El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
VII.1
De la mujer desnuda sabemos que ha salido de la mente de Radu, pero también hemos visto otra mujer desnuda, nombrada por Eduviges del Sangrado: a lo mejor es esa la que llena las sinapsis neuronales circundadas en los recuerdos de quien fuera ―hemos de decirlo con más propiedad― un avezado agente de la policía investigadora. El hecho de que la curandera hablara de esa mujer provocó en Radu, sin duda, una atracción por conocer a fondo el misterio de una aparición doble; es decir, algo visto por Eduviges y creado por él. Si la del árbol es rubia, y tiene el pelo dorado y largo, es porque Radu, tal vez, lo asimiló de la curandera. En su momento, no valoró el interés que tendría en el futuro el hecho en sí, porque si hablamos de sus primeros años en contacto con Eduviges del Sangrado y nos remontáramos, como es el caso, al presente, estaríamos hablando de que ha pasado un largo tiempo. En verdad, fueron muchas las veces que Eduviges del Sangrado le habló a él de este ser fabuloso. “Aparece y desaparece cuando le imploro una oración a la Virgen del Perpetuo Socorro”, le decía ella, ignorando, como es comprensible, que la conocida divinidad es una advocación mariana. La imagen original es un ícono procedente de Creta, venerado en Roma en la iglesia de los agustinos a finales del siglo XV, y desde 1866 en la iglesia de San Alfonso del Esquilino, también en Roma. Estas cosas se dan a menudo en la sombra de la cotidianidad sin que entendamos su procedencia. Creemos en entes celestiales, les rezamos. Nunca nos preguntamos por qué lo hacemos. Inducimos a otros a practicar la fe a cambio de nada, ni siquiera a cambio de saber qué ganamos con los rezos, penitencias y promesas. Nos conformamos con seguir las orientaciones de San Agustín cuando exhortaba a los feligreses a practicar los sermones.
Eduviges del Sangrado influyó de tal manera en Radu que él, de muchacho, se aprendió de memoria, sin querer ni pretenderlo, todas las oraciones que cada mañana y cada noche, a cualquier hora, rezaba su cuidadora, quién sabe por cuáles motivos. A veces, de grande, en compañía de amigos suyos, decía entre dientes, sin que tuviera nada de qué avergonzarse: “Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de que pueda invocar tu bellísimo nombre, socorro del que vive y esperanza del que muere. Ah, virgen dulcísima, amiga de los pequeños y olvidados, haz que tu nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi vitalidad”. También de grande, ya vestido con uniforme de policía, se colaba en secreto a asear a los muertos y a maquillarlos, oficio que aprendió cuando Eduviges del Sangrado lo llevó por primera vez a conocer la casa donde ella había vivido por más de cuatro años con su marido, el obrero. El pobre niño se quedó espantado al ver la miseria de allí: casuchas derruidas, calles cubiertas de estiércol, criaturas famélicas asomadas al húmedo erial de la muerte. Para él, que vivía en medio de las maravillas de una naturaleza sana, curtida de colores, debió ser duro encontrarse de pronto con estampas de lisiados embarrados de polvo o de decenas de niños de su edad que correteaban desnudos de un lugar a otro.
A estas alturas, y a modo de recordatorio, he de decirle a él, a Radu el anciano, que en esa ocasión él vio, en medio de la correría infantil, a una niña espigada, de pelo lacio, abundante y dorado, a quien jamás olvidaría. “Te detuviste en un charco creado por la ocurrencia de fuertes lluvias ―le diría―. Clavaste la mirada en la desnudez imprevista de aquella hermosa niña. Sentiste una emoción singular; tal vez no lo recuerdes. Quisiste desnudarte, echarte a correr con ella”. Estas palabras mías llegan a oídos de Radu como campanitas que dejaron de sonar cuando un cuchillo cruzó el aire y penetró en el pecho de uno de aquellos niños corredores. “¿Te acuerdas de esa muerte, Radu?”, le pregunto, pero como él está distraído con las muñecas del árbol, no me escucha o se hace el sordo para no interrumpir su ensueño. Entonces, mientras él va por su lado, yo decido ir por el mío. Después de todo, soy el narrador de esta historia y puedo hacer lo que me venga en gana, siempre y cuando no disguste a mi editor, quien, por cierto, está a la espera de que le envíe al menos un nuevo folio de este proyecto. Debe estar nervioso el hombre porque lleva una semana sin recibir nada y él quiere esto rápido, como entrega de crónicas periodísticas. Dejo en paz a Radu con su pensamiento, pero sigo hablándole, cada vez más de cerca y de manera insistente. “Debe recibir mis palabras como tornillos enroscados en la boca”, pienso. Él, advertido como está, no atina a darse cuenta de mi intención. Entonces, ¡a la carga!, no con el propósito de desesperarlo, sino para llamar su atención. “Quien corrió tras los niños no fuiste tú, sino Eduviges del Sangrado, ¿lo recuerdas? Obró así impulsada por un sentimiento de solidaridad. ¿Te acuerdas cuando cargó en sus brazos al niño? Ella llegó de un salto a su pequeña vivienda. En el ínterin, tú seguías mirando a la niña porque su desnudez te había iluminado de arriba abajo, ¿lo recuerdas? De Eduviges del Sangrado no haberte llamado a gritos, te habrías quedado allí hasta que esa luz se apagara”.
―Ven, te necesito, el niño va a morir si no andamos rápido ―insistió la curandera, pero el niño, aún en sus brazos, estaba muerto.
¿Olvidaste este pasaje, mi querido Radu? La muerte no fue reportada porque hasta entonces no había un solo policía en la aldea ―de hecho era un paraje―, mucho menos un fiscal que le diera seguimiento al accidente que influiría en tu futuro, creo yo, pues con esto del niño acontecieron hechos significativos.
―¿Quién arrojó el cuchillo? ―te preguntó Eduviges del Sangrado.
Te quedaste en silencio.
―Debemos ir al cuartel de policía más cercano ―dijo ella.
La pregunta de quién arrojó el cuchillo te activó las neuronas. Como recordarás, te apresuraste a iniciar una investigación rigurosa. Sin embargo, a pesar de que tú te habías trasladado al interior de la casa de la curandera, la niña desnuda te seguía iluminando. Ella te impidió hacer lo que tú harías a menudo muchos años después: investigar, investigar e investigar. La propuesta de ir al cuartel de policía más cercano puso en tu cabeza, de manera instantánea, la idea de ser policía, aun sin tener la edad requerida. En aquella ocasión no resolviste nada, pero en cuanto te uniformaste decidiste investigar y solucionar ese crimen. Fue cuando comprendiste al fin que en aquel grupo de niños desnudos solo había varones y que la imagen fabulosa de la niña del pelo dorado habría de perseguirte de por vida.
VII.2
Radu tiene los brazos acodados en el borde de uno de los ventanales que conectan con el camino empedrado. Sin que yo le diga nada, ha decidido pensar en ese niño muerto por causa de un cuchillo que cruzó el cielo sin saber dónde había iniciado el vuelo. Recuerda detalles increíbles de cómo Eduviges del Sangrado se ocupó del imberbe, desde que lo vio muerto hasta que ella, con Radu-niño a su lado, limpió aquel cuerpo ensangrentado, lo envolvió en un manto blanco y caminó con él cargado en los hombros hasta un cementerio adornado con cruces que reposaban sobre restos de seres humanos que también habían sido asesinados. Al ver el abandono del campo santo, la curandera lloró. Seguiría haciéndolo hasta después de darle santa sepultura a aquella infeliz criatura. Radu recordaba ese pasado más que cualquier otro evento reciente, pero lo evitaba porque de pensar en la muerte del niño se iba en llantos. Esto no le ha pasado ahora, pues ha confrontado el hecho con absoluta madurez, en procura de acercarse a una realidad objetiva, desde la cual pueda comprender los incidentes propiciadores de la aparición de la mujer desnuda. Algo demasiado grande debió sucederle en su infancia para ser poseído por una obsesión determinada por influjos místicos, ciertos o no, en el marco de una imaginación capaz de adelantársele a su edad y tejer un tinglado de sucesos difíciles de penetrar.
Mientras la brisa le acaricia los ojos, clavados como están en la fronda encantada, a Radu le parece que Eduviges del Sangrado entra en la casa donde vivió de niña. La ve colocando al muerto en la cama donde ella dormía con su esposo, el obrero (no era una cama, sino un colchón de henequén tirado en el piso). Está vestida de blanco, con un pañuelo negro en la cabeza. Sale a buscar hierbas y flores con fuertes olores que despejarán cualquier duda acerca del hedor de la muerte. La vuelve a ver cuando entra en la vivienda. Ella se acerca al cuarto de velatorio con las hierbas y las flores, que de tantas le tapaban la cara, mas no interferían en su voz, triste en el aire enrarecido. Su idea era quizá que Radu la escuchara, se aprendiera de memoria lo dicho por ella y lo repitiera en voz alta, al estilo de un poema recitado, como aprendió él a hacerlo cuando cumplió la mayoría de edad, experiencia gratificante, sobre todo después de que descubriera que para recitar bien un poema lo primero es dedicar tiempo suficiente al aprendizaje del texto hasta entenderlo a la perfección y decir cada verso con fluidez, pero respetando las rimas, si las tiene, así como las pausas. Por este motivo, no le costó trabajo declamar con las debidas entonaciones los versos cantados por Eduviges del Sangrado mientras ella rociaba los aromas herbáceos sobre el muerto. Cantó, he dicho, pero lo hizo al estilo de los cantos rumanos más alegres y tristes a la vez, y variados y ricos en matices. Su semejanza con los versos que transcribo para disfrute de los lectores me deja a mí perplejo, y no se diga al editor, que en cuanto los escucha, no en boca de Radu, sino en la mía, brinca de emoción y grita alborozado:
―Quizá Eduviges del Sangrado tiene ascendencia rumana y tú no lo sabes.
Oigamos los dos cantos y comparémoslos. Primero el de Eduviges del Sangrado; después el rumano, si les parece.
Los versos de Eduviges del Sangrado:
Muerte, muerte, vieja muerte,
cuando te veo y te oigo hablar,
el terror llega a mis huesos
como un roedor gigante, hambriento.
Muerte, muerte,
el viento primaveral desprende
los tachones ensangrentados de tu falda
y se revuelve en el azul del cielo
resuelto a doblegarte.
Los versos rumanos (solo algunos):
Doina, doina, dulce canto,
cuando te oigo, no deseo partir;
Doina, doina, melodía de fuego,
cuando resuenas, me detengo.
Cuando sopla el viento primaveral,
canto una doina en el campo,
y me nutro de flores y ruiseñores.
Sobrepuesto a la impresión causada por estas comparaciones, mi editor me interrogó acerca del significado de doina.
―Busquémoslo en Google o Wikipedia ―le respondí con toda franqueza.
Nos encontramos con que la Doina es la más sustancial de las canciones populares rumanas. Es la canción típica del pueblo rumano. La .etimología del vocablo doina se pierde en la noche de los siglos. Algunos investigadores han hablado de un paralelismo con la Daina lituana, palabra que significa canto en esta lengua.
―Hay quienes afirman, según voy leyendo ―le digo al editor―, que la Doina es la compañera del rumano en todos sus momentos, pues en ella se reflejan su vida y la de sus predecesores.
Cuando Radu terminó de recitar los versos de Eduviges del Sangrado, retomó los pasos del funeral del niño y se encontró de nuevo con la sorpresa de ver a la niña desnuda: esta vez la vio a su lado y quiso agarrarle una mano que le notó temblorosa.
VII.3
Emociones de todo tipo confluyeron en el alma del niño Radu: la aflicción ante la muerte, los rezos y cantos de Eduviges del Sangrado, la miseria en la aldea, el desamparo, la soledad, en fin, el sufrimiento presente en los agujeros malogrados de la luz, pues aun siendo de día empezaba a oscurecer sin razón ni explicación, tal vez para ocultar ante los ojos de Eduviges del Sangrado cuáles hechos habrían de sobrevenir antes de que ella cargara con el muerto y se lo echara al hombro con infinita tristeza, que bien pudo ser esa la razón por la que se nublara el cielo. Fruto de la oscuridad, Eduviges del Sangrado no se percató de que Radu había sentido los dedos de la niña desnuda cerca de sus testículos en desarrollo: dedos suaves como las ramas del árbol donde la mujer de la bicicleta seguía convertida en muñeca. Esos dedos tocaron su tronco ardiente. Nunca antes había sentido Radu una presión así en el órgano responsable de la micción y la relación sexual. Él se sorprendió de la dureza ostensible, que por primera vez le mostraba los caminos del gozo. Se preguntó, dentro de su ingenuidad, por qué le pasaba esto si estaba delante de un muerto, y no de un muerto cualquiera, sino de un niño como él, de su edad, de su peso y tamaño. Se solazaba con las travesuras de los dedos de la niña. Se tocó su parte, determinado a comprobar si su consistencia era efectiva. Cuando lo hizo, separó enseguida la mano, como asustado.
Mientras Eduviges del Sangrado le invocaba al Sagrado Corazón de Jesús que tomara el alma de la criatura muerta y se la llevara al cielo con él, miró de reojo a Radu porque le oyó dar un jadeo amoroso. Presumió sin ton ni son que el muchacho tenía el falo levantado. Se persignó dos veces seguidas y dejó de rezar. “¿Qué le pasa a tu cosita, Radu?”, musitó Eduviges del Sangrado, fingiendo asombro. Cerró el episodio con las palabras siguientes: ―Lo duro se ablanda, si te toca hacerlo.
Él se preguntó cómo pudo ella verle la verga levantada si había oscurecido, pero desistió de averiguarlo porque los dedos de la niña desnuda empezaron a arrugarle y desarrugarle la piel del pito que sonaría por primera vez. Mas no sonó porque Eduviges del Sangrado dio un grito de espanto. Con el niño muerto todavía al hombro, dijo:
―Procedamos a enterrarlo. Tráeme los ungüentos que encuentres en la casa.
Así, ante el ímpetu imprevisible de la curandera, Radu dejó de pensar en esta fantasía. Por eso, no perdió tiempo en complacer a Eduviges del Sangrado con la búsqueda de los ungüentos. En ese momento, Radu no podía comprender esa inexplicable relación del dolor con el sexo. Solo de grande vino a darse cuenta de que Eduviges del Sangrado estaba equivocada: él comprobaría en repetidas ocasiones que el dolor, y más cuando es de la muerte, tiene un estrecho vínculo con los desafueros del sexo. Para él, esta relación del sexo con respecto al dolor era chocante. Lo fue hasta que estudió a fondo el tema, como condición imprescindible para resolver un caso de crimen pasional. Sabía, por entonces, que la sexualidad es una parte integral del ser humano, que conlleva una compleja interacción de factores intrapsíquicos, interpersonales, sociales, que intervienen en su desarrollo y mantenimiento. Sabía, además, que la sexualidad es una expresión psicofisiológica característica, un acervo de cambios físicos y mentales que constituye la llamada respuesta sexual. Llegó a la conclusión, entonces, de que dos tendencias opuestas dentro de un mismo cascarón producen, más allá de lo razonable, actos pasionales fuera de los parámetros normales de la conducta humana.
Cuando Eduviges del Sangrado y Radu salieron de la casa, ella con el muerto en los hombros; él cargado de ungüentos, no vieron por ninguna parte a los demás niños que corrían por los charcos. Esos niños habían desaparecido como por obra y gracia del Espíritu Santo. Eduviges del Sangrado los buscó con una sola mirada. Al no encontrarlos, dijo para sí: “No importa, aparecerán”. Eran niños rubios como Radu, cosa rara porque aquí, en esta región, los niños son por lo general de piel oscura y pelo crespo. Eran niños de verdad, niños alegres: saltaban, corrían, cantaban y le entregaban al éter sus palabras más simples. Qué iban a imaginar esos niños que un cuchillo mataría a su compañero, ni que al verlo muerto pegarían un grito ensordecedor para que ninguna persona se percatara de la imagen del crimen ni de las voces infantiles, confundidas de pronto con un sórdido ventarrón que dejó de sonar cuando recorrió un primer perímetro alrededor de la casucha de Eduviges del Sangrado. Tan pronto como llegaron al lugar de entierro, procedieron a darle santa sepultura al fenecido. Los niños, menos la niña desnuda, aparecieron como si salieran de otra tumba. Se acercaron a la curandera, después a Radu. Tras tomarlos de la mano, se fueron con ellos hacia los confines del día, donde esperaron la noche y con la noche una lluvia de estrellas de las Leónidas.
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