(Al poeta Jim Ferdinand Durán, in memoriam)
Cada vez que vuelvo a Tokio blues tengo la sensación de no estar leyendo una novela, sino reabriendo una herida que nunca terminó de cerrar. No es un libro que se agote en la experiencia estética de una primera lectura: es una exploración persistente del cansancio de vivir, de ese punto en el que la vida deja de sentirse como una promesa y empieza a experimentarse como una ardua tarea. Murakami no escribe sobre la juventud; escribe sobre lo que ocurre cuando la muerte irrumpe demasiado pronto y deja al sujeto sin manual de instrucciones.
La estructura del relato es engañosamente simple. Un recuerdo activado por una canción —Norwegian Wood de los Beatles— devuelve al narrador a su juventud en el Tokio de finales de los sesenta. Pero ese gesto proustiano no conduce a la reconciliación con el pasado. Aquí la memoria no redime. Tampoco el tiempo cura; apenas administra el dolor. En este sentido, Murakami se aleja del sentimentalismo y se aproxima a una ética existencialista que va tejiendo todo el entramado de la obra: vivir no es resolver el trauma, sino aprender a convivir con él.
La muerte de Kizuki, el amigo íntimo de Toru Watanabe, no funciona como detonante narrativo, sino como quiebre ontológico. Algo se rompe de forma irreversible y todo lo que sigue ocurre bajo esa grieta. Camus escribió que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio; Tokio blues parece responderle desde la literatura: el problema no es solo quien se quita la vida, sino quienes quedan obligados a seguir viviendo después. La novela no pregunta por qué alguien muere, sino cómo se habita un mundo donde esa muerte deja un vacío irreparable.
Naoko encarna esa difícil pregunta sin respuesta. Su depresión no es episódica ni espectacular : es silenciosa, persistente, opaca. No se trata de tristeza o nostalgia, sino de una imposibilidad estructural de estar en el mundo. Freud distinguía entre duelo y melancolía: en el duelo se pierde un objeto; en la melancolía se pierde el yo. Naoko no logra separarse de la muerte de Kizuki porque, en el fondo, algo de sí misma murió con él. Cuando afirma: “Hay cosas que, por más que las intentes, no se pueden arreglar”, Murakami enuncia una verdad incómoda que la literatura suele evitar: no todo daño es reparable.
Uno de los conceptos más perturbadores de la novela —aunque nunca se nombre como tal— es la dificultad de “darse cuerda” para existir. Vivir aparece como un acto que requiere energía psíquica, una voluntad mínima de continuidad. Kierkegaard hablaba de la angustia como vértigo de la libertad; Murakami parece sugerir algo más oscuro: hay sujetos para quienes la libertad no produce vértigo, sino agotamiento. No todos pueden sostener el impulso vital. Y reconocer que eso no es una apología de la muerte, sino una forma radical de lucidez.
Watanabe, el narrador, no ofrece una respuesta heroica a este dilema. Es un personaje deliberadamente desdibujado, un yo que se define más por lo que pierde que por lo que afirma. Camina por Tokio como quien atraviesa un espacio ajeno, sin apropiárselo nunca del todo. Su identidad se disuelve en la experiencia del duelo. En este punto, Tokio blues dialoga con la crisis moderna del sujeto: no hay un centro sólido, solo una conciencia fragmentada que intenta no desmoronarse.
La incomunicación atraviesa toda la novela. Los personajes hablan, parlotean entre sí, pero no logran decir lo esencial. El lenguaje se revela insuficiente para expresar la angustia, la ansiedad, el vacío. De ahí que el sexo ocupe un lugar tan central y problemático. No es celebración del deseo, sino tentativa de contacto. Los cuerpos se buscan cuando las palabras fallan. Georges Bataille pensaba el erotismo como una experiencia límite, un intento de salir del aislamiento del yo; en Murakami, el sexo cumple esa función, pero sin promesa de trascendencia. El contacto no salva, no cura, apenas confirma que todavía se existe.
Midori, un personaje clave, irrumpe en la novela como una fuerza disonante. Vital, sarcástica, sexualmente libre, parece ofrecer una alternativa al peso mortuorio que envuelve a Naoko. Su humor funciona como defensa, como estrategia de supervivencia. Pero Murakami no la convierte en redención. Midori también está herida; solo ha elegido una forma distinta de habitar el malestar. En ese contraste se cifra una de las intuiciones más lúcidas de la novela: no hay una única respuesta al vacío existencial, solo modos distintos de administrarlo.
El trasfondo crítico de Tokio blues es tan importante como su dimensión erótica o filosófica. La juventud urbana que retrata Murakami ha perdido toda fe en los grandes relatos. Ni la tradición, ni el budismo, ni la política ofrecen ya un sentido compartido. La irreverencia no es revolucionaria, sino cansada. Tokio aparece como una ciudad saturada de estímulos culturales, pero profundamente solitaria. La vida moderna intensifica el aislamiento: se está rodeado de gente, pero privado de vínculos significativos.
La música y la literatura funcionan en el texto como un archivo emocional. No son ornamentos culturales, sino formas de memoria. Escuchar una canción o releer un libro es una manera de tocar lo perdido. El arte no cura, no elimina el dolor físico o psicológico, pero lo visibiliza, traduce y acompaña, facilitando la expresión de emociones complejas. En esto, Murakami se aproxima a una ética simbólica muy precisa: la cultura no ofrece salvación, pero permite sostener la intemperie sin mentirse.
La experiencia del duelo es tratada sin consuelo en la novela. Murakami se niega a convertir la muerte en enseñanza moral. No hay aprendizaje garantizado ni cierre reparador. Cuando Watanabe afirma: “La muerte no es lo opuesto a la vida, sino una parte de ella” (Tokio blues, Tusquets Editores, 1987, p. 37), no propone una reconciliación serena, sino una aceptación inquietante. Vivir implica cargar con la muerte, no superarla. En este punto, la novela dialoga silenciosamente con La insoportable levedad del ser: la ligereza no libera; abruma.
Y, sin embargo, Tokio blues no es nihilista. Su ética es mínima, pero firme: no mentir sobre el dolor, no embellecer el vacío, no convertir la fragilidad en espectáculo. Vivir, parece decir Murakami, no consiste en encontrar sentido, sino en no huir de la falta de él. Amar, aun sabiendo que puede perderse. Avanzar, aun sin garantías.
Tal vez por eso esta novela sigue siendo necesaria. Porque no consuela, pero acompaña. Porque no ofrece respuestas, pero formula las preguntas correctas. Porque entiende que, para algunos, existir no es una celebración, sino un acto silencioso —y profundamente humano— de resistencia.
Compartir esta nota