Resumen
La relación histórica entre las denominaciones castellano y español no puede explicarse como una sustitución instantánea de un nombre por otro. Castellano identificó inicialmente el romance desarrollado en Castilla y conservó la memoria territorial de su origen; español, procedente de un gentilicio, adquirió progresivamente valor glotonímico cuando aquella lengua amplió su extensión peninsular, europea y americana. Este artículo diferencia entre aparición, difusión, predominio e institucionalización de una denominación. A partir de fuentes primarias (Nebrija y Covarrubias) y de las interpretaciones de Amado Alonso, Manuel Alvar y Juan Antonio Ennis, se sostiene que ambas designaciones coexistieron durante siglos y acumularon valores históricos, culturales y políticos distintos. La elección de una u otra no depende únicamente de la estructura lingüística nombrada; sino, también, de la representación que cada comunidad construye sobre su historia y su pertenencia.
Introducción
La historia de una lengua y la historia de sus nombres son procesos relacionados; pero no idénticos. Una lengua puede transformarse, extenderse y convertirse en instrumento de comunicación entre territorios diferentes sin que su antigua denominación desaparezca inmediatamente. También puede recibir varios nombres simultáneos, según el origen geográfico que se destaque, la comunidad política que la adopte o la perspectiva desde la cual sea observada.
Esto ocurrió con castellano y español. El primero remite al territorio donde se formó históricamente el romance castellano; el segundo amplía la identificación hacia España y, posteriormente, hacia una comunidad internacional de hablantes. No existió, por tanto, un día preciso en que la lengua dejara de llamarse castellano y comenzara oficialmente a llamarse español.
Para analizar este proceso conviene distinguir cuatro fenómenos: aparición, primer testimonio conocido; difusión, multiplicación de los usos; predominio, preferencia relativa dentro de ciertos contextos; e institucionalización, adopción por gramáticas, diccionarios, academias, escuelas y administraciones. Estas categorías evitan confundir una documentación temprana con el triunfo inmediato de una denominación.
Desarrollo
El nombre territorial: “lengua castellana”
Durante la Edad Media, el término castellano identificó el romance asociado con Castilla y permitió diferenciarlo de otros romances peninsulares. Su consolidación erudita queda demostrada por Antonio de Nebrija, quien en 1492 tituló su obra Gramática sobre la lengua castellana. La documentación bibliográfica conservada confirma que la primera edición fue publicada en Salamanca ese año.
El título de Nebrija constituye una fuente primaria inequívoca. Demuestra que, a finales del siglo XV, lengua castellana estaba firmemente asentada como denominación gramatical. No demuestra, sin embargo, que fuera el único nombre posible ni que todos los hablantes lo emplearan con idéntica frecuencia.
La expansión política de la monarquía y la creciente extensión de la lengua no produjeron automáticamente una modificación terminológica. La lengua podía superar territorialmente a Castilla y continuar conservando el nombre que recordaba su procedencia histórica.
Del gentilicio al glotónimo
Español designó inicialmente a personas relacionadas con España antes de adquirir la función especializada de nombre de lengua. El desarrollo semántico puede representarse, con cautela, mediante una secuencia aproximada:
españoles – lengua de los españoles – lengua española – español.
Esta representación no establece una cronología mecánica; sino, una relación semántica. El gentilicio comenzó a funcionar como adjetivo glotonímico en expresiones como lengua española y, posteriormente, como denominación autónoma en construcciones como hablar español o en español.
Por esa razón, la documentación antigua de la palabra español no basta para demostrar la aparición del glotónimo. Es necesario comprobar que el contexto se refiere específicamente a la lengua y no a una persona, una colectividad o una procedencia territorial.
Expansión de la lengua y ampliación del nombre
Manuel Alvar interpreta el tránsito del castellano al español como resultado de un prolongado proceso histórico: un romance surgido en Castilla se extendió territorialmente, adquirió una literatura de alcance general y se convirtió en lengua común de comunidades cada vez más amplias. Su estudio Del castellano al español apareció en 1992 en Cuadernos Hispanoamericanos, número 500, páginas 7-40.
Desde esta perspectiva, el nuevo glotónimo no niega necesariamente el origen castellano. Lo reinterpreta desde una realidad histórica ampliada. Castellano responde a la pregunta por la procedencia; español, a la identificación general alcanzada por la lengua después de su extensión suprarregional.
Amado Alonso sintetizó esta diferencia mediante una formulación expresiva: “El nombre castellano había obedecido a una visión de paredes peninsulares adentro; el de español miraba al mundo” (Alonso, 1968, p. 31, como se cita en Ennis, 2021).
La afirmación no debe entenderse como una división geográfica absoluta. Dentro de España también se utilizó español, y fuera de España continuó empleándose castellano. Describe más bien dos perspectivas simbólicas: una vinculada con el territorio originario y otra relacionada con la proyección exterior.
Covarrubias: coexistencia explícita
Una prueba fundamental de que no hubo sustitución inmediata aparece en 1611. Sebastián de Covarrubias publicó en Madrid el Tesoro de la lengua castellana, o española. La Biblioteca Nacional de España confirma el título, el año y la impresión realizada por Luis Sánchez.
La conjunción o establece una equivalencia referencial: las expresiones lengua castellana y lengua española podían designar el mismo sistema lingüístico. Sin embargo, no significa que ambas poseyeran idéntica frecuencia, distribución o valoración social.
Covarrubias documenta, por tanto, un estadio de coexistencia glotonímica institucionalizada. Española había alcanzado suficiente legitimidad para aparecer en el título de una obra lexicográfica decisiva; pero, castellana continuaba ocupando la primera posición y conservando plena vigencia.
La autonomía de “español”
La sustantivación glotonímica no debe reducirse a la aparición de la construcción el español. Un nombre de lengua puede funcionar autónomamente sin artículo:
hablar español; escribir en español; traducir al español.
En estas expresiones, español identifica directamente la lengua, aunque no aparezcan los sustantivos lengua, idioma o romance. Por consiguiente, la evolución no siguió necesariamente una línea rígida desde lengua española hasta el español. Se desarrollaron diversas estructuras nominales que pudieron difundirse en momentos diferentes.
La expresión el español, además, presenta una ambigüedad histórica: puede designar a un individuo español o a la lengua. Esto obliga a examinar cada testimonio dentro de su contexto y desaconseja fijar una primera fecha absoluta sin una fuente primaria inequívoca.
Nombre, historia y comunidad política
La elección entre castellano y español no constituye una cuestión puramente terminológica. Ennis estudia cómo los relatos filológicos han relacionado el nombre de la lengua con determinadas representaciones de la historia y de la comunidad política. Su investigación muestra que optar por uno u otro glotónimo supone también decidir qué origen, qué territorio y qué forma de unidad se desean destacar.
Desde esta perspectiva, Ennis (2021) concluye que “la pregunta por el nombre de la lengua es, en general, de orden más político que filológico” (p. 11 del manuscrito aceptado). La afirmación no significa que la filología carezca de importancia; sino, que sus argumentos pueden emplearse para legitimar proyectos culturales, educativos e institucionales.
La dimensión explica por qué la controversia permanece abierta. Castellano puede destacar la formación histórica y, en algunos contextos hispanoamericanos, evitar que la lengua común sea interpretada como propiedad exclusiva del Estado español. Español, por su parte, puede representar la amplitud internacional y la unidad comunicativa de una lengua compartida por numerosos países.
Alonso asumió finalmente una posición conciliadora: “El uso de uno u otro nombre tiene, pues, justificaciones diversas y ocasionales” (1968, p. 143, como se cita en Ennis, 2021). Los nombres no expresan solamente qué es la lengua; sino, qué significa para las comunidades que la nombran.
Conclusión
El paso histórico de castellano a español no fue una sustitución instantánea, lineal ni definitiva. Lengua castellana se encontraba plenamente consolidada en 1492, como demuestra la gramática de Nebrija. La extensión territorial, cultural y política de la lengua favoreció posteriormente el valor glotonímico de español. En 1611, el título del Tesoro de la lengua castellana, o española de Covarrubias documentó expresamente la coexistencia de ambos nombres.
La autonomía de español se manifestó mediante construcciones diversas y no dependió exclusivamente del artículo determinado. Tampoco eliminó a castellano, denominación que continuó cumpliendo funciones históricas, culturales y políticas.
La tesis central puede formularse así:
La lengua fue denominada castellana por su procedencia histórica y española por la ampliación de su espacio representativo; ambos glotónimos coexistieron porque uno conserva la memoria territorial del origen y el otro expresa la extensión suprarregional e internacional alcanzada por el idioma.
Glosario
Adjetivo glotonímico: adjetivo que identifica una lengua dentro de una construcción como lengua española.
Glotónimo: nombre mediante el cual se identifica una lengua.
Institucionalización glotonímica: adopción de un nombre de lengua por gramáticas, diccionarios, academias, sistemas educativos u organismos políticos.
Sustantivación glotonímica: adquisición de funciones nominales por una palabra que anteriormente aparecía principalmente como adjetivo.
Coexistencia glotonímica: empleo simultáneo de dos o más nombres para designar una misma lengua.
Referencias
Alonso, A. (1968). Castellano, español, idioma nacional: Historia espiritual de tres nombres (4.ª ed.). Losada.
Alvar, M. (1992). Del castellano al español. Cuadernos Hispanoamericanos, (500), 7-40.
Covarrubias Orozco, S. de. (1611). Tesoro de la lengua castellana, o española. Luis Sánchez.
Ennis, J. A. (2021). El nombre de la lengua y las formas de la historia: La cuña castellana y la propiedad del español. Anthropos, (259).
Nebrija, A. de. (1492). Gramática sobre la lengua castellana. Salamanca.
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