Hace unos días, al llevar a mi hija menor al colegio, me dijo: "Papi, escucha esta composición musical", desde su teléfono móvil conectado al radio del auto y desde la plataforma Spotify, puso a sonar lo que era un extenso silencio. Ella preguntaba si yo escuchaba, mientras miraba con una leve sonrisa mi desconcertada reacción. Le dije: Sí, te escucho. Y pasaban los minutos y aquel silencio no paraba. Volvió a preguntar si escuchaba y yo respondí: Sí, te escucho.
John Cage (Estados Unidos, 1912-1992), uno de los compositores estadounidenses más influyentes del siglo XX, compuso en 1952, una pieza que podía ser interpretada, por cualquier instrumento, cualquier banda, cualquier orquesta sinfónica, era complejamente un largo silencio de cuatro minutos y treinta y tres segundos con el nombre de 4:33. El compositor utilizaba la música o uno de sus elementos más importantes como es el silencio, como punto de apoyo para mover el mundo. Si lo logró o no, es solo la experiencia individual del escuchante saber hasta qué punto movió su mundo.
Cesar Sánchez Beras (Santo Domingo, 1962) ha logrado mover mi mundo. En su libro "Ciudad caníbal", Premio Nacional De Poesía Salomé Ureña De Henríquez 2025, Editora Nacional, 2026, la ciudad, que podría ser cualquiera, que podría ser país, mundo, submundo o conjunto de mundos, es un complejo sistema que se mantiene en constante movimiento y cuyo punto de apoyo es la poesía.
Cincuenta y dos semanas de movimiento perpetuo, donde el destino se alimenta a sí mismo, se regurgita y renace en un espacio completamente nuevo. Un salto cuántico que viola todo principio de la naturaleza. Metáforas que se descomponen y se atraen sin ningún esfuerzo: "Si yo pudiera desatar las Islas,/ echarlas a volar como las pompas,/ sostenidas en el aire de mi infancia"(Pág.29); aliteraciones que dejan de ser, pero son: "Romper el iris que corroe"(Pág.31); figuras, desfiguraciones:"[…]El mar es un perro ladrándole a la orilla,/ yo apenas un fantasma que se asusta a sí mismo"(Pág.13); formas y deformas: "Quizás en otra vida no fui hombre,/ sino una madreselva podrida en las raíces"(Pág.17). Lo normal en su poesía es tan anormal como el solo uso del silencio en la música de Cage.
El mundo en "Ciudad caníbal", deambula los puntos cardinales. La batalla entre mortales y dioses es ganada por ninguna de la partes. Hay una sombra que cobija las calles, que no es de nadie. El hambre es hombre, dios insaciable que se auto tritura. La saciedad está más al horizonte, donde los "blancos" también se auto infligen y se lanzan de ventanas mucho más altas. Se siembran en las aceras y nacen de nuevo de la sangre:
"[…] En el camino se quedaron los otros,
los frágiles de cuerpo,
temerosos de la pena y el alambre
esclavos de la sed y de la hambruna,
los de pieles que se quiebran con el hielo.
La victoria solo es dable
a los guerreros que doman el azar,
porque la muerte iguala a los que vence,
pero el placer de matar es de los dioses.
En la llanura de la ciudad que duerme,
apenas sobreviven las ratas y el bisonte".(East Harlem, Mayo 20) Fragmento (Pág.33).
Don César, cual "El Bosco", recrea su "Jardín de las delicias", imprime los detalles de la ciudad en los rostros y partes íntimas del transeúnte, tatúa partituras musicales en glúteos, partituras que suenan como el silencio al compás de los pasos que van desde el paraíso al infierno y viceversa:
"Algunos ventanales
parecen descifrar las huellas del viandante.
La soledad se hospeda en el arco del hombro.
Entre el pie que falsea y el perro que le ladra
media la maldición que se enreda en la lengua.
La madrugada cae en el sudor del pelo
mientras la joroba dibuja en la pared
un animal que surge y se erige en las sombras.
Relee las cinco letras del tatuaje del brazo.
El rostro no es el mismo,
a menos que se estire con fuerza los pellejos,
pero allí están sus ojos grabados en la piel,
bajo la luz precaria que le presta el cigarro".(Sound View/Junio 24) Pág.42
La poesía, de nuestro multipremiado autor, utilizada como fulcro, transfiere sus emociones al papel en blanco, haciendo movimientos suaves, a veces bruscos, de las almas humanas que dormitan en las calles, en las esquinas, ante los muros. Puede mover montañas si lo cree necesario con un "pluralismo ruediano", que musicaliza cada verso escrito:
"Bolerizan la ausencia sus ojos que se han ido
y la noche es un ángel que muere en su cintura.
Las manos se le escapan,
la nostalgia la invade
mientras pasa del algo el diablo en su sonrisa.
El delirio es un ave que se posa en su boca
cuando ella deletrea un bolero de Granada,
hoy la vida es un cuervo que presagia inclemencias
ante un mundo que cierra por siempre sus ventanas.
Por eso se rebela.
Su lápiz labial es armadura.
La pestaña postiza es una espada". (Fordham/Agosto 12) Fragmento, Pág.53
La ciudad muta, ahora es piel, sexo, baile. Un desencuentro entre lo inmoral y la inocencia. Sánchez Beras desvela los idiomas, los junta, los dispersa y como poeta, se permite ser un dios que juzga lo cotidiano:
"El barrio no sabe que ha muerto.
El sol vino tan solo
por la vieja costumbre de despertar lagartos,
y quiso devolverse al ver que los borrachos
rumiaban sus derrotas tendidos en la acera.
No quiso reflejarse en las manos del ciego,
ni en los falsos candiles sobre las lentejuelas,
ni en los pliegues que exhiben las viejas cicatrices
de las maripositas que se mueren de orgasmos,
y luego resucitan en la mesa de un bar
para morir de nuevo al llegar la mañana.
El barrio No deduce
que los hombres se hastían de ser solo fantasmas,
de ser un grito antiguo, una mueca sonriente
desempolvando el rostro que usarán en domingo,
jugando loterías o apurando un clerén
cuando la luz le obligue a ser pellejo y sombras.
El barrio no sabe que se ha muerto,
se atragantó de penas, de ese inútil quietud,
y camina sin prisa a su propio velorio". (Chelsea & Hell’s Kitchen/Noviembre 25) Pág.76
El mundo habita en cada habitante. Como si el mismo mundo se habitara. Un mundo caníbal que se envuelve en sus tripas y se excreta por vía de la voz del poeta. "Si me fuera posible que levite esta tierra", se dice, y construye un universo de mundos donde su objeto es "arrancar mesetas y montañas, /desbrozar el cauce de los ríos/ y luego irme con todos / sin escuchar las voces de los faros/ hasta arrancarme de cuajo de esta pena". (Mott Haven/Abril 22) Fragmento. Pág.29
El autor, que en el año 2004 fue distinguido con el título de «Poeta Laureado” por el Cambridge College, Massachusetts, de Estados Unidos, es un hacedor de trazos. Tinta blanca sobre el manto negro de la noche. Allí visualiza sus rostros inventados, sus fórmulas, la anarquía que desdibuja el orden. Las ciudades son como rayuelas y lanza su poesía a la suerte:
"En esta hora, la ciudad es una mulata cuyo pelo
se traga las huellas de todos los vencidos,
engulle los latidos de los que morirán,
en la víspera cierta del placer que termina.
Un murciélago anuncia
la huida del guerrero en trazos de grafiti.
La mano de Jobim le quita a la guitarra
las garras del pasado,
y la pone en mis heridas". (Brownaville/Enero 7) Pág.7
El destacado poeta, periodista, ensayista, narrador y catedrático dominicano Luesmil Castor Paniagua, "Hijo Distinguido" de San Rafael del Yuma, en su excelente artículo publicado en este mismo medio: "César Sánchez Beras: Un alucinante festín en el laberinto literario de entre siglos". Dice del poeta: "Al leer este autor significativo de la generación ochentista, igual da, en español o en inglés, puede ser en Boston, Santo Domingo o París como El Salvador. Porque a fin de cuentas lo que importa es que en el narrar poético de César Sánchez hay una literatura que se abisma y se dilata en el recodo del verbo". Y es este recordar, esta osadía "anti olvido" que desata la memoria de don César lo que hace mirar atrás, hacia los siglos, la frese atribuida, según Pappus de Alejandría, al físico e inventor Arquímedes: «Denme un punto de apoyo y moveré el mundo», pues Dios le ha dado, a Sánchez Beras, como punto, la poesía.
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