Massachusetts, febrero de 2026. Invierno

A mí nunca me ha gustado ese tipo de música. Siempre vi a Bad Bunny como algo lejano, tan lejano que cuando vine a saber de él ya era Famoso. Él es ajeno a mi mundo, con letras que muchas veces uno siente que cruzan líneas que no comparte. No era mi universo musical, ni cultural, ni generacional.

La primera grieta en ese prejuicio vino con una canción suya: Debí tomar más fotos. La escuché casi por casualidad y me sorprendió. No por el ritmo, sino por el contenido. Era una canción íntima, familiar, nostálgica, llena de referencias a la gente, al barrio, a la cultura, al tiempo que se va y a las cosas que uno no supo valorar cuando estaban ahí. Ese lamento —tan humano— me tocó. Me hizo pensar: aquí hay algo más de lo que yo creía.

Y entonces vino el Super Bowl

Me pasaba unos días en Massachusetts, en pleno invierno. Hielo y nieve por todos lados, de esa que al principio es bonita y después no te deja ni asomar la nariz por la puerta. La casa se vuelve refugio obligado. En medio de ese encierro fue que mi hija Mariel me dijo:

—Papi, vamos a ver juntos el Super Bowl por TV. Bad Bunny va a hacer el show del medio tiempo.

Yo no soy fan del fútbol americano. Para ser franco, no lo entiendo mucho y tampoco me atrae ese juego tan brusco. Pero acepté por estar con ella. Aquí eso es casi un ritual, y más cuando se enfrentaban los Seattle Seahawks con los New England Patriots. Las familias se juntan, preparan algo ligero, cada quien picando algo y dando vueltas por la cocina. La vi ajetreada, de aquí para allá, preparando cosas para la convivencia en familia. Estaban su hijo mayor, de 19 años, la pequeñita, de 5, mis nietos y dos personas más. Frío afuera, calor humano adentro. Y entonces llegó el medio tiempo

Un pedazo de barrio metido en el Super Bowl

Esperé el comienzo del espectáculo con distancia, casi con recelo. No esperaba gran cosa. Pero ahí fue cuando entendí lo que estaba pasando de verdad.

El escenario era impresionante, no por su tamaño, sino por lo que representaba. En una parte del estadio se montó ese escenario separado del juego, y ese escenario era, literalmente, un pedazo de Hispanoamérica plantado en medio del Super Bowl.

Lo que se veía era una zona semiurbana, como tantas que conocemos. Había bodegas de barrio, pequeñas, humildes, de esas donde uno compra “lo del día” y se queda conversando un rato. Alrededor, hierbas altas, casi como cañaverales, recordando el campo, la raíz rural que todavía convive con la ciudad. No era una postal turística ni un decorado para visitantes: eso era vida real.

En medio de todo eso, el escenario. Allí cantaba Bad Bunny, no para una élite, sino de frente al pueblo. Y entonces estaban los postes de luz. Postes como los nuestros, con tendidos eléctricos a la vista, y técnicos subidos en los palos, moviéndose casi como acróbatas o bailarines, arreglando algo, luchando con el tendido eléctrico. Me di cuenta de que una de las canciones hablaba del apagón. Eso no es un detalle cualquiera. Eso es mensaje social y político claro.

Yo soy dominicano y lo digo sin rodeos: los apagones han sido parte de nuestra vida. El apagón no es solo falta de luz; es desigualdad, es abandono, es precariedad institucional. Y poner eso ahí, en el escenario más visto del planeta, no es casualidad.

Luego vino la interpretación de “Lo que le pasó a Hawái “con Ricky Martin. Frases como “Quieren quitarme el río y también la playa” y “No quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái” no son metáforas vagas. Hawái fue un reino soberano hasta finales del siglo XIX, derrocado por intereses económicos externos y posteriormente anexionado a Estados Unidos sin el consentimiento pleno de su población nativa. Despojo de tierras, desplazamiento de su gente y transformación cultural. Eso, cantado ahí, es interpelación directa.

Y el final terminó de cerrar el mensaje con una claridad que no deja espacio para malas lecturas: una marcha dentro de ese barrio escenificado, con todas las banderas de América ondeando sin distinción de idioma ni tamaño. Abrazo continental sin diluir identidad puertorriqueña. Ahí comprendí algo: la fama puede convertirse en conciencia.

Por eso ese acto no fue “horrible”, como dijo Trump. Fue incómodo. Y cuando algo artístico y cultural incomoda al poder, casi siempre es porque está tocando un nervio verdadero. Si al poder le molesta, es porque funciona.

Cuando el arte empieza a señalar estructuras

Hasta aquí podría quedarme en la emoción del espectáculo. Pero lo que ocurrió esa noche no se queda en lo artístico. Cuando una puesta en escena cultural toca nervios históricos, deja de ser entretenimiento y entra en otro terreno. Porque cuando el arte empieza a señalar estructuras, el poder escucha. Y cuando escucha, no siempre reacciona igual.

Yo he dicho que esa canción y el show incomodaron. Pero también digo algo más: el poder no siempre responde de una sola manera. A veces aprieta. A veces entiende que, cuando la presión social está muy alta, lo más inteligente no es sellar todas las válvulas, sino abrir una para que la caldera sociopolítica no explote.

La historia enseña eso

Durante el gobierno de Joaquín Balaguer, hubo un momento en que el país estaba como una caldera a punto de estallar. Tensión social, protestas, inconformidad acumulada. En ese contexto se permitió un evento histórico en el Estadio Olímpico de Santo Domingo: Siete Días con el Pueblo.

Ese gran espectáculo no produjo una revolución como la Revolución de Abril de 1965 —esa ya había ocurrido años antes—, pero sí creó un espacio de conciencia colectiva. Fue un acto de descompresión. Permitió que el pueblo escuchara canciones de protesta, críticas abiertas al sistema. No tumbó el gobierno ni cambió la estructura de poder de un día para otro, pero ayudó a identificar claramente los daños estructurales.

Muchos artistas fueron etiquetados como marxistas leninistas o agitadores. El país no explotó. La caldera bajó presión. El sistema entendió que enfrentarlo frontalmente habría sido peor. Eso también es estrategia de poder: saber cuándo permitir que la cultura funcione como válvula.

Por eso, cuando vemos desgaste digital, campañas de minimización, intentos de ridiculizar el mensaje, hay que mirar las dos caras. Puede ser reacción espontánea. Puede ser cálculo frío. Puede ser acción humana y algorítmica combinada. No afirmo conspiraciones. Pero tampoco creo en ingenuidades históricas.

Hoy no vivimos dictaduras abiertas como la de Augusto Pinochet, bajo la cual le destrozaron las manos al cantautor Víctor Jara antes de asesinarlo. Hoy el control es más sutil: no te cortan las manos; te reducen el alcance. No te desaparecen; te rodean de ruido. No te prohíben frontalmente; te desgastan reputacionalmente. Esa es la modernidad del control.

Por eso no me sorprendió la reacción de Donald Trump descalificando el espectáculo. Cuando algo cultural incomoda al poder, casi siempre es porque está tocando un nervio real. Lo que le pasó a Hawái no comenzó de un día para otro. Tampoco comenzó con una canción. Las canciones solo anuncian lo que ya está latiendo debajo. Y cuando el poder escucha ese latido, no lo ignora: lo estudia, lo calcula… y actúa.

Así ha sido siempre y nunca ha sido inocente

EN ESTA NOTA

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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