El miércoles pasado publicamos la transcripción de uno de los cuentos que tuve el privilegio de descubrir cuando apenas comenzaba a despedirme de la adolescencia. Mis padres no me habían permitido leerlo antes. Y tenían razón. Su trasfondo, tan humano como perturbador, no era lectura para una jovencita que aún habitaba una infancia feliz, refugiada entre novelas de aventuras, héroes de capa y espada y bibliotecas que parecían no tener fin. Con los años regresé a él una y otra vez. Y cada lectura me reveló algo distinto.
En esta segunda parte comparto mi análisis de este cuento breve y extraordinario de uno de los más grandes escritores dominicanos: Fabio Fiallo. Poeta, diplomático, periodista y narrador excepcional, Fiallo poseía una cultura vasta y refinada, pero también una profunda fascinación por las contradicciones humanas. Vivió una época convulsa de nuestra historia, marcada por luchas políticas, caudillismos, cambios de gobierno y por una sociedad que intentaba definirse a sí misma entre los estertores del siglo XIX y el nacimiento del XX.
El Busto de Mármol forma parte del volumen Cuentos frágiles, publicado en Nueva York en 1908. No sé cuántas veces lo he leído desde entonces. Han sido muchas. Sin embargo, nunca me canso de volver a sus páginas. Cada relectura me descubre una nueva arista de sus personajes, una nueva interpretación de sus silencios o una nueva advertencia sobre la condición humana.
Quizás porque, a pesar de haber sido escrito hace más de un siglo, el relato continúa dialogando con nosotros. Cambian las épocas, cambian los escenarios y cambian las herramientas con las que alimentamos nuestras obsesiones, pero permanecen intactas las inseguridades, los celos, las sospechas y los fantasmas que muchas veces construimos dentro de nuestra propia mente.
El esposo de Margarita, narrador de la historia, no es solo un hombre atormentado por la duda. Es también el símbolo de quienes convierten una sospecha en una certeza, una imaginación en una acusación y una posibilidad en una condena. Su tragedia no nace de los hechos, sino de la interpretación que hace de ellos.
Y es precisamente ahí donde el cuento adquiere una sorprendente actualidad.
Vivimos en una época donde millones de personas construyen sus conclusiones a partir de fragmentos, apariencias, rumores o percepciones incompletas. Lo que antes podía ser un busto de mármol observado desde la penumbra de una habitación, hoy puede ser una fotografía fuera de contexto, una publicación en redes sociales o un mensaje interpretado según nuestros propios prejuicios.
La historia de Fabio Fiallo nos recuerda que no siempre son los hechos los que destruyen una vida. Muchas veces son nuestras interpretaciones de esos hechos.
A continuación, comparto mi análisis de esta obra magistral y la moraleja que, más de cien años después de haber sido escrita, continúa interpelándonos con la misma fuerza.
Si Fabio Fiallo hubiera publicado El Busto de Mármol en 2026, más de un lector habría pensado que estaba leyendo un cuento sobre inseguridad emocional, celos obsesivos o relaciones tóxicas. Lo sorprendente es que fue publicado en 1908.
Durante años hemos dejado reposar muchos de nuestros cuentos clásicos en bibliotecas, libreros familiares y viejas antologías. Sin embargo, algunas de esas historias conservan una capacidad extraordinaria para explicar conductas humanas que siguen tan vigentes como el día en que fueron escritas.
En El Busto de Mármol, el narrador está convencido de que su esposa, Margarita, mantiene una relación amorosa con Tristán, un pintor íntimo de la familia. Lo curioso es que desde la primera línea el propio protagonista admite no tener razones concretas para sus sospechas.
«¿Mis celos? No sé en verdad cuál era el fundamento de mis celos».
Y, sin embargo, toda la historia se construye en torno a una investigación desesperada para demostrar una infidelidad que solo existe en su imaginación.
A primera vista, el lector podría creer que el conflicto gira en torno a Tristán. Después, sospecha de Margarita. Pero Fabio Fiallo nos conduce lentamente hacia una conclusión distinta.
El busto no es el villano. Tristán tampoco. Margarita, menos aún. Los verdaderos antagonistas son los celos y la inseguridad del protagonista.
Cada gesto se convierte en evidencia. Cada coincidencia parece confirmar sus sospechas. Cada ausencia adquiere un significado oculto. Lo que hoy un psicólogo llamaría sesgo de confirmación, Fabio Fiallo lo retrató magistralmente hace mucho más de un siglo.
La genialidad del cuento reside en un objeto aparentemente inofensivo: un busto de mármol sobre una mesa. La escultura nunca habla, nunca acusa, nunca revela secretos. Sin embargo, el narrador termina por atribuirle intenciones perversas. Ve en su sonrisa una burla constante, una especie de complicidad silenciosa con la supuesta traición.
Pero el busto no refleja la infidelidad de Margarita. Refleja la inseguridad de su marido. Cuanto más crecen los celos, más malvada parece la sonrisa de piedra.
Lo extraordinario es que Fiallo consigue abordar un tema profundamente serio sin perder cierto tono irónico. El relato funciona como una investigación detectivesca en la que el protagonista sigue pistas, elabora planes y regresa inesperadamente a casa para sorprender a los culpables.
Al final, descubre algo inesperado. No había amantes escondidos. No había conspiración. No había traición. Solo flores.
Y entonces comprendemos que el único engañado durante toda la historia ha sido él mismo. Quizás esa sea la razón por la que El Busto de Mármol continúa siendo un cuento moderno. Porque los escenarios cambian, las épocas pasan y las costumbres evolucionan, pero los fantasmas que nacen de la inseguridad humana siguen siendo exactamente los mismos.
Después de tanto tiempo, Fabio Fiallo continúa recordándonos que el mayor enemigo del amor no siempre es la infidelidad. A veces es la historia que decidimos creer.
Por fortuna, en este cuento de Fabio Fiallo, Margarita no fue golpeada ni asesinada. La única víctima terminó siendo el busto de mármol, condenado a morir hecho añicos por un delito que jamás cometió.
Durante todo el relato, el protagonista atribuye a aquella escultura sonrisas burlonas, complicidades imaginarias y silenciosas confirmaciones de una infidelidad inexistente. Pero el busto nunca habló, nunca acusó, nunca traicionó.
El Busto de Mármol sigue siendo un cuento tan actual porque, más de un siglo después, seguimos encontrando personas capaces de convertir sospechas en certezas, inseguridades en acusaciones y fantasmas en enemigos reales.
Fabio Fiallo no escribió solo una historia sobre los celos. Escribió una advertencia sobre los peligros de una imaginación dominada por la desconfianza y, aunque el busto fue el único que terminó destruido, el lector no puede evitar preguntarse cuántas Margaritas en la realidad han tenido menos suerte.
Quizás ahí radique la verdadera inmortalidad de los clásicos. No en sobrevivir al paso del tiempo, sino en seguir explicándonos. Tantos años después de su publicación, El Busto de Mármol, de Fabio Fiallo, continúa recordándonos que los monstruos más peligrosos rara vez viven fuera de nosotros. Se domicilian en nuestra propia imaginación.
Referencia
Fiallo, F. (1908) El Busto de Mármol. Cuentos Frágiles, Nueva York: H. Braeunlich.
Transcrito para el periódico digital Acento el 17 de junio de 2026.
El Busto no es el Villano de Fabio Fiallo
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