«… Las fisonomías que se ofrecen en mi camino, y sabéis el goce que obtenemos de esta facultad que hace a nuestros ojos la vida más viva…» Charles Baudelaire. El Spleen de París
La vida útil corre con lentitud pasmosa. Es viernes por la tarde y, para cambiar de nota, salgo de mi apartamento vestido de paisano (sombrero de panamá, camisa, pantalones blancos y zapatos de cuero) y con un libro en la mano. Vivo en la Calle Diez de Andino, en Santurce, y acostumbro en las tardes a dar un paseo hasta la Placita del Indio, en el Condado. Dicen que Dios provee y da remedios para acelerar la voluntad de ver calles vidriosas, casas de alquiler, condominios, estaciones de gasolina, árboles envenenados, palomas aplastadas y, si tengo suerte, me abastezco de saludos de marchantes con sus mascotas.
Cuando llego a la placita siento que la vida reaparece. Practico mi sensibilidad de padre en el parque con los niños que juegan en el tobogán y en el columpio. Me siento en el banco que mira a la playa, abro el libro, respiro la sal y, en un segundo, oigo unos cabellos morenos mojándose en la orilla del Atlántico. Por espacio de una hora o más, me la paso leyendo y contemplando el entorno como si estuviera despejando la paja del grano de mi mente bullanguera.
Los matices de mi paseo son aportados por la lectura del Diario 1 del escritor Witold Gombrowicz. He leído cuestiones íntimas del escritor polaco que se relacionan conmigo: «Penetrar lo más posible en los terrenos vírgenes de la cultura, en sus lugares aún semisalvajes, o sea, indecentes, y, excitados hasta heridos, excitarme también a mí mismo». Con muchas ganas, satisfecho de los resultados del paseo, decido que es momento de regresar. La noche se aproxima. Levanto el campamento, cierro el libro y doy por terminado el asedio en la Plaza del Indio. (La estatua en el parque es la de un indio comanche.)
Cuando llego al cruce de cebra de la avenida Ashford, viví el siguiente drama que se convirtió en un ajuste de cuentas semisalvaje.
Me doy cuenta de que delante de mí camina una atractiva damisela boricua con un perrito poodle (un caniche enano en España), que lo ha sacado de paseo para hacer sus desperdicios. Los tres llegamos casi al mismo tiempo al cruce de cebra y, acto seguido, una camioneta Ford 250 negra con cristales oscuros se detiene bruscamente en el paso peatonal ante la embestida erótica que lleva la amazona brutal. Ese acto de sacrificio del chofer, es decir, dejarle paso a un transeúnte inesperado, no es la normalidad en la calle, pero en este caso la damisela interrumpe todo de tal manera que se sintió halagada y aceptó la cortesía del minotauro Ford 250.

Ella comenzó a cruzar con mucho tino, blandiendo espada y escudo, lista para tumbar cabezas. Su estampa toda es una motosierra que se mueve con un vaivén de caderas exageradamente marcadas por un pantalón negro de yoga.
Todo en ella es proporcionado, tanto en la vanidad como en el trasero. Tiene estilo: lleva una gorra de béisbol y de ahí cuelga una trenza francesa que gira como un péndulo en la espalda. El erotismo contagia a la perrita y ambos formaban un conjunto de lo más mono. Es coqueta y primitiva, joven y peligrosa, de modo que la moza puede aguar o alegrar la fiesta a un hombre desprevenido.
El camino de cebra se ha convertido en una excitante pasarela. Es muy probable que iba a ser protagonista de un episodio de seducción en la vía. Sin embargo, la vergüenza se alojó en mi rostro cuando me di cuenta de la atrevida escena urbana.
Mi confusión consistía en una hipótesis sin sentido basada en el supuesto de que, si el chofer de la Ford 250 dejaba pasar a la damisela en el paso de cebra, de igual manera cortés me dejaría cruzar la transitada avenida Ashford. Yo estaba a seis pasos de distancia de la chica en cuestión. Sin embargo, tanto el chofer como yo nos sentíamos distraídos con el bombonazo de la mujer. Ella era más que una Lolita, pues tenía la capacidad de detener la marcha carnavalesca.
La damisela en cuestión era superior al chocolate de la afamada cabaretera Iris Chacón. La chica atractiva tenía una frescura insuperable. Frente a ella el fisgón matutino quedaba atontado.
Era toda una estampa urbana la patrona del poodle y, de modo peculiar, ambos forman un cuadro seductor que regalan las efebas boricuas desvinculadas del pudor. Camina desenchufada de la tradicional conducta moral. Es una guerrillera sin causa ni interés general por la normativa del patrimonio femenino. Además, gesticula una narrativa corporal nada desdeñable para una coreografía de ballet contemporáneo. Es un punto de vista que desordena la calle masculinizada.
Pero nada que ver con el chovinismo ni el movimiento feminista. La calle es indiferente; todo pasa aceleradamente. (Mi madre escuchó bien a La Lupe.)
Somos demasiado exagerados; somos demasiado lo que pretendemos mostrar a los otros. Y en la calle, la mujer puertorriqueña exagera su ardor, exagera paseando por el cañaveral abarrotado de cuerpos sobresalientes. Por la encendida calle antillana, así vamos mejorando, caminando como cocodrilos por las endiabladas calles de sol del Condado. Me agité como un imán atraído por la damisela; me puse en camino para cruzar la avenida siguiendo el ritmo solapado de ella. Me aturdió el breve lapso cuando se detuvo la Ford 250 en el paso de cebra. Avergonzado aproveché la cortesía del chofer para cruzar casi tocando los vulnerables talones de la damisela. De alguna manera inconsciente estaba preparado para seguirla. La encantadora esfinge femenina nos aturdía a los dos, tanto al chofer como a mí.
Por un lado, él se sentía tirano en su volante. Creo que disfrutaba su acierto de detener la Ford 250 para dejar pasar a la chica emancipada. La gentileza en las calles de la ciudad no es muy común aquí. El chofer, Casanova al fin, no aspiraba a coquetear ni a decirle los más hermosos piropos. Supongo que si estuviera en su lugar hubiera actuado de la misma manera temeraria. Con razón, este camión es el predilecto en California para seducir a las chicas rebeldes que se tiran a las calles para no regresar nunca más al entorno rural de pueblos protestantes que son verdaderos infiernos.
Pude haber esperado en la acera tranquilamente y dejar que tanto el chofer como la damisela cumplieran ambos su misión copuladora urbana. Pero no hay fuerzas superiores que calculen la estupidez tropical. Bueno, pues me lancé a cruzar. Y me dije: «Si la deja pasar a ella, también me dejará pasar a mí». Tenía prisa por llegar a mi aposento y escribir unos versos urgentes porque temía que se me escaparan.
Por lo tanto, seguí de inmediato a la damisela. Ella pasó al otro lado de la calle como una reina que sabe andar por los salones de palacios y no teme a los laberintos a los que es invitada. Ella, el chofer y yo fingimos que conocíamos la humanidad colonial que habita en nosotros.
Sin embargo, sentía algo particular producto de mis lecturas: sentía el arte vivo de la calle y sentía que los tres habíamos dormido muy bien. Ese fragmento de tsunami se me parecía al sueño que tuve la otra noche. Me tomé mi tiempo para levantarme de la cama; luego intenté recordarlo, pero lo único que retuve fue el beso de Lourdes en la calle. Me levanté de la cama excitado y salí a la esquina dispuesto a encontrarme con Lourdes. Un poco de locura relaja la ansiedad.
El sueño inesperado con Lourdes fue la causa por la cual me encontraba de paseo y ahora me toca mirar el atractivo cuerpo de la cruzante anónima. Pero no recuerdo que Lourdes arrastrara un canino cazador por la calle. Falsa ilusión: estaba ya decidido a conocerla con perrito y todo. Quería alcanzarla; le quería preguntar si era Lourdes, si me había besado.

La llamé Lourdes. Es tan poderosa que había detenido el tráfico. Pero no mira hacia atrás. No te das cuenta de que te persigo, de que te he soñado, de que me he enamorado de tus recuerdos adolescentes. Soy el Apolo ridículo que teme que la ninfa, la Dafne anónima, se convierta en árbol antes de tocarla. ¡Oh, Lourdes! Detente enfrente de la Ford 250 y espérame para estar a tu lado y cruzar la avenida juntos como dos enamorados; entonces lleguemos a la otra acera y, una vez más, besarte en plena calle y en público. Luego nos vengaremos del chofer que se atrevió a darte paso solo a ti y absolutamente a ti. (Le doy de comer a la imaginación cinematográfica.)
El chofer y yo estábamos distraídos viéndola caminar, vadeando el paso de cebra. La parte superior de su cuerpo tenía un patrón fijo, bien diseñado y distribuido. Nunca pude verle la cara; el chofer, desde luego, que sí. Observé su espalda y sus hombros atléticos. De la cintura hacia abajo temblaban sus carnes como si fuera una molienda o una máquina gelatinosa.
En este punto, la camioneta americana, como si fuera un bronco caballo, hizo un ruido de batallas perdidas. Y pensé que el encuentro sutil en la calle es también un ave descarriada. En ese preciso instante me hice parte de la escena que el bendito chofer de la Ford 250 provocaba. La marea alta y el aceleramiento del motor me impulsaban a no perder de vista a la damisela que cruza la avenida.
Basta decir que, en mi sueño, buscaba a Lourdes y los ojos devorantes del chofer buscaban a la Dafne: rama, tronco, pájaros y laureles. Yo avanzaba sobre el mar; evocaba la esquina donde había besado a Lourdes en mi sueño. Me despertaba pensando que la alcanzaba; sentía que me acercaba a su espalda y a sus hombros. El viento de resaca tiraba hacia mí los cabellos azabaches de ella. Como una aguda flecha, salté a la calle y me enfrenté al Ford 250. Y como una cabra asustada vi al león de la camioneta que se me tiraba encima; me paralicé y pensé que iba a dejar de ver el sol del Condado y que, al mismo tiempo, se iba a evaporar el dulce beso de Lourdes en plena avenida.

Pero el león, cegado por la erótica mujer, se detuvo; casi me golpeó, casi me arrastró hasta los árboles. El chofer, muy avergonzado, me dejó pasar. Creo que no percibió que yo caminaba detrás de la damisela con su poodle. Sin duda estaba distraído con los contornos seductores de la chica. Su distracción y mi estupidez casi me mataron.
Finalmente llegué al otro lado de la calle sano y salvo. La camioneta siguió su marcha acelerada y la amazona desapareció de mi vista. Creo que ni se dio cuenta del peligro que ella provocó. En fin, que es arriesgado cruzar la calle siguiendo un buen culo y con una camioneta Ford 250 encendida esperando con brincos que pase por la calle antillana al vaivén de unas caderas espectaculares.
En cuanto a los poodles, algunos son enanos caninos, burgueses y aristócratas. No padecen de sobrepeso y son muy engatusadores. Según las estadísticas, muchos poodles mueren de cáncer, lo cual es una proyección del estilo de vida de sus amos. Se llaman zoófilos a las personas que aman a los animales. Como se apegan a sus amos, los poodles no mueren arrollados en la avenida por un Ford 250 cuatro por cuatro. No sé cómo se llaman los amantes de las palomas, pero sí sé que mueren arrolladas por camionetas en las carreteras.
Juan Casillas Álvarez
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