I
Viernes: la salida, el camino y el descubrimiento del viaje
Todo comenzó cuando mi hermana Rita anunció, con la naturalidad de quien propone ir a comprar pan, que debíamos hacer un viaje de tres días al sur del país.
Hermano, vamos a hacer un viajecito
Acepté sin sospechar que en realidad estaba firmando un contrato como chofer oficial de una expedición femenina perfectamente organizada… y abundantemente equipada con comida.
El grupo estaba compuesto por Rita, nuestra prima Colombina Lovatón, nuestra amiga de toda la vida Trini Messina y mi hija Mariel.
Rita ya había establecido la disciplina del viaje y desde hace tiempo lo tenía todo fríamente calculado.
Hay viajes que comienzan mucho antes de que el automóvil encienda el motor.
Empiezan en la imaginación, en las conversaciones previas, en la promesa de un paisaje que todavía no vemos pero que ya sentimos cercano.
-
Así comenzó nuestro viaje desde Santo Domingo hacia el extremo suroeste del país, rumbo a las aguas transparentes de Bahía de las Águilas. Todos listos a las 6:30 de la mañana.
Yo, como hombre obediente, asumí la orden con seriedad militar.
Pero pronto comprendí que esa hora no era para salir.
Era para iniciar la primera actividad del día: conversar.
Entre café, abrazos, saludos, “¡cuánto tiempo sin vernos!” y la actualización completa de varias décadas de historias familiares, la salida oficial de Santo Domingo ocurrió exactamente a las 9:10 de la mañana.
Tres horas después.
Lo cual, según el optimismo general del grupo, seguía siendo temprano.
La expedición elegante
Cuando llegó el momento de abordar la yipeta ocurrió algo que me sorprendió.
Las tres damas aparecieron vestidas con una elegancia que parecía preparada para un paseo por el puerto de Mónaco.
Rita llevaba un sombrero cuidadosamente escogido, lentes oscuros de gran categoría y una combinación de ropa tan bien coordinada que uno pensaría que iba rumbo a una recepción diplomática.
Nuestra prima Colombina, siempre distinguida, parecía lista para asistir a un almuerzo frente al Mediterráneo.
Y Trini, con su estilo alegre y refinado, completaba el conjunto con la naturalidad de quien se dispone a caminar entre terrazas y yates imaginarios.
Yo las miraba con admiración… y también con cierta duda geográfica.
Porque nuestro destino real estaba muy lejos de los casinos europeos.
Nos dirigíamos hacia el extremo sur del país, hacia Pedernales, donde se encuentra Bahía de las Águilas.
Un lugar extraordinariamente hermoso.
Pero también agreste, silencioso y casi deshabitado.
Un paisaje donde el verdadero lujo es el viento, el mar y la soledad del horizonte.
La mudanza de tres días
Cuando comenzaron a subir las cosas al vehículo comprendí otro detalle importante del viaje.
Aquello no parecía un paseo de tres días.
Parecía una mudanza completa.
Había fundas, mochilas, bolsos de playas, maletas, dulces, frutas, panecillos, jugos, una caja de bebidas, paquetes de agua, refrescos… y tres neveras llenas de hielo con bebidas que daban la impresión de que nos preparábamos para atravesar el desierto del Sahara.
Yo miraba el equipaje tratando de calcular dónde cabría yo, que era el conductor.
Finalmente encontré mi lugar natural:
detrás del volante.
Una conversación que atraviesa kilómetros
Dentro del automóvil el ambiente era animado. Rita, Colombina y Trini conversaban recordando anécdotas de otros tiempos, mientras Mariel observaba con curiosidad el paisaje que comenzaba a desplegarse ante nosotros.
Como suele ocurrir en los viajes largos, el trayecto pronto dejó de ser un simple desplazamiento geográfico y se convirtió en una conversación que atravesaba kilómetros.
Las historias aparecían una tras otra como si hubieran estado esperando ese momento para salir a la luz: recuerdos de la infancia, familiares lejanos, viajes ocurridos años atrás.
Yo manejaba y escuchaba.
Porque en aquel automóvil existía una regla no escrita: cuando varias mujeres conversan al mismo tiempo, el conductor debe limitarse a conducir… y disfrutar del espectáculo.
Cuando aparece el mar
A medida que avanzábamos hacia el Sur, la carretera comenzó a acercarse al mar.
Al pasar por Palmar de Ocoa, la costa apareció abierta y luminosa. Desde la ventanilla del automóvil se podían ver las aguas tranquilas que bordean la zona y, un poco más adelante, la conocida Playa Caracoles extendiendo su franja de arena clara frente al horizonte.
Alguien pidió que redujera la velocidad para contemplar mejor el paisaje.
Las ventanillas bajaron casi al mismo tiempo.
Durante unos minutos el automóvil se llenó del aire salado que venía desde la costa.
Pensaba entonces en algo que muchas veces olvidamos los dominicanos:
conocemos ciudades extranjeras, pero apenas algunos rincones de nuestro propio país.
Y sin embargo basta recorrer estas carreteras del Sur para descubrir algunos de los paisajes más hermosos del Caribe.
Donde la montaña se encuentra con el mar
Más adelante, al acercarnos a Barahona, el paisaje volvió a transformarse.
Las montañas comenzaron a acercarse a la costa y la carretera serpenteaba entre el azul intenso del mar y las laderas que descienden hacia la orilla.
Es uno de los trayectos más impresionantes de la geografía dominicana.
Allí el país parece haber sido dibujado con una mezcla generosa de montaña, viento y mar.
Barahona, Villa Miriam y el ataque de los chillos
A pesar de haber picado durante todo el camino, al llegar a Barahona surgió una decisión colectiva:
- Tenemos que comernos un buen pescado.
Después de algunas llamadas estratégicas apareció la recomendación salvadora:
Villa Mirian.
Mientras preparaban el manjar, Colombina no pudo aguantar y decidió darse un chapuzón en una de las pequeñas cascadas del lugar.
Cuando finalmente llegaron los platos ocurrió algo impresionante.
Dos docenas de pescados chillos desaparecieron con una velocidad que hubiera despertado el respeto de cualquier ave rapaz.
Los acompañaban moro de guandules con coco, ensalada, aguacates… y varias cervezas Presidente.
Cuando pedimos la cuenta ocurrió lo inesperado.
-Ya está pagada —dijo el mozo.
-¿Todo?
Resultó que el amigo que había hecho la recomendación era uno de los propietarios del lugar.
Los gigantes del viento
Al dejar atrás Barahona y continuar hacia Pedernales apareció otra imagen inesperada.
Sobre las lomas áridas se levantaban los enormes aerogeneradores del parque eólico.
Sus gigantes aspas giraban lentamente impulsadas por los vientos constantes del Sur.
Contemplar esas turbinas en medio del paisaje producía una sensación curiosa: era como ver a la naturaleza y a la tecnología dialogando bajo el mismo cielo.
También comenzaban a aparecer señales de cambio: nuevas carreteras, avenidas en construcción y maquinarias trabajando bajo el sol anunciaban el desarrollo turístico de la región.
Durante décadas, Bahía de las Águilas fue un paraíso casi inaccesible, preservado por su propio aislamiento.
Hoy el Sur dominicano parece prepararse para una transformación importante.
II
Sábado: el mar imposible de Bahía de las Águilas
El sábado amaneció con una claridad que parecía recién estrenada.
Ese día conoceríamos finalmente Bahía de las Águilas, uno de los paisajes más extraordinarios del Caribe.
El grupo decidió dividirse.
Trini y Colombina, decidieron irse por mar en una yola.
Mientras tanto Rita, Mariel y yo hicimos el trayecto por tierra, bordeando los acantilados y deteniéndonos a contemplar el paisaje.
Las fotografías se multiplicaban.
El silencio del mar también.
Finalmente todos llegamos al mismo lugar.
Una playa donde el agua despliega una gama de azules tan variada e intensa que parece inventada.
Colombina nadaba sin parar.
De pronto se escuchó un grito:
-¡Ay! ¡Me muerde!
-¿Qué pasó?
-¡Unos pececitos me quieren morder la punta del pie!
La escena fue tan inesperada que todos reímos al mismo tiempo.
Después del baño hicimos un pícnic frente al mar.
Pan, frutas, jugos… y conversación.
Helicópteros y carcajadas
Al regresar al hotel encontramos una escena inesperada.
En el patio frontal había cuatro helicópteros estacionados.
Rita y Mariel decidieron tomarse fotos como si fueran parte de la tripulación.
Entre selfies y poses heroicas apareció una fotografía inesperada.
En ella Rita -por un pequeño error de perspectiva- parecía ocupar todo el encuadre, tapando media puerta del helicóptero.
Las carcajadas fueron inevitables.
Pedernales y Bocanyer
Más tarde recorrimos el pueblo de Pedernales que nos impresionó por la limpieza de sus calles y aceras.
Almorzamos en el restaurante Bocanyer, nombre que tiene una interesante raíz histórica.
La palabra “bucanero” proviene del francés boucanier. En el creole haitiano evolucionó fonéticamente hasta pronunciarse bocanye, forma muy cercana al nombre del restaurante.
La comida fue memorable:
pescado fresco,
cazuela de cangrejos guisados,
un rico mofongo,
arroz caliente,
ensalada verde
y tostones crujientes.
Después del almuerzo recorrimos el pueblo y llegamos hasta la frontera.
Nos desmontamos del vehículo y nos tomamos fotos con los soldados del ejército apostados en la zona.
Allí uno comprende algo más profundo que un paisaje.
Es lo que algunos llaman geocultura.
Una palabra que suena a simposio universitario, pero que en realidad huele a tierra mojada, salitre y viento del sur.
Es el territorio hablando a través de nosotros.
La noche y la tormenta anunciada
Esa noche regresamos agotados.
Una llovizna refrescaba el ambiente.
Entre una cabaña y otra todavía se escuchaban comentarios sobre las aventuras del día… y la famosa foto del helicóptero.
Pero el cansancio fue venciendo.
Trini se durmió.
Colombina quedó despierta.
El viento comenzó a soplar con fuerza. Ella, con más miedo que vergüenza, consultó el pronóstico en su teléfono.
Minutos después su voz cruzó la noche:
-¡Una tormenta!
-¡Dice Google que viene una tormenta!
El anuncio despertó a más de uno.
Pero el viento se calmó poco a poco.
La lluvia siguió cayendo suavemente.
Y el sur volvió a quedarse en silencio.
III
Domingo: el regreso
Después de dos jornadas intensas de mar, excursiones, conversaciones, risas y abundante comida, el grupo comenzaba a mostrar señales claras de agotamiento.
Desayunamos.
Ya eran las nueve de la mañana.
Las maletas estaban listas.
Después de tantos baños de mar, tantas comidas memorables y tantas horas de conversación, todos nos mirábamos con el mismo pensamiento silencioso:
era hora de regresar.
Pedí una última foto frente al hotel.
La respuesta fue inmediata.
Las miradas eran claras.
-Mejor vámonos ya para llegar temprano.
El regreso transcurrió entre silencios, risas ocasionales y el cansancio feliz de quien regresa con algo más que fotografías.
Cuando finalmente regresábamos hacia Santo Domingo comprendí algo que muchas veces olvidamos.
Viajar por el propio país no es solo recorrer kilómetros: es aprender a mirarlo de nuevo.
El Sur dominicano, con sus montañas abiertas al viento, sus pueblos tranquilos y ese mar que parece inventado por la imaginación del Caribe, sigue siendo uno de los grandes tesoros de nuestra geografía.
Durante esos tres días de carretera entendí también algo más sencillo y profundo: conocer el país donde uno vive es, en el fondo, una forma silenciosa de quererlo más.
Quizá por eso, mientras el automóvil avanzaba de regreso y el mar comenzaba a quedarse atrás, tuve la sensación de que el viaje no terminaba del todo.
El Sur dominicano posee esa cualidad rara de los paisajes verdaderos: no solo se contemplan, también permanecen.
Sus montañas abiertas al viento, sus pueblos tranquilos y ese mar imposible de tantos azules parecen recordarnos algo esencial: que un país no se conoce en los mapas, sino en los caminos.
Porque hay lugares que uno visita una vez.
Y hay otros que, sin darse cuenta, comienzan a quedarse viviendo dentro de uno.
Y el Sur dominicano tiene esa rara virtud de los paisajes verdaderos: uno cree que los visita, pero en realidad son ellos los que terminan habitando en nosotros.
Tal vez por eso algunos viajes empiezan en la imaginación… y terminan quedándose para siempre en la memorable.
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