Hay encuentros que nos permiten mirar hacia atrás sin quedarnos en el pasado. Nos devuelven a las preguntas que alguna vez orientaron nuestros pasos y nos recuerdan que la experiencia adquiere un nuevo sentido cuando puede compartirse con quienes comienzan.
La tarde del miércoles 14 de octubre, durante casi dos horas de conversación con los estudiantes de segundo año de la Escuela Nacional de Arte Dramático, de la Dirección General de Bellas Artes, junto al maestro Haffe Serulle, comprendí que aquel encuentro tenía un significado que trascendía el propósito inicial de compartir mi trayectoria.
Yo llegaba con los recuerdos y aprendizajes de una vida vinculada al teatro y la cultura. Ellos estaban allí con las inquietudes propias de quienes empiezan a descubrir las exigencias, las posibilidades y las incertidumbres de una profesión elegida.
Nos encontrábamos en dos momentos distintos de una misma búsqueda: yo, desde la experiencia de un camino recorrido; ellos, desde la expectativa de construir el suyo. No se trataba de establecer una relación entre quien enseña y quienes escuchan, sino de propiciar un intercambio en el que la memoria pudiera dialogar con las preguntas del presente.
No fui a presentar mi trayectoria como un modelo que debían seguir ni a ofrecer respuestas definitivas. Fui a compartir lo vivido y a escuchar. Porque transmitir una experiencia no consiste en pedir que otros repitan nuestros pasos, sino en ofrecerles elementos para que puedan descubrir los propios.
¿Por qué elegir el teatro?
¿Qué lleva a un joven a elegir el teatro? ¿Qué encuentra en el escenario que lo impulsa a dedicar años de su vida a una disciplina que exige sensibilidad, preparación, rigor y perseverancia?
No existe una respuesta única. Para algunos, el teatro puede ser una necesidad de expresión; para otros, una forma de comprender el mundo, explorar las contradicciones humanas o comunicar aquello que no siempre encuentra palabras en la vida cotidiana.
La vocación suele comenzar como una inquietud difícil de explicar. Puede nacer del asombro ante una representación, de la fascinación por un personaje, del descubrimiento de la propia capacidad expresiva o del deseo de contar historias. Pero esa inclinación inicial, por intensa que sea, necesita transformarse en una decisión consciente.
El talento puede abrir una puerta, pero no basta para sostener una carrera. Hace falta estudiar, ejercitarse, escuchar, observar y aprender a trabajar con otros. La disciplina convierte la intuición en herramienta; la práctica permite reconocer las limitaciones; y el conocimiento amplía las posibilidades de creación.
Elegir el teatro supone aceptar que nunca se domina por completo el oficio. Cada personaje, cada texto y cada experiencia escénica plantean nuevos desafíos. El aprendizaje no consiste en alcanzar una fórmula definitiva, sino en desarrollar los recursos necesarios para afrontar preguntas distintas sin perder la capacidad de asombro.
Por eso me interesaba que la conversación no se convirtiera en una conferencia convencional. Quería que mi experiencia pudiera encontrarse con las inquietudes de los estudiantes, que sus preguntas me llevaran a revisar lo vivido y que el intercambio nos permitiera pensar juntos en el significado de una elección artística.
Una vida entre el teatro y la cultura
Cuando miro hacia atrás, no encuentro una trayectoria construida en línea recta. Reconozco experiencias, encuentros, dificultades y decisiones que, con el tiempo, fueron dando forma a mi relación con el arte.
Durante trece años estuve vinculado a Teatro Gratey como fundador, coordinador y director. Aquella experiencia me enseñó que el teatro no comienza ni termina con la presencia del actor frente al público. Antes de que se levante el telón hay una voluntad colectiva que debe organizarse, encontrar un lenguaje común y sostenerse a pesar de las dificultades.
Una puesta en escena reúne sensibilidades, conocimientos y temperamentos diferentes. Exige confianza, responsabilidad y capacidad para resolver conflictos. El resultado depende tanto de la imaginación como del trabajo compartido. Allí comprendí que dirigir también significa escuchar, orientar y crear las condiciones para que cada participante aporte lo mejor de sí.
Entre 1978 y 1982 trabajé en la Dirección General de Cultura y Artes. En 1979 fui seleccionado para participar en un taller de dramaturgia y guion en el Eugene O’Neill Theater Center, experiencia que amplió mis perspectivas sobre la escritura y el trabajo creativo.
A lo largo de ese recorrido encontré referencias fundamentales en distintas tradiciones teatrales y en creadores cuya obra continúa estimulando a nuevas generaciones. Sin embargo, estudiar a los maestros no significa renunciar a la búsqueda personal. Su legado adquiere verdadero valor cuando nos ayuda a comprender mejor nuestro oficio y a encontrar una manera propia de ejercerlo.
También aprendí que la creación artística no se sostiene únicamente en la inspiración. Detrás de cada proyecto hay horas de preparación, decisiones difíciles, problemas que resolver y personas que comprometen su tiempo y su energía. La imaginación necesita encontrar una forma concreta de realizarse, y esa transformación requiere trabajo.
Por eso, al compartir mi trayectoria con los estudiantes, no me interesaba enumerar logros ni convertir los años transcurridos en una medida de autoridad. Me parecía más importante hablar de lo que permanece después de las experiencias: los conocimientos adquiridos, las preguntas que siguen abiertas y la posibilidad de poner lo aprendido al servicio de quienes comienzan.
Aprender sin renunciar a la propia voz
En la formación teatral existe una tensión fecunda entre aprender de quienes nos precedieron y encontrar una identidad propia.
Los estudiantes necesitan conocer las grandes experiencias del teatro universal, comprender sus métodos y desarrollar las herramientas que exige el oficio. Las aportaciones de Konstantín Stanislavski, Bertolt Brecht, Jerzy Grotowski y Arthur Miller, entre muchos otros, forman parte de una tradición que ofrece recursos para comprender la interpretación, la dramaturgia y la relación entre el arte y la sociedad.
Pero aprender no significa imitar. Significa adquirir conocimientos para explorar, experimentar y tomar decisiones conscientes.
Un actor necesita observar a las personas, escuchar sus silencios y comprender las circunstancias que determinan sus comportamientos. Detrás de cada personaje hay deseos, contradicciones, temores y conflictos que no siempre se manifiestan de manera evidente. Interpretarlo exige imaginación, pero también investigación y conocimiento de la condición humana.
La técnica proporciona herramientas; la sensibilidad permite reconocer matices; y la experiencia ayuda a relacionar lo aprendido con la complejidad de la vida. Ninguno de estos elementos sustituye a los demás. El trabajo artístico crece cuando se encuentran y se enriquecen mutuamente.
La escuela tiene, en ese proceso, una responsabilidad decisiva. Debe ofrecer conocimientos sólidos, estimular la experimentación y acompañar a los estudiantes sin imponerles una única manera de entender el teatro. Su propósito no puede ser producir copias de quienes ya existen, sino contribuir a que surjan artistas capaces de pensar, crear y desarrollar un lenguaje propio.
Encontrar esa voz requiere tiempo. También exige disposición para equivocarse, revisar las decisiones y reconocer que la formación no termina con la graduación. El oficio permanece abierto a nuevos aprendizajes porque el ser humano, que constituye su materia esencial, nunca deja de sorprendernos.
Dos generaciones, una misma búsqueda
La distancia entre generaciones suele medirse por los años, pero también por las circunstancias en que cada una ha tenido que desarrollar su trabajo.
Los jóvenes que estudian teatro hoy se encuentran con otras tecnologías, nuevas formas de producción y difusión, diferentes relaciones con el público y transformaciones que modifican las posibilidades de construir una carrera artística. No sería justo pedirles que reproduzcan las condiciones ni las respuestas de quienes comenzaron décadas atrás.
Lo que podemos compartir es la experiencia de haber afrontado dificultades, aprendido de los errores y descubierto que ninguna vocación se desarrolla sin esfuerzo. Podemos hablarles de lo que nos sostuvo, de las decisiones que tuvimos que tomar y de aquello que hubiéramos querido comprender antes.
Pero también debemos escucharlos. Sus inquietudes revelan aspectos de una realidad que no siempre conocemos desde nuestra experiencia. Sus preguntas pueden cuestionar convicciones que dábamos por establecidas y obligarnos a examinar las condiciones en que se desarrolla hoy la actividad artística.
En ese intercambio, la experiencia deja de ser un relato del pasado y se convierte en una posibilidad de acompañamiento. Quien comparte lo aprendido no pierde autoridad al escuchar; por el contrario, reconoce que ninguna trayectoria individual contiene todas las respuestas.
Quizás una de las formas más valiosas de continuidad en el teatro sea precisamente esa: que una generación pueda ofrecer a la siguiente lo que ha descubierto, sin impedirle buscar caminos nuevos.
La vocación frente a la realidad
Toda reflexión sobre la vocación debe afrontar una pregunta inevitable: ¿cómo sostener una decisión artística cuando las oportunidades son limitadas y las condiciones económicas no siempre permiten vivir dignamente de la profesión?
No basta con decirles a los jóvenes que persigan sus sueños. La perseverancia individual es indispensable, pero no puede sustituir las oportunidades de trabajo, los espacios de creación, la formación continua ni las políticas públicas que favorezcan el desarrollo de las artes.
Una sociedad que invita a sus jóvenes a estudiar teatro debe interesarse también por las condiciones en que podrán ejercer lo aprendido. De lo contrario, corre el riesgo de celebrar el talento durante su formación y desentenderse de él cuando llega el momento de convertirlo en trabajo, creación y participación cultural.
Esta preocupación no corresponde únicamente al teatro. Concierne a la manera en que entendemos la educación artística, reconocemos el trabajo creativo y valoramos la contribución de los artistas a la vida colectiva.
Aquella tarde comprendí que la pregunta inicial —por qué elegir el teatro— no podía responderse solamente desde la experiencia personal. Elegir una profesión es una decisión íntima; encontrar las condiciones para desarrollarla requiere también el compromiso de las instituciones y de la sociedad.
De ahí surgieron otras preguntas que merecen una reflexión más amplia. ¿Qué responsabilidad tenemos con quienes se forman en nuestras escuelas de arte? ¿Cómo garantizar que sus años de estudio encuentren reconocimiento académico y posibilidades de continuar aprendiendo? ¿Qué debemos hacer para que la vocación artística pueda convertirse en un proyecto de vida digno?
Estas cuestiones nos obligan a mirar más allá del escenario. Nos conducen hacia las instituciones educativas y culturales, las políticas públicas y las decisiones que pueden abrir nuevos horizontes a nuestros jóvenes artistas.
Mañana, en la segunda entrega: «Lo que permanece después del encuentro», continuaré esta reflexión sobre el reconocimiento académico de la formación artística, el aprendizaje a través de la práctica y la responsabilidad que compartimos con las nuevas generaciones. Porque invitar a los jóvenes a elegir el teatro también nos compromete a trabajar para que puedan desarrollarlo, ejercerlo y dignificarlo como profesión.
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