Los artistas y los hombres de vasta cultura suelen ser personas que, ya desde la infancia y la adolescencia, presentan hábitos que modelan y definen la personalidad que los caracteriza en la adultez y la vejez. Incluso en todos los seres humanos, la infancia y la adolescencia son etapas fundamentales de la vida adulta. De ahí que Dostoievski, en Los hermanos Karamázov, fuera tan reiterativo al hablar sobre la importancia de que los niños reciban la mayor cantidad posible de felices experiencias y de hábitos provechosos, porque de ese modo lograrían ser adultos meritorios. Es obvio que en todos los países hemos visto hombres excepcionales cuya infancia los marcó definitivamente. En la República Dominicana, verbigracia, hemos tenido ejemplos notables. Uno de ellos fue, en el mundo artístico y cultural, Danilo de los Santos (1943‐2018). Sin duda, fue un hombre meritorio que descolló con méritos de sobra en casi todos los ámbitos artísticos a los que dedicó sus mejores horas. Fue artista visual, curador, crítico de arte, historiador y educador de valía (así lo atestiguan los frutos saludables que legó al mundo artístico y cultural del país). Naturalmente, su infancia y adolescencia fueron etapas que lo forjaron y lo modelaron como el artista que llegaría a ser; al menos esa es la conclusión inevitable a la que he llegado luego de leer un libro de memorias que publicó a finales de la década de los setenta y que me ha revelado datos notables sobre sus años mozos; me refiero a Dánicel: Anotaciones de un joven pintor (1979).
Desde los tempranos años de la infancia, dio muestras de una creatividad poco común para su edad. Fue un niño de salud endeble y acaso sobreprotegido, lo que le permitía estar en casa más tiempo de lo ordinario. De alguna manera, todo esto moldeó su futura sensibilidad artística. De la infancia dice haber recordado "grandes cosas": "Aquel mal aire que me produjo una bizquera, y fui bizco hasta la pubertad. […] Traigo presente el cuido para que el aire o la llovizna no afectaran mis bronquios o pulmones. El tanto cuido o vigilancia me hacía permanecer más tiempo en la casa, y entre mujeres y muñecas comenzó a girar un mundo íntimo". Con respecto a las muñecas, dice que para entonces eran costosas y que "mi imaginación me llevó a crear constantemente numerosas de ellas". Luego añade: "Algunas veces pienso que en las muñecas de mi infancia está el enraizamiento de un tema que me cuesta trabajo dejar en lo que a lenguaje pictórico se refiere".
Sus primeros pasos formales en la pintura los dio de la mano de Mario Grullón, quien para entonces vivía como inquilino en dos habitaciones laterales de la misma casa en que vivía el futuro artista. Dice que jamás olvidó el momento en que vio por vez primera al maestro, el cual, acaso por ver ya en él a un futuro artista, días después le regaló "una acuarela y una carpeta llena de papeles". Fue un gesto inolvidable y valioso para el niño: así lo expresaría en sus memorias de adulto. Además, añade con fervor: "Las primeras lecciones del color las recibí de este pintor a quien llevo con cariño dentro de mí, porque amplió mi sensibilidad y adecuó las condiciones creadoras de un muchacho que comenzó a preferir más el color y el dibujo que las tareas de aritmética o las lecciones de gramática o naturales, y que se sentía más a gusto en la academia a la que pronto asistí, que en la escuela primaria a la que me obligaba a ir mañana tras mañana".
Cuando tenía once años de edad, su madre (a recomendación de Mario Grullón) lo inscribió en la academia de Yoryi Morel, para entonces ubicada en la calle El Sol, frente al parque Colón, en donde tuvo como primer instructor a Félix —Negro— Disla, un pintor cuya constante pictórica eran los desnudos femeninos. Su salud endeble obligó a su familia a trasladarlo a Altamira a fin de que respirase un mejor clima. No fue sino años después que conoció a Yoryi Morel, precisamente cuando la academia de este fue convertida en la Escuela de Bellas Artes de Santiago de los Caballeros. Por entonces recibió instrucción artística del pintor Federico Izquierdo, de quien dice que era "gesticuloso, exigente, y tan académico como formal". El maestro Morel visitaba de cuando en vez la referida academia. "Aquel hombre dotado de una presencia singular me impresionó con su carga de jovialidad parlanchina", dice sobre Morel. Y añade: "No puedo decir que aprendí de él, porque el muchacho que era entonces no poseía la pasión del hombre que soy".
Ya adolescente, sucesivamente quiso ser poeta, cantante, actor y narrador. Fue, pues, "una adolescencia que pretendió, bajo el mucho solar, numerosas cosas". Fue un muchacho "que, sumergido en una marejada de ilusiones, entró por las puertas sin llegar al final. En algún cajón guardo un montón de páginas amarillentas que recogen algunos diálogos dramáticos, decenas de versos de rima resonante, a lo Darío o Chocano, a lo Nervo o Buesa… y un novelón rosa cuyo texto llena tres cuadernillos de 100 páginas, y que he releído cuando gusto divertirme a costa de mi mocedad". Fueron los fructíferos años en que conoció a Franchi o Wisewa (así lo llama él). Se trata de un amigo de mucho peso para su futuro artístico. "Fue el amigo que me situó en el borde de muchas experiencias", escribió sobre él. Fue quien lo bautizó con el sobrenombre de Dánicel e igualmente lo introdujo en la lectura de calidad: "Me introdujo en el mundo de la lectura seria, y sobre mis quince o dieciséis años pasearon Stefan Zweig, Shakespeare, Vargas Vila, Molière, Hemingway, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, los clásicos españoles y los modernistas de América".
Fue una adolescencia en la que conoció el valor de la amistad verdadera. Vivió la vida típica de su edad, pero a la vez pintaba, leía y escribía. Como era de esperarse, las jugarretas de Cupido también se hicieron presentes: "Creando travesuras, nos dedicamos por toda una temporada de verano a redactar pasquines amorosos a las muchachas del barrio. Cada miércoles despachábamos por correo los pliegos en sobres perfumados y, aparte de escribirles galanterías diferentes a cada una de ellas, les hacíamos proposiciones atrevidas. La travesura nos obligó a practicar métodos caligráficos, de manera que las cartas llevaran cursivas diferenciadas y al mismo tiempo no nos delataran". Esto fue significativo para el futuro artista, porque no solo desarrollaba su creatividad escritural, sino que a la vez fortalecía la amistad y la dinámica de grupo. Él mismo lo expresa de la siguiente manera: "Asunto trivial como este aunó la amistad. El Dánicel nominal surgió de esta vivencia".
Por entonces también conoció a otra persona con la que formaría una amistad fructífera: Divina Gómez, gracias a la cual aprendió "a ver otro lado importante de la vida: el de la decisión y la mesura en los actos y en las relaciones. El de estar constantemente preparado para las sorpresas desagradables y los desengaños". Sobre ella añade que "fue una madre espiritual y una maestra exigente. Con ella amplié mi apego a la buena lectura, y ella me introdujo al gusto por la música. Conocedora de la ópera, interpretaba para mí, con su voz enronquecida de diva, algunas arias o a veces hablaba de Chopin, Vivaldi, Chaikovsky, Wagner o de compositores populares del país". Divina Gómez, directora de la principal escuela de teatro en Santiago, le habló además de los poetas dominicanos y de pintores de renombre universal, como Picasso. El mismo Danilo de los Santos lo expresó así: "A través de ella me fui introduciendo al conocimiento de los poetas nacionales, y la primera vez que oí hablar de Picasso fue por su boca. A ella no le gustaba el maestro y, por supuesto, yo no lo entendía. Para mi comprensión, pintores únicamente eran Yoryi Morel, Federico Izquierdo y Mario Grullón, aunque debo confesar que conocía algunos nombres universales para entonces, por la 'memorieta' exigida regularmente en la enseñanza secundaria". Luego añade: "Un día decidí hacer carrera universitaria y ello me separó un poco de la maestra". Y continúa aclarando: "Con Divina Gómez se fue el pretendido actor que esperé ser, como también el escritor en pañales. El vacío permitió que el pintor latente se reencontrara, y ello ocurrió en el recinto de la Madre y Maestra. Fue cuando entonces comencé a tomar de la mano al Dánicel con quien marcho".
Finalmente, de su madre recuerda que fue también un ser de vital importancia en su vida: "Si algo debo reconocer respecto a mis cortos años de formación pictórica es la seriedad con que mi madre tomó la recomendación de Mario Grullón, y el interés puesto para constantemente facilitarme las acuarelas, los centavos para comprar el papel de mis ejercicios. Ponía especial cuidado en mi asistencia a la academia, y a pesar de los muchos hijos que cuidar, su compañía era segura a la ida y a la vuelta por las tardes. Fui así un hijo privilegiado". De manera que el entorno familiar, los maestros y los amigos jugaron un rol preponderante en las bases que lo forjaron. Siempre ha sido así. Los hombres de mérito, como sin duda lo fue Danilo de los Santos, fueron desde la infancia seres como cualesquiera otros, pero con un "no sé qué" que los hace atípicos. Son personas desde cuya niñez ya brota la semilla que da fruto en la adultez: es la semilla del mérito, de la grandeza y la excepcionalidad. Y todo ello, como lo demuestra su legado imperecedero, lo tuvo Danilo de los Santos en demasía. No en vano, la infancia y la adolescencia constituyen, por lo general, las edades de oro que forjan a los seres humanos.
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