En el pueblo de San Sepulcro del Cambio había tres bibliotecas, una funeraria y un cementerio municipal. El alcalde, don Próspero Sepúlveda, consideraba aquella distribución una prueba de atraso.
—Estamos desperdiciando locales en gente que todavía no produce —dijo durante una reunión del concejo de regidores.
El tesorero municipal, don Evaristo Romero, llevó las cifras. Cada lector ocupaba una silla, consumía electricidad y, después de leer, salía a preguntar por qué faltaba agua. Cada difunto, en cambio, pagaba traslado, honras fúnebres, derecho de enterramiento y mantenimiento del nicho. Algunos seguían pagando veinte años después de haber perdido toda posibilidad de protestar.
—El muerto es el contribuyente más serio que tenemos —concluyó don Evaristo—. Nunca viene a discutir una factura.
Los regidores, aduladores sin reparo, aprobaron que aquella frase figurara en el informe financiero. La idea de convertir las bibliotecas en funerarias surgió de don Anacleto Lespier, encargado de Cultura, un hombre que llevaba seis años buscando la llave de su oficina y como nadie leía los informes que debía presentar, aprendió a entregarlos en blanco.
—Los edificios están ahí —explicó don Analfabeto—. Tienen silencio, sillas y buena ventilación. Solo habría que cambiarles los usuarios.
El alcalde pidió que redactaran una resolución.
La sesión extraordinaria del concejo de concejales se celebró un jueves. Acudieron don Lázaro Morla, propietario de la Funeraria «El Último Suspiro»; dos vendedores de coronas; don Teófilo Foxsas, sepulturero municipal, y doña Mercedes Librado, bibliotecaria desde hacía treinta y siete años. Los estudiantes no pudieron entrar porque el salón había sido reservado para los sectores productivos.
El secretario del ayuntamiento, don Silvestre Soler, leyó:
—Considerando que los vivos demandan agua potable, recogida de basura, alumbrado, educación y otras erogaciones que comprometen las finanzas municipales…
Los regidores asintieron.
—Considerando que los muertos no hablan, no reclaman, no hacen huelga y contribuyen de manera estable al incremento de las recaudaciones…
Don Lázaro Morla aplaudió antes de tiempo.
—Considerando que la lectura fomenta preguntas cuya respuesta no está contemplada en el presupuesto…
—Eso es fundamental —intervino el alcalde Próspero Sepúlveda.
El secretario pasó a la parte dispositiva:
—Artículo primero: se establece que los muertos son más importantes que los vivos, especialmente cuando estos últimos leen y piensan.
Doña Mercedes Librado se levantó.
—¿Ustedes van a dejar eso escrito?
—Es lo mejor para que no haya interpretaciones —respondió el licenciado Perfecto Leguleyo, consultor jurídico del ayuntamiento.
Artículo segundo: se aprueba convertir las tres bibliotecas en funerarias municipales.
Artículo tercero: se aprueba destinar los patios de la bibliotecas para cementerios.
Artículo cuarto: se declara a los libros «material de ocupación improductiva» y se autoriza su retiro e incineración.
Doña Mercedes Librado pidió la palabra. Se levantó lentamente, acomodó sus viejos anteojos y recorrió con la mirada los rostros de los regidores. Había pasado treinta y siete años entre libros y sabía que aquella decisión significaba mucho más que cerrar tres bibliotecas.
—Señor alcalde, señores regidores, un pueblo necesita libros para saber de dónde viene, comprender dónde está y decidir hacia dónde va. Un pueblo que cierra sus bibliotecas comienza a cavar la tumba de su propia inteligencia. Los libros no son enemigos del progreso; son enemigos de la ignorancia, del abuso y de quienes necesitan ciudadanos que obedezcan sin preguntar.
Hizo una pausa y continuó:
—Ustedes dicen que los muertos son más rentables porque no protestan, pero olvidan que el silencio de los cementerios no es señal de buena administración, sino consecuencia de que allí nadie puede reclamar sus derechos. Un pueblo sin lectores puede tener muchas calles, edificios y monumentos, pero habrá perdido lo más importante, la capacidad de pensar por sí mismo. Recuerden que cuando una biblioteca cierra sus puertas, la ignorancia abre las suyas de par en par.
El alcalde comenzó a mover impacientemente los dedos sobre la mesa, pero doña Mercedes prosiguió:
—No confundan el valor de un ciudadano con lo que paga al ayuntamiento. Los muertos pueden llenar las arcas municipales, pero solamente los vivos pueden construir el porvenir. Un libro puede despertar una conciencia, y una conciencia despierta vale más que mil tumbas adornadas con mármol. Los cementerios conservan nuestros restos; las bibliotecas conservan nuestra memoria. Y un pueblo que pierde su memoria termina obedeciendo a cualquiera que se atreva a inventarle su historia.
Miró directamente al alcalde y pronunció sus últimas palabras:
—Pueden convertir las bibliotecas en funerarias, vender los libros por libra y llenar de nichos cada patio de este municipio. Lo que no podrán hacer es llamar progreso a semejante disparate. Una sociedad comienza a morir cuando considera más peligroso a un ciudadano que piensa que a un gobernante que no piensa. Y tengan presente algo más: el día que un pueblo celebre más sus entierros que sus conocimientos, habrá conseguido el cementerio perfecto, pero habrá dejado de ser un pueblo.
Durante unos segundos reinó un silencio incómodo en el salón. El regidor Ambrosio Díaz miró al tesorero, esperando que aquellas palabras aparecieran traducidas en alguna partida presupuestaria.
El alcalde Próspero Sepúlveda señaló los planos extendidos sobre la mesa.
—Doña Mercedes, usted habla muy bonito, pero nosotros ya sabemos hacia dónde vamos. Hasta tenemos los terrenos.
—Eso es precisamente lo que me preocupa, señor alcalde —respondió la bibliotecaria—. Ustedes tienen terrenos para enterrar a todos los habitantes, pero no tienen una sola idea para mejorarles la vida.
Nadie respondió. El secretario pidió que aquella última intervención no figurara en el acta, porque podía interpretarse como una crítica al desarrollo municipal.
La resolución fue aprobada por once votos a favor y una abstención. El regidor don Ambrosio Urdaneta, que se abstuvo, explicó después que estaba de acuerdo con el fondo, pero aspiraba a manejar la compra de los ataúdes.
Las transformaciones comenzaron el lunes siguiente.
En la biblioteca infantil instalaron una sala de velación económica. Donde antes decía «Rincón de los sueños» colocaron un letrero: «Pregunte por nuestros planes familiares». La sección de historia pasó a llamarse «Descanso Eterno», y el antiguo salón de lectura quedó dividido en tres capillas mediante cortinas de terciopelo.
Los libros se vendieron por peso. Algunos sirvieron para nivelar ataúdes; otros terminaron envolviendo piezas de repuesto. Un tomo de filosofía sostuvo durante años la pata corta del escritorio del alcalde.
Doña Mercedes logró esconder una caja de libros de cuentos en su casa.
—No se lleve los inventarios —le advirtió don Rigoberto Gómez, encargado de Bienes Municipales—. Los libros puede llevárselos, pero las listas son propiedad del ayuntamiento.
La inauguración tuvo cinta, brindis y una banda de música que interpretó el himno del pueblo con una lentitud apropiada para el nuevo modelo económico.
El alcalde Próspero Sepúlveda descubrió una tarja:
«Donde antes se perdía el tiempo leyendo, hoy se garantiza el descanso».
El negocio prosperó. Llegaron funerarias de otros municipios, vendedores de lápidas y representantes de una empresa que ofrecía nichos con financiamiento. El ayuntamiento lanzó el programa «Tu último techo», que tuvo más éxito que todos sus proyectos de vivienda.
Don Evaristo Romero presentaba los resultados cada mes.
—Veintitrés fallecidos. Un trimestre excelente.
—¿Y los nacimientos? —preguntó Clara Esperanza, una empleada nueva que todavía creía que las estadísticas municipales debían incluir a los vivos.
—Eso lo ven en Salud Pública. Aquí estamos hablando de ingresos. — Respondió don Evaristo Romero
Pronto se estableció una distinción entre ciudadanos rentables y ciudadanos pendientes de rentabilidad. En el primer grupo figuraban los difuntos; en el segundo, todos los demás. Los vivos comenzaron a recibir sus estados de cuenta acompañados de una recomendación:
«Planifique su aporte definitivo al desarrollo de San Sepulcro».
Mientras tanto, las calles se llenaban de hoyos. Los camiones de basura se dañaron y el acueducto dejó de funcionar los martes, los jueves y casi todos los otros días. El alcalde explicó que no podía distraer recursos de un sector que estaba dando tan buenos resultados.
Cuando los vecinos organizaron una protesta, encabezada por don Justino Ramos, un antiguo maestro de escuela, el alcalde los recibió desde el balcón del ayuntamiento.
—Ustedes deberían aprender de los que están allá atrás —dijo, señalando el cementerio—. Miles de ciudadanos y ni una sola queja.
Doña Mercedes seguía prestando sus libros a escondidas. Los niños llegaban al anochecer y se sentaban en el suelo de su cocina. Una vez, Tomás Presbot, un muchacho de once años que había aprendido a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles, preguntó por qué el pueblo tenía dinero para mármol y no para reparar la escuela.
La pregunta llegó al ayuntamiento antes que el niño a su casa.
Al día siguiente, una comisión encabezada por don Severo Castro, inspector municipal, visitó a la bibliotecaria. Le explicaron que su cocina no contaba con permiso para actividades que reunieran personas despiertas después de las siete.
—Si fuera un velorio, sería distinto —aclaró don Severo.
Le cerraron la casa por uso indebido del suelo.
Doña Mercedes se marchó con su caja. Después se fueron don Justino Reyes, el maestro; Elena Remedios, la enfermera, y Pedro Tobias, el mecánico. Los jóvenes emigraron en cuanto pudieron. El ayuntamiento lamentó la salida de tantos futuros clientes, aunque encontró consuelo en que algunos pedían regresar cuando murieran.
Para retener ese mercado aprobó una tarifa especial de repatriación.
Con los años, nadie recordó para qué habían servido aquellos edificios antes de tener capillas. La palabra «biblioteca» sobrevivió en una escritura de propiedad, pero don Silvestre Soler la corrigió porque creyó que se trataba de un error del notario.
Un niño llamado Nicolás Gil encontró una novela debajo de un banco y se la llevó a su padre, don Baldomero Gil.
—¿Qué es esto, papá?
El hombre la abrió, examinó las páginas y dijo:
—Parece un catálogo viejo. Antes vendían cosas sin fotografías.
El pueblo se fue quedando vacío. Ya no había tertulias en los colmados ni muchachos jugando en las esquinas. Por las noches se escuchaban las bisagras de las capillas y, de vez en cuando, una grabación que anunciaba facilidades de pago.
El ayuntamiento creó entonces su máxima distinción, la Orden del Ciudadano Ejemplar. Para recibirla había que estar al día con los arbitrios y presentar el acta de defunción.
La primera entrega fue solemne. El alcalde habló durante cuarenta minutos ante seis ataúdes y sus respectivos familiares. Destacó la conducta intachable de los homenajeados, ninguno de los cuales había vuelto a exigirle nada a la administración.
Desde aquel día, morirse fue la aspiración más respetada de San Sepulcro. A los enfermos se les hablaba con una consideración que jamás habían recibido estando sanos. De los vivos ilustres se decía que todavía les faltaba cumplir el requisito.
El último habitante fue el alcalde Próspero Sepúlveda.
Enterró a don Evaristo Romero una mañana de agosto y regresó solo al ayuntamiento. Se sentó a preparar la memoria de su gestión. No había agua, electricidad ni empleados, pero las recaudaciones históricas eran las mejores de toda la provincia.
Quiso escribir una frase para la posteridad. Buscó el tomo que sostenía su escritorio y lo abrió. Hacía tanto tiempo que no leía que las palabras le parecieron una multitud reclamándole algo.
Lo cerró y volvió a ponerlo debajo de la pata. Murió tres días después. No hubo quien le entregara la condecoración.
En la entrada del pueblo quedó una valla con su fotografía y el lema de su última campaña:
«Aquí, para llegar a ser alguien, solo tienes que morirte».
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