El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
XIX
La mayoría de los crímenes terminan por resolverse encontrando al culpable de los hechos. Algunos se convierten en crímenes perfectos, al no identificarse al responsable del delito, recordaba Radu, tras culparse de haber matado a la mujer desnuda. Luego se quedó dormido en el ventanal. Durmió poco. Sí, durmió poco. Es que el sol, desde temprano, le buscó la cara. Cuando despertó, no dudó en pensar de nuevo que había matado a esa mujer. Él, que fue perseguidor de asesinos, ahora era uno de ellos.
Resuelto a confesar su crimen, decide asearse, ponerse un traje de lino a rayas gris, presentarse en la dotación policial de Ciudad Sin Nombre, entrevistarse con el comandante y contarle la verdad de lo sucedido, antes de que el Fiscal General tomara el caso en sus manos, porque entre policías es más fácil entenderse. Puesto el traje, se mira en el espejo. Va al armario; busca una corbata negra, la más ancha, de esas en desuso, la que se anudara en el cuello cuando enterró a Eduviges del Sangrado, instante que, por doloroso, ha querido borrar de su memoria, aunque esta se resiste a complacerlo. De vuelta al espejo, se anuda la corbata. Se reconoce envejecido, triste, solo. De sopetón, le ha parecido ver a Eduviges del Sangrado tal como la vio antes de enterrarla, con una figura orante oculta en la mano; el rostro desencajado, limoso. “¿Adónde vas, Radu?’’, pregunta el rostro. “¿No te has enterado?”, contesta él. Entonces se produce un diálogo entre ellos. Ni yo sé quién habla primero, quién de último. ―En el trance oculto del día, el resol orientará tus pasos.
―Si es necesario, me detendré a pintar las piedras de los caminos que he andado.
―No conviene que te detengas a pintar piedras.
―Lo haré porque sí, porque está en mí hacerlo.
―¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? ¿Por qué quieres obrar de esa manera?
―¡Ah, tú sabes! Los años, el agobio, la ternura ida.
―¿Dónde estamos? ¿Qué tiempo nos persigue? ¿Cuál debe ser el siguiente paso?
―Mis piernas nunca corrieron porque estaban enterradas, no lo olvides.
―Todos hemos corrido. Nuestras piernas han corrido demasiado para oírte decir eso. Ahora sí, ahora sé cuál de los dos habla.
―¿Adónde vas? ¿Adónde vas?
―Al encuentro del punto final.
Radu se separa del espejo, le echa una mirada al cuarto como si se despidiera de la casa, se desplaza tranquilo a la cocina, se sirve un vaso de agua como desayuno y sale por fin. Toma aire hasta sentirse rejuvenecido. Busca con la mirada la caballeriza donde él estaciona el carruaje que ideara su padre. Con el tiempo, Radu, lo modificaría y lo usaría para trasladarse de un lugar a otro, como si negara la civilización (también ha sucedido con la casa: la conserva tal cual la dejaron sus padres, sin energía eléctrica, con un sistema primario de recogida y distribución de agua). El coche en cuestión es un vehículo de dos ruedas tirado por un caballo, inspirado en el que se sirvieron los griegos y los romanos para hacer carreras e ir a la guerra, conocido con el nombre de biga. En ese coche, Eduviges del Sangrado viajó muchas veces a Ciudad Sin Nombre, donde compraba mercancías para la manutención de Radu. Son de los recuerdos vivos todavía en la memoria de nuestro oficial retirado, pero su clara determinación de resolver el caso que lo abruma lo lleva a deshacerse de ellos. Camina hacia la caballeriza ―lo hace con precaución, cuidando de no ensuciarse los zapatos―, se monta en el coche y comienza a rodar por el camino empedrado que tantas veces ha recorrido. Si fuera de noche, por el aspecto sombrío de Radu, así como por el coche y el bosque, asociaríamos esta escena con una de esas películas de terror que pasan en los cines. Pero es de día. Por suerte para Radu, la temperatura está fresca, porque con todo y bosque se meten a veces unos calores que enloquecen incluso a los animales más bravos. Así, mientras las ruedas del vehículo y las patas del caballo ―que están adornadas, por cierto, con guirnaldas navideñas para puertas y ventanas― desafían el estatismo de las piedras y se adentran en el bosque, y el editor, por su lado, viene a acompañarme creído de que estamos en la etapa final de la historia, Radu nos habla de los pasos que dará en adelante, resuelto a demostrar su culpabilidad. Escuchemos sus palabras, articuladas como si leyera un poema en voz alta:
“Hablaré en persona con el comandante de la dotación policial, con el que he mantenido buenas relaciones después de mi retiro. Le diré la verdad. Si ha de obrar en mi contra, que lo haga, pues quien comete un crimen debe cargar con las consecuencias. Bueno, hablaré de esto más adelante porque no está en mí bregar con asuntos judiciales. Al oírme, el comandante se sorprenderá y tratará de tomar mi confesión como una broma. Siendo franco, quiero evitar por todos los medios el más mínimo contacto con la justicia. No me imagino delante de un fiscal de dudosa reputación, por eso quiero resolver mi condición de criminal con un compañero de la Policía Nacional. Puesto que todos saben de mi trayectoria, tendrán consideración conmigo. Solo busco decir la verdad, confesar mi crimen; repito. Nada de ir a la cárcel o cosa parecida. Quiero mostrarle al comandante el bello cuerpo de la mujer asesinada, que él la vea de cerca y me diga si es o no real, si es posible encontrar en la realidad tanta perfección en una mujer. Mire, comandante, amigo mío, le diré en cuanto nos saludemos; ojalá se tome en serio lo que he venido a decirle. Él se sonreirá, presumo. Le hablaré recio. Me escuchará con atención. Oiga, oiga, comandante, anoche maté a una ciclista que andaba pedaleando desnuda por el bosque. Luego se internó en la ciudad. Cuando la encontré, le asesté un golpe con un puñal que saqué del cinto. Acompáñeme a verla. Haga usted el levantamiento del cadáver, sin perito, ni médico legista, ni el llamado a este fin. Espero que el cadáver esté intacto; regístrelo desde que lleguemos. Como usted sabe, la putrefacción empuja y desplaza la sangre y altera el color de la piel. Por favor, no traiga fotógrafos. Esto quedará entre usted y yo, sin delación. Deme su palabra. Acompáñeme al lugar del crimen. Apóyeme en todo, pero necesito sentirlo convencido de mi obrar. Quiero asegurarme de que usted no dude en creerme. Es duro, lo sé, pero es la verdad, y la verdad debe ser revelada”.
El viento procedente del follaje se precipitó contra Radu y lo obligó a callarse hasta que llegó al cuartel general de Ciudad Sin Nombre.
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