En un recorte de periódico conservado en el Archivo de Pedro Henríquez Ureña en el Colegio de México, encontramos un texto del autor francés André Suarès, seudónimo de Isaac Félix Suarès (Marsella, 1868 – Saint-Maur-des-Fossés, 1948). En su parte inferior, a mano, leemos: “Trad. PHU”. Adherido a una hoja compartida con otro recorte de su cuento “El peso”, publicado en La nación de 1936, podríamos inferir que su publicación debió haber sido por las mismas fechas y en el mismo periódico bonaerense.
Estamos ante de los tantos textos provenientes de los espacios pedristas todavía por recuperar. En este caso, una traducción muy en sintonía con su filosofía. Poco conocido en el mundo hispanohablente, Suarès fue una de las tantas figuras controvertidas en ese tránsito del siglo XIX al XX francés. Amigo de P. Valery, compartió con este gran autor amplias lecturas sobre una Europa que comenzaba a colapsar en su antiguo orden fruto del efecto de las máquinas y el humo urbano. En aquel período de entreguerras, el traductor acotaba la tercera edición de Xenies, un texto todavía por traducir al castellano, cuya tercera edición -en 1923- celebraba el dominicano.
El ensayo traducido se titula “Grandeza y modestia”. Es una rara defensa dostoievskina en torno a lo que afirma al sujeto: su capacidad de generar sombras. Aquí orgullo y fracaso se lanzan como bolas del equilibrista entre dos grandes edificios: el de las aspiraciones bucólicas y el de los aprestos guerreros.
Compartimos esta hermosa traducción de Pedro Henríquez Ureña. Seguramente seguiremos abonando ese largo camino en torno a ese amplio pensamiento humanista que asumió como el más relevante de su existencia.

Grandeza y modestia
André Suarès.
El orgullo es la defensa de las grandes almas: el orgullo con su coraza de desdén. ¿Pero quién no se pone estos arreos, cada mañana, sin suspirar de fatiga, soñando en la paz donde hay descanso? Para las grandes almas hay siempre, guerra; se les hace la guerra, y mientras mas la detestan, más se encarniza contra ellas. VITA MILITIA EST: sólo de ellas es verdad; y todavía, después de tantos combates, se asombran de ellos cada vez como el primer día. Son las más modestas, entre todas, con tal de que se les deje en tranquilidad y se les ame. El grito más verdadero que brota de todo grande hombre, cuando se le admira en su persona o en sus obras, es: “Nada me toca de ello.” Y si no lo dice, lo piensa; y si no lo piensa, el hombre no es verdad grande: será, a lo sumo, hombre de acción. NON NOBIS, DOMINE, SED GLORIA TIBI.
Nunca nos comparamos con lo que amamos… Las grandes almas aman y admiran más plenamente que las otras. Jóvenes siempre en eso: porque amor y admiración son rasgos de juventud…
Los hombres realmente grandes parecen orgullosos sin serlo. A menudo, si son orgullosos con los demás, son modestos consigo mismos. Pero no piden otra cosa que poder soltar la coraza; y el amor los desarma. El peor orgullo puede ser no tener ninguno.
Pero el orgullo que se ostenta es propio de los hombres de acción; y es debilidad. Los valores del espíritu no les interesan. Sus obras son de fuerza y se resienten de ello. Los conquistadores son los más vanidosos de los mortales. Su grandeza se mide comúnmente por las ruinas que han hecho… La grandeza del espíritu es, en su fondo, modesta, aunque se cubra de orgullo en lo exterior. Después de todo ¿quién será soberbio en el desierto, viviendo absolutamente solo?
En las naturalezas superiores, en su secreto íntimo, el triunfo es humilde, y el orgullo es obra de la lucha, y aun de la derrota. Las horas más sombrías de una vida grande son las más orgullosas. El arco se tiende contra el enemigo. Hacer frente, mantener alta la cabeza, qué orgullo, piensan los vulgares. No se nos exige otra cosa que la sumisión: lo demás se nos perdonaría. Por eso la modestia goza de buena fama: es la castidad social; tranquiliza a los mediocres.
Pero a menudo la modestia verdadera se cubre de orgullo aparente…. La grandeza parece orgullosa porque es grande. Aun con los ojos bajos, es insolente…
Hay que perseverar consigo mismo, en una obra necesaria, que eleve la vida. La grandeza no está en vencer sino en realizarse. Y hay quien realiza su obra en el fracaso, y hubiera sido hombre vulgar en el triunfo, y poco digno de sí.
(Xenies—su último libro, ya en tercera edición.)
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