Buscarnos y encontrarnos es una de las felicidades de leer. No hay duda: leer es descubrirnos en el otro, convertir el tú, el él o el ella -o lo que sea- en yo.

Dentro de la voz del poeta hay múltiples formas de usar la lengua, de jugar con las palabras. Esta pluralidad es una de las magias de la literatura. Y gracias a ella de repente surge el descubrimiento egoísta: el lector se encuentra en lo que dice el autor.

Rara vez nos identificamos con todas las voces de un autor. No olvidemos que el gusto por la poesía tiene cierta dosis de antojo, de irracionalidad. Pero encontrarnos en una línea, en un poema…, siendo francos, es lo que importa. Al final, solo recordamos lo noble de los seres queridos. Esa nobleza también se traduce al arte.

Desin tegra ción, de Faustino Medina, es una metáfora sonora y visual de la ausencia de unidad, de lo roto, de la dispersión. De ahí el chorro de gritos y de cantos disímiles que habitan sus páginas. Sonidos que cada lector tiene derecho de adjetivar.

Leer es poseer, hurtar honestamente lo que se ha hecho público. De ahí que robarnos y compartir estas genuinas imágenes extraídas de tres textos del libro de Medina no merezca ningún tipo de cárcel: 

“El tiempo. Cosa redonda

que golpea desde mi ventana”.                                             

“El silencio

es una caja

de espejos”.

 

“El monstruo

que vive

en mi cabeza

conduce la marcha

de mi lengua”.

Y para que el latrocinio sea más notorio, ahora ponemos la mano a lo ajeno en dos poemas completos: 

Ecos de una ocupación

Hay un tigre en mi boca.

No tiene color, pocas veces

se asoma y ruge.

Animal hecho inercia:

carece de vocación de huida.

Vive en la quietud,

atisba entre mis dientes

como esperando la ruptura.

 

Recuerdo que se rompe cuando se estira

No vendrá el murmullo

de tus manos a cubrir mis ojos.

El canto de tus pasos se ahoga,

padre, y no alcanzo a tentar la melodía.

 

Tu nombre me aplasta.

Tu aliento no puede roer

el miedo que se desliza.

El reflejo difuso de tu rostro

circula torpe por la memoria.

La forma de tu sombra

se apaga, padre, y se confunde

con la mácula que la atraviesa.

 

Busco espejos en los signos,

pero soy incapaz de trazar

tu amargura:

mientras camino,

se deshacen tus mitos.

 Escribir poesía es dibujar con el verbo nuestras rupturas, nuestros pedazos.

Gracias, Faustino, por desintegrarte.

Ramón Peralta

Docente y escritor

Ramón Anselmo Peralta Domínguez. Santiago, 1965. Docente, escritor y editor. Licenciado en Educación mención Filosofía y Letras y Magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua. Ha ejercido como docente en diversos centros de educación secundaria y superior. Actualmente trabaja como profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es autor de tres libros de poesía: Eternidades (1992), Dibujando lo fugaz (2012) y 21 ojos (2023). Ha publicado dos novelas: Olores del aula (2012) y Solamente saltar (2018). ramonperaltadominguez@gmail.com

Ver más