Hace apenas una semana participé como entrevistado en el programa televisivo Enfrentados, de El Nuevo Diario. Entre los temas abordados estuvo la posibilidad de enseñar obligatoriamente el criollo haitiano en las escuelas dominicanas. Respondí que no consideraba pertinente convertirlo en una asignatura obligatoria, aunque sí en una opción académica para quienes tengan interés o necesidades particulares relacionadas con Haití.

Conviene precisar mi planteamiento, puesto que afirmar que una lengua tiene un alcance internacional limitado no significa negarle valor cultural, histórico o humano. Todas las lenguas constituyen sistemas de comunicación, pensamiento y representación del mundo. La cuestión es otra: ¿qué lenguas debe priorizar el sistema educativo de un país cuando pretende formar ciudadanos capaces de ampliar sus oportunidades sociales, profesionales y económicas?

El criollo haitiano es una lengua de enorme importancia para Haití y para los haitianos. Su conocimiento puede resultar especialmente útil para quienes trabajan, investigan o mantienen relaciones familiares, comerciales, sociales o culturales con ese país. Pero una política educativa responsable debe distinguir entre valor cultural, utilidad específica y alcance internacional.

México ofrece un ejemplo esclarecedor. El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas reconoce 68 lenguas indígenas y 364 variantes lingüísticas. Náhuatl, maya, mixteco, zapoteco, tseltal y tsotsil, entre otras, forman parte de un patrimonio lingüístico extraordinario. Sin embargo, nadie concluiría necesariamente que todos los estudiantes mexicanos deban aprender obligatoriamente una de esas lenguas, independientemente de su región, sus necesidades y sus proyectos de vida.

Joshua Fishman estudió la preservación de las lenguas amenazadas y la importancia de su transmisión intergeneracional (Reversing Language Shift, Multilingual Matters, primera edición, Reino Unido, 1991). Su planteamiento permite comprender que proteger una lengua minoritaria no implica convertirla en lengua obligatoria para toda la población. Una lengua puede y debe ser preservada sin que necesariamente deba ser aprendida por todos.

Una educación orientada a la superación social no debe enseñar lenguas simplemente para acumular conocimientos. Debe enseñar aquellas que permitan al individuo ampliar su mundo y, con él, sus oportunidades de vivir mejor.

Algo semejante ocurre con el criollo haitiano. Si un estudiante dominicano desea aprenderlo, el sistema educativo debería facilitarle esa posibilidad. Si su proyecto profesional está relacionado con Haití, ese aprendizaje puede convertirse en una competencia extraordinariamente valiosa. Empero, de ahí no se desprende que tenga que ser obligatorio para todos.

Cuando sostuve que el inglés es la lengua más importante del mundo, tampoco estaba haciendo una valoración estética ni afirmando que sea lingüísticamente superior al español, al francés, al chino, al árabe o al criollo haitiano. Las lenguas no son superiores o inferiores por su gramática o por su capacidad expresiva. Me refería a su alcance internacional y, especialmente, a las oportunidades que proporciona su conocimiento.

David Crystal explica que la dimensión mundial del inglés no depende solamente de sus hablantes nativos, sino también de quienes lo utilizan como segunda lengua y como medio internacional de comunicación (English as a Global Language, Cambridge University Press, segunda edición, Reino Unido, 2012). Jennifer Jenkins, por su parte, estudió el inglés como lingua franca, es decir, como lengua de comunicación entre personas cuyas lenguas maternas son diferentes (English as a Lingua Franca, Oxford University Press, primera edición, Reino Unido, 2007).

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Esta última condición resulta fundamental para nosotros. Un dominicano puede encontrarse en Alemania con un alemán, en Japón con un japonés, en Brasil con un brasileño o en Corea del Sur con un coreano. Ninguno necesita tener como lengua materna el inglés para utilizarlo como medio de comunicación.

Además, el inglés concentra una extraordinaria presencia en la ciencia, la educación superior, la tecnología, los negocios internacionales y numerosos mercados profesionales. Su importancia, por tanto, no depende únicamente de la cantidad de hablantes, sino también del poder adquisitivo de una parte considerable de ellos y del peso económico de los países donde constituye lengua oficial o de uso institucional.

Pierre Bourdieu demostró que las lenguas también poseen distinto valor dentro de los mercados sociales en los que circulan (Language and Symbolic Power, Harvard University Press, edición revisada, Estados Unidos, 1991). Aprender una lengua puede, por consiguiente, convertirse en una forma concreta de adquirir capital cultural y ampliar las posibilidades de participación social.

Esta idea debería ocupar un lugar central en nuestras políticas educativas. Soy partidario de un Estado social democrático de derechos y deberes, y precisamente por ello entiendo la educación lingüística como una vía de superación social y económica. El Estado debe garantizar oportunidades, no imponer aprendizajes sin considerar su utilidad. Debe proporcionar al estudiante instrumentos que le permitan acceder a mejores empleos, a la educación superior, a la ciencia, a la cultura y a una ciudadanía internacional más amplia.

Aprender inglés no significa abandonar el español ni despreciar el criollo haitiano. Significa ampliar el repertorio comunicativo y, con él, las posibilidades de movilidad social.

Desde mi perspectiva cosmolingüística, aprender otra lengua significa incorporar otro universo de signos y otra posibilidad de comprender el mundo. Por eso, las lenguas no necesitan competir para ser valiosas. Empero, el sistema educativo sí debe establecer prioridades.

El criollo haitiano puede y debe estar disponible para quien quiera o necesite aprenderlo. Pero si preguntamos cuál lengua extranjera debería recibir una atención prioritaria en la formación general de los dominicanos, la respuesta debe considerar no solamente el número de hablantes, sino también la ciencia, la economía, la tecnología, el empleo y la comunicación internacional.

Por eso defiendo el aprendizaje del inglés, no porque sea una lengua superior, sino porque constituye una de las competencias lingüísticas que más posibilidades puede abrir hoy a un ciudadano dominicano.

Una educación orientada a la superación social no debe enseñar lenguas simplemente para acumular conocimientos. Debe enseñar aquellas que permitan al individuo ampliar su mundo y, con él, sus oportunidades de vivir mejor. ¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para conservar únicamente lo que ya somos o para adquirir las competencias lingüísticas que les permitan llegar a ser todo aquello que todavía pueden llegar a ser?

Gerardo Roa Ogando

Profesor universitario y escritor

Gerardo Roa Ogando es teórico del lenguaje y creador literario; miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y catedrático universitario. En la Universidad Autónoma de Santo (UASD) ha desempeñado las siguientes funciones gerenciales: coordinador de la Cátedra de Lingüística (2014-2018); director de la Escuela de Letras (2018-2022); decano de la Facultad de Humanidades (2022-2026) y, actualmente, vicerrector de Extensión (2026-2030). Sus aportes incluyen más de una decena de obras entre las que destacan una novela, cuentos, un poemario y cientos de ensayos. Se autoasume como un cosmolingüista porque más allá de describir la estructura del sistema lingüístico en frases y oraciones, su esfuerzo se ha centrado en el estudio del lenguaje, entendido como universo de universos comunicativos y no solo como capacidad de simbolización humana. Es genuino autor del neologismo "cosmolingüística", en varias de sus publicaciones, de las cuales las más notables son: Cosmolingüística: Discurso, ideología y cine (Isla Negra, 2022); La lengua del Fanerón: Un enfoque para el análisis del discurso (MESCYT, 2024) y decenas de artículos publicados en su columna Ciencias del lenguaje, de Acento.

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