Se puede afirmar que el cibermundo, resultado de la convergencia de la Segunda, la Tercera y la Cuarta Revolución Industrial, y proyectado hacia una posible Quinta Revolución basada en la integración de las capacidades humanas con tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial (IA), la computación cuántica, la robótica y las neurotecnologías, constituye un ecosistema que articula infraestructuras digitales, supercomputación, computación en la nube, nanotecnología y sistemas tecnológicos interconectados.
Este ecosistema cibernético da origen a nuevas formas de percepción virtual que expanden la capacidad humana de observar, interpretar y actuar sobre la realidad. De esta convergencia nacen los ciberojos, pensados como dispositivos en el sentido de Agamben (2014), capaces de observar, analizar y procesar inmensas cantidades de información a escala global. No obstante, la idea de una mirada capaz de verlo todo tiene una larga genealogía cultural que se remonta a antiguos mitos y relatos sobre la vigilancia, el conocimiento y el poder.
En La Comunidad del Anillo (Jackson, 2001), la conversación entre Gandalf y Saruman sobre el palantír y el Ojo de Sauron encuentra un paralelo filosófico en la figura de Argos Panoptes, el gigante de los cien ojos de la mitología griega. En Metamorfosis, Ovidio (1983) describe a Argos como un guardián de vigilancia permanente, cuyos cien ojos se relevaban continuamente: «De cien luces ceñida su cabeza Argos tenía, de donde por sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso; los demás vigilaban y en posta se mantenían» (Libro I, vv. 625-627).
En ambos relatos, la capacidad de observar simultáneamente múltiples acontecimientos otorga una posición privilegiada de control sobre los demás. Mientras Argos, con sus cien ojos, encarna la vigilancia incesante en la mitología clásica, el palantír funciona como un artefacto que permite contemplar sucesos distantes en el espacio y el tiempo. En ambos casos, el conocimiento derivado de la observación se convierte en una fuente de poder, pues quien ve más que los demás posee una ventaja estratégica para influir, anticipar y dirigir los acontecimientos.
No es casual que la empresa Palantir haya tomado su nombre de los palantíri creados por J. R. R. Tolkien en El señor de los anillos, obra que posteriormente fue adaptada al cine en la exitosa trilogía dirigida por Jackson. Estas piedras videntes permitían observar acontecimientos lejanos y comunicarse a través de grandes distancias, convirtiéndose en símbolos de observación, conocimiento y vigilancia.
La empresa Palantir constituye uno de los ciberojos de ese nuevo Argos de vigilancia configurado por la IA en el mundo cibernético. Las empresas desarrollan plataformas destinadas a integrar, procesar y analizar grandes volúmenes de datos para apoyar tareas de vigilancia, seguimiento, control y toma de decisiones. De este modo, sus tecnologías amplifican la capacidad de observación y análisis a una escala sin precedentes, actualizando en clave digital la antigua metáfora de un ojo omnivigilante y ubicuo que atraviesa tanto la mitología clásica como el imaginario tecnológico de estos tiempos cibernéticos.
Entre sus plataformas se encuentra la diseñada para integrar, analizar y visualizar enormes volúmenes de datos procedentes de diversas fuentes. Su capacidad para conectar información dispersa permite identificar patrones, relaciones y señales que resultarían invisibles mediante los métodos tradicionales de análisis. Los sistemas de la empresa Palantir ayudan a gobiernos, empresas y organizaciones a tomar decisiones basadas en información procesada en tiempo real, ampliando la capacidad de observación y comprensión de entornos complejos. Esta entidad se encuentra entre los ciberojos más importantes del Argos del poder de la IA, que transforma datos en conocimiento y conocimiento en acción estratégica de control virtual y real.
En el cibermundo, la empresa Palantir Technologies debe entenderse como constructora de dispositivos técnicos destinados al procesamiento de información y la cibervigilancia masiva. Su estrategia radica en la capacidad de intervenir en la organización de decisiones políticas, militares y sociales, y de convertir datos en formas avanzadas de administración, vigilancia y anticipación para fines sofisticados de espionaje cibernético y de armamento empleado en guerra y ciberguerra como híbrido de escombro (Merejo, 2023).
Palantir ya no representa únicamente una empresa tecnológica; simboliza el surgimiento de una nueva estructura de poder encarnada en el Argos cibernético, del cual constituye uno de sus ciberojos más avanzados para la vigilancia, el análisis y el control basados en datos. El ojo de dicha empresa está compuesto por objetos capaces de observar acontecimientos lejanos y acceder a información estratégica. Este ojo cibernético transforma la vigilancia en una forma de totalitarismo virtual omnipresente: todo lo ve, todo lo registra y todo lo predice.
El ciberojo ofrece conocimiento estratégico y seduce con la ilusión de omnisciencia. Bajo el discurso de seguridad nacional, eficiencia y protección colectiva, emerge una lógica donde la vigilancia deja de ser excepcional y se convierte en condición permanente de la vida cotidiana. El ciudadano conectado se transforma en un sujeto monitoreado: cada movimiento, búsqueda, interacción o emoción puede convertirse en dato procesable. La democracia corre entonces el riesgo de degradarse silenciosamente hacia un modelo de obediencia algorítmica donde la libertad es reemplazada por la administración predictiva de la conducta humana.
Lo más peligroso del ciberojo es su capacidad de legitimarse moralmente. El nuevo autoritarismo virtual se presenta como innovación y habla el discurso de la ciberseguridad y la optimización, que en el fondo es una estructura de control disfrazada de progreso tecnológico mientras concentra poder en manos de corporaciones capaces de decidir qué debe verse, qué debe ocultarse y quién merece pertenecer al orden social, dejando al Estado como ejecutor de dicha política. Este ojo cibernético observa, clasifica, predice y gobierna; cuanto más invisible se vuelve, más absoluto parece su poder.
El panóptico descrito por Foucault y la vigilancia digital analizada por Han parecen insuficientes para comprender la magnitud de lo actual que emerge en el cibermundo. Si para Foucault el poder disciplinario operaba mediante la posibilidad permanente de ser observado, y para Han la sociedad digital transforma a los sujetos en participantes voluntarios de su propia exposición y control, hoy surge una figura aún más compleja: un Argos de los ciberojos. No se trata ya de una torre central ni únicamente de la autoexplotación de la transparencia digital, sino de una constelación de algoritmos, plataformas, sensores e inteligencias artificiales que observan, registran, correlacionan y predicen la conducta humana a escala planetaria.
De acuerdo con Karp y Zamiska: «Palantir crea software y capacidades de inteligencia artificial para las agencias de defensa e inteligencia de Estados Unidos y sus aliados en Europa y en todo el mundo. Nuestro trabajo ha sido polémico, y no todo el mundo estará de acuerdo con nuestra decisión de construir productos que permiten la operación de sistemas de armas ofensivos. Pero hemos tomado una decisión, a pesar de sus costes y complicaciones» (2025, p. 91).
Ellos sostienen que la nación se encuentra estrechamente relacionada con estructuras militares, sistemas de seguridad y desarrollo tecnológico. Plantean la construcción de una nueva concepción de seguridad nacional basada en la ciberseguridad, sustentada en hardware tecnológico y organizada mediante software de inteligencia artificial, sin que medie la transparencia. Esta visión antidemocrática se legitima a partir de la defensa de las «identidades nacionales» como parte de un «proyecto de nación» (Karp y Zamiska, 2025, p. 104).
Para tales fines, se apoderan del siguiente relato:
«Lo que comenzó como una noble búsqueda de una concepción más integradora de la identidad y la pertenencia nacionales —y un intento de abrir el concepto de "Occidente" a cualquier participante interesado en hacer progresar sus ideales—, con el tiempo se ha expandido hacia un rechazo de mayor alcance de la propia identidad colectiva» (Karp y Zamiska, 2025, p. 112).
Sus afirmaciones muestran una tensión entre la necesidad de fortalecer proyectos nacionales y el riesgo de que dichos proyectos deriven en formas de control político y tecnológico orientadas a fortalecer a Palantir como si fuera el propio Estado estadounidense.
Según su análisis, la erosión de la identidad nacional ha debilitado la cohesión de la Unión Americana y el sentido compartido de pertenencia política. De ahí su propuesta de reconstruir una identidad nacional inclusiva apoyándose en mecanismos de vigilancia y control basados en tecnologías de IA y discursos de ciberseguridad nacional, considerados dispositivos necesarios para restaurar el orden y la dirección política de la nación.
Ellos expresan lo siguiente: «El reto al que nos enfrentamos ahora, al reconstruir una república tecnológica, es dirigir ese instinto ingenieril, un pragmatismo realmente despiadado, hacia los objetivos compartidos de la nación, que solo pueden identificarse si asumimos el riesgo de definir quiénes somos o aspiramos a ser» (2025, p. 208).
La referencia a un «pragmatismo realmente despiadado» muestra cómo el desarrollo tecnológico queda asociado a criterios de eficacia estratégica, rendimiento empresarial orientado hacia intereses nacionales. Dentro del cibermundo, esta lógica desplaza principios vinculados con transparencia, deliberación democrática y derechos civiles, mientras fortalece infraestructuras digitales centradas en control, vigilancia y administración algorítmica por parte de la empresa Palantir.
También resulta significativa la afirmación: «La reconstrucción de una república tecnológica exigirá, en última instancia, la resurrección y el restablecimiento de un sentimiento de identidad nacional y colectiva que, a lo largo de la historia, ha constituido la base del progreso humano» (2025, p. 232).
La relación entre tecnología e identidad nacional ha dejado de ser un asunto marginal para convertirse en una dimensión estratégica del ciberpoder. La IA aparece como dispositivo técnico destinado a la innovación económica y asociado a soberanía digital, competencia geopolítica y control de información. En tal sentido, la nación comienza a redefinirse como una infraestructura de datos y vigilancia. La seguridad nacional se desplaza desde las fronteras físicas hacia los sistemas de ciberseguridad constituidos por algoritmos capaces de monitorear, clasificar y anticipar comportamientos sociales.
El discurso de la protección nacional puede legitimar formas permanentes de vigilancia bajo la promesa de estabilidad y cohesión colectiva. Lo que se presenta como defensa de la democracia puede derivar en nuevas formas de autoritarismo digital. La IA se convierte entonces en un diseño de control donde el ciudadano es reducido a datos, patrones y probabilidades administradas por sistemas automatizados.
Karp y Zamiska defienden la necesidad de reconstruir narrativas compartidas capaces de fortalecer la identidad colectiva en un contexto de fragmentación cultural. Según los autores, «la nación» constituye una forma de solidaridad sostenida por una memoria común y por la voluntad de continuar una vida colectiva. Citando a Ernest Renan, recuerdan que la nación es «un plebiscito cotidiano» (Karp y Zamiska, 2025, p. 243). Esta idea enfatiza que la comunidad política depende de la participación constante de sus ciudadanos y no de criterios raciales o étnicos.
Renan advertía, según estos autores, que «el error más grave» consiste en «confundir raza con nación» (ibíd.). La nación no debía basarse en purezas identitarias, sino en una voluntad compartida de convivencia. Karp y Zamiska sostienen que las sociedades de estos tiempos transidos y cibernéticos han perdido capacidad para construir relatos colectivos y afirman que «necesitamos más libros comunes, más historias compartidas» (ibíd., p. 244).
El problema surge cuando esas narrativas son utilizadas para justificar modelos tecnológicos centralizados capaces de definir quién pertenece legítimamente a la comunidad y quién representa una amenaza. La unidad nacional puede transformarse entonces en una homogeneización política y cultural.
La vigilancia en el mundo cibernético posee además una dimensión desigual. Las grandes corporaciones tecnológicas y los Estados concentran capacidades masivas de análisis de información, mientras que los sectores más vulnerables quedan reducidos a objetos de monitoreo sin capacidad efectiva de intervención política. La supuesta neutralidad tecnológica oculta relaciones estructurales de poder donde quienes poseen los sistemas de observación adquieren también capacidad para definir verdad, riesgo y legitimidad social.
Frente a este panorama, la defensa de la democracia exige preservar espacios de pluralidad, disenso y opacidad frente a la lógica de observación permanente. Una comunidad política democrática no puede reducirse a un sistema algorítmico de gestión social. La tecnología debe permanecer subordinada a principios éticos y controles ciudadanos capaces de impedir que la promesa de seguridad derive en nuevas formas de dominación digital.
Si para Foucault el poder disciplinario encontraba su figura emblemática en el panóptico (1981) y para Han la vigilancia digital (2015) se despliega a través de la autoexposición voluntaria y la transparencia, a medida que la tercera década del siglo XXI se aproxima a su tramo final, va brotando el Argos de los ciberojos. Ya no se trata de una torre central que observa ni de sujetos que se exhiben espontáneamente, sino de una constelación distribuida de sensores, algoritmos, cámaras, plataformas y sistemas de inteligencia artificial que registran, procesan e interpretan cada huella digital en tiempo real.
Al igual que la mirada omnipresente de Argos Panoptes, los ciberojos se despliegan a través de dispositivos móviles, redes sociales, ciudades inteligentes y bases de datos globales. Sin embargo, no se limitan a observar: también anticipan comportamientos, clasifican identidades y orientan decisiones. De este modo, emerge una forma de poder que va más allá de la vigilancia disciplinaria y de la psicopolítica, configurando lo que es la ciberpsicobiopolítica (Merejo, 2026) en cuanto categoría conceptual emergente, que permite comprender las nuevas formas de producción de subjetividad, gestión de la vida y ejercicio del poder mediadas por infraestructuras cibernéticas, inteligencia artificial y ecosistemas algorítmicos que atraviesan la experiencia humana.
Referencias
Agamben, G. (2014). ¿Qué es un dispositivo? Seguido de El amigo y la Iglesia y el Reino. Adriana Hidalgo.
Estefanía, J. (2026, 26 de abril). Nuevas distopías: transformar el Estado en una sucursal de los gigantes tecnológicos. El País. https://elpais.com/ideas/2026-04-26/nuevas-distopias-transformar-el-estado-en-una-sucursal-de-los-gigantes-tecnologicos.html
Foucault, M. (1981). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
Foucault, M. (2014). La hermenéutica del sujeto. Fondo de Cultura Económica.
Griffiths, B. D. (2026, 26 de abril). Los 22 puntos claves del Manifiesto de Palantir. Piensa Chile. https://piensachile.com/2026/04/26/los-22-puntos-claves-del-manifiesto-de-palantir/
Han, B.-C. (2015). Psicopolítica. Herder.
Jackson, P. (director). (2001). El señor de los anillos: La comunidad del anillo [Película]. New Line Cinema.
Karp, A., y Zamiska, N. (2025). La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente. Tenos.
Merejo, A. (2023). Cibermundo transido: Enredos grises de pospandemia, guerra y ciberguerra. Santuario.
Merejo, A. (2026). Filosofía política de la inteligencia artificial. Aula de Humanidades.
Ovidio. (1983). Metamorfosis (A. Pérez Vega, trad.). Bruguera, S. A.
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