Cuando se hace alusión a una persona que nace con cuerpo de anciano y va rejuveneciendo hasta morir con cuerpo de niño, es normal que se piense en un personaje de ficción, puesto que en la vida real no es posible que exista un ser con semejante naturaleza. La mayoría conoce la película El curioso caso de Benjamin Button con Brad Pitt como protagonista. La vi en 2010 y me recordó dos cuentos que ya había leído: Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier, que leí en 2007, y Retorno, del cuentista dominicano Virgilio Díaz Grullón, el cual leí en 2008. En 2011 leí El pescador y su alma, de Oscar Wilde, que tiene una escena que trata sucintamente sobre el tema. Pero en 2016 leí El curioso caso de Benjamin Button, de Francis Scott Fitzgerald. En seguida noté el modo en que estos autores juegan de forma análoga con la idea del tiempo regresivo y la vida invertida, pero cada uno lo hace desde una óptica distinta.
El pescador y su alma, que es de 1891, solo contiene un pasaje mínimo sobre la vida al revés. Es el antecedente más remoto que conozco sobre el tema. La magia es el detonante del cambio moral. El alma y el pescador se desintegran y, por ende, cada uno sigue por camino separado y viviendo bajo conceptos moralmente diferentes; el alma viaja luchando junto a un grupo de guerreros y, entre otros pueblos remotos, llegan al pueblo de los magadenses. "Luchamos", dice el alma en la traducción de Julio Gómez de la Serna, "con los magadenses, que nacen viejos y van rejuveneciendo cada año y terminan muriendo niños". Esta sola mención es la que da pie al tema del tiempo invertido.
El protagonista de El curioso caso de Benjamin Button (1922) nace viejo físicamente y con la experiencia de un viejo de setenta años. La inversión del tiempo aquí es de orden social, físico y biológico. Este cuento de Fitzgerald, a diferencia del de Wilde, versa de principio a fin sobre el cambio operado al revés. Además, el drama que opera en Fitzgerald no es la magia, es el desencaje: la sociedad espera que un niño juegue y un anciano descanse, pero Benjamin no encaja en ninguna etapa. De modo que los prejuicios y los convencionalismos de la sociedad no consienten lo que, como la condición biológica de Benjamin, sale de lo usual.
En Viaje a la semilla (1944), no solo es Marcial quien resucita en estado de vejez y va rejuveneciendo hasta morir como un bebé, sino que, además, todo el entorno va rejuveneciendo conjuntamente hasta que se desintegra por completo, como una especie de eterno retorno. "Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro". El cambio no opera desde lo social y lo biológico; lo hace desde el mito y la superstición. Y más que regresivo, es un tiempo cíclico. Todo se integra y se desintegra de forma circular. Es un viaje a contracorriente, desde la muerte hasta lo primario. De ahí que el final sea el caos y la nada.
En Retorno (1966), Díaz Grullón presenta los problemas que sufre un agente de seguros que empieza a perder la memoria y la lucidez. Su vida parece normal, pero a medida que la mente flaquea opera en él un cambio radical: siente que va involucionando de hombre a niño, que ha vuelto a su punto de origen. "En un rincón, tirados unos sobre otros, veo los soldaditos de plomo. Más allá, el pequeño tren de vagones destartalados. Me arrastro lentamente hacia ellos, pero, a mitad de camino, me siento de pronto cansado. Todavía no es la hora de la merienda y tardarán algún rato en traerme la leche". El cambio aquí no es esencialmente físico, social o moral, sino psicológico. Y Díaz Grullón lo amplía de forma parecida en otros cuentos: en Viaje al microcosmos (1975) el protagonista cree que va empequeñeciéndose considerablemente hasta casi desintegrarse, y en Vertiginoso tiempo (1975) un joven envejece en un abrir y cerrar de ojos, hasta que al final el lector descubre que súbitamente volvió a ser joven o que nunca dejó de ser joven porque todo fue producto del sopor del manicomio en que estaba internado.
Wilde, Fitzgerald, Carpentier y Díaz Grullón trabajan la inversión del tiempo desde un enfoque parecido, pero con perspectivas distintas. Es similar a una multiplicidad de focos narrativos girando en torno a un solo eje dentro de un mismo relato. En Wilde el cambio es moral y viene de la fantasía; en Fitzgerald es biológico, físico y social; en Carpentier es supersticioso y se sostiene en el mito y las tradiciones; en Díaz Grullón brota de la psicología y la locura de los personajes. Son, pues, cuatro maestros del relato que exploran estéticamente un mito común a través de miradas divergentes.
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