Por los prejuicios racistas de los españoles durante el periodo colonial, cuando los negros africanos tenían la calidad de esclavizados, estos eran considerados por ellos como bestias de carga, nunca seres humanos, salvajes, que estaban fuera de la gracia de Dios y, por lo tanto, los propietarios tenían la impunidad de la deshumanización.
Estos prejuicios no escapaban del plano religioso, a tal punto que no había sacerdotes negros; todos eran blancos, como la pureza, y lo mismo pasaba con las patronas y los patronos, vírgenes y santos de las comunidades.
Mucho antes de formarse el pueblo de Baní en 1764, había un culto a la Virgen Nuestra Señora de Regla, virgen negra africana llevada a España desde Chipiona y trasladado su culto con los primeros habitantes del nuevo núcleo humano, al igual que en la bahía de La Habana, en el poblado de Regla, donde hay la más hermosa virgen negra que yo he contemplado en mi vida y que varias veces visitó el generalísimo Máximo Gómez.
En la medida en que el pueblo de Baní crecía, aumentaba el prejuicio racista de las minorías y, de acuerdo con la leyenda, en una oportunidad un incendio afectó el altar y a la Virgen de Regla; la llevaron a reparar donde un maestro artesano, a la ciudad de Santo Domingo, y esta regresó blanqueada, para beneplácito de la élite. Lo contrario ocurrió con los seguidores de la Sarandunga, que, en un acto de identidad, negrearon la imagen de San Juan Bautista.
Al colapsar la industria azucarera, el hato ganadero redefinió las relaciones y la convivencia de propietarios y esclavizados, que ahora compartían tareas y responsabilidades comunes, donde se dieron relaciones singulares, como en la Sabana del Espíritu Santo, espacio de límites imaginarios que explicitaban una diversidad de expresiones étnicas y culturales.
En Bayaguana, el hato ganadero se unió a un Cristo milagroso que vino de Haití, paradójicamente blanco, el cual se convirtió en el centro socioeconómico de la región. En Hato Mayor, la élite dominante era rabiosamente hispánica, pero en los hatos ganaderos de sus comunidades rurales convivían los esclavizados negros y sus propietarios blancos. Hoy, la Virgen de las Mercedes es su patrona; en su templo se realizan las misas, pero en las novenas, cada noche, al salir de las misas, el pueblo va a bailar atabales a una enramada en un barrio popular, con representantes de diversas comunidades rurales.
En esa Sabana del Espíritu Santo, en Villa Mella, surgieron los Congos, el prí-prí, las salves y los atabales como expresiones culturales, en manifestaciones de una creativa diversidad cultural donde encontramos el Son con Bartolito y Sonia Cabral.
En Yamasá se encontraban los Guillén, una de las familias más antiguas de esta comunidad. Hoy son los más altos y finos artistas, reproductores de la cultura taína en el país, creadores de verdaderas obras de arte, con enormes cemíes e impresionantes personajes de la mitología taína.
Sus viviendas son talleres creativos en un espacio mágico, llenos de pedagogía, donde abren su espíritu a las nuevas generaciones de jóvenes y niños, con maestros cuyas enseñanzas son la expresión de su vida, dedicadas a la revalorización, con amor y dedicación, de nuestros habitantes originales.
Desde hace años, 122 exactamente, Albertina Torres, la abuela actual de los hermanos Guillén, era devota de San Antonio y tenía el secreto de un San Antonio negro, propiedad ancestral que, guardada con celo, al acercarse su partida, pidió la continuidad de la devoción y custodia de este San Antonio. Lo inédito y lo impactante era su color negro. Era un San Antonio negro, como toda la familia Guillén, ejemplar único, cuyo origen era de sus ancestros y es parte de los secretos que la acompañaron a su tumba.

Desde entonces, el domingo más cercano al diez de junio es la celebración de este San Antonio negro en Yamasá, la cual convoca a grupos religiosos y culturales de la región que realizan su participación individual en el espacio mágico de los hermanos Guillén.
Durante todo el día, los comisarios del Cristo de Bayaguana rezan, invocan y exponen sus versos populares en la modalidad de cantos de toro, poesía popular improvisada a porfía, como expresión creativa de oralidad. Hay grupos de perico ripiao, Gerapega, salves, atabales y diversas manifestaciones de religiosidad popular.
Es interesante que temprano hay ceremonias en la iglesia del pueblo, con la presencia de este impactante San Antonio Negro, donde los devotos llevan sus andas y adornos originales de papel vejiga y papel crepé de diversos colores, incluyendo rey y reina. La procesión de la iglesia al espacio mágico de los Guillén exalta las calles del pueblo con aire impactante, donde gran parte de los seguidores va vestida de ropas de color marrón, simbolización de San Antonio, de acuerdo con la Iglesia católica.
Esta devoción es más que un día de manifestaciones religioso-culturales; es parte de la vida misma de los hermanos Guillén, donde el segundo nombre de todos es Antonio, en honor de este San Antonio Negro imponente.
Hoy en día, a nivel popular, encontramos tres símbolos en la negritud dominicana: San Martín de Porres, semiaceptado en los predios de la Iglesia católica; la Dolorita, una hermosa virgencita negra en Mata los Indios, Villa Mella; y este San Antonio milagroso de los Guillén.
Dentro de la religiosidad popular dominicana no hay dudas de que esta es una impactante tradición, un orgullo y un patrimonio nacional. ¡Que viva el San Antonio negro de los Guillén!
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