Resolver suele confundirse con habilidad.

Con viveza.

Con inteligencia práctica.

Con esa capacidad admirable de encontrar salida donde parece no haberla.

Pero no todo lo que se resuelve nace de la libertad.

Muchas veces, nace de la falta de institucionalidad.

El dominicano resuelve.

No a veces.

No en casos excepcionales.

Resuelve siempre.

Cuando algo falta, se sustituye.

Cuando algo falla, se adapta.

Cuando no hay camino, se inventa.

Y así, casi sin darnos cuenta, resolver deja de ser una acción…

y se convierte en una forma de vida.

Una cultura.

La cultura del “resolver”.

Durante generaciones, esa cultura se ha ido formando en silencio.

En el campo, donde nada podía desperdiciarse.

En la ciudad, donde todo exige rapidez.

En la casa, donde el dinero no siempre alcanza.

En la calle, donde el día se gana… o se pierde.

Ahí está el técnico que repara lo irreparable.

El padre o la madre que estira lo insuficiente.

El joven que estudia y trabaja, equilibrando lo imposible.

Pequeñas soluciones.

Repetidas.

Cotidianas.

Hasta volverse estructura invisible.

Porque el “resolver” no es solo ingenio.

Es respuesta.

Pero también es síntoma.

La escasez no solo limita.

Empuja.

Obliga a pensar distinto.

A usar lo que hay.

A inventar lo que no existe.

A hacer más con menos.

Y en ese esfuerzo, nace una virtud:

la creatividad que sostiene.

Pero también se instala una condición:

la necesidad que no desaparece.

No todo el que resuelve elige hacerlo.

Muchos… no tienen alternativa.

El ingenio aparece cuando lo previsto falla.

Cuando lo organizado no responde.

Cuando lo estructurado no alcanza.

Entonces se resuelve.

Y resolver permite avanzar.

Permite sostener.

Permite incluso crear.

Pero no corrige la raíz.

Solo la rodea.

Solo la posterga.

Con el tiempo, el “resolver” se vuelve expectativa.

Una certeza tácita:

que todo, de algún modo, encontrará salida;

que alguien sabrá cómo ajustar,

cómo inventar,

cómo salvar.

Y ahí comienza el riesgo.

Porque lo que era respuesta… empieza a parecer normal.

Acento.com.do/Archivo.

Lo provisional se vuelve permanente.

Lo excepcional, cotidiano.

Y lo que debía resolverse una vez…

termina resolviéndose siempre.

Cuando eso ocurre, el ingenio deja de ser virtud aislada

y se convierte en sistema.

Un sistema sin planificación.

Sin garantías.

Sin estabilidad.

Un sistema sostenido, casi exclusivamente,

por la capacidad de su gente.

El dominicano que resuelve carga más de lo que se dice.

Sostiene lo que no está previsto.

Compensa lo que no funciona.

Llena los vacíos de lo que no se ha construido.

Y lo hace bien.

Demasiado bien.

Por eso, el problema no es resolver.

El problema es depender de ello.

Porque un país no puede descansar indefinidamente

en la creatividad de su gente

para suplir lo que sus estructuras no garantizan.

El ingenio es una virtud.

La creatividad, una fuerza.

Pero no deben ser un sustituto.

Deben ser un punto de partida.

Resolver permite sobrevivir.

Pero planificar permite construir.

Y tal vez ahí esté el paso pendiente:

dejar de admirar únicamente al que resuelve…

y empezar a exigir un país donde no todo tenga que resolverse.

Porque cuando el ingenio deja de ser urgencia

y se convierte en posibilidad,

entonces ya no se trata de sobrevivir mejor,

sino de vivir distinto.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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