«Vayamos a la escuela a quitarle a nuestro pueblo los grillos de la cabeza, porque la ignorancia es el camino de la tiranía». Andrés Eloy Blanco.
Existe una realidad que muchos prefieren ignorar: el docente dominicano sigue siendo uno de los profesionales menos valorados por la sociedad, a pesar de que sobre sus hombros descansa la formación de las presentes y futuras generaciones. Mientras se exigen resultados extraordinarios a los docentes, se cuestiona constantemente a quienes dedican su vida a educar, orientar y construir ciudadanía. Resulta contradictorio, ¿verdad?
Es preocupante observar cómo, cada vez que surge una discusión relacionada con los derechos del magisterio, aparecen sectores políticos y sociales dispuestos a limitar, minimizar y desacreditar las conquistas que los docentes han alcanzado tras años de lucha, sacrificio y esfuerzo.
Recientemente, el diputado Nicolás Hidalgo propuso descontar el salario a los maestros y maestras que ejerzan su derecho a la protesta. Más allá del debate sobre la conveniencia o no de determinadas manifestaciones, esta propuesta revela una preocupante visión sobre el papel del docente en la sociedad: una visión que pretende convertirlo en un trabajador sin voz, sin capacidad de reclamar y sin derecho a defender sus condiciones laborales.
La libertad de expresión, el derecho a la protesta pacífica y la libertad sindical no son concesiones otorgadas por ningún funcionario de turno. Son derechos fundamentales consagrados en la Constitución de la República y en diversos instrumentos legales nacionales e internacionales. Pretender restringirlos cuando se trata de los docentes constituye una contradicción democrática y un peligroso precedente para toda la sociedad.
Lo más preocupante es que estas iniciativas suelen encontrar respaldo en una parte de la opinión pública que parece haber olvidado una verdad elemental: nadie obtiene un título técnico o universitario sin haber pasado primero por las manos de un docente. Detrás de cada profesional hay un maestro que dedicó horas al desarrollo de conocimientos, habilidades y competencias en sus estudiantes. Sin embargo, cuando se trata de defender la dignidad del docente, muchos guardan silencio.
La sociedad dominicana parece padecer una especie de ceguera colectiva respecto al valor de la educación. Se demanda excelencia académica, pero se desacredita al educador. Se habla de desarrollo nacional, mientras se ataca a quienes tienen la responsabilidad de formar a las generaciones que harán posible ese desarrollo.
La paradoja es evidente: los mismos sectores que critican las reivindicaciones del magisterio son los que luego lamentan los problemas sociales, la falta de valores, la violencia y el atraso educativo. Parecen olvidar que la educación no mejora por decreto ni por discursos políticos; mejora cuando se respeta, se fortalece y se dignifica la labor docente.
A esta realidad se suma la creciente desconfianza hacia procesos que deberían caracterizarse por la transparencia y la justicia. El caso de la Evaluación de Desempeño es un ejemplo de ello. Aunque las estadísticas oficiales presentan resultados positivos para una gran mayoría de los participantes, también es cierto que numerosos docentes han denunciado irregularidades, inconsistencias y evaluaciones que no reflejan adecuadamente su desempeño profesional. Cuando un proceso destinado a fortalecer la calidad educativa genera desconfianza entre quienes son evaluados, es necesario revisar sus mecanismos y garantizar que la equidad prevalezca sobre cualquier interés administrativo o político, pero muy pocos dicen algo sobre esto, y no es raro, porque todo lo que afecte al docente suele ser bien recibido en este pedazo de isla que, como dijo el poeta, fue colocada en el mismo trayecto del sol.
La historia demuestra que las grandes transformaciones de los pueblos comienzan en las aulas. Los países que hoy exhiben altos niveles de desarrollo económico, científico y social comprendieron hace mucho tiempo que invertir en educación significa invertir en el futuro. En cambio, las sociedades que menosprecian a sus maestros a sus maestras terminan pagando un alto precio en ignorancia, desigualdad y atraso.
El docente dominicano no necesita privilegios especiales. Necesita respeto. Necesita que se reconozca la complejidad de su trabajo, las dificultades que enfrenta y la enorme responsabilidad que asume cada día. Necesita una sociedad capaz de comprender que defender al docente no es defender a un sector particular, sino defender el derecho de toda una nación a construir un mejor futuro.
Mientras sigamos viendo al magisterio como un problema y no como parte de la solución, seguiremos condenándonos a repetir los mismos errores. Una sociedad que desprecia a sus educadores es una sociedad que renuncia silenciosamente a su propio desarrollo.
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