A Dagoberto Tejada, don Tomás Morel y con ellos a los carnavaleros y folcloristas de todo el país.
La palabra carnaval
Su raíz terminológica proviene del latín del medioevo: carne levare o carne-vale, también carnelevariun, que en términos cristianos se refiere a «quitar la carne» o «adiós a la carne» durante el proceso cuaresmal. Sin embargo, el término actual proviene y se españoliza del italiano: carnavale. Otra acepción que se considera pagana es la que se genera de carrusnavalis: «[…] fue el historiador y erudito del siglo XIX Jacob Burckhardt quien propuso la idea de que el vocablo «carnaval» deriva de la expresión carrus navalis, usada para designar una procesión de máscaras que culminaba con la botadura de una nave de madera decorada con ofrendas florales en honor a la diosa Isis; se realizaba, todos los años, a primeros de marzo como símbolo y apertura de la temporada de navegación».
Antecedentes ancestrales
Mesopotamia y Egipto fueron los dos antiguos pueblos donde se registran las primeras manifestaciones carnavalescas de la humanidad, hace alrededor de cinco mil años, antes de la Era Cristiana. Desde esos tiempos lejanos, todavía preservan sus dos elementos fundamentales: los disfraces y las máscaras, de los cuales ningún carnaval del mundo puede prescindir. Estos elementos están precedidos por la fertilidad de la tierra y la renovación, como una concreción de la naturaleza humana.
Desde nuestros orígenes, somos una reproducción, o como diría el filósofo ateniense Aristóteles, una mímesis o imitación de la naturaleza, que es el primer disfraz que nos acoge y nos cobija en la gran máscara de la humanidad. Cada uno se coloca o se disfraza de lo que le convenga, para ser él o el otro que lleva dentro. De alguna manera, somos seres duales y múltiples, en una constante secuencia; así nos lo revela el carnaval.
Su periplo continuó por Grecia y Roma, para luego pasar por la época cristiana, que es el periodo que nos conecta, cuando los españoles intervienen y conquistan nuestras tierras, y como fue en nuestro caso, esclavizaron y asesinaron a nuestros aborígenes. En esencia, cada pueblo hacía su propio festín, de acuerdo a sus costumbres.
En la fabulosa obra La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, de la autoría del ruso Mijail Bajtin (1885-1975), encontramos una investigación exhaustiva sobre las manifestaciones carnavalescas como herramienta fundamental de la cultura popular, en dicha época, en la que también analiza obras cumbres de la literatura, para reconfirmar y afianzar su carácter populizante.
Los festejos del carnaval, con todos los actos y ritos cómicos que contienen, ocupaban un lugar muy importante en la vida del hombre medieval. Además de los carnavales propiamente dichos, que iban acompañados de actos y procesiones complicadas que llenaban las plazas y las calles durante días enteros, se celebraban también la «fiesta de los bobos» (festastultorum) y la «fiesta del asno»; existía también una «risa pascual» (risus paschalis) muy singular y libre, consagrada por la tradición. (Bajtin, 2007:7).
En la misma, trabaja el carnaval desde la perspectiva religiosa y su utilidad de la libertad. Nos muestra diferencias y convergencias, destacando en sus consignas cómicas y libertarias, cargada de un humor negro que cuestiona a todo lo establecido, para dar paso a un verdadero espacio de suprema libertad. Es desde este ámbito que el carnaval es una pieza clave para la fundamentación vivencial de la cultura popular, de ser y estar haciendo la manifestación y la celebración más humana de nuestras raíces socioculturales vivientes.
Además, casi todas las fiestas religiosas poseían un aspecto cómico popular y público, consagrado también por la tradición. Es el caso, por ejemplo, de las «fiestas del templo», que eran seguidas habitualmente por ferias y por un rico cortejo de regocijos populares (durante los cuales se exhibían gigantes, enanos, monstruos, bestias «sabias», etc.). La representación de los misterios acontecía en un ambiente de carnaval.
En suma, durante el carnaval es la vida misma la que interpreta, y durante cierto tiempo el juego se transforma en vida real. Esta es la naturaleza específica del carnaval, su modo particular de existencia. El carnaval es la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa. Es su vida estiva. La fiesta es el rasgo fundamental de todas las formas de ritos y espectáculos cómicos de la Edad Media. Todas esas formas presentaban un lazo exterior con las fiestas religiosas. Incluso el carnaval, que no coincidía con ningún hecho de la vida sacra, con ninguna fiesta santa, se desarrollaba durante los últimos días que precedían a la gran cuaresma (de allí los nombres franceses de Mardi gras o Carême-prenant y, en los países germánicos, de Fastnacht). La línea genética que une estas formas a las festividades agrícolas paganas de la Antigüedad, y que incluyen en su ritual el elemento cómico, es más esencial aún. A diferencia de la fiesta oficial, el carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un porvenir aún incompleto. (Op. Cit., págs. 10-11).
En la época colonial, el carnaval era religioso; entonces vino la lucha entre cristianos y moros. Cada uno hacía el suyo, desde sus condiciones naturales materiales. En ese período, los ricos realizaban el carnaval de salón, mientras los pobres en callejuela. El primero, más privativo y sofisticado; el otro, más libertario, natural y social. La religión cristina no estaba conforme con el carnaval, pero no pudo detener su celebración entonces el Papa IV permitió que puedan disfrazarse:
Por la Bula «Transiturus», en 1264 el Papa Urbano IV permitió que los católicos puedan disfrazarse durante tres días, concluyendo en martes antes del miércoles de ceniza, con alegrías del triunfo del bien sobre el mal, en unas celebraciones que luego se conocerán como carnaval y en ceremonias situarles como en las procesiones del Corpus Chisti. (Ortiz, 2003:28).
Antecedentes locales
Nuestros primeros vestigios se remontan a 1520, de la época colonial, introducidos por los conquistadores españoles, que ya tenían una dilatada experiencia en sus celebraciones. El carnaval de Carnestolendas, traído por las costumbres europeas, se conmemora antes de la Cuaresma, durante los meses de febrero y marzo, y, como sucede en nuestro país, en algunos sitios se extiende hasta abril. Los carnavales y la religión no son una metáfora, sino una relación histórica que debemos admitir, independientemente de nuestras convicciones o credos. El carnaval es una de las manifestaciones culturales más diversas y auténticas, donde mejor se expresan las identidades de un pueblo o una comunidad, con sus propias raíces idiosincráticas y diferenciadoras. Estoy convencido de que no existe ninguna otra celebración tan particular, con sentido de pertenencia y de libertad como el carnaval.
Otro hecho unificador es su carácter eminentemente popular; es su raíz y su razón de ser, porque antes el derecho al goce era solo de la clase burguesa, por medio de grandes banquetes, disfraces y máscaras exuberantes resaltadas en la luz del deseo encarnado en el placer de los cuerpos. Entonces el obrero tuvo que exigir ese derecho, porque trabajaba demasiado; comenzó a investigarse sobre el tema con dos obras que son fundadoras: Teoría de la clase ociosa de Thornstein Veblen, 1899. Y Hacia una civilización del ocio, 1962, de Joffre Dumazedier.
Las expresiones que más nos llegaban de España eran más teatralizadas. Pero con respecto a sus orígenes en el país, existen varias hipótesis; algunos proponen que fue en La Vega Vieja, entre moros y cristianos. Otros en Santo Domingo: «Realmente el carnaval aparece posteriormente, de acuerdo con las afirmaciones y la documentación del historiador Manuel Mañón de Jesús Arredondo, en la ciudad de Santo Domingo, centro socio-económico-político de la isla hasta 1520, convirtién-dose en la primera manifestación de carnaval del Nuevo Mundo, que nunca hemos reivindicado como primicia (Ortiz, 2007: 22)».
La clase burguesa realizaba un carnaval sofisticado con trajes, vertidos y caretas pomposas, donde no tenía el populacho —término que usaban para denotar la cultura popular— acceso en ninguna circunstancia. Así se inició la lucha de dos clases sociales diferentes, la que también se produjo a nivel cultural. La clase alta y la baja; cada una realizaba el suyo propio. Igual aconteció en el sector de la política; entonces cada uno trata de imponer su visión y su ideología. Esto es algo natural, ya que el carnaval es la manifestación cultural más trascendental y masificada de cualquier país.
Diversidad e identidad de los carnavales dominicanos
El carnaval, aunque es producto de un proceso colonizador, se va mezclando con nuestra realidad social. Como era de esperarse, comenzó un vasto camino de interculturalidad, como se decía antes de criollización. Este fenómeno posibilitó el desarrollo de un carnaval más auténtico y diverso, gracias a su gemido popular. La historia del carnaval santiaguero se remonta a 1867; esto significa que comenzó un año después de la Restauración de la República, lo que de inmediato nos indica que nuestros carnavales también tienen una raíz patriótica.
La riqueza de los carnavales dominicanos es impresionante e infinita por la genialidad creativa de su gente, son pocos los países que pueden demostrar tanta diversidad carnavalesca como los nuestros. Una concreción de lo que decimos, se evidencia con el Carnaval de Santiago de los Caballeros: mosaico biográfico de la autenticidad de la cultura dominicana. Entre sus códigos carnavalescos más destacables, podemos encontrar y reconocer a los famosos lechones santiagueros, los cuales son distintos a todos los demás por sus tradicionales disfraces y sus y artesanales caretas joyeras, pepineras, fantasías y de Pueblo Nuevo. Don Tomás Morel fue una figura clave para la tradición cultural popular, cuando en el año 1962 creó el Museo Folclórico de Santiago con su nombre, siendo uno de los más originales del país. Dos años después, inventó el Concurso de Caretas del Carnaval para su rescate y mantener su preponderancia, como algo único de nuestro carnaval; igual hizo uno de afiches.
Destacándose entre ellos, el legendario lechón Guarino de la Cruz, y la famosa careta pepinera, la que se destaca en la tradición de nuestro carnaval por sus dos cuernos lisos, usada por primera vez por el destacado personaje carnavalesco Macuyo Belliard. Principio y fin de las temibles batallas de los lechones de «pueblo arriba» y «pueblo abajo». Es decir, de los lechones de Los Pepines y La Joya, que para diferenciarse empezó a utilizar sus caretas con sus dos cuernos llenos de chiflitos. Teniendo como contraparte al histórico lechón joyero Tony Vargas. Sus luchas carnavalescas todavía son recordadas, entre las tradiciones culturales de nuestra ciudad, incluso se han formado grupos de lechones de ambos barrios con sus respectivos nombres. A través de esa tradición, nació la careta de Pueblo Nuevo, que es una continuidad de la joyera, porque coloca los chiflitos en forma de rosa, convirtiéndose en una de las caretas más hermosas del carnaval, su pionero es el artesano Luis Ureña. Don Tomás Morel fue una figura clave para la tradición cultural popular, cuando en el año 1962 creó el Museo Folclórico con su nombre, siendo uno de los más originales del país. Dos años después, inventó el Concurso de Caretas de Santiago para su rescate y mantener su preponderancia, como algo único de nuestro carnaval; igual hizo uno de afiches.
Otra de las grandezas de nuestro carnaval, es producto de la originalidad de los personajes y las comparsas, porque la creatividad popular se apropia de la imaginación y la realidad para diseñar su propio mapa cultural. Las diferencias sociales, económicas y políticas se unen para masificar y gestar nuestras verdaderas identidades culturales. El carnaval es una de las manifestaciones culturales más democráticas que posee la identidad dominicana, donde todos tenemos acceso y derecho a su disfrute, de manera natural y espontánea.
La cultura impuesta en ella no funciona porque, al fin y al cabo, la gente se disfraza de lo que quiera o quiso ser. Valga decir, en el lenguaje popular, de lo que le venga en gana. Ni siquiera los propios grupos pueden obligar a sus miembros a disfrazarse de lo que ellos no quieren. Es por eso, que el carnaval es la verdadera representación de la democracia cultural del pueblo dominicano, a pesar de que, a la estética del consumo, le interese más su comercialización, que su interés cultural. Quizás, producto de la ausencia de una política cultural carnavalesca, nuestros carnavales han sido aprovechados por el mercado, aunque también podemos convertir estos en una verdadera industria cultural, donde los hacedores sean los auténticos beneficiarios de sus cuantiosos recursos materiales.
Una de las características principales y esenciales de los carnavales dominicanos es su inventiva, producto de la capacidad de imaginación de sus tres elementos fundamentales: el disfraz, la careta y el personaje. Cada uno de ellos varía según el pueblo donde se realiza. Cada uno asume su propia identidad a través de la diversidad cultural, que lo convierte en un referente único según su territorialidad. No es como en la mayoría de otros países donde el carnaval se vuelve unitemático. En nuestro país es todo lo contrario; es pluratemático y multidiverso, en sus tres renglones más arriba señalados, aunque haya algunos que se reproducen en otros carnavales locales.
El disfraz, por ejemplo, de Santiago de los Caballeros es totalmente diferente al de los personajes de otros pueblos del país; se caracteriza por tener uno tradicional y otro de fantasía. El primero lleva espejos pequeños, cintas, una o varias vejigas hechas de vísceras de vaca, una morcilla rellena que se enreda por los alrededores de la barriga y un fuete hecho de cabuya que sirve de musicalidad y de guardián para irse abriendo paso entre la multitud; en los pies se coloca una bota estilo de la que usan los de la lucha libre. El segundo es abierto en el sentido de que puede colocarse cualesquiera de otros elementos, como por ejemplo arenilla, lentejuelas y otros utensilios de fantasía que pueden embellecer el disfraz. El personaje del lechón es originario de nuestro pueblo, oriundo de los barrios más populosos de la ciudad: La Joya y Los Pepines. además de las rivalidades de los lechones, de ambos sectores también se diferencian por sus caretas.
La historia de las caretas es tan antigua como la del carnaval. Desde su uso teatral hasta nuestras fiestas y celebraciones actuales, han evolucionado a través del tiempo tanto en su formato como en su diseño moderno. Las caretas pasaron de ser simples a convertirse en piezas artesanales de alto valor artístico, tomando como modelo simbólico el hocico de puerco y de pato, con ojos de lluvia y un pintado multicolor que embellece nuestro Caribe.
La historia de las caretas es tan antigua como la del carnaval, desde su uso teatral hasta nuestras fiestas y celebraciones de nuestros días, evolucionando a través del tiempo tanto en su formato como en su diseño moderno. Las nuestras pasaron de ser simples a convertirse en piezas artesanales de un alto valor artístico, teniendo como modelo simbólico el hocico de puerco y de pato, con unos ojos de lluvia y con un pintado multicolor que embelleza a nuestro Caribe.
Otra novedad significativa de nuestro carnaval es que cualquier persona se puede disfrazar de lo que le parezca, si no posee los recursos necesarios para poder participar, ya que el personaje del lechón requiere de recursos económicos suficientes para poder hacerlo. Entonces puede buscar materiales más asequibles o desechos que pueden ser reutilizables, como las botellas plásticas, ropas, pelucas, aretes, pintarse el rostro y el cuerpo con aceite quemado. Refiriéndose al carnaval de Santiago de los Caballeros, el laureado poeta decimero —que tanto tiempo vivió en nuestra ciudad— Juan Antonio Alix escribió:
Por la noche habrá retreta
y fuegos artificiales,
bailes, disfraz, atabales,
y un toro, pero con beta.
Cantinas y cantaletas
habrá sin comparación,
y en toda esta confusión
se oirá por doquiera así:
«Vivas el Comandante, en fin,
de Armas, Pedro Pepín»,
«¡Viva la Restauración!»
El Carnaval
El reconocido sociólogo y folclorista Dagoberto Tejeda, al respecto, explica:
El poema de Alix, que más bien es una crónica, en las celebraciones habla de la existencia de disfraces en Santiago, lo cual se convierte en una tradición nacional, en la cual la celebración de la Restauración implicaba la aparición disfraces, dentro de un carnaval espontáneo, callejero y popular que se ha mantenido vigente. (Ortiz, 2003:45).
Este hecho es importante porque resalta cómo el carnaval de Santiago comenzó a ser reseñado históricamente a través de la poesía popular. Uno de los mayores estudios sobre este tema lo realizó nuestro poeta popular y folclorista, don Tomás Morel:
I
Fue en casa de la Madama
con su balcón colonial,
donde en Santiago empezó
a jugarse el carnaval…
Mira el Roba La Gallina.
Suena el foete de Lechón.
Y el fandango titina
se está arreglando el sipón…
Baila Nicolás Den Den.
Piro toca su bolero.
Y el pobre va con el rico
sin envidiar su dinero.
Los indios. Baile de la cinta.
La Reina pasa en carroza.
Y la negrita del barrio
vestido se ha de una rosa…
Mira al machazo del barrio
disfrazado de mujer…
¡En carnaval siempre somos
los que no podemos ser!
Caretas! coches! fotinga!
Esta no la pienso yo.
De la Joya a Los Pepines
ya el pueblo se alborotó!
Reluce el blanco de España
junto al azul de bolita.
Y lleva tizne de paila
La cara de la blanquita!
Espejuelos de naranja,
la levita de henequén…
Y ya trotando en la calle
el gran Nicolás Den Den…
Suena el foete del Lechón…
Arlequín busca a Pierrot.
Al verlos dice un guasón
¡en esta no caigo yo!
Es cosa del otro mundo
el rebú que aquí se armó.
Pululo con su tambora
A Fefa se levantó…
Mantí pasó por Santiago
En tiempo de carnaval…
Y ante una máscara alegre
Martí se puso a soñar…
Los ojos de esa morena
los miro con gran fervor,
como a Martí aquella noche
Me quema su resplandor…
Baila Nicolás Den Den,
suena el foete del Lechón…
Piro toca su guitarra
y el pueblo se mete en ron.
II
El fandango representa
toda la escala social
de mi pueblo.
Mira a Fefa… Mira a Chago.
Mira a Pancho, mira a Luis!
A la negrita Inocencia
detrás de Chencho y de Pedro…
Junto al zonzo de mi calle
va Manuelito el Platero
y el manganzón de la esquina
con Felipe el Carbonero…
Y va don Chepe Liriano
disfrazado de abogado,
con guardias, con policías
y un alguacil a su lado…
Mira a Fefa con Rafelo.
Mira a Fellito y a Nelo,
al usurero,
al bombero,
al leguleyo,
al señor…
A la dama encopetada
con la que vende su amor…
Va un matrimonio de barrio.
Un desalojo también…
Y el que no va de relevo,
lleva saco de henequén…
Va caminando aquí el pueblo
y son todos los que están,
desde los nietos de Marco
al hijo del sacristán…
Suena el foete del Lechón.
Brinca el Roba la Gallina.
Y le están haciendo un ron
a una comparsa en la esquina…
III
Mira muchacho, mira!
Por allí viene Javier
como un santurrón
vestido de cura,
portando un velón…
Y cuando una moza
pasa por su lado
le dice al oído:
¡estoy disfrazado!
Si le da un pellizco
a la muy bonita,
le pide perdón
a la virgencita!
Y el muy alcahuete
provoca la risa,
hasta cuando lee
su libro de misa…
Javier el hereje,
Javier el guasón!
Bajo la sotana
se te ve el calzón…
IV
Corren los niños delante
del foete que está sonando
y el pueblo corre gritando:
-¡Lechón bariguelo! ¡Lechón
bariguelo!
¡La puta e tu agüelo!
Lechón de mamá…
Trée cotilla y do quijáaaa.
¡Lechónnnnn!
Lechón cuajao
amarillo y colorao
Lechón! Lechón!
pata e cajón! pata e cajón!
Y se aglomera la gente.
Suda el pueblo de calor…
Y el coro grita
con malicioso candor!
Nicolás Den Den
manque te vistan de Oso
los zapatos se te ven!
Salta y corre, brinca y grita
repartiendo golosina
a aquel grupo que la llama
¡El Roba la Gallina! ¡El Roba
la Gallina!
¡Palo con ella! ¡Palo con ella!
Ti Ti
Ma na ti!
Cunde, cunde, cundillé…
¡El Roba la Gallina! ¡El Roba la
Gallina!
¡Palo con ella! ¡Palo con ella!
Se aleja por esas calles
gritando, saltando, histérica
bajo la sombrilla rota.
¡Qué alegría más de su pueblo
la que fluye de su boca!
¡Qué linda va en su carroza
la Reina del carnaval!
El pueblo la aclama y goza
viendo su Reina pasar…
Y todos se entregan
con gran alegría
a seguir la farsa
propia de estos días
V
Cae la tarde. Muere el sol.
El Lechón va cabizbajo
la careta en una mano
junto con la vejiga.
El foete sobre los hombros…
Va a su casa de La Joya.
de los Pepines, del Maco…
Tal vez se va a Pueblo Nuevo
para quitarte estos trapos…
Se están prendiendo las luces.
Se apagan todas las voces
y en la penumbra se escurren
las comparsas,
los fandangos,
los muñecos de aserrín…
Que esta noche, en madrugada,
comienza ya la cuaresma
que al carnaval pone fin!
(Morel, 1994, Colección: Folklore, Vol. 4. Santiago).
El Carnaval de Santiago se suma a la tradición de la poesía popular, de contar la historia de esta manifestación antigua, con estos dos poetas dominicanos: Juan Antonio Alix y Tomás Morel. El primero es un texto breve, en el cual se hace vinculante la restauración de la República. En segundo, es el más extenso y el mejor poema carnavalesco que nos cuenta la historia del nuestro, con la sabiduría folclórica de don Tomás Morel, quien lo describe de manera natural y con un gran sentido de pertenencia cultural, quien también nos dice: «Y la ciudad, en torno a la vieja plaza de armas, en las inmediaciones de la Iglesia Mayor y del Palacio Consistorial, comenzó a celebrar las fiestas del carnaval» (ob. cit., sin número de pág.). Luego, siguió por la Calle Del Sol y la Avenida Las Carreras. En la actualidad, se desarrolla en el Parque Central de Santiago, con mucho desacierto y desencanto del gran público de los barrios de Los Pepines, La Joya, Baracoa, Pueblo Nuestro, El Lejido y otros.
Conclusiones
En el carnaval de Santiago no se maneja el concepto ni la figura del diablo conjuelo, sino la del lechón, que es más auténtico y diverso, sobre todo por sus dos caretas que no se parecen a ninguna de las máscaras de los demás carnavales dominicanos. La careta joyera y la primera, además de la de Pueblo Nuevo, hacen que el disfraz del lechón santiaguero sea único, creando uno tradicional y otro de fantasía, al igual que las caretas. Otro componente importantísimo es la variedad de sus personajes, que pueden disfrazarse de lo que sea sin ninguna imposición, excepto la personal.
Cuando el carnaval es intervenido —ya sea de manera religiosa, oficial o empresarial—, pierde su naturaleza libertaria, porque el auténtico carnaval nace, surge y se desarrolla de las mismas entrañas del pueblo para darle rienda suelta a la imaginación creativa y espontánea de las expresiones culturales más autónomas y diversas de un pueblo. Es la gran magia de esta manifestación y es donde descansa, se asienta y se eleva en su propia naturaleza, desde sus antiguos orígenes primarios y ancestrales.
Es por ello, que no puede sacarse de su hábitat o su entorno originario, que son los barrios, las calles y los sitios donde se generan y se desarrollan y se exhibe su mayor esplendor. Sacarlo de ahí, entonces el carnaval muere y se convierte en un mero espectáculo que solo sirve de exhibicionismo caprichoso, mercantil y manipulador de su auténtica raíz.
Los comparseros se convierten en un entretenimiento en vez de un fenómeno cultural, dándole así espacio o cabida a la sinrazón estatal y burguesa, dejando atrás su simiente contestataria y denunciadora, a todo lo oficial y establecido para cuestionarlo. De no ser, el carnaval no tiene razón de ser y pierde su esencia natural y su mayor significación, que es la libertad plena de la cultura popular. Para la cultura burguesa y oficial están los teatros, los clubes, los salones, sus centros y sus bellas artes, como imposición social y política. El carnaval viene y es para el pueblo, de ahí que su verdadera bandera provenga de lo netamente popular y folclórico. Vocablo que viene del inglés, flok, que significa pueblo, y lore, saber.
Es decir, la sabiduría cultural de un pueblo. El carnaval, desde sus orígenes hasta ahora, ha sido siempre tratado de ser secuestrado, en principio por la religión, por el poder social y político. Lo que nos obliga a establecer que el nuestro también lo ha sido. Dos ejemplos cercanos —pero igual acontece en toda la nación—: el de La Vega, que es un carnaval aburguesado y es más un espectáculo para entretener a las masas, con unas comparsas y caretas estrambóticas fuera de la realidad social dominicana, donde los comparseros son más bufones que carnavaleros.
Con más cercanía al de Venecia o al de Brasil. El santiaguero es uno de los más auténticos y originales, por lo que todavía preserva su naturaleza original. Pero también ha sido secuestrado antes por Medios Unidos del Cibao (MUCI), ahora por el Ayuntamiento y la gobernación, siendo cómplices su propio sector, porque en vez de verlo y sentirlo como hecho eminentemente cultural, se prestan para su comercialización de forma injusta y desproporcionada. Lo que tarde o temprano, igual, perderá su identidad cultural y su filosofía natural.
La comercialización de La Vega ya produjo el carnaval burgués de Punta Cana. Siendo una fiesta de entretenimiento y de espectáculo. La cultura que se aleja de lo popular y lo folclórico es solo una diversión disfrazada. Un carnaval que es intervenido no es cultura, porque se desnaturaliza su origen y su esencia fundamental. En su largo trajinar histórico, la iglesia y la clase de poder han tratado de intervenirlo por considerarlo conspirativo, pagano y profano, pero su perseverancia y consistencia no han podido, en la mayoría de los casos, no han podido romper su dimensión trascendental, por lo que han tenido que soportarlo. Sobre todo, porque el carnaval es la difusión y preservación de lo puramente popular.
El valor significador del carnaval ha quedado demostrado a través de los tiempos; un paradigmático ejemplo son Los Goloyas, de San Pedro de Macorís, República Dominicana que fueron declarados en el 2005 por la UNESCO como «Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad».
¡Qué viva el carnaval en su concreción natural, porque es la única voz real de lo auténticamente popular de nuestra cultura nacional!
Nota: Viendo la trascendencia de nuestro carnaval, en el año 2012, cuando éramos viceministro de Cultura, creamos el Salón del Carnaval de Santiago en el Palacio Consistorial, donde funciona la Dirección Provincial de Cultura y donde anteriormente se realizaba, dicha manifestación.
Fuentes:
https://es.wikipedia.org/wiki/Carnaval.
Bajtin, M. (2007). La cultura popula en la Edad Media y en el Renacimiento. España.
- Cit.
Morel, T. (1994). Primer tomo. Obras completas. Santiago de los Caballeros: M&M Grafocemtrp.
- Cit.
Ortiz, D. T. (2003). Los carnales del carnaval. Santo Domingo: Mediabyte, S.A.
- Cit.
- Cit.
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