“Los libros son espejos : sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro”. Umberto Eco
El escritor tiene una responsabilidad lingüística, social y estética. Las tres son indispensables para narrar las tensiones que lo angustian. Lo bello literario es importante para un escritor de oficio. La belleza narrar, determina la generosidad del escritor. Mientras tanto, el conocimiento fortalece el lenguaje, lo humaniza.
Es necesario para un autor alcanzar el hábito de la expresión; de lo contrario todo texto resultaría inútil. Toda vida es digna de un libro, pero un libro no debe carecer de vida. Mucho comprendemos cuando escribimos. El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro confesó en una ocasión lo siguiente: “Comprendí, entonces, que escribir más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. Pablo Neruda decía algo parecido; "Hay que tener conocimiento de lo que se escribe”. Es decir, la imaginación no basta sola para la acción solitaria de escribir. El inocente alfabeto que aprendimos de niño son letras implacables y peligrosas de mayores.
El escritor es una persona de carne y hueso. No es un ser tocado por los dioses sino que está moldeado por su entorno social, la familia, la soledad, los miedo, sus enfermedades, el amor y, muchos autores tienen, un raro optimismo que es palpable cuando quiere despertar la verdad de nuestra condición humana. Emile Zola decía que el escritor debe estar menos concentrado en acumular libros y más focalizado en aportar. Para él, un logro literario era un regalo para el lector. De modo que, el autor se auto-regala con su obra. El escritor es un artista agradecido porque su obra se convierte en un obsequio para el elector.
Por lo tanto, el libro es la pista que conduce al lector hacia el escritor. Esta pista puede llevarlos a la gloria o al infierno. Es una doble vía de paradas largas y cortas. El escritor estadounidense Jack London se embarcó en una expedición en busca de oro en Alaska. Allá enfermó de escorbuto, la pasó canutas y luego regresó a San Francisco a convertir sus aventuras en cuentos, novelas y crónicas. En la miserable chosa donde vivió en Alaska escribió en una pared el siguiente recordatorio: "Aquí vivió Jack London, escritor en ciernes”. El malestar precede al escritor que domina el proceso y la estructura de la narración.
Para el poeta Rainer Maria Rilke el escritor siempre regresa a la infancia en busca de su paraíso perdido. En busca de su existencia y algo que contar. Hay escritores que viven de su mala infancia. El regreso al lugar natal los hace escritores. De manera que es útil apoyarse en el paraíso perdido para dar el salto a la literatura. ¡No está mal!. Muchos escritores viven bien de los despojos, las enfermedades y los trapos sucios. Desempolvar los trapos sucios es una recompensa espiritual para sacarle partido artístico a la comedia humana amañada por el escritor. Charles Bodelaire como Juan Rulfo tuvieron infancias tormentosas. “Me diste fango y lo transforme en oro”. El fango de la Revolución Mexicana fue convertido en esa prenda preciosa que es Pedro Páramo.
El Quijote es un buen ejemplo donde aparece la triada inseparable en la literatura: el hombre, el escritor y la obra. Y el lector avispado intenta inferir el carácter del autor a través de sus obras. Conocemos a Cervantes en el laberinto fantástico de El Quijote. La novela es su fondo, es la transformación de la vida en arte. En Cien años de Soledad el lector queda involucrado en la maraña narrativa. Que tenga mucho cuidado el lector involucrado con lo real maravilloso porque le puede salir un rabo de puerco.
Aprendemos de Vargas Losa, de Carlos Fuentes y de Juan Bosh que todo auténtico autor necesita un objetivo hacia el cual dirigir la imaginación y el conocimiento. Una obra sin finalidad corre el riesgo de vaciarse en el vacío de lo irrelevante. ¿Qué motiva al escritor a expresarse gráficamente? Me consta que leer y comprender una obra constituye un supremo gozo artístico. Afirma la filósofa Hannah Arent que la obra literaria es una “representación mental”. Y estoy de acuerdo. La literatura pensada e investigada es un lance de actualización del pensamiento literario universal. La Odisea es una épica que ha entrado a nuestro lenguaje del día a día. A través de sus personajes como Odiseo y Penélope se machacan valores que han sido el norte de la cultura Occidental. La familia, el honor, la resiliencia, la lealtad, el amor son algunos de ellos.
Pues la literatura no es letra muerta, adquiere fuerza si tiene una finalidad, y la expresión crítica hace que el mundo chico y grande resplandezcan mucho más.
La belleza literaria no está reñida con los temas, ni con la gente, ni con los lugares ni con el tiempo. La belleza del lenguaje es de máxima seriedad y deleite. La obra literaria, no la entiendo como una especulación caprichosa. El escritor auténtico no necesita hacerse de un postureo académico. Todo artista con predisposición a imaginar y ser bueno, es un gran pensador pues sabe que la aventura de escribir es lenta. Es dura porque llega impura y manchada de materiales reales de miserias, carencias y poesía.
Cuando era estudiante de bachiller, una amable profesora puso en mis manos la novela La Charca del novelista puertorriequeño don Manuel Zeno Gandía. La novela me voló la cabeza. Tanto así que me entraron ganas de ser alguien como él, es decir, que al finalizar la lectura tuve la revelación de convertirme en novelista como don Manuel, quien además fue médico de profesión. Como consecuencia, yo estaba convencido de que ser médico era la condición previa a la epifanía.
En esos años de pipiolo, tenía la certeza de que para escribir novelas había que pasar por la ciencias médicas primero y luego sucede armoniosamente la ocupación de escritor. La ciencia era la puerta por donde se entra a la novelística. Mi objetivo era un limpio ejemplo de la evocación persuasiva de la lectura. El poder de la lectura nos hace soñar en grande. Próximo paso. Fui en auxilio urgente de la orientadora escolar de la secundaria.
Reunido en su oficina, le conté que después de haber leído la novela La Charca mi deseo era ser médico primero y después escritor. En ese orden. Esta novela exquisita trata la sociedad puertorriqueña como una sociedad enferma. Le explicaba que tanto la medicina como la literatura se unirían a mi causa para curar una sociedad enferma cuyos síntomas yo intuía con la lectura.
Al escuchar mi desvarío, la orientadora hizo una mueca insensible como un mohín facial destemplado. Su gesto me comunicó que mi sueño de escritor eran más entuertos y disparates que competencias académicas. La orientadora experimentada no entendió que La Charca era mi espejo y que mi entorno era la sombra, es decir, acarreaba con la habitual incertidumbre de un adoledcente que quiere salir de un pozo.
En el próximo episodio, la orientadora me citó para darme un examen diagnóstico enfocado en matemáticas. Fue obvio que fracasé en todas las secciones pues las matemáticas no eran mi fuerte sino la historia, la poesía y la filosofía que se me daban mejor. La orientadora examinó mi fracaso de esta manera. Me senté en su oficina intimidado porque de verdad parecía un cuartel militar. Aún tengo esa vívida imagen castrense de la orientadora.
Descaradamente me disparó: “Juan ya que no vas a ser ni médico ni novelista, vamos a reclutarte en el ejército de los Estados Unidos”.
Mi angustia fue total. Dejo el cuento ahí para que piensen en otro final menos dramático. La señora funcionaria me golpeó duro a los dieciocho años. Pero me levanté y seguí perseverando por otros medios. Aprendí que nunca se debe renunciar a la voluntad de ser un escritor o un artista. Pero no me dio la gana de ser reclutado y no fui un soldado más de las guerras del hegemón americano instalado en mi país hace más de un siglo.
Hoy día, la faena de escribir la necesito; es oxígeno y suero. Y puedo confesar a ustedes con sinceridad que escribir me ha convertido en una mejor persona en todos los sentidos. Mientras más pronto se lea más se sabe, la incertidumbre es menor, el entusiasmo mayor y comprendemos más a los otros. Para terminar estos ligeros apuntes debo concluir machacando que leyendo mucho aprendemos escuchar. Y creo firmemente que el escritor y su obra, desde el faro de cada país, hacen un gran servicio a la cultura de la humanidad.
Juan Casillas Álvarez
Nota:
Estos apuntes fueron preparados para una charla en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña el día 20 de mayo. La convocatoria llevaba por título: “El autor y su obra”. El grupo, ”Mujeres de Roca y Tinta” tuvo la amabilidad de invitarme para ser parte de sus valiosas actividades literarias que realizan frecuentemente en la ciudad de Santo Domingo. Quedé muy agradecido.
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