“Llamadme Ismael.”

La novela no ofrece preparación ni antesala. No construye un escenario para que el lector se acomode. Comienza con una fórmula mínima que, en su aparente sencillez, contiene una decisión radical. No sabemos quién habla ni desde qué lugar lo hace, desconocemos su historia y su autoridad; lo único que se nos concede es la forma en que debemos llamarlo. Antes que el mar, antes que la ballena, antes que la travesía, está ese gesto inaugural mediante el cual una voz se designa a sí misma.

Melville no abre Moby-Dick describiendo el mundo que rodea a su narrador, abre fijando el punto desde el cual ese mundo será contado. No hay apellido ni genealogía, tampoco una identidad civil completa. Apenas un nombre que parece adoptado más que afirmado. Decir “llamadme” no equivale a declarar una esencia, implica establecer una convención. El narrador no afirma quién es, delimita el modo en que quiere ser reconocido. En esa distancia se cifra la naturaleza del relato. Nombrarse no significa presentarse ante los demás, significa establecer una posición desde la cual se habla. Ismael no reclama prestigio ni autenticidad, reclama el derecho a narrar bajo sus propios términos. El nombre funciona como umbral. Importa menos la identidad cerrada que la perspectiva que inaugura. El lector acepta ese pacto implícito o queda fuera de él.

Cuando Moby-Dick se publica en 1851, la literatura norteamericana aún busca su forma mayor. En Massachusetts, Henry David Thoreau defendía la primacía de la conciencia individual frente al Estado y Ralph Waldo Emerson articulaba la confianza trascendental en la autosuficiencia del espíritu. Nueva Inglaterra respiraba esa fe en la interioridad como fundamento. Melville comparte ese aire, pero lo somete a prueba. No lleva al individuo al bosque, lo arroja al océano. Allí donde Thoreau encontraba equilibrio, Melville descubría vastedad indiferente. Allí donde Emerson proclamaba la suficiencia del yo, Ismael apenas podía sostenerse nombrándose.

Lo decisivo, sin embargo, es que ese gesto inaugural no perteneció solo a su siglo. Funcionaba todavía años después. En más de una ocasión llevábamos a los niños a recorrer librerías sin un título previsto, con la única intención de que se detuvieran ante aquello que les despertara curiosidad y asistieran a las lecturas dominicales que algunas organizaban en las mañanas. Mi hija tendría entonces seis o siete años cuando, en uno de esos recorridos, tomó una edición de Moby-Dick y decidió que quería leerla. No hubo mediación académica ni programa previo; entiendo que hubo un diálogo inmediato entre la niña y quien se le presentaba. Aun cuando yo conservaba un ejemplar que había leído en mi adolescencia, terminamos llevando esa nueva edición a casa. Comprendí entonces que “Llamadme Ismael” no necesitaba pertenecer a una época para ejercer su fuerza; bastaba con que alguien le tuviera de frente y le hablara por primera vez.

Herman Melville: nombrarse para existir

La potencia del inicio radica en esa cualidad elemental. No explica el mundo, no lo ordena, no lo moraliza. Se limita a fijar una voz y esa alocución que se nombra a sí misma antes de narrar, conserva una energía difícil de domesticar. El lector, sea del siglo XIX o del XXI, acepta el pacto o lo rechaza, pero no puede fingir que no lo ha escuchado.

Decir “llamadme Ismael” implica aceptar que no hay garantías previas. El nombre no asegura pertenencia ni protección, apenas inaugura el trayecto. La existencia no se recibe como herencia, se afirma al enunciarla. La voz que habla sabe que puede ser arrastrada por fuerzas que no controla. Por eso se nombra antes de contar, porque solo así fija el punto desde el cual podrá recordar. Frente al orden moral de Tolstói y frente a la mirada disciplinada de Flaubert, aquí hay una voz que se sitúa en el borde y acepta la intemperie. El nombre no clausura el sentido, lo habilita. Desde esa decisión mínima se despliega todo lo que vendrá. Ismael no controla el mundo que narra, pero sí controla el lugar desde el cual lo convierte en relato.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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