Recuperar la dominicanidad
©Emil Socías/acento.com.do
De la denuncia a la construcción de una alternativa
Después de mirar el problema de frente, debemos asumir una verdad: denunciar no basta.
No podemos combatir la vulgaridad únicamente señalándola. Tampoco podemos culpar a los jóvenes por consumir aquello que nosotros no hemos sabido sustituir.
La respuesta tiene que ser mucho más ambiciosa:
tenemos que construir una alternativa cultural y educativa.
Volver a enseñar historia
El primer paso debe comenzar en la educación.
Necesitamos que la historia dominicana recupere su capacidad de formar ciudadanía.
No para regresar a una educación basada exclusivamente en la memorización, sino precisamente para superarla.
Nuestros estudiantes deben aprender a interpretar, comparar fuentes, investigar, argumentar y relacionar el pasado con el presente.
La historia debe salir del examen y entrar en la vida.
Que los estudiantes visiten museos y monumentos.
Que conozcan lugares históricos.
Que investiguen la historia de sus comunidades.
Que conversen con historiadores, escritores y artistas.
Que descubran que la historia nacional no es algo lejano.
También está en el barrio donde viven, en la familia que los crió y en la comunidad que conocen.
Educación, cultura y pensamiento crítico
Aquí se encuentran las dos grandes lecciones que hemos recogido del maestro Pedro Henríquez Ureña y Umberto Eco.
Necesitamos una educación que forme ciudadanos conscientes de su identidad y al mismo tiempo, capaces de desenvolverse críticamente en un mundo saturado de información.
Memoria histórica y pensamiento crítico.
Esa combinación puede convertirse en una de nuestras mejores defensas frente a la enajenación cultural.
No necesitamos jóvenes que simplemente sepan quién fue Juan Pablo Duarte.
Necesitamos jóvenes que conozcan a Duarte, nuestro padre de la patria y que, además, sepan analizar críticamente aquello que aparece en su teléfono.
Que conozcan nuestra historia y puedan distinguir una fuente confiable de una falsedad viral.
Que amen su país sin dejar de cuestionar sus problemas.
El Ministerio de Educación
Hago, por tanto, un llamado al Ministerio de Educación para que fortalezca la enseñanza de la historia, la lectura y las Ciencias Sociales; para que mejore la formación continua de los docentes y para que incorpore métodos capaces de formar pensamiento crítico.
No se trata de crear repetidores de información, sino pensadores, de ciudadanos que piensen mejor.
El Ministerio de Cultura
Al Ministerio de Cultura le corresponde contribuir a que la cultura vuelva a ocupar un lugar central en la formación social.
El teatro, la literatura, la música, la danza, las artes visuales, el cine y el patrimonio no pueden ser considerados actividades de élites y ajenas a los jóvenes.
La cultura también educa.
Necesitamos llevarla a las provincias de manera permanente y continua, también a los municipios, barrios, escuelas, y crear contenidos contemporáneos capaces de dialogar con las nuevas generaciones.
Los centros culturales
Los centros culturales tienen el potencial de convertirse en los motores fundamentales de esta recuperación. No pueden reducirse a simples edificios de agendas ocasionales —donde apenas coinciden una exposición, un taller o una conferencia—; deben ser espacios vivos y dinámicos. República Dominicana cuenta con referentes extraordinarios como el Centro Cultural León o Casa de Teatro, pero la escala del desafío exige multiplicar estas experiencias.
Hablamos de lugares donde un niño descubra su primer libro, un adolescente explore el teatro, un joven produzca un cortometraje, o donde la música y la danza cobren vida. Espacios para que nuestros mayores transmitan la memoria comunitaria y la ciudadanía dialogue abiertamente sobre cultura y democracia. En esencia, cada centro cultural tiene la capacidad de transformarse en la universidad de su propia comunidad.
Para lograrlo, no siempre hace falta construir nuevas infraestructuras; muchas veces el reto consiste en fortalecer y articular lo que ya existe. La creación de una Red Nacional de Centros Culturales permitiría conectar de manera coordinada los esfuerzos de artistas, de los mismos Ministerios de Cultura y de Educación, de los ayuntamientos, las universidades, las iglesias y las propias comunidades.
Las iglesias
Las iglesias también tienen una responsabilidad.
Su papel no debería limitarse a la formación espiritual.
Pueden contribuir a fortalecer valores, responsabilidad, respeto, solidaridad y compromiso comunitario.
Pero, sobre todo, deben hacerlo desde el ejemplo.
Educar en valores también es construir nación.
Los partidos políticos
A los partidos políticos les corresponde elevar el nivel del debate público.
La política no puede reducirse a propaganda, confrontación y espectáculo.
Los partidos deberían recuperar la formación histórica, política y ética de sus jóvenes.
Porque un partido no debería ser únicamente una maquinaria electoral.
También debería ser una escuela de ciudadanía.
Las universidades y los intelectuales
Necesitamos que el conocimiento vuelva a participar activamente en la conversación nacional.
Historiadores, escritores, científicos, sociólogos, filósofos, artistas e investigadores tienen que salir de sus espacios especializados y dialogar con la sociedad.
Una democracia necesita ciudadanos informados.
Pero también necesita personas dispuestas a explicar, investigar, argumentar y enseñar a pensar.
Los medios y las empresas
Los medios tienen que comprender que calidad no significa aburrimiento.
La historia puede ser apasionante.
La cultura puede ser entretenida.
El conocimiento puede ser atractivo.
Y las empresas pueden ayudar a financiar esa nueva conversación.
El patrocinio cultural y educativo debe ser visto como una inversión en el país que todos decimos querer.
Los artistas y gestores culturales
Quienes hemos dedicado nuestra vida al arte y la cultura tampoco podemos retirarnos precisamente cuando más necesitamos ocupar el espacio público.
Tenemos que volver a producir.
A crear.
A organizar.
A formar.
A utilizar también las nuevas tecnologías.
No podemos pedir que la cultura tenga espacio si nosotros mismos dejamos ese espacio vacío.
La familia
Y está la familia.
La primera escuela de la dominicanidad continúa siendo el hogar.
Hablar con nuestros hijos y nietos.
Contarles nuestra historia familiar.
Leer juntos.
Llevarlos a un museo, un teatro o un centro cultural.
Explicarles por qué celebramos nuestras fechas patrias.
Presentarles nuestros escritores, artistas, músicos y héroes.
La tecnología puede ofrecer información.
Pero la memoria vivida se transmite de generación en generación.
Un pacto nacional
Todo esto nos lleva a una propuesta:
Un Pacto Nacional por la Memoria, la Cultura y los Valores.
Una convocatoria amplia que reúna al Estado, Ministerio de Educación, Ministerio de Cultura, universidades, iglesias, partidos políticos, ayuntamientos, centros culturales, medios, empresas, artistas, gestores culturales, historiadores, organizaciones comunitarias y jóvenes.
No para crear otra comisión. Ni notas de prensas, tampoco para producir otro documento que termine archivado.
Sino para establecer acciones concretas, responsabilidades y resultados medibles.
Una Política nacional que tenga como objetivos:
Conocer nuestra historia.
Fortalecer la lectura.
Formar pensamiento crítico.
Promover las artes.
Revitalizar los centros culturales.
Crear contenidos digitales dominicanos.
Recuperar nuestros referentes.
Fortalecer la familia y la comunidad.
Elevar el nivel del debate público.
No se trata de apagar voces
Quiero insistir en algo.
No propongo censurar a nadie.
No propongo perseguir plataformas.
No propongo regresar a un pasado idealizado.
Propongo algo mucho más difícil: crear.
Crear alternativas.
Crear contenidos.
Crear oportunidades.
Crear espacios.
Crear educación.
Crear cultura.
Crear pensamiento.
Crear ciudadanía.
Porque no vamos a superar la alofokización diciéndole simplemente a la sociedad lo que está mal.
Tenemos que mostrarle que existe algo mejor.
No vamos a recuperar a nuestros jóvenes sacándolos de las redes.
Tenemos que recuperar las redes para nuestros jóvenes.
La historia puede ser viral.
La cultura puede ser contemporánea.
El conocimiento puede emocionar.
La ética puede ser moderna.
Y la dominicanidad puede hablar el lenguaje del siglo XXI sin perder sus raíces.
Todavía estamos a tiempo
No todo está perdido.
Todavía existen maestros que enseñan con pasión, jóvenes que leen, artistas que crean, centros culturales que resisten, familias que educan, iglesias que sirven, universidades que investigan y ciudadanos que se niegan a aceptar que la vulgaridad sea nuestro destino.
Lo que necesitamos es articular esas voluntades.
Convertirlas en una causa nacional.
Porque la República Dominicana no está condenada a la vulgaridad. Tampoco está condenada al olvido.
Pero para recuperar nuestro futuro tenemos que volver a encontrarnos con nuestra memoria.
La dominicanidad no es solamente una bandera que levantamos en febrero.
Es una historia que debemos conocer.
Una cultura que debemos preservar.
Un pensamiento que debemos desarrollar.
Unos valores que debemos practicar.
Una democracia que debemos fortalecer.
Y un país que tenemos la responsabilidad de entregar a las generaciones que vienen.
No se trata de regresar al pasado. Se trata de recuperar la memoria para construir el futuro.
Porque cuando un pueblo conoce su historia, puede comprender su presente.
Cuando comprende su presente, puede discutir su futuro.
Y cuando sabe quién es, resulta mucho más difícil que otros le digan quién debe ser.
Que la vulgaridad no siga escribiendo nuestra historia.
Es hora de que volvamos a escribirla nosotros
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