Que la escritora Ana Almonte haya incorporado el género apocalíptico en Sortilegio de un acontecer, capítulo de su obra Luces de alfareros, muestra que, aun en “tierras concebidas como idílicas”, tal y como la bucólica Topacio, amparo, durante el exilio, o desplazamiento, de Dalsy Dabrowski, habrían de acontecer, ante las hostilidades del presente, temporadas difíciles, “catástrofes”, señal de la confrontación entre las fuerzas del bien y del mal, remontándose, pues, la autora, a sus conmovedoras visiones del futuro, inevitables como el mañana, en lo que atañe a las profecías del fin de los tiempos.

Así, cualquiera fuera la causalidad o casualidad del momento, las inundaciones que, provocadas, fundamentalmente, según los expertos, por los estragos de un fenómeno excepcional, habrían de sobrevenir, en octubre 29 de 2024, a la Comunidad de Valencia, España, emplazamiento donde se había firmado, mayo de 2024, tanto el contrato como la primera edición de Luces de Alfareros. Atisbo, asimismo, o alegoría premonitoria, “El espíritu de la muerte montado en su oscuro caballo”, del cataclismo ambiental que se había apoderado de la isla Topacio, “castigo por dejar a un lado las ofrendas a los dioses”, de acuerdo a la sibila Zamira, como si a ella, participante de los sucesos, la hubiesen intimado a ver el porvenir incierto, apuntalando, justamente, el punto de ruptura climático y su devastador alcance, escriturario, manifiesto en el episodio Sortilegio de un acontecer.
“[Las] lluvias estruendosas decapitaron destinos de muchos, indicio de un radical cambio climático…La tierra sufrió trastornos de consistente a movediza. La totalidad de incidentes en Topacio se sumía a un lodazal que, según la crecida del río, inundó el espacio de suelo firme hasta cubrir la mayoría de las casas…Un huracán… irrumpió nuestra armonía…más de veinte hombres quedar[on] sepultados una madrugada en que el río decidió salir de su sitio…Las víctimas, entre dieciocho y veinte años, nuevos custodios de la comunidad…Noches oscuras salpicaban de desespero y melancolía sensibilidades de todos anclados en las montañas vistas como refugios, donde los más devotos, en medio de lamentos, realizaban ayunos en busca de que la tierra, con la ayuda de la diosa Gea, se purificara”.

Es que Dalsy Dabrowski, a partir de su abierta compenetración, asidua, y los diálogos, a lo largo de muchos años con esa “mujer virtuosa”, apero del creador y taumaturga de los “cuatro elementos”, Zamira, igualmente desplazada, desvelaron en aquella “famosa heredera” sus preocupaciones por la devoción mística, “más allá de lo que haya construido el hombre, fuerzas mayores se mueven y manipulan el universo”, de la que Dalsy había prescindido, enteramente, gracias a su invicta y gloriosa marcha a través del otrora deslumbrante y helénico mundillo. Empero, “embriagada de lucidez”, ahora disuadida, desposesa de códigos, edictos implantados y agravados por regímenes civilizatorios que, cimentados sobre un escenario de “mentiras al momento de [uno] nacer”, someten al género humano a múltiples condiciones de opresión, conducentes a un punto de inflexión irreversible, desencadenando, en cascadas, rupturas destructivas sobre el planeta Tierra, entreveradas, reveladas, por Dabrowiski durante sus continuas y futuras “visiones que aparecían en sueños”.
En efecto, ensoñaciones e intuiciones dictaminadas, desde lo alto, por un espíritu Supremo, las cuales hubieron de empezar a la par con sus “ancestros cabalgando por infinitos desiertos”, conquistando “puntos de tierras que, según creían, le fueron dadas por criaturas espeluznantes de otras galaxias paralelas a esta dimensión”. Habían sido hordas de invasores que, proveniente de Oriente, se desplazaron por Occidente acatando “la señal de una cruz invertida que, durante la larga travesía surcó el firmamento…”, hasta penetrar, “con sus legiones paganas”, en los territorios que fueron conquistando, a matadegüello, y luego rotulados con un nombre subsidiado: las Américas. De ahí que surgiera, en la clarividencia de Dalsy Dabrowiski, su entronque con la literatura bíblica en términos de imágenes y lenguaje, al unísono, con una narrativa multiforme, “Fue cuando vio sucesiones de civilizaciones hasta dar con una era destruida por las invasiones y calentamiento global”, vinculada al inminente apocalipsis y, en consecuencia, a su intento decodificador de la presencia divina.

“Y en la entrada del siglo veintidós, el planeta se transformará en un puñado de tierra seca, cuyos árboles no darán frutos debido a la agonía del astro Sol. El hombre se apoderará de una humanidad que apenas podrá respirar. Los ríos y mares serán grandes pantanos. Sobrevivientes a esto, atesorarán la poca agua que mediante excavaciones obtendrán de lo más profundo de la tierra, y el mismo hombre se alimentará de raíces. En virtud de la cuasi desaparición de la fauna, los animales, dependiendo de sus especies, morirán producto de las sequías, en su lugar, el humano se arrastrará en caminos cazando ratas para sobrevivir, construyendo criaderos en hoyos o agujeros. Las casas y residencias desaparecerán, en consecuencia, la llamada Inteligencia Artificial creerá pertinente la creación, en naciones del mundo, de los llamados Hogares refugios, espacios herméticos, blindados, hechos de un fuerte material de hierro cuyo altura se define a un edificio de cuatro plantas sin división, portando, en las partes laterales, unas escalerillas. Estos refugios permitirán que las aguas, en ocasiones de lluvia, tormentas o diluvios, no sofoquen la vida humana, pues la tierra, en cuestión de minutos, se verá inundada en grados cada vez superior. La mayoría, no confiados en estos refugios, tomarán por casas las montañas más altas. Ante esto, los más jóvenes, deprimidos, nacidos en una era digital, se preguntarán: ¿qué pasa en el mundo?”
Peligros, ciertamente, insumisos, no solo por la maldad acumulada, remordimientos tardíos, y confesiones insuficientes en la tentativa de atenuar los riesgos en marcha hacia la Tierra invernadero, rocosa, seca y desolada, sino por la ya catástrofe planetaria o punto culminante, inexorable, prescripto, precisado, en el libro de las grandes profecías que Dalsy Dabrowiski vislumbrara, extasiada, “premonición recurrente…más que pesadilla”, a fuerza de sucesivos cambios, celestes, en sus presagios y sueños atinentes al período próximo a la Gran Tribulación, divisado al filo de sus días, ya contados, tras la búsqueda y el mensaje del Altísimo, durante su intrincada permanencia, ¿fortuita?, en la paradisíaca ínsula de Topacio.

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