La virtud, más perseguida de los malos que amada de los buenos.
Apenas ayer topé con un amigo de la infancia, y luego de compartir una cena y ponernos al día con menudencias propias de los recuerdos que se activan añejos ya en la memoria, me presenta formalmente a su esposa. “Siempre ha amado escribir, le dice dándome unas palmaditas en el hombro.
Después de cuarenta años haciendo literatura y gestión cultural, unas lisonjas de un viejo amigo me enaltece. Eso es mucho si recordamos que vivimos en la sociedad de la epistemofobia. Empero, existen ilustrados del resentimiento y el odio solapados, movidos por la enfermedad de la envidia y la incompetencia, manoteando.
En otros artículos me he referido al canibalismo literario que ha logrado un pírrico éxito, generando daños a la rica tradición escritural dominicana; pero no ha logrado oscurecer las obras ascendidas por su propia luz.
El pasado año fue de gran regocijo pues obtuve, casi de manera simultánea, el Premio Nacional de Novela de la UCE, publicado en el 2025, y el Premio Nacional de Cuentos del Ministerio de Cultura. Eso y otras conquistas alcanzadas por la letra son de difícil borradura.
Circuló con éxito en los fueros académicos, mi investigación “Los Problemas de la vida, más allá de los límites de la conducta”; que recibió elogios de autoridades como el doctor Gerardo Roa, investigador y decano, así como del crítico e investigador, doctor Bartolo García. Agradezco a esos académicos su medular análisis.
Ayer vi mi foto en un suplemento cultural. Al pie, se refería a mi como “persona no identificada” (sic). Reí mucho al leerlo. Es verdad: ¡Nadie me conoce verdaderamente!
Hace algunas semanas, la pluma del director de la Academia Española de la Lengua, capítulo dominicano, Don Bruno Rosario Candelier, se refirió con enjundias a uno de mis libros de poesía; esa publicación fue celebrada por mis pocos amigos y yo me sentí honrado por el estro crítico de don Bruno, y que un insigne de las letras se fijara en mi labor escritural.
Visibilizarse ante un espejo empolvado es labor de la obra literaria. Los autores pertenecemos a la estirpe de lo póstumo. Nos honra el tiempo: serán grandes muertos los extraordinarios vivos que mueven cada día la rueca creativa enriqueciendo la lengua aun a expensas de quebrantos y alevosías de detractores.
Me gozo en mi invisibilidad, lo que asoma es la letra luminosa como un día de sol. Más allá del principio del placer, mi goce desborda la soledad dolida pariendo sueños. La transgresión que significa todo acto de escritura la hace auténtica.
En ocasiones, en el acto narciso de leerme encuentro todo el sentido de la escritura. Nada fuera de la obra debe importar al autor. Todo lo demás es exergo.
¿Para quién escribimos? Para alguien que habrá de cruzar el cerco de los mediocres y tropezar con lo que de valor contenga el texto.
En la era de lo banal el ser se parece a la nada. La producción intelectual es poco menos que un ejercicio de monólogo. Para Arendt, la banalización del mal encuentra una irreflexiva aceptación del sadismo y la violencia. Yo le opongo el amor.
Nada es más triste que ser testigo de la metástasis de la violencia simbólica en medio de infames que miran con odio mal disimulado. Algunos (hirsutos y anacrónicos coleccionistas de cenizas) dejan mi mano franca extendida y juzgan mi obra sin haberla leído.
El escenario cultural y literario dominicano es umbrío, a pesar de los extraordinarios textos y sus excelentes creadores. Nos encontramos cada día con nuevas situaciones, intentos de obnubilar la luz. Ningún autor de ficción ha podido anticipar los alcances de este mal.
En lo que concierne a mi modo de espantar fantasmas, unas veces en prosa y otras en versos, confieso que me solazo en mi ejercicio sin pensar mucho en la metafísica perniciosa de los otros. Solo valido al que se abre al diálogo, que no es un ser ilusorio, ni crónico de espejos.
Seguiré siendo un escritor de identidad desconocida; siempre será el texto quien queme retinas de “ceguera blanca”, enfermedad que, según Saramago, nos inhabilita para reconocer lo visto, y entonces el ojo reina en los antros de la agnosis.
Ayer vi mi foto en un suplemento cultural. Al pie, se refería a mi como “persona no identificada” (sic). Reí mucho al leerlo. Es verdad: ¡Nadie me conoce verdaderamente! Aún fantasma, escribo. Escribo mucho. Escritor de credenciales desconocidas. El arte está cada vez más lejos de la fama.
No sé si “impactaré” a algún lector. Solo sé que escribo, y sueño con alcanzar una oración o una frase rescatable de la vorágine del tiempo. Si lo logro, entréguese al primer reclamante de mi vida.
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