fueron muy luego puestas en ejercicio. ¿Ha observado por ventura para con un pueblo que se le había sometido, aunque de mal grado, las leyes de los países cultos y civilizados, guardando y respetando cual debía, las conveniencias, las costumbres, el carácter y los derechos naturales de todo un hombre en sociedad? Lejos de eso: los hábitos de un pueblo libre por muchos años han sido contrariados impolíticamente, no por aquella luz vivificadora y que ilustra, sino con un fuego quemante y de exterminio. –Escarnio, desprecio, marcada ignorancia, persecuciones y patíbulos inmerecidos y escandalosos, son los únicos resultados que hemos obtenido, cual corderos, de los subalternos del Trono Español, a cuyas manos se confiera nuestra suerte.
El incendio, las devastaciones de nuestras poblaciones, las esposas sin sus esposos, los hijos sin sus padres, la pérdida de todos nuestros intereses, y la miseria en fin; he aquí los gajes que hemos obtenido de nuestra forzada y falaz anexión al Trono Español. –Todo lo hemos perdido; pero nos quedan nuestra Independencia y Libertad, por las cuales estamos dispuestos a derramar la última gota de sangre.
Si el Gobierno de España es político; si consulta sus intereses y también los nuestros, debe persuadirse de que a un pueblo que por largo tiempo ha gustado y gozado de la libertad, no es posible sojuzgársele sin el exterminio del último de sus hombres. De ello debe persuadirse la Augusta Soberana Doña Isabel II, cuya hermosa alma conocemos; pero S.M. ha sido engañada por la perfidia del que fue nuestro Presidente, el General Pedro Santana y la de sus Ministros; y lo que ha tenido un origen vicioso, no puede ser válido por el transcurso del tiempo.
He aquí las razones legales y los muy justos motivos que nos han obligado a tomar las armas y a defendernos, como lo haremos siempre, de la dominación que nos oprime, y que viola nuestros sacrosantos derechos, así como de leyes opresoras que no han debido imponérsenos.
El mundo conocerá nuestra justicia y fallará. El Gobierno Español deberá conocerla también, respetarla y obrar en consecuencia.
Santiago de los Caballeros, Septiembre 14 de 1863.
(Firmados): Gaspar Polanco, Gregorio Luperón, José A. Salcedo, Benito Monción, Benigno F. de Rojas, P. Pujol, J. Belisario Curiel, Pedro Francisco Bonó, Genaro Perpiñán, Juan Antonio Polanco, Ricardo Curiel, Pedro A. Pimentel, Ulises F. Espaillat, H.S. Riobé, F.A. Salcedo, Esteban Almánzar, Juan V. Curiel, Cirilo Castellano, Juan A. Vila, F. Scheffemberg, Ramón Almonte, Dr. M. Ponce de León, Francisco Casado, J. Epifanio Márquez, Dionisio Troncoso, Pbro. Miguel Quesada, R. Velázquez, Gavino Crespo, Francisco Reyes, Anastacio Mercado, José Herrera, Juan María Jiménez, Santiago Petitón, José Miguel Reyes, Jacobo Rodríguez, Pedro E, Curiel, Rafael Gómez, Domingo A. Rodríguez hijo, José J. López, Pablo López, José Hernández, J. Ramón Balcácer, Marcelino Rodríguez, Secundino Espaillat, R. Gómez, Joaquín Díaz, Manuel de Jesús Reyes, Ramón D. Pacheco, Andrés Tolentino, Francisco A. de Peña, Manuel Tejada, Ramón López, Bonifacio Saviñón, Ulpiano de Córdova, Eugenio Valerio, Domingo Miguel Pichardo, Ramón Batista, Remigio Batista, Evaristo Aybar, José Espaillat, Federico Miranda, Tancredo Fondeur, Miguel Muñoz, Faustino García, Wenceslao Reyes, M. R. Rodríguez, Juan de Jesús Mejía, Manuel López, Francisco Javier Angulo Guridi, Francisco Ángela, Furcy Fondeur, Esteban Aybar, José J. Méndez, Santos Quesada, Miguel A. Román, Martín de Moya, Virginio López, Sebastián María Poncerrate, Isidro Pacheco, Félix María García, Daniel J. Pichardo, Sebastián Pichardo, Manuel A. Román, Eugenio Fondeur, Vicente Morel, Emeterio Disla, Alejandro A. Reyes, Vicente Tavárez, Manuel de Jesús Tavárez, José A. Olavarrieta, Macario de Lora, Juan E. Gil, Antonio Ureña, Juan Antonio Pichardo, Clisancio de los Santos, Pedro Tapia, Basilio Tapia, Dorotea A. Tapia, Tomás Cocco hijo, Manuel de Jesús de Vargas, Juan José de Vargas, Sebastián Valverde, Agustín F. Bidó, Santiago de Lora, Florencio Calderón, Telésforo Reinoso, Manuel María Grullón, Buenaventura Grullón, Juan Ricardo, Justiniano Curiel, José R. Curiel, Manuel María Curiel, Manuel María Abreu, Joaquín Balcácer, Manuel María Ramos, Faustino Caballero, Ramón Guzmán, Bone Angrand, Simón Valdés, Santiago Ureña, Silverio Almonte, Pedro Batista, Ramón Calderón, José Michel, Tomás Morilla, Eusebio Gómez, Santiago Tabera, Manuel del Rosario, Zacarías Ferreira, Zacarías Espinal, Adolfo de Lara, Benigno de Lara, Gregorio Ureña, Fermín Cepeda, Manuel de Jesús Raposo, Tomás Aybar, Raimundo Camejo, Narciso Román, Manuel de Jesús Núñez, Emeterio Morel, Joaquín Silva, José Gabriel García, Santos Murasachi, Narciso Quintero, Federico Morel, José María Cabral, Filomeno Beato, Marcos Mejía, etc. etc. –Siguen las firmas.”[5]
Este importante documento refundacional de la República Dominicana, mediante el cual se formalizó la Restauración de la Independencia Dominicana, que había sido entregada a España por el general Pedro Santana, contenía alrededor de 10 mil firmas, en el que se le informa a la reina Isabel II la disposición del pueblo dominicano a tomar las armas por su Independencia y su Libertad, aun a costa de la última sangre que fuese necesario derramar.
Al mismo tiempo, a la Reina de Castilla se le puso en sobre aviso en torno a las medidas impopulares, tiránicas y bárbaras puestas en práctica por el general Santana y por sus representantes directos en Santo Domingo, acompañadas de escarnios humillantes, de actitudes arrogantes, persecuciones injustificadas y de patíbulos inmerecidos de que fueron objeto los/as verdaderos/as dominicanos/as, tan sólo por corresponder al anhelo de su pueblo de retornar al ejercicio soberano del poder, como nos habían dotado de una nación libre e independiente dos décadas atrás el Patricio Juan Pablo Duarte y los demás fundadores de la República Dominicana.
En el momento mismo en que los patriotas dominicanos instalaban en la ciudad de Santiago de los Caballeros el Gobierno Provisorio Restaurador, los Capitanes Generales Domingo Dulce Garay y Felipe Rivero, gobernadores de Cuba y Santo Domingo, respectivamente, calificaban como un esfuerzo inútil el que España tratara de conservar su Primera Colonia en América.
Garay y Rivero entendían como una medida urgente y necesaria la idea del abandono de Santo Domingo, para que la guerra que se desarrollaba vigorosamente en la Parte Este de la Isla no tuviera un efecto negativo en las demás posesiones españolas en Las Antillas Mayores, Cuba y Puerto Rico, ya que ella diezmaba sus fuerzas militares, así como sus recursos materiales y financieros.
El 14 de septiembre de 1863, un día después de la derrota de los españoles en la Batalla de Santiago y el mismo día de la instalación del Gobierno Provisorio Restaurador, el Capitán General Dulce Garay, Gobernador de Cuba, en comunicación enviada al Ministro de Ultramar de España, Francisco Permanyer Tuyets, expresaba lo siguiente:
“Después de las noticias de la rebelión de Santo Domingo que comuniqué oficialmente en el último correo, se recibieron otras más graves, que me obligaron a enviar hasta cinco batallones y dos baterías con todo el material de guerra y provisiones correspondientes, sin omitir los medios de transporte, no sin desatender obligaciones precisas e indispensables en el orden militar en esta isla; obligaciones que en la actualidad son más difíciles por la escasez que tienen los cuerpos de este ejército. Confío en que los refuerzos enviados a Santo Domingo bastarán para someter la rebelión y restablecer el orden.
Si por fortuna esto se consigue, ¿será la presente la última tentativa que ensayarán los dominicanos para restablecer su autonomía? Es casi evidente que no. Un pueblo que fue español; que dejó de serlo por los tratados, que ha pasado medio siglo en discordias, y por ellas quedado reducido a un estado salvaje, que temiendo ser absorbido por los haitianos, procuró con insistencia ampararse en el pabellón español y que después de muchos años de negociaciones no atendidas consiguió de la Reina la acogiese con maternal benevolencia; un pueblo que ha mejorado su miserable situación a costa de la Isla de Cuba, cuyos sobrantes consume exclusivamente en su beneficio, no parece que se pronuncie con tanta insistencia contra el bien que recibe gratuitamente, si no profesara horror a la nación que lo ampara, si no fuera instigado repelerla por otra potencia extraña. Ambas causas son las de las rebeliones que se han sucedido.
La anexión no fue obra nacional; fue obra de un partido que dominó por el terror y que temeroso del porvenir, negoció con ventaja exclusiva suya. El pueblo ni deseó ni quiso ser regido por su antigua Metrópolis, y cada vez que haya ocasión en demostrarlo, lo hace tan ostensiblemente como le es posible. Hay una nación que no habiendo podido oponerse al acto consumado en 1861 por la feroz guerra que sostiene en su seno ([6]), hizo formal protesta. En su cálculo y en su interés está sostener viva esa protesta para hacerla valer en mejores días. Se esfuerza por tanto en promover repetidos actos de rebelión en Santo Domingo, y facilita los recursos necesarios, siempre con el fin de argüir en la oportunidad y demostrar con la historia de los hechos, que la anexión no fue espontánea sino forzada, y que por consiguiente debe cesar.
Ahora bien; si esa oportunidad llega, ¿será conveniente a España comprometerse en discusiones de principios de derecho que puedan conducir a una lucha colosal, por la dominación de una parte de la Isla de Santo Domingo, cuyos habitantes nos profesan tan conocida antipatía? ¿Podrá sostener la empresa con honra y con probabilidad de éxito en tan lejana situación? ¿No afectará tal empeño a la conversación de esta isla y de la de Puerto Rico? Al elevado juicio de V. E. apelo.
La más prudente solución de tan ingrato asunto, la más beneficiosa, patriótica y honrosa, sería después de reducir a la obediencia al pueblo sublevado, renunciar a la dominación del territorio de Santo Domingo, restableciendo en él el mismo Gobierno de quien lo recibió, y ofreciéndole el protectorado español con sus ventajas de reciprocidad consiguientes.
Pero si esta indicación no fuese aceptada, y quiero alimentar la esperanza, si quisiera ser ilusoria, de dudarlo, habría llegado el caso de adoptar una resolución enérgica…sin perturbar el sosiego de Cuba y Puerto Rico, sin exponer a una y otra Antillas a las consecuencias de tan repetidos escándalos. Habría llegado el momento de enviar de la Península el número de cuerpos militares organizados y suficientes para asegurar la tranquilidad de Santo Domingo, sin necesidad de auxilios de las islas vecinas, proveyéndose también por el Tesoro los recursos metálicos a ese aumento de fuerzas.”[7]
En estas palabras, el Capitán General de Cuba, Dulce Garay, afirma que la obra de la anexión de la República Dominicana a España fue una obra realizada sin el consentimiento del pueblo dominicano, el cual en diferentes acciones había mostrado una notable hostilidad hacia la Metrópolis. De igual manera señaló que la misma fue obra del partido santanista, quien dominó al país mediante el terror y que temiendo perder el poder se anticipó a negociar con la Corona ventajas particulares para su exclusivo beneficio. En esta parte de su comunicación al Ministro de Ultramar de España, el general Dulce Garay tiene toda la razón.
Ahora bien, en lo que no acertó Dulce Garay fue en su aseveración de que los Estados Unidos estaban auspiciando la Guerra de la Restauración contra España, facilitándole los recursos bélicos y económicos necesarios. Con esto pretendía desmeritar el carácter autónomo e independiente de la rebelión del pueblo dominicano, al tiempo de demostrar que la anexión no fue una obra espontánea, sino forzada. Sin embargo, tal como veremos más adelante, esta revolución se desarrolló en las condiciones más precarias que alguien se hubiese podido imaginar y en virtud del más grande sacrificio y el apoyo irrestricto de la mayor parte del pueblo dominicano.
De igual modo, es necesario refutar la especie que intenta vender Dulce Garay de que los dominicanos habían “mejorado su miserable situación a costa de la Isla de Cuba, cuyos sobrantes consume exclusivamente en su beneficio”, cuando es de todos conocidos que, muy por el contrario, España, Cuba y Puerto Rico se beneficiaron enormemente de los recursos naturales y de la producción agrícola, pecuaria, avícola, minera y artesanal de la Parte Oriental de la Isla de Santo Domingo.
De su lado, el Capitán General, Felipe Rivero, tras asumir como Gobernador de Santo Domingo en sustitución del general Pedro Santana, envió una comunicación al Ministro de la Guerra de España, José Gutiérrez de la Concha, donde manifiesta una postura similar a la del Capitán General de Cuba, Dulce Garay, cuando dice:
“Esta revolución justifica de un modo indudable que el país quiere su independencia, pues en todas partes los actos de barbaridad que cometen los dominicanos contra las tropas que tienen la desgracia de caer en sus manos y el encono que despliegan contra los españoles, lo testifican así.
Sería necesario exterminar todo el país sublevado para vindicar la grave ofensa inferida a nuestra patria y el derramamiento de sangre de nuestras valientes tropas; pero para ello es preciso contar con un ejército numeroso, y hacer inmensos gastos…pues el país carece de todo recurso, y el enemigo va incendiando las poblaciones a donde las tropas se dirigen.
Deben llamar la atención del Gobierno de S. M. sobre tan importante asunto. Nuestra patria no posee por conquista la isla de Santo Domingo. El Gobierno aceptó la anexión, pero es dudoso que los que la propusieron contasen con el voto unánime del país; a lo menos los hechos así lo acreditan.
Cierto es que los pueblos mudan con facilidad de opinión…pero en la actual situación la de los habitantes nos es contraria en el Cibao, y tienen, y tienen que ser lo mismo en los otros puntos en el momento que llegue la ocasión.
Sobre la sabia determinación que en circunstancias tan críticas pueda adoptar el Gobierno de S. M., no me atreveré a significar mi opinión, limitándome solo a manifestar a V. E. que el país en general nos repele y que sus tendencias son a favor de su independencia por voluntad propia, acaso excitada por instigaciones extrañas.
La sangre derramada hasta ahora, la que pueda derramarse en lo sucesivo y los inmensos gastos que ocasiona al Estado la posesión de este territorio, nunca lo podrá compensar por más rápida y estudiada que sea la organización que pretenda dársele, pues uno de los más graves inconvenientes es su ninguna ilustración y la indiferencia con que estos naturales se ocupan de su prosperidad: correspondiendo ahora y siempre con la más negra ingratitud a los sacrificios que por ellos hace nuestra patria.”[8]
En las palabras del Capitán General Rivero se revela un enorme desprecio hacia el pueblo dominicano, al cual inmerecidamente gobernó entre los años 1862-1863. Esto se evidencia cuando sostiene que para resarcir todos los daños ocasionados por los rebeldes restauradores a España y poder cobrar el derramamiento de sangre de su tropa “sería necesario exterminar todo el país sublevado”.
De igual modo, de forma desconsiderada y petulante considera que el pueblo dominicano no posee “ninguna ilustración”, al tiempo que refiere “la indiferencia con que estos naturales se ocupan de su prosperidad” y “la más negra ingratitud a los sacrificios que por ellos hace nuestra patria”. Estos falsos conceptos sobre el pueblo dominicano evidencian claramente el prejuicio con que vino a gobernar Rivero a la República Dominicana y cómo quiso convertir en verdad la falacia de que los dominicanos eran haraganes e ingratos frente a la potencia que nos tendió su mano: España. La única verdad es que España abusó de los pobladores de la Parte Este de la Isla de Santo Domingo, al fijar elevados impuestos a todos los productos de consumo masivo y al enviar de forma indiscriminada contingentes enormes de personas a nuestra patria con sueldos lujosos en desmedro de nuestra ya de por sí magra economía, producto de las campañas militares que se habían librado con Haití por espacio de 12 años de forma casi ininterrumpida.
No obstante, es una verdad inequívoca aquella que formuló Rivero, cuando manifestó totalmente convencido, que: “la revolución justifica de un modo indudable que el país quiere su independencia” y “el país en general nos repele y que sus tendencias son a favor de su independencia por voluntad propia”. Lo único objetable en este aspecto es la idea que expresa de soslayo, cuando dejó entrever que la lucha de los dominicanos por su independencia pudiera estar siendo “excitada por instigaciones extrañas”. Esto era a todas luces incierto, si se toma en cuenta que la propia España amenazó al presidente haitiano, general Fabré Geffrard, para que no mantuviera una actitud solidaria con los restauradores. Esto obligó a los dominicanos a convertirse en los únicos responsables y garantes de que su guerra popular de liberación se extendiera a lo largo y ancho de toda la República Dominicana, con su decidido apoyo en todos los órdenes para lograr el rescate de la soberanía nacional, hipotecada por el general Pedro Santana y los sectores entreguistas criollos.
[1] Pedro M. Archambault. Historia de la Restauración. Santo Domingo: Editora Taller, 1987, pp. 106-107.
[2] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I). Santo Domingo: Central de Libros C. por A., 1992, p. 136.
[3] Ibidem, p. 137.
[4] Ibidem, p. 134.
[5] Gral. Gregorio Luperón. Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos (Tomo I). Santiago: Editorial El Diario, 1939, pp. 150-153.
([6]).- Se refiere a los Estados Unidos de América, que a partir del 12 de abril de 1861 estuvo enfrascado en una fratricida guerra entre los Estados del Norte y los Estados del Sur, donde el décimo sexto presidente norteamericano, Abraham Lincoln, era opuesto a la esclavitud de que eran objeto los negros, organizó un ejército para enfrentar las pretensiones secesionistas de los esclavistas del sur, emitió un decreto abolicionista el 1 de enero de 1863 y finalmente logró la derrota del jefe del ejército sudista Robert E. Lee en Appomattox el 9 de abril de 1865.
[7] Gral. José de la Gándara. Anexión y Guerra en Santo Domingo (Tomo II). Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1975, pp. 153-156.
[8] Ibidem, pp. 152-153.
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