Esas leyendas de ciguapas y galipotes, y esas historias de aborígenes que viven en los ríos de su región, fueron la prehistoria de su labor literaria. Creció con ellas y fue con ellas que arrullaron su infancia.
Marianela Medrano viene de un mundo poblado de mitos y leyendas, y de historias que volaban en el aire de su infancia, Entre los cuentacuentos de su niñez recuerda particularmente a Maro, “mujer de fuego y de tierra roja” a la que le escribió:
Hacedora de poetas
“Tanto la he amado en la distancia
Que la traigo más pegada todavía
Tanto la he amado que la volví poema
La volví sol para tostar mi piel
“También mis abuelos eran cuentacuentos”, recuerda. “Llegaban siempre cargados de historias a nuestro encuentro (…) Mis padres también eran aficionados a contarnos historias de nuestro folklore. Tenía un tío paterno que vivía en Dajabón y viajaba a Copey a caballo, un viaje de varios días. Llegaba siempre con las árganas cargadas de víveres e historias. Todo esto signo el camino hacia la creación y la poesía”.
Marianela Medrano es doctora en psicología y, uniendo sus conocimientos en esa área a su creación poética, ha convertido la palabra una herramienta de sanación. “Al entrelazar la psicoterapia y la escritura, puedo ofrecer palabras en lugar de píldoras para sanar y recomponer la historia personal. La terapia y la escritura son dos caras de la misma moneda. Este entendimiento se ha convertido en una forma eficaz de ayudar”.
¿Qué historias le contaron a usted sus abuelas y sus tías, y cuál de ellas aún tiene la facultad de estremecer su alma de poeta?
Oh, mi infancia estuvo llena de historias. Mi preferida era la historia de la Ciguapa. Entendí la astucia y claridad encerrada en esa figura icónica; una mujer con el pelo largo que cubre su cuerpo desnudo, con los pies apuntando hacia atrás, para cubrir sus huellas y que nadie la siga. La interpreto como una representación del poder femenino.
Por otro lado, la Ciguapa puede ser una metáfora reveladora de la forma en que creamos un camino hacia nuestra propia historia. Este es otro legado cultural que ha entrado conmigo al mundo de la psicología. Cuando trabajo con mujeres, por ejemplo, utilizo este arquetipo para ilustrar un símbolo femenino de conciencia política y espiritual. La mayoría de las veces, ellas encuentran y desarrollan una resonancia con el mito, sin importar la descendencia racial/cultural.
Las historias de galipotes, esos seres tramposos y creativos que cambian de forma para escapar del peligro, algo que se relaciona mucho con la experiencia de quienes viven en el exilio, me han servido de mucho también. El exilio nos empuja a reinventarnos, a jugar con identidades múltiples.
De manera que esas historias de mi niñez son los símbolos que uso en mi trabajo terapéutico porque guardan mucha relación con la astucia humana, la creatividad y la capacidad de transformación necesarios para el crecimiento emocional, y la expansión psíquica. En fin, que el repertorio de historias sigue vivo en mi adultez. Tengo varias historias infantiles inéditas que están basadas en estos recuerdos. Al igual que Prietica, intentan celebrar el entrecruce de culturas que enriquece nuestra isla.
Al entrelazar la psicoterapia y la escritura, puedo ofrecer palabras en lugar de píldoras para sanar y recomponer la historia personal. La terapia y la escritura son dos caras de la misma moneda. Este entendimiento se ha convertido en una forma eficaz de ayudar.
Como digo en un TedTalk que hice hace unos años, mi investigación académica sobre la cosmogonía taína se filtró en mis poemas y, a través de ellos, redescubrí lo que había olvidado: que nuestros antepasados se esconden bajo la superficie del agua, esperando que sus hijos dispersos regresen a casa. Los ancestros me llaman a casa y vuelvo con entusiasmo, voluntariamente. Este regreso a casa se repite una y otra vez en mis poemas. La experiencia de la separación y el regreso a casa, de la separación y el reencuentro me han servido de mucho; se han tornado en un conocimiento que informa mi vida personal y mi trabajo intelectual.
Dicen que en la infancia (sea infierno o paraíso) y en las historias de ese tiempo (sean tristes o sean alegres) se van forjando los destinos de un poeta ¿Cuál es la prehistoria de su poesía?
La prehistoria de mi poesía son los campos áridos y abiertos de Copey, el trajinar de gente, las historias, los abuelos amorosos; una casa llena de interacciones y de escaso silencio; soy una de doce, te podrás imaginar.
Esa prehistoria de mi poesía también está llena de misterios y de dolor; en ese querer entender lo que me había pasado fue que quedé prendada de la psicología y el estudio de la conducta humana, pero también eso me llevó primero a escribir, a digerir las ocurrencias de mi vida a través de la escritura. En este sentido, hay mucho que investigar en nuestro país acerca de la correlación entre salud mental y el uso de la disciplina a través del castigo corporal. En mis talleres de escritura siempre incluyo ejercicios de carácter somático, para despertar esas memorias y canalizarlas.
También allí, en esa infancia temprana en Copey, se fue formando mi consciencia social, la noción de lo que es injusticia social. Estábamos rodeados de haitianos que venían en busca de mejor vida. Mi papá contaba la historia de su amistad con Nande, un haitiano que trabajó en su finca y a quien un mal día deportaron. Escribí un poema sobre esa amistad y el contraste con el tono áspero, hostil, que a veces escuchaba sobre los haitianos.
¿Recuerda los primeros poemas que escribió y las circunstancias en que esos versos sucedieron?
El primer poema que escribí era una especie de lamento sobre la pobreza y la guerra, ambas catástrofes hechas por los humanos, por lo tanto, requieren acción humana para detenerse. Fue un poema a una niña de Guatemala afectada por la guerra civil allá. Lo escribí tras leer un artículo, creo que, en el Listín Diario, periódico que leía mi papá, siempre retrasado, porque todo tardaba en llegar a Copey. Yo tendría unos nueve años cuando lo escribí porque fue cerca al tiempo en que mi papá regresó de los Estados Unidos y poco después nos mudamos a Bonao.
Después recuerdo haber escrito un segundo poema a mi hermana mayor, y claro, muchos a mi papá durante su ausencia. Más tarde, de adolescente, escribía una mezcla de poesía íntima y política. Creo que esta tradición la he mantenido, aunque lo íntimo de mi poesía se enlaza a lo universal, por lo menos eso pretendo.
Por otro lado, de adolescente, escribía cartas por encargo de mujeres cuyos maridos vivían en los Estados Unidos. La noticia de mi habilidad de escribir se hizo viral entre las mujeres en el barrio donde vivía en Bonao y la demanda incrementó. Me encantaba interpretar emociones y claro, me tomaba ciertas libertades describiendo la nostalgia, el impacto de la ausencia. Ahora que lo pienso, esa fue mi primera “pasantía” ya que despertó la curiosidad por entender los sentimientos, el impacto de estos; algo vital para mi trabajo de ahora.
¿Puede recrear el lugar donde nació y creció, recrear sus días de infancia y mirar con una mirada retrospectiva la poética de lugar?
Me encanta esta invitación a recrear el lugar donde nací porque es como pedirme que respire. Soy una romántica aficionada a la nostalgia y por eso mi infancia anda colgada en mí como bandera.
Copey, ese lugar pequeño en donde nací, es un lugar imprescindible para mí. Amo y me nutro de esa tierra, de sus lomas, de todo el ensamblaje que le hace especial en mis recuerdos. No importa en cuantas metrópolis me bañe, vuelvo a la humildad de la que salí y encuentro pautas para el buen vivir.
He viajado mucho y lejos, pero sigo siendo la muchacha azorada; eso escribió de mí el poeta Alexis Gómez-Rosa, no sé con qué intención, y tristemente no puedo preguntarle porque se fue a Soraya, el mundo donde nuestros taínos piensan se va el espíritu cuando el cuerpo muere. De todos modos, corroboro lo que escribió de mí ese querido poeta.
Decía el sabio y venerado hermano africano, Malidoma Somé, que cuando nos olvidamos de nuestro origen nos secamos como un río desviado de su cauce. Procuro que esa muchacha con capacidad de asombro que salió de Copey no muera; ella es parte íntegra de quien soy. El Copey de mi niñez estaba olvidado de los gobiernos y no teníamos electricidad, ni agua potable, pero me he dado cuenta de que la escasez de recursos puede muy bien alentar la capacidad creativa en nosotros.
No quiero desprenderme de la joven campesina, con capacidad de asombro que me mantiene alerta y curiosa. Mi apego al campo, a su frescura y expansión. son mnemónicas que me recuerdan el punto de partida, mi esencia.
Los sonidos de mi infancia eran búhos que resonaban en la oscuridad, gallos con sus canciones mañaneras, mugir de vacas, ruidos de gente azuzando el día. Las visiones de mi imaginario están llenas de cocuyos o nimitas que alumbraban los caminos.
Tengo impregnado en mí la textura del aire fresco que saltaba libre por encima de las montañas que cercan la bahía de Sancié. Mi infancia tenía el sabor salobre de la mar, el azul de las aguas, la tersura de la arena blanca en la que se deslizaban mis pies; mientras yo ensayaba poemas en mi mente. Mi aspiración mayor cuando regreso a la isla es perderme entre sus montes y playas. Ahí soy feliz.
En Copey, aprendí a imaginar, a crear, pero también aprendí a vivir en comunidad; entendí el poder de la colectividad. Siempre digo, el concepto de interdependencia que tanto atesoro en mi vida profesional, lo comprendí en mi infancia. Este concepto anima la psicología de la liberación propulsada por el padre y psicólogo social Ignacio Martin-Baró, uno de los jesuitas asesinados en El Salvador en el 1989 y quien nos dejó un legado invaluable.
Si lo piensas, el concepto está clarísimo en la práctica de las juntas o convites que organizaban los copeyanos; era la encarnación de la ley de reciprocidad que sostiene este pluriverso en el que existimos, donde todo, absolutamente todo, está interconectado.
Ahora parece haberse perdido la costumbre de los convites en los campos, mayormente porque la gente ha emigrado hacia las ciudades o hacia el extranjero. El convite, la junta, es una metáfora que ha estado presente a lo largo de mi vida, moldeándome. Aprendí muy temprano que la fuerza está en la colectividad, no en la individualidad.
Los recuerdos de mi infancia son ricos en imágenes de gente congregada, hablando, haciendo cuentos. Mi papá tenía una finca de tabaco y contrataba mujeres para amarrar las sartas. Estas mujeres eran cuentacuentos por excelencia y alentaron en mí la necesidad de contar, ya sea a través de la poesía o la narrativa. Una de estas mujeres en particular, Maro, está muy viva en mi memoria, por la vivacidad con que hilaba una historia tras la otra.
También mis abuelos eran cuentacuentos. Llegaban siempre cargados de historias a nuestro encuentro. Tenía un tío paterno que vivía en Dajabón y viajaba a Copey a caballo, un viaje de varios días. Llegaba siempre con las árganas cargadas de víveres e historias. Mis padres también eran aficionados a contarnos historias de nuestro folklore. Todo esto signó el camino hacia la creación y la poesía.
¿Qué veía usted cuando se paraba en la ventana o la puerta de su casa en Copey?
La respuesta a esta pregunta se encuentra claramente en mi libro infantil Prietica. Ella es una niña curiosa, protectora de historias que pasa su tiempo libre trepada en un árbol, divisando el valle de Copey. A través de los ojos de Prietica puedes verlo todo. Mi casa estaba situada en un cerro, alejada de las demás, con un camino largo, con forma de serpiente. Por ese sendero caminé muchas veces en la oscuridad y aprendí a desafiar el miedo e inventar historias como resguardos.
La casa tenía muchas ventanas que se abrían como pulmones y nos daban vida. Al frente encontrabas una mata de anón, una de tamarindo y otra del árbol que llamamos libertad. En el lado izquierdo había un cambrón frondoso, igual al que se trepaba Prietica para poetizar a Copey.
Nuestra casa era de tablas pintadas de azul. En el frente había también una mata de buganvilia o lo que llamamos trinitaria; de un color rosado encendido. La mata tenía una rama fuerte y arqueada en la que mis hermanas y yo pasábamos horas disfrutando el hacer nada.
Como maestra de meditación y budismo, hablo mucho de la enseñanza de Buda sobre el no-hacer, el descanso; un concepto que invita al sosiego, a procurar la paz del silencio en el que podemos conocernos, ver de qué está hecha nuestra condición humana y descifrar los misterios del camino espiritual. El concepto tiene una resonancia fuerte con mis vivencias en Copey, esas tardes largas de juego en la parcela, de treparme a un árbol y quedarme allí por horas, haciendo nada y mucho a la vez, porque accedía a la riqueza de mi mundo interior, al tiempo que apreciaba el entorno.
Sin esa y otras experiencias, no sería poeta, ni viviría tan enamorada de la vida y de la gente.
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