Cuando un pueblo comienza a olvidar
Hay momentos en la vida de una nación en los que el problema no está solamente en lo que está ocurriendo, sino en aquello que poco a poco hemos dejado de recordar.
Una sociedad puede perder riquezas, edificios, instituciones e incluso generaciones enteras. Pero cuando comienza a perder su memoria, algo mucho más profundo está en peligro: su identidad.
La historia no es una colección de fechas, nombres y batallas que debemos memorizar para aprobar un examen. Es la conciencia que un pueblo tiene de sí mismo. Nos permite saber de dónde venimos, comprender quiénes somos y decidir hacia dónde queremos ir.
Por eso resulta preocupante el desconocimiento creciente de la historia dominicana entre sectores de las nuevas generaciones. No lo planteo desde la nostalgia ni desde la idea de que las generaciones anteriores fuimos mejores. Cada época tiene sus virtudes y sus defectos.
El problema es otro: hemos ido debilitando la transmisión de aquello que permite a una sociedad reconocerse como nación.
¿Qué ocurre cuando un joven conoce perfectamente a personajes de las redes sociales, pero desconoce quién fue Gregorio Luperón? ¿Qué sucede cuando puede identificar a numerosas figuras de la cultura digital, pero no puede explicar por qué Duarte, Sánchez y Mella son fundamentales para comprender nuestra existencia como República?
No se trata de enfrentar el pasado con el presente ni de pedirles a nuestros jóvenes que renuncien a la tecnología. Se trata de garantizar que el conocimiento de nuestra propia historia no termine convertido en un territorio desconocido.
La historia como formación
Estudiar historia no significa vivir mirando hacia atrás.
Significa aprender a mirar mejor hacia adelante.
La historia permite comprender el presente, conocer nuestros orígenes y entender procesos que explican las instituciones, las leyes, la cultura y muchos de los conflictos que todavía forman parte de nuestra realidad.
Pero también enseña a pensar.
Cuando un estudiante compara fuentes, analiza causas y consecuencias, confronta diferentes versiones y construye sus propios argumentos, deja de ser un receptor pasivo de información y comienza a desarrollar pensamiento crítico.
La historia también es una escuela de experiencia humana. Nos muestra cómo otras generaciones enfrentaron crisis, conflictos, injusticias y grandes transformaciones.
Conocer el pasado no garantiza que no repitamos sus errores, pero desconocerlo nos hace mucho más vulnerables a repetirlos.
Por eso la enseñanza de la historia debe dejar de reducirse a memorizar fechas y nombres. Hay que enseñar a preguntar: ¿por qué ocurrió?, ¿qué lo provocó?, ¿quiénes participaron?, ¿qué consecuencias produjo?, ¿qué podemos aprender de aquello?
Educar para formar ciudadanos
Aquí resulta inevitable recordar a Pedro Henríquez Ureña, uno de los grandes referentes intelectuales de nuestro país y nuestra América.
Para él, la educación no era simplemente transmisión de conocimientos. Tenía una dimensión ética: debía contribuir a formar seres humanos capaces de pensar, de ejercer su libertad intelectual y de asumir responsabilidades frente a la sociedad.
Su pensamiento adquiere una vigencia extraordinaria en nuestro presente.
La educación debe formar dominicanos conscientes de su identidad, pero abiertos al mundo; orgullosos de su cultura, pero capaces de dialogar con otras culturas; conocedores de su historia, pero preparados para transformar su realidad.
La dominicanidad no puede ser solamente una emoción. Tiene que ser también conocimiento, conciencia y responsabilidad.
La escuela que necesitamos
Aquí aparece una de nuestras grandes responsabilidades como sociedad.
La enseñanza de la historia enfrenta dificultades dentro de un sistema educativo que todavía tiene importantes desafíos en la formación docente, en los métodos de enseñanza, en la comprensión lectora y en la manera de abordar las Ciencias Sociales.
No basta con invertir recursos.
El 4% del PIB destinado a la educación fue una conquista social necesaria, pero debemos hacernos una pregunta más profunda:
¿Qué ciudadano estamos formando con esa inversión?
El resultado de la educación no puede medirse solamente en aulas, equipos, matrículas o presupuestos. También debe medirse en la capacidad de nuestros jóvenes para comprender lo que leen, pensar críticamente, conocer su historia, respetar al otro y asumir sus responsabilidades como ciudadanos.
Porque el verdadero producto de la educación no es solamente un título: es un ciudadano.
La dominicanidad es mucho más que símbolos
Ser dominicano no consiste únicamente en conocer la bandera, cantar el himno, disfrutar del merengue y la bachata o celebrar nuestras fechas patrias.
Todo eso forma parte de nuestra identidad.
Pero la dominicanidad es mucho más.
Es conocer nuestras luchas independentistas y restauradoras. Es conocer nuestra literatura, nuestro teatro, nuestra música, nuestra danza, nuestras artes y nuestro patrimonio.
Es conocer a nuestros educadores, escritores, científicos, artistas, deportistas y pensadores.
Es comprender nuestras luchas democráticas y nuestras contradicciones.
Es reconocer nuestras virtudes y también nuestras deficiencias.
Amar un país no significa idealizarlo. Significa conocerlo suficientemente para defender lo que merece ser defendido y transformar aquello que necesita cambiar.
El vacío
Durante generaciones, la historia también se transmitió en los hogares. Los abuelos contaban sus experiencias. Los padres hablaban de acontecimientos que habían vivido. La memoria pasaba de una generación a otra.
Ese vínculo se ha debilitado.
Hoy nuestros niños y adolescentes reciben permanentemente miles de estímulos. La tecnología ofrece información inmediata, entretenimiento permanente y nuevos referentes.
Y cuando la escuela, la familia y las instituciones culturales dejan un espacio vacío, alguien termina ocupándolo.
Esta es la pregunta con la que debemos continuar:
¿Quién está ocupando hoy el espacio que antes ocupaban el conocimiento, la cultura, la historia y otros referentes de formación?
La respuesta nos lleva directamente a la segunda parte.
Continuará en la Parte II
El vacío que ocupó el espectáculo
Compartir esta nota
