“Lo que escribo quiere irse,/no quedarse;/quiere subir,/no caer.” (León Félix Batista)
León Félix Batista (Santo Domingo, 1964) se inscribe con voz propia y radical en la generación dominicana de los años ochenta, una promoción marcada por el deseo de ruptura, por la necesidad de desplazar los límites heredados del decir poético y por la urgencia de explorar nuevas formas de relación entre lengua, pensamiento y experiencia escritural. Dentro de ese horizonte generacional, Batista no solo participa, sino que lo desborda: su escritura se sitúa en una zona de contingencia permanente donde el lenguaje deja de ser un medio transparente de comunicación para convertirse en materia viva, volátil, sometida a procesos de incineración interna. La voluntad de fuga que el propio poeta enuncia —“lo que escribo quiere irse, no quedarse”— no funciona como simple declaración estética, sino como principio ético de la escritura: el poema no se instala, no se fija, no se deja domesticar por la estabilidad del sentido.
Desde sus primeros libros, su poesía revela una clara vocación experimental en la sintaxis, el ritmo y la organización del significado. No se trata de un experimentalismo superficial ni de un juego formal gratuito, sino de una concepción profunda del poema como campo de fuerzas, como espacio donde el lenguaje es sometido a presiones internas que lo obligan a decir de otro modo. En Batista, la lengua no nombra el mundo desde una distancia contemplativa; lo atraviesa, lo quebranta y lo reorganiza. Así, cuando escribe: “un monumento en nada/una suma de sus simas/ser humano/autorretrato abstracto/de narcisos de nosotros/en el reino de las formas inconstantes/superficies de mirar/como si fuera efímera amenaza/de una hiena te cercena por mitad/se sale de ese bucle/haciéndose bagazo/paca de forraje/gollejo disruptivo/lo que importa es la resina/que te deje fijo en casa,/descosido de la malla metafísica”. El poema no describe una experiencia: la produce. El sujeto emerge al mismo tiempo que el mundo se quiebra, y esa fractura se inscribe directamente en la sintaxis y en el ritmo del decir.
Esta concepción alcanza una de sus formulaciones más logradas en Poema con fines de humo, obra emblemática que mereció el Premio Anual de Poesía Salomé Ureña de Henríquez en el 2021. En este libro, el poema se articula desde la metáfora del humo: aquello que aparece, se expande, se transforma y finalmente se disipa. La palabra poética no aspira aquí a la permanencia ni a la fijación definitiva del sentido; por el contrario, se asume como tránsito, desplazamiento y deriva. El verso: “como humo que no cuaja”, condensa con precisión esta poética de la inestabilidad: el lenguaje se resiste a coagular, a convertirse en sustancia fija, y encuentra en su volatilidad una forma de verdad poética.
La sintaxis de Poema con fines de humo se fragmenta, se repliega y se expande con una libertad poco común en la tradición poética dominicana. Los encabalgamientos abruptos, las torsiones gramaticales y la acumulación de secuencias verbales generan un ritmo que no depende de la experiencia poética tradicional, sino de la respiración misma del pensamiento del lector y del poeta en cuestión que configura un inusitado entramado lingüístico que exorciza la subjetividad y el logos. El lector no avanza de manera lineal, sino que es arrastrado por corrientes de sentido que se cruzan, se contradicen y se superponen. Expresiones como: “…cemento íntimo/para tu mito indómito/deflagración de la palabra al límite/en recortes de racconto/la precuela es clara ahora:/lo mejor es no sumarse más cenit/pero heme aquí en mi horma/como humo que no cuaja”, condensan registros biológicos, existenciales y lingüísticos en una misma operación verbal, produciendo una densidad semántica que no se explica, sino que se experimenta.
Otro aspecto decisivo de esta poética es la manera en que redefine la relación entre poema y lector. En Poema con fines de humo, el lector no ocupa una posición cómoda ni pasiva; no recibe un significado ya elaborado, sino que es implicado en el proceso mismo de construcción —y de pérdida— del sentido. El texto exige una lectura atenta, dispuesta a aceptar la inestabilidad como condición, a renunciar a la expectativa de totalidad y a comprender el poema como acontecimiento más que como objeto cerrado. Leer a Batista supone aceptar que el sentido no se revela de una vez, sino que aparece por capas, se retrae, se contradice y vuelve a surgir bajo nuevas configuraciones. Esta exigencia no es un gesto elitista, sino una apuesta ética: la poesía convoca a un lector dispuesto a pensar y a atravesar la experiencia del lenguaje sin garantías.
Críticos y poetas han subrayado este carácter radical de su escritura. Jordi Doce (Gijón, España, 1967) ha señalado que la poesía de Batista se sitúa entre las manifestaciones más visibles del nuevo barroco latinoamericano, destacando su densidad verbal y su capacidad de convertir el lenguaje en experiencia sensorial extrema. En el ámbito dominicano, José Mármol (Santo Domingo, 1960) ha afirmado que la obra de Batista “tensa el idioma hasta hacerlo crujir”, situándolo en una línea de ruptura que redefine las posibilidades expresivas de la poesía nacional. Otra opinión autorizada es la del excelso poeta y ensayista Plinio Chahín (Santo Domingo, 1959), otro egregio representante de la generación de los ochenta. Expresa con conciencia meridiana el valor excepcional de la obra de nuestro peculiar poeta ochentista: “La poesía de León Félix Batista se inscribe en una desobediencia radical, una escritura que no responde a los mandatos temporales del arte moderno ni a la obligación de la novedad como consigna.” Todos esos juicios, y otros más que se pueden mostrar si el espacio lo permitiera, coinciden en reconocer que no estamos ante una voz periférica, sino ante un poeta que ha construido un sistema propio de escritura, coherente, exigente y sostenido en el tiempo.
En ese sentido, la escritura de Batista puede leerse también como una crítica implícita a las formas domesticadas de la poesía contemporánea, aquellas que privilegian la claridad inmediata, la anécdota reconocible o la emoción fácilmente consumible. Frente a esas tendencias, podemos tomar cualquier poemario de Batista para ejemplificar estos juicios, pero nos basta Poema con fines de humo para dar un todo bien locuaz sobre su azaña escritural nacional e internacional, donde afirma una poética de la dificultad productiva, donde el esfuerzo de lectura no es un obstáculo, sino una condición para que el poema despliegue su potencia devastadora y novedosa contra toda pretensión simplista, estereotipada y generacional. La complejidad sintáctica, la fragmentación discursiva y la densidad metafórica funcionan como estrategias de resistencia frente a la banalización del lenguaje y del pensamiento. En este marco, la poesía se reafirma como un espacio de exigencia intelectual y sensorial, no como mercancía de consumo rápido. Y en ese tenor, innegablemente, Batista irrumpe en nuestra tradición poética inaugurando un zurco nuevo, un empuje inédito, una flamante senda de hacer poesía que ya ha tenido sus frutos evidentes. Basta leer todas las recepciones internacionales que ha tenido sus creaciones poéticas para percibir el impacto de su feliz proeza.
La experimentación lingüística de Batista no excluye la reflexión; por el contrario, la intensifica. En sus textos se percibe una conciencia aguda del acto de escribir y una interrogación constante sobre los límites del lenguaje. El poema se convierte en un espacio de pensamiento, pero no de pensamiento discursivo, sino de pensamiento en acto, encarnado en la forma misma del decir. De ahí versos como: “un monumento en nada / una suma de sus simas / ser humano”, donde la identidad se concibe no como esencia estable, sino como acumulación de vacíos, descensos y profundidades superpuestas.
Esta poética del límite dialoga con tradiciones internacionales de la poesía experimental —desde ciertas vanguardias históricas hasta propuestas contemporáneas que conciben el poema como laboratorio del lenguaje—, sin caer en el mimetismo. En Batista, ese diálogo se reinscribe desde una sensibilidad insular y caribeña, donde la noción de tránsito, mezcla y fluidez adquiere resonancias culturales profundas. Cuando escribe: “Todo río es temporal / del que puedes escapar / con supercuerdas”, el poema articula ciencia, desplazamiento y precariedad ontológica en una misma corriente verbal, reafirmando la idea de que todo es paso, cruce y deriva.
Dentro del contexto dominicano, la obra de Batista puede leerse como heredera y, a la vez, transgresora de una tradición de ruptura inaugurada por figuras como Otilio Vigil Díaz (Santo Domingo, 1880-1961), poeta y prosista, creador del movimiento literario conocido como vedrinismo. Sin embargo, Batista lleva esa ruptura a un plano más radical: ya no se trata solo de liberar el verso de la métrica o del versolibrismo, sino de cuestionar la estabilidad misma del idioma como sistema. El poema deja de ser forma reconocible para convertirse en proceso continuo de descomposición y recomposición.
Esta obra confirma que la radicalidad de la poesía de Batista no se agota en la experimentación formal, sino que responde a una concepción profunda del lenguaje como lugar de riesgo y de verdad —no de verdad doctrinal, sino de verdad experiencial. Poema con fines de humo propone una ética del lenguaje donde escribir no significa fijar certezas, sino ponerlas en movimiento; no clausurar sentidos, sino abrirlos; no asegurar el significado, sino exponerlo a su propia combustión. El poema, como el humo, se eleva, se dispersa y desaparece, pero en ese tránsito deja una huella persistente en la conciencia del lector.
León Félix Batista ha construido, así, una de las poéticas más audaces y coherentes de la literatura dominicana contemporánea y latinoamericana. Su escritura nos recuerda que el lenguaje no es un refugio seguro, sino un territorio en permanente ignición, donde el poema arde, se eleva y, como el humo, desaparece dejando una marca indeleble en quien se atreve a leerlo.
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