“Una buena metáfora refresca el entendimiento” (Ludwing Wittgenstein)
“La poesía es una metafísica instantánea” (Gaston Bachelard)
“En el fondo, la poesía es una crítica de la vida” (Matthew Arnold)

Desde su origen, la poesía estuvo unida a la idea y al pensamiento, en un ritmo de las palabras. Para Gorgias, eran poetas todos los filósofos que escribían en versos, y claro está, para esa época, y muchos siglos después, no existía la prosa, y, por tanto, todos los géneros existentes se escribían en versos. Salta a la vista que la poesía, en su génesis, fue anterior a la filosofía: ambas nacieron del asombro. De ahí sus vínculos y puentes secretos, sus dones y revelaciones. En los pensadores presocráticos está el sustrato ontológico de los poetas que configuraron su universo poético con la materia del pensamiento mágico y las especulaciones metafísicas. De la poesía de matiz argumentativo-filosófico, de aliento épico, de la clasicidad griega, existe una tradición que muchos siglos más tarde se reivindicará con el romanticismo, cuando poesía y filosofía vivieron en habitaciones contiguas. Los poetas románticos transfiguraron entonces la pasión poética y sensible, y le inyectaron espíritu y pensamiento lírico.

Lo épico y lo lírico, la emoción y la idea sostenían un vínculo filosófico de equilibrio entre el pensamiento y el logos. Las fronteras entre poesía y filosofía se desdibujan como géneros escritos especializados del lenguaje, y como actividades del intelecto, guardan una similitud no en la expresión sino en su discurso.

El pensamiento poético es simbólico, y oscila pues entre el concepto y la contemplación, la imaginación y la mirada. El poeta llena de contenido conceptual la creación verbal, en sus abstracciones líricas, elevando así la poesía a la dignidad de un saber especializado. Aliento poético y pasión filosófica se funden en una retórica sensible, tras la creación de una visión del mundo, en un impulso sintético, en el que participan la ciencia y el arte. Según el filósofo italiano Giambattista Vico: “Los primeros sabios fueron los poetas teólogos” (Vico 1985, 155).

Los orígenes de la sabiduría antigua tienen una esencia poética. Los filósofos intentaron explicar la naturaleza de las cosas, mediante el  legado que habían fundado los poetas. De ahí que: “todo cuanto los poetas sintieron respecto a la sabiduría vulgar, los filósofos lo pensaron después, respecto a la sabiduría profunda; de modo que puede decirse que aquéllos fueron el sentido y éstos el intelecto del género humano” (Vico 1985, 156). El filósofo buscaba la perfección humana a través de la sabiduría. En esencia, el hombre es una combinatoria entre “mente y ánimo, lo que equivale a decir, entendimiento y voluntad” (Vico 1985, 156).

La filosofía es celebración del saber, fiesta de la sabiduría. La evolución del pensamiento entre sabiduría y filosofía no fue homogénea. Para la civilización primitiva o arcaica, los dominios del conocimiento correspondían a la sabiduría, la cual adoptó además la forma de la metáfora. Así pues, el origen de la sabiduría filosófica está asociado a una experiencia mística, de trasfondo religioso y de pensamiento abstracto. En ese sentido, la filosofía alcanza su mediodía en la antigüedad en la época de la sabiduría, donde tiene su origen. Desde su génesis clásico como sabiduría, la filosofía parió sabios que van desde Tales de Mileto, alcanzó su cenit con Platón y Aristóteles, y llegó a su otoño con Parménides  y Zenón.

En un breve libro, el filósofo alemán Alexander G. Baumgarten acuñó, por primera vez,  el concepto de estética, el cual catalogó como una “intuición sensible”, en tanto que, al referirse a la poesía, la denominó como un “discurso sensible perfecto”; asimismo, definió la filosofía poética como una ciencia poética” (Baumgarten 1955, 81). Hacia 1735, este esteta ya veía en la filosofía del poema un discurso sensible con una voluntad de perfección.

En los antiguos la inspiración poética tenía un origen divino. A los poetas los visitaban las musas (diosas de la memoria) y los dejaban paridos de inspiración, y con capacidad de servir de intérpretes de los dioses. El poeta era, en tal virtud, poseído por un trance, por un estado mediumnico, un estado especial, mediante el cual, prevalido de fuerzas extrañas, se convertía en un instrumento del designio de los dioses. Por tanto, el poeta era una suerte de endiosado, penetrado en su interior por las fuerzas cósmicas e irracionales de lo divino. En un rapto de intuición, el poeta percibe los signos del mundo real, a través del supremo recurso de la imaginación, en una combinación entre emoción intelectual e intuición conceptual.

Pensamiento y sentimiento comulgan en una eucaristía, en la que el lenguaje se articula como eje de mediación entre el pensamiento y el sentimiento. Lo sentido y lo pensado se interconectan, en una dinámica que permite que la poesía se piense a sí misma, en una suerte de poética filosófica. El poeta no funda una filosofía -pues no es su ambición- sino un pensamiento que se escribe bajo la forma de la metáfora, en la que sobresale la imagen visionaria, producto de la experiencia poética. De la práctica escrita no emana la filosofía sino del pensamiento escrito literariamente, a partir de la función estética de la lengua: poesía no para la filosofía, sino para la escritura del poema, cuya aspiración suprema dimana de su empresa estética misma, al extraer del pensamiento sus posibilidades de simbolización y abstracción subjetiva.  El poeta escribe pues con el sentimiento de su mente creadora, y de ahí la presencia del pensamiento espontáneo y lúdico del acto de la escritura poética.

Desde la poética aristotélica de la clasicidad helenística – fundada en la “mimesis” (o imitación)-, pasando por la poética de Horacio de la clasicidad latina –fundada en el postulado de las funciones “dulce et utile” de la poesía -es decir: productora de placer o deleite estítico y conocimiento- hasta la poética de Boileau de la Francia del siglo XVIII, basada en el principio de que, antes que a escribir hay que aprender a pensar, la historia occidental de la literatura estuvo influida por una preceptiva literaria del arte de escribir y de pensar. Si bien para Aristóteles el arte es imitación de la naturaleza, para Horacio, en cambio, el arte es imitación de otros artistas, con lo que éste inaugura, por así decirlo, la noción de influencia y tradición, que había caracterizado el decurso de la literatura universal, y cuya expresión histórica se presenta en la dialéctica entre ruptura y tradición, en tanto motor de la historia del arte y la literatura, o la historia de los estilos  -como lo planteó E.H. Gombrich-, o como la lucha de clases lo fue para la sociedad  -según el materialismo histórico de Marx .

El poeta impregna a la vida una razón sensible y le imprime a la existencia humana, en general, un sentido ontológico de perfección y satisfacción. La poesía deviene “chispazos metafísicos del sentimiento” (Fernández del Valle 2002, 19). No es solo ritmo verbal, música verbal; es, además, una articulación de sensaciones, una palpitación espiritual. El poeta produce ideas inconscientes, de manera intuitiva y espontánea, en un arrebato imaginativo, pero estas ideas no son lógicas, como en la filosofía o la ciencia, sino intuiciones de lo real, revelaciones de su mente creadora, metabolizadas por la ensoñación.

La escritura poética se cristaliza en un estado creativo del ser poético cuando el poeta apela al valor afectivo de las palabras, que transfigura en sentimiento abstracto, a partir de las posibilidades metafísicas del lenguaje y de su potencia de simbolización. El poeta emancipa la lengua de sus valores afectivos, sensoriales y metafísicos. Como hecho del lenguaje discursivo, la poesía es también un hecho del pensamiento; no es un accidente del pensamiento, sino el rostro de una misma mente creadora y conceptual. La poesía es así una fiesta del pensamiento y una celebración imaginativa y sensual de la palabra. En el poema, el poeta no solo postula conceptos sino que expresa intuiciones. El poema es entonces un constructo verbal, pero de un trasfondo espiritual. “Todo intento de hacer lírica al margen de toda emoción humana, por una especie de álgebra de las imágenes o de arte combinatorio de puros conceptos, ha resultado, a la postre, definitivamente estéril” (Fernández del Valle 2002, 25).

El tono lírico que entraña todo acto poético -en prosa o verso- es el resultado de un impulso creativo de ensoñación y de buceo imaginario en el reino de las fantasías cotidianas. “Es preciso recordar que en el fondo de toda lírica hay siempre una metafísica implícita” (Fernández del Valle 2002, 25). En el camino de la creación poética ha de haber un equilibrio entre la intuición y el concepto, entre las imágenes que dimanan de la intuición y las que provienen de la conceptualización. Todo poeta funda un mundo al ser, una casa, un espacio temporal construido con los materiales de las palabras; así pues, erige un templo de signos que pueblan una sintaxis y una prosodia, una gramática del sentimiento; en síntesis: una ontología de la creatividad. El poeta no piensa el ser ni las cosas ni los objetos como filósofo, pero sí nombra e ilumina al mundo con la palabra, y plasma lo contemplado en la página, en estructuras imaginativas. Filosofía y poesía sostienen una interacción dialéctica en tanto liberación expresiva del pensar. “No hay por qué oponer la filosofía a la poesía porque en rigor no estamos ante actitudes antitéticas, sino complementarias y convergentes”  (Fernández del Valle 2002,  325).

El poeta no funda sistemas de pensamiento, como el filósofo, sino que crea mundos, no de ideas, sino de palabras sensibles y símbolos metafóricos. El poeta, al edificar su catedral verbal, lo hace desde una visión filosófica del mundo y de las cosas, a partir del empleo rítmico del lenguaje poético, en un estilo emotivo del sentimiento.

La condena platónica de expulsión de los poetas de la República griega, de la polis, tiene su explicación en que, para Platón, los poetas eran nocivos y peligrosos y porque inventan fantasías alejadas de la verdad. Acaso porque para el filósofo ateniense, los poetas no tenían ideas, ni opiniones, y porque le cantaban al mundo de la contemplación, sin entender, y porque tampoco sabían de política ni de guerra. Además, porque no producían conocimientos útiles, sino puro deleite estético y belleza, juego y ocio. Para este filósofo antiguo, autor de la República, los poetas no dicen la verdad, por tanto, no son saludables para la ciudad, pues fomentan las bajas pasiones que deterioran la razón de Estado. A pesar de esa sentencia contra los poetas, en sus Diálogos, Platón usa un lenguaje poético, es decir, sus diálogos tienen un tono lírico y están escritos en prosa estética. En cambio, Aristóteles hace una defensa filosófica de la poesía al escribir una Poética, un tratado de preceptiva literaria, donde clasifica por vez primera los géneros literarios, define el arte como imitación de la naturaleza (Mimesis), establece una diferencia entre poesía e historia y entre épica y lírica, con un rigor sistemático y no en forma de diálogo, sino en prosa filosófica y didáctica, como un tratado filosófico.

La antigua querella griega sobre los orígenes de la poesía y la filosofía está vinculada a los conceptos de “amor a la sabiduría”, en la filosofía, y de “imitación”, en la poesía, de suerte que la poesía es un arte intuitivo y la filosofía, una disciplina que busca la verdad. Filósofos como Nietzsche y Heidegger, Gadamer y Derrida, Deleuze y Rorty han perseguido el encuentro con la verdad en la literatura y el arte. Si bien la poesía le imprime a la filosofía síntesis, angustia, intuición, sangre, carne, pasión, temblor, sustancia; la filosofía, en cambio, le inyecta a la poesía reflexión, concepto, sistema, fundamento, duda, crítica, inteligencia, razón. De modo pues, que ambas se complementan y convergen, en sus apuestas discursivas y como hechos del lenguaje.

El filósofo tiene más nostalgia de ser poeta que el poeta de ser filósofo. El comediógrafo griego, Aristófanes, afirma en su obra Las nubes que los filósofos son como las nubes, ya que viven en el cielo espacial, y por eso crean fantasmas, fantasías y seres fantasmagóricos. De modo que entre Platón y Aristófanes existe una confrontación: mientras el primero censura y critica a los poetas, el segundo hace lo mismo, pero con los filósofos. Para Aristófanes, los filósofos “hablan de todo sin creer ni entender verdaderamente nada. En todas las palabras, las argumentaciones filosóficas son un fraude que han causado la decadencia de Atenas” (Fernández del Valle 2002, 328).

Para el padre de la comedia griega, los filósofos son unos “charlatanes pálidos y descalzos”.  “Los dioses de los filósofos griegos son el caos, las nubes y la lengua. Los filósofos son grandes negadores de los dioses; consiguientemente, corrompen a la juventud” (Fernández del Valle 2002, 328). Como se ve, semejante concepción tenía Platón, pero de los poetas. El resentimiento de Platón hacia los poetas tiene su explicación en que él pensaba que éstos querían ser filósofos, además de poetas, por lo que veía en ellos una envidia recíproca. Así pues, el odio de Platón a los poetas estaba dirigido especialmente contra Homero, por ser el primer poeta griego y el padre de la poesía helenística.

El poeta y el filósofo crean a la vez mundos paralelos, pero diversos y en correspondencia recíproca. Creación poética y creación filosófica habitan experiencias del lenguaje y experiencias de pensamiento complementarias y, a un tiempo, antitéticas. El filósofo apela a las intuiciones poéticas como método de escritura, de esencia filosófica, en tanto que el poeta puro, aquel que posee cultura filosófica –el poeta-intelectual-, problematiza la existencia, acudiendo a los grandes temas filosóficos, y poetizando los asuntos humanos. La visión poética y la visión filosófica de la realidad configuran dos ángulos de mira que se bifurcan en la expresión concreta de la escritura, en el estilo y en la sintaxis verbal. El poeta y el filósofo son hombres, antes de ser, y, como tales, parten de una unidad original. El poeta persigue el ritmo estético del mundo, y el filósofo busca la definición del hombre y su salvación.

Poetizar no es definir sino metaforizar, connotar lo real en imagen, mientras que filosofar es definir, argumentar, conceptualizar. En la filosofía hay una propedéutica de las cosas; un sentenciar la vida en su teleología. En la poesía hay una intuición de sugerir lo que hay de ser, en un vaticinio temporal del transcurrir del ser y del tiempo. Es decir que, en la poesía, hay un juego de pensamiento, una manipulación lúdica de las ideas, que se eleva a formas puras no del pensamiento en sí, sino del espíritu verbal. Así pues, el lenguaje es el denominador común de la poesía y la filosofía, con lo cual se revela la esencia filosófico-poética del hombre mismo.

La historia de la filosofía, desde sus orígenes, ha estado vinculada a la historia de la poesía. Pensamiento y poesía, ideas y poemas constituyen pues el centro de gravedad de la creación intelectual humana.

No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía. En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía, al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por un método (Zambrano 1993, 16).

La filosofía es una disciplina, un don de la desesperanza. Aprender a filosofar es aprender a morir, ya lo dijeron Cicerón, los estoicos y los antiguos filósofos latinos y griegos. Quien se interna en el cuerpo de la filosofía encuentra el espíritu de lo inefable, y por tanto, genera en el filósofo un amor a la sabiduría, y, a la vez, un desasosiego de la muerte, de la razón filosófica.

Como la poesía nació del asombro primero que la filosofía – del mito al logos, del logos al asombro-, el poeta pudo nombrar las cosas, bautizarlas, dar testimonio de ellas y fundar la realidad del ser. Si el filósofo es un enamorado de la sabiduría -en su acepción etimológica de la palabra-, el poeta es un apasionado de la naturaleza. El poeta transmite en palabras las revelaciones que emanan de su delirio contemplativo, en diálogo con la memoria y los símbolos de las cosas. La aspiración de todo filósofo consiste en penetrar en la esencia de los fenómenos y de las cosas, en una tentativa por explicar su origen y naturaleza, mientras que el poeta anhela cantar lo que siente en su acto de contemplación sensible. La poesía es una forma elevada del saber que tiene promesa de sabiduría, y como tal, se sitúa más allá de la expresión verbal, en su búsqueda de consagración estética. La contemplación filosófica de las esencias le imprime forma al pensamiento.

El poeta canta y cuenta en el poema, y en su discurso, no canta al universo de las esencias sino que canta a la forma de las cosas: funda un mundo de palabras, a partir del asombro poético,  con los recursos de la imaginación y la creatividad, la fantasía y la memoria. El filósofo ama la sabiduría y el poeta las palabras. Ambos ejercen un intercambio simbólico con el pensamiento y crean artefactos lingüísticos hechos de lenguaje. El filósofo, con los instrumentos del pensamiento y el intelecto, funda sistemas o escribe ensayos, fragmentos, máximas o aforismos, en tanto que el poeta crea poemas -en prosa o verso. “El filósofo es un enamorado de la sabiduría; el poeta ama la expresión verbal, rítmica, bella, selecta, cautivante en donde fulguran chispazos de emotividad metafísica” (Zambrano 1993, 332).

El discurso poético y el universo filosófico tienen sus propias autonomías identitarias, de suerte que la poesía no se transforma en filosofía, ni ésta en aquélla. Hay, eso sí, poesía de contenido filosófico, como en Fernando Pessoa, Hölderlin, Paul Valery, Roberto Juarroz, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Lucrecio, etc., y hay filosofía de contenido o matiz poético, en pensadores como Nietzsche, Cioran, Antonio Porchia, los filósofos presocráticos, etc.

En la poesía del pensamiento resplandece el temblor poético y en la filosofía, el aire de la sabiduría. “El filósofo no anda en pos de la originalidad porque su compromiso no está con la originalidad sino con la verdad” (Zambrano 1993, 332). Toda intuición poética entraña la presencia de valores estéticos mediante la palabra, en una vocación de estilo y del ritmo temporal del poema. El poeta no nombra a las cosas en sí, sino que las eleva, le da dignidad estética en su canto; nombra a las cosas que no tienen nombre, o más bien, las vuelve a nombrar, las des-nombra para re-nombrarlas, las hace presentes, al representarlas en imágenes y tropos. Así pues, las palabras poéticas adquieren la dimensión cósmica y telúrica que no tenían cuando existían en la cotidianidad, antes de ser designadas estéticamente.

El filósofo se asombra de la esencia de la poesía (como lo hizo Heidegger con Hölderlin) y el poeta se asombra de la potencia del pensamiento, cuando crea paradojas, antítesis y oximorones; pero, aunque tenga un alto componente filosófico, la poesía no se puede confundir con la filosofía, ni la filosofía con la poesía, cuando tiene un alto contenido poético, lírico. Para Heidegger, Hölderlin representa al poeta de los poetas, a la esencia de la poesía, pues para este filósofo alemán: “El lenguaje mismo es Poesía en sentido esencial… Así pues, el habla no es Poesía porque es la poesía primordial, sino que la poesía acontece en el habla porque esta guarda la esencia originaria de la Poesía” (Heidegger 1992, 114). Como experiencia de la ensoñación y del reino de lo imaginario, la poesía pone en crisis la verdad y el arte. Juego del lenguaje y búsqueda metafórica por la palabra, la poesía proviene del habla. Para el autor de El ser y el tiempo, Hölderlin no solo realiza “la esencia general de la poesía, sino únicamente porque está cargada con la determinación poética de poetizar la propia esencia de la poesía” (Heidegger 1992, 128). Este filósofo alemán, a pesar de su rigor conceptual y espíritu sistemático, asume la idea de que lo permanente lo fundan los poetas. “La poesía es instauración por la palabra y en la palabra… La poesía es la instauración del ser con la palabra” (Heidegger 1992, 137). No hay poesía sin lenguaje, pues la forma de ser de la poesía en el mundo de la palabra es a través del lenguaje, o, lo que es lo mismo, del pensamiento, ya que, quien dice pensamiento, dice lenguaje.

Como facultad del lenguaje que se nutre del habla, la poesía ilumina el mundo de las apariencias de las cosas, y crea así una realidad de la ensoñación, como obra de arte, producto de una síntesis verbal. La poesía tiene el don del vaticinio y de ahí que a los poetas, en la antigüedad, se les llamara vates, aedos o rapsodas, que cantaban a los dioses del Olimpo griego para hacer más bello y habitable el mundo, la sociedad y la República. Como cantor de la esencia de las palabras, el poeta ilumina el camino de salvación de la angustia. Para Martin Heidegger: “la esencia de la poesía que instaura Hölderlin es histórica en grado supremo, porque anticipa un tiempo histórico” (Heidegger 1988, 147).

De la recepción de la poesía hay un conocimiento intuitivo y de la recepción de la filosofía, un conocimiento intelectivo. Si bien la poesía no es enteramente intelectual, reflexiva,  apunta a serlo, y, en ese sentido, se emparenta con la filosofía, en la que sí los elementos intelectual, conceptual, reflexivo y lógico, predominan. En el filósofo hay un rigor conceptual en las argumentaciones de las ideas, y en el poeta, el rigor reside en el ritmo, en la concepción del poema, en su proceso de creación. El poeta, desde su núcleo ontológico, intenta desvelar los arcanos del mundo y de la naturaleza y fundar un enigma eterno, en el que descansa la magia de la intuición poética, el vuelo de la imaginación y la aventura de la memoria interior. El poeta desvela la magia y el filósofo descifra las verdades del mundo y problematiza lo real y lo ideal. El filósofo busca la totalidad de lo real; en cambio, “el poeta anhela expresar el sentimiento que le producen las cosas, casi sin abstracción, sin renunciar a la visión de lo concreto, de lo único” (Zambrano 1998, 340-341).

El poeta busca lo estético a través de las palabras y el filósofo persigue la verdad. Si Platón sentía resentimiento y recelo hacia los poetas se debía a que estaba convencido de que los poetas son enemigos de la verdad y, por tanto, de la justicia. De ahí su sentencia de la expulsión de los poetas del Estado ateniense.

El centro ontológico del poeta no reside en determinar lo verdadero de lo falso, sino que, más bien, se desentiende de la verdad, en su búsqueda de la ficción, lo que no significa que la poesía sea falsa. Solo que la poesía nos dice lo que existe, lo que hay; nos canta las cosas posibles, probables. La poesía transforma la realidad real en representación del ser y su devenir, de las cosas y su envés, a partir de la intuición lírica del mundo real para superarlo y hacerlo imaginable. El poeta se alimenta del sueño, el filósofo se desvela: el primero ama el sueño; el segundo le huye. Aquél puebla el pensamiento de palabras y éste puebla esas mismas palabras, pero de pensamiento. El poeta funda un bosque de palabras, a través de un lenguaje rítmico, que traduce su percepción sensible de la realidad y de la naturaleza. Vive en combate constante con el tiempo de las palabras, rescatándola de la oralidad y del fango de la vulgaridad. Subvierte el mundo verbal gastado y extrae de su interior la sustancia estética, mediante el recurso estilístico de las metáforas y demás figuras retóricas.

La filosofía busca un método, una razón: posee un espíritu de sistema, aun cuando sea una filosofía asistemática. La poesía no persigue un método: se conforma con cantar al espectáculo de la naturaleza, del hombre y del mundo. El filósofo persigue la exactitud del concepto; el poeta, la precisión de la palabra. El primero busca certezas, mediante la asociación de pensamientos, en tanto que el poeta no busca la irracionalidad, pero sí persigue el sonido de las palabras y del silencio. El poeta nos revela este mundo, a partir de su experiencia sensible del entorno cotidiano y de la metabolización de experiencias de lectura de la tradición poética. “La poesía no se cuestiona a sí misma, como lo hace la filosofía. El poeta hace poesía, no define la poesía. Es el filósofo el que define la poesía” (Zambrano 1998, 353).

La historia de la filosofía, desde sus orígenes, ha estado vinculada a la historia de la poesía. Pensamiento y poesía, idea y poema constituyen, pues, el centro motriz de la creación intelectual humana. La filosofía es una disciplina, un don de desesperanza. Quien se interna en el cuerpo de la filosofía encuentra el espíritu de lo inefable, y por tanto, genera en el filósofo un amor a la sabiduría, pero a la vez un desasosiego de la mente, de la razón filosófica. La filosofía es pues una encarnación del ideal de la perplejidad y la incertidumbre deterministica del destino humano. En cambio, la poesía, aunque es un ámbito de la angustia, apunta, igual que la religión, a ser un receptáculo de la esperanza, del optimismo y de la fe recuperada, acaso porque el poeta se adhiere a las apariencias y el filósofo busca la esencia de las cosas.

El poeta vuela en el territorio de lo imaginario; el filósofo se sumerge en las profundidades de la conciencia: bucea en las verdades. “De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra. Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice” (Zambrano 1998, 22). El decir del poeta es un cantar. El poeta, si bien canta, a un tiempo, relata, describe, narra, monologa, dialoga: explora en su autobiografía. El filósofo no canta; solo reflexiona, piensa, dialoga, y, sobre todo, contempla, antes de emprender no el vuelo de la revelación, sino el viaje en el interior de los conceptos, de los argumentos y de las cosas. El poeta no aspira a la unidad del ser -como el filósofo, que aspira a una unidad absoluta-, sino más bien, a la bisección del ser, en su apariencia pura. En cambio, el poeta persigue captar, en un poema, la imagen de lo percibido y aun de lo soñado y lo plasma en unidad relativa, en forma de poema, ese artefacto tejido de versos o prosa. Con las palabras procura postular, en una unidad, el instante transfigurado de la realidad posible. La unidad relativa del ser alcanzada por el poeta es la expresión de la unidad de la totalidad del ser real. “El poeta alcanza su unidad en el poema más pronto que el filósofo” (Zambrano 1998, 23).

La búsqueda poética de la unidad del ser es lo que genera en el ser poético el sentimiento de angustia y el temblor que lo abisma frente al poema y lo deja ante una sensación de impotencia, pues nunca puede decir lo que quiso decir. “El imposible decir lo que quiero decir”, dice el poeta T. S. Eliot en un verso. De ahí que el poeta nunca escribe lo que concibió, ni crea el verso o el poema que gestó e incubó en el proceso de creación o procreación.

La fatalidad del instante creador se transforma en unidad cuando la poesía se encarna en el poema. La sustancia que emana de la poesía conforma el contenido del poema, ese continente verbal, ese constructo textual, al que Aristóteles llamó animal. El logos poético es la expresión formal de la poesía, en tanto acto de creación que desborda los límites del poema, y por tanto, los límites de la interpretación. “Por eso la unidad a que el poeta aspira está tan lejos de la unidad hacia la que se lanza el filósofo” (Zambrano 1998,  24). Para el filósofo, las cosas son o no son; para el poeta, las cosas son y no son, a la vez, pues no busca la verdad, no cree en ella, más que en la imaginación sensible. El poeta huye de la verdad por excluyente, imperativa y tajante. La filosofía, en síntesis, busca la unidad; la poesía, la variedad de todo lo existente.

La filosofía busca la razón del logos, en el proceso de percepción del ser, en su búsqueda de la verdad, y para ello emplea un método y un sistema, que son tan ajenos a la poesía. De ahí que la poesía se distancie de la ciencia y de la ética, y se refugie en la religión. Si en el principio fue el logos, este se combinó con el pathos, y ambas se transformaron en el asombro que fundó la poesía, que constituye el imperio de la imaginación, y que a su vez fecundó a la filosofía.

Durante el reinado platónico, pensamiento y poesía se distanciaron, pero mucho tiempo después, volvieron a reconciliarse. Tras la petición del poder para el pensamiento filosófico, que encierra la sentencia de Platón, en la que la razón debía ocupar el centro motriz de la cultura, la poesía vuelve a retomar su poder estético. Durante el influjo en Inglaterra del pensamiento crítico literario de Mathews Arnold, éste sentenció que la poesía está más allá de la religión y de la filosofía. Ese desprecio por la poesía, que encierra la condena platónica, marcará el centro de gravedad del pensamiento filosófico de la clasicidad griega. Esta querella también habría de resucitar durante la Edad Media y el Renacimiento cuando, desde el Cristianismo y el ascetismo místico, se condenó el goce y el erotismo poéticos,  a partir de que la mística se transformó en religión poética.

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Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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