Pensar la cultura latinoamericana ha sido, desde finales del siglo XIX, una empresa marcada por una dificultad constitutiva: toda tentativa de definición corre el riesgo de fijar lo que históricamente es móvil, mientras que toda renuncia amenaza con disolver el problema en una abstracción universal. Entre esos dos peligros —el esencialismo identitario y el universalismo deshistorizado— se despliega una tradición intelectual que no busca resolver la tensión, sino pensarla productivamente.
José Martí (1853-1895), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), Jorge Luis Borges (1899-1986) y José Carlos Mariátegui (1894-1930) constituyen el núcleo más denso de esa reflexión. En torno a ellos, Alfonso Reyes (1889-1959), José Vasconcelos (1882-1959), Lezama Lima (1910-1976) y Ángel Rama (1926-1983) operan como figuras de mediación, corrección y desplazamiento, permitiendo articular dos ejes fundamentales: el de la universalidad y la historia, y el de la imaginación y la estructura.
El punto de partida sigue siendo, a mi entender, José Martí. En Nuestra América (1891), la cultura no aparece como un ámbito autónomo, sino como una forma de conocimiento históricamente situada. Martí advierte que el fracaso de las jóvenes repúblicas no reside en la falta de instituciones modernas, sino en su carácter imitativo: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”.
De ahí su fórmula programática: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. Esta afirmación inaugura una concepción que atraviesa toda la tradición posterior: la universalidad no se niega, pero debe ser reapropiada desde la experiencia americana. La cultura es, para Martí, inseparable de la historia concreta y de la responsabilidad intelectual frente a ella.
Pedro Henríquez Ureña retoma esa intuición y la traduce en un programa humanista de largo aliento. En Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), la cultura latinoamericana se concibe como una tarea histórica, no como una esencia preexistente. “No hay improvisación fecunda en la historia de la cultura”, afirma, subrayando la necesidad de disciplina, educación y rigor crítico.
El docto dominicano se distancia así tanto del espontaneísmo identitario como del mito cultural: la legitimidad de América Latina no provendrá de proclamarse distinta, sino de alcanzar formas de expresión intelectualmente exigentes y universalmente válidas. Su universalismo, sin embargo, conserva una dimensión ética y pedagógica que Borges radicalizará hasta vaciarla de pathos histórico.
Con el argentino universal, Jorge Luis Borges, el problema cultural se desplaza decisivamente. En El escritor argentino y la tradición (1951), sostiene: “Nuestra tradición es toda la cultura occidental”. Esta afirmación no busca integrar a América Latina en Occidente, sino desactivar la obsesión por la identidad. La condición periférica deja de ser un déficit y se convierte en ventaja: “El hecho de no estar comprometidos con una tradición nacional nos permite manejar todos los temas europeos con irreverencia”.
Borges concibe la cultura como práctica estética, no como expresión histórica ni como proyecto colectivo. El escritor no tiene la obligación de representar lo propio; su única responsabilidad es la precisión intelectual. Aquí se establece el primer eje crítico: un universalismo que se ejerce como libertad formal, pero que corre el riesgo de suspender la densidad histórica y social.
Ese riesgo había sido precisamente el punto de partida de José Carlos Mariátegui. En Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), la cultura es inseparable de la estructura económica y social. “El problema indígena no es un problema étnico ni moral, sino económico y social”, afirma, desmontando cualquier intento de resolver el conflicto cultural en el plano simbólico.
Frente al universalismo borgiano, el peruano insistió en que ninguna forma cultural es inocente ni autónoma. Sin embargo, su marxismo no es mecánico ni importado: “No queremos que el socialismo en América sea calco y copia. Debe ser creación heroica”. La cultura, como el socialismo, debe surgir de la historia concreta, no de esquemas abstractos.
Ahí se cristaliza el primer eje de la exposición: Borges y Mariátegui representan dos modos irreductibles de pensar la cultura —libertad formal y determinación histórica— cuya tensión atraviesa todo el pensamiento latinoamericano.
El segundo eje, complementario pero no subordinado, emerge al considerar la relación entre imaginación simbólica y estructura sociopolítica.
En este punto, José Lezama Lima, cubano, y Ángel Rama, uruguayo, ocupan posiciones contrapuestas y productivas. En La expresión americana (1957), Lezama sostiene que América no se define primariamente por su historia factual, sino por su capacidad de creación imaginaria: “La expresión americana es la de un mundo que se va haciendo en la imagen”.
Frente al racionalismo humanista y al materialismo histórico, Lezama propone una ontología poética y barroca, donde la cultura se justifica por su densidad simbólica, no por su función social inmediata. Su pensamiento dialoga indirectamente con Borges, aunque rechaza su austeridad conceptual, y con Mariátegui, aunque sin aceptar la primacía de la estructura económica.
Ángel Rama introduce una corrección decisiva a esa exaltación de la imaginación. En La ciudad letrada (1984) muestra que la producción simbólica latinoamericana ha estado históricamente mediada por élites letradas estrechamente vinculadas al poder: “La ciudad letrada fue el anillo protector del poder”. Rama no niega la creatividad ni la imaginación, pero insiste en que estas operan dentro de dispositivos institucionales y relaciones de dominación. Su perspectiva articula el eje Mariátegui–estructura con el campo cultural específico, mostrando que incluso la imaginación más audaz se inscribe en condiciones históricas concretas.
Entre ambos ejes —universalidad e historia, imaginación y estructura— se sitúan figuras mexicanas como Alfonso Reyes y José Vasconcelos.
En Notas sobre la inteligencia americana, Reyes propone una mediación basada en la forma y la claridad intelectual: “Llegamos tarde al banquete de la civilización europea, pero llegamos con apetito”. Su apuesta por la mesura y el estilo busca evitar tanto el determinismo como el esteticismo desligado del mundo.
Vasconcelos, en cambio, ofrece un mito integrador en La raza cósmica (1925): “En el suelo de América se está gestando la raza definitiva”. Su visión otorga sentido histórico, pero al precio de una teleología cultural que será cuestionada tanto por Borges como por Mariátegui.
Leídos en conjunto, estos autores no configuran una teoría unificada de la cultura latinoamericana, sino un campo de tensiones intelectuales irreductibles. Borges recuerda que sin libertad formal no hay cultura viva; Mariátegui, que sin conciencia histórica no hay cultura justa. Lezama afirma la potencia creadora de la imaginación; Rama subraya sus mediaciones estructurales. Martí funda la exigencia de un pensamiento situado; Henríquez Ureña le impone disciplina; Reyes exige claridad; Vasconcelos aporta mito, aun con sus ambigüedades.
Por fin, en esa misma constelación de tensiones no resueltas, la reflexión de Octavio Paz (1914-1998) ocupa un lugar singular de síntesis de ambos ejes. Con ella, la identidad no aparece como esencia ni como destino. Se presenta como un problema histórico: una ruptura y una herida, pero también como una posibilidad de elaboración simbólica. Su crítica al nacionalismo cultural no conduce a la negación de lo latinoamericano, sino a su comprensión como experiencia atravesada por la universalidad.
En El laberinto de la soledad (1950), Paz no concibe la cultura latinoamericana como programa ideológico ni como sustancia fija, sino como experiencia histórica del desgarramiento: una oscilación persistente entre apertura universal y repliegue identitario. La soledad, lejos de ser un rasgo psicológico o un destino metafísico, nombra la forma histórica de una relación fallida con el otro y con la comunidad. Su aporte no clausura el debate entre universalidad e historia, ni entre imaginación y estructura, pero lo desplaza al plano existencial, mostrando que esas tensiones se experimentan antes de formularse conceptualmente: como fractura, como búsqueda y como promesa inestable de un futuro nosotros.
La conclusión de este recorrido, en resumidas cuentas, no aspira en ninguno de los autores vistos, ni en su conjunto, a una exposición formal de aliento kantiano, ni a la superación dialéctica del conflicto histórico en clave hegeliana. Tampoco busca disolver el problema de fondo en una nada abstracta y sin sentido del ser.
La cultura latinoamericana no es una esencia, una misión ni un mero reflejo social, ni tampoco un juego formal desligado de la historia. Es un proceso conflictivo en el que universalidad, historia, imaginación y estructura se tensionan y se corrigen mutuamente. Su mayor riqueza no reside en resolver esas tensiones, sino en mantenerlas abiertas como condición de su vitalidad y de su persistente insatisfacción crítica.
Bibliografía de referencia
Borges, Jorge Luis. (2011). Discusión. Buenos Aires: Emecé.
(Incluye “El escritor argentino y la tradición”, 1951).
Henríquez Ureña, Pedro. (1980). Seis ensayos en busca de nuestra expresión. México: Fondo de Cultura Económica.
Lezama Lima, José. (2010). La expresión americana. México: Fondo de Cultura Económica.
Mariátegui, José Carlos. (1987). Ideología y política. Lima: Biblioteca Amauta. (Incluye “Aniversario y balance”).
(2007). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Martí, José. Nuestra América. En Obras completas, t. 6. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. (Texto de 1891).
Paz, Octavio. (2000). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica. (Orig. 1950).
Rama, Ángel. (2004). La ciudad letrada. Montevideo: Arca.
Reyes, Alfonso. (1997). Cuestiones estéticas. México: Fondo de Cultura Económica.
(1997). Cuestiones estéticas. México: FCE.
(2001). Notas sobre la inteligencia americana. México: FCE.
Vasconcelos, José. (2007). La raza cósmica. Madrid: Cátedra. (Orig. 1925).
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