No es mi estilo ni mi vocación entrar en debates. Sin embargo, hay momentos en que el silencio sería una forma de complicidad. Y frente al deterioro cultural que hoy vivimos, callar no es una opción.
Lo digo con franqueza: no necesitamos seminarios para “estudiar” el fenómeno Alofoke. El único estudio serio pendiente es el de la sociedad que hemos permitido descomponerse mientras mirábamos hacia otro lado.
Cuando ciertos intelectuales se refugian en el análisis distante o en la comodidad del “punto neutro”, terminan justificando —sin querer admitirlo— aquello que deberían confrontar con claridad.
Alofoke no es un fenómeno: es la evidencia.
El síntoma visible de un país que ha cedido, uno por uno, sus referentes culturales, éticos y educativos.
Alofoke no es mi adversario: No escribo para un hombre ni para un programa
Alofokización del país: cuando la vulgaridad se vuelve cultura
El deterioro no es abstracto. Está medido, registrado y escandalosamente documentado. Un país que obtiene una de las peores calificaciones del mundo en las pruebas PISA, que no logra que sus estudiantes comprendan lo que leen ni resuelvan problemas elementales, es un país que ha renunciado a su futuro. Y en esa renuncia florecen los ruidos, los anti-modelos y los referentes vacíos.
A ese desastre educativo se suman otros signos inequívocos, cada uno un grito de alarma:
- Niñas y adolescentes embarazadas, víctimas de una sociedad que ha normalizado lo intolerable.
- Una misoginia estructural que reduce a la mujer a adorno, provocación o mercancía.
- Una violencia de género persistente, alimentada por desigualdades que atraviesan todos los estratos sociales.
- La vulgaridad convertida en aspiración, desplazando la cultura, la forma y el criterio.
- La burla, la humillación y la agresividad como lenguaje cotidiano, legitimadas como entretenimiento.
- Autoridades que, lejos de enfrentar la degradación, la celebran o la utilizan para obtener réditos políticos, mientras la población evade sus problemas de salud, educación y subsistencia.
En este contexto, proponer o pretender que se organice un seminario para estudiar a Alofoke es un desvío intelectual. Es formar parte —aunque sea sin intención— de los elogios a la “alofokización” del país: ese proceso en el que la vulgaridad comienza a ser tratada como cultura y el ruido como objeto de prestigio académico.
No es neutralidad. Es complicidad. Y esa complicidad tiene consecuencias.
Porque en una sociedad así, pretender que el problema es Alofoke es una evasión vergonzosa.
Lo que hay que estudiar no es su ascenso, sino nuestro derrumbe.
No es su narrativa, sino nuestra renuncia.
No es su éxito mediático, sino el colapso educativo, moral y cultural que lo hizo posible.
Alofoke no es el problema.
El problema es la sociedad que lo produce, lo celebra y lo necesita; una sociedad que ha sustituido la reflexión por el ruido, la formación por el espectáculo y la educación por el consumo compulsivo de contenidos vacíos. Alofoke es apenas el resultado visible de un proceso más profundo: la derrota de la cultura ante la inmediatez, la renuncia a defender principios frente a la conveniencia política y la incapacidad de exigir a nuestras instituciones el rol que les corresponde.
No es el personaje lo que debería inquietarnos, sino la estructura social que lo eleva. No es su éxito lo alarmante, sino el vacío moral y educativo que lo alimenta y legitima. Ese es el verdadero fenómeno que urge analizar.
Porque la verdad cruda, evidente y urgente es esta:
La degradación no se combate estudiando el síntoma, sino enfrentando la enfermedad.
Y para eso no hacen falta seminarios, comisiones ni argumentaciones tibias.
Hace falta algo mucho más simple y, a la vez, más escaso:
La valentía moral de decir lo que es… y de defender lo que importa.
Y, sobre todo, hacernos cada día como maestros, artistas e intelectuales, la pregunta que define nuestra responsabilidad ética y pedagógica:
¿Estamos elevando la conciencia de la nación o estamos renunciando a nuestro deber con ella?
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