Cuando se abre un libro, se espera encontrar satisfacción, emoción, conocimiento; y tal vez, también, algo de entretenimiento y diversión. La lectura debe ser un estado subliminal de bienestar lúdico y estabilidad emocional. De sanación gozosa y cura espiritual.

Hoy, vuelvo a transitar, nueva vez, por los vericuetos de la escritura, después de leer estos poemarios de José Antonio Corpas, haciendo mi ejercicio de comentarista y opinador, al borde de un haz de luz  y montado a lomo pelado,  y sujeto a la crin iluminadora del caballo, en busca de “los pasos perdidos de la memoria” (Eugenio Trías, El Siglo de las Luces de Carpentier), a sabiendas y a consciencia del riesgo de caer de bruces al vacío abismal del tiempo, en la interpretación de su concierto poético.

Entro a esta textualidad, y me encuentro, como agua dulce y refrescante estas dualidades-cualidades de sintaxis dinámica mutada a versos. Esta es textura de característica acentual, cadencial y rítmicamente equilibrada, que el alma se rinde ante su esencia de remedio salvístico. Así como fónico y esencialmente social, histórico y humano.

Son textos que fluyen, se expanden, se desgarran. Historias que se vuelven reales. Porque son construida e hilvanada con episodios reales. Historias de sueños cuando se duerme despierto. Historias de vigía sobre el mástil. Gitanerías resumida, rezumada y asumida. Son hechizos de flechas fehacientes de lengua. Búsqueda de lo que entraña y extraña el lenguaje como ciencia. No de lo simple que puede haber en la trama del discurso, sino de lo complejo sencillo que sostiene el discurso de la trama.  No la ambivalencia. Sino la clara coherencia. No la ambigüedad. Sí, la ecuanimidad. Sí, a la verdad poética.

La poemática se infiere unidad, donde cada parte se estructura en el todo. Es el zumo de los hechos, de los narratemas relatados que asoman por los ventanales del verso experiencial, al oído, y se perpetúan presente.

Presencialidad textual. Poética presente en la página de la vida. Seca la tinta con el lexema leído fuera de los esquemas silábicos. Pero, seca solo la tinta, no el constructo que tinta y junta sapiencia, ingenio y experiencia. Sí la sustancia poética. Lluvia que se cuelga a la idea. No a la vuelta. Imágenes que circulan, que cuentan, que hablan y que dicen. Humedad eterna de lo dicho. El pensamiento encendido, quemante. Vivencias y Hechos. Hechos vividos en la carne viva del poema y del poeta.

Sueños haciéndose espejos que vuelan en las cometas de la vida. Sueños de puertas abiertas que conducen a las emociones y al sentido artístico del niño que siempre acompaña en la escalera de la existencia. Se hace el silencio en la nota y la clave de sol del pentagrama poético de Corpas. Solo la palabra incierta la concreción del mito sintagmático del laberinto. Del mundo que se apaga quedándose encendido.

Sí, el mundo es un lugar incierto. Siempre lo ha sido. Falto de motivos melosos y esperanzas. El poeta lo ve y lo siente. Lo ve con los Ojos del Tiempo. Ese tiempo devorador. El que veremos más adelante. Desconocido, aún existiendo en él. De luchas inmisericorde. Lo ve con sus ojos atento de

arqueólogo místico. Con los ojos del Tríclope de miradas de flecha de fuego. Dejando su huella en la ciénega, en el fango. Miramiento violento. Que atrapa. Que no suelta. Sino sella. El poeta, también lo ve, con sus ojos de luces que iluminan las sendas que se pisa. Mundo que se traga asimismo. Mundo donde los bordes de los abismos se perfilan circulares, al tiempo que, zigzagueantes, oscuros y lúficos.

Con estas sombras y estas luces  nace “A Caballo del Sueño”,  henchido de “flamenco”, como bien dice su autor.  Así, con este contexto abre Corpas su poemario.  Con el poema “A Ciegas” en el que ve,  que:

…Hay palabras mudas/que muerden como perros/desatando los recuerdos/como una tormenta del tiempo/en los espejo” 

Y piensa en sus versos: 

“Pero cuando el carbón/encendido de la duda/incendia el pensamiento/agujas finas se clavan/en cada respirar/bajo la largas noches/del blanco y el negro”.

Desde la lectura de estos exergos, ya se puede intuir las vías por donde van a transitar sus versos. Unas vías léxicas de conjunciones esquemáticas quejumbrosas, brumosas y sinuosas, perseguidas por los sueños de esos perros que se proyectan en sus ladridos a través del tiempo y de los espejos que aposentan los caminos de las aldeas que habitan los hombres.

José Antonio Corpas es compositor. Es Guitarrista. Hacedor de cosmos mapeados desde los acordes encendidos de amor. Amor que es grito. Que es gemido. Que es gesto. Corpas es cantaor. Cantaor de versos aflamencados. Animador sociocultural del pueblo. Ese pueblo que le mantiene su latir. La esencia de sentir desde sus poemas, la vida. Que también es muerte. Muerte, desde donde volvió lúcido, divino y poeta.

En su primer poemario, “A Caballo del Sueño”, Corpas sostiene que, “las letras son el pan y que la música el agua que conforman mi vida. Y, además, que “el poeta es un contador de historias y el compositor que la adorna con las notas del alma”.

Así se componen estos tramados con olores y colores a gentes que generan acontecimientos, que generan episodios y generan catástrofes de fuego y de frío que se crean ríos de versos que dicen y hablan las vicisitudes y las alegrías de ese pueblo enaltecido desde estos versos.

El ayer, el hoy y el devenir, posibilitan el existir. Cada individuo carga con sus circunstancias (Ortega y Gasset). Con las derivas de su accionar. Con esa decisión sobre la cordura cifrada. O con el alucinamiento de su ejercicio y de su pensamiento en su totalidad discursiva o descriptiva de los abismos, los vacíos, las llanuras y los altiplanos morales que siente tener todo ser viviente. Sus prioridades y lo que deja de hacer en la tierra. Todo cuanto discierne, plasma o ejecuta. Todo ello es su responsabilidad infinitamente perpetua. Aquí vuelve, Ortega y Gasset, quien dijo que “ La felicidad no es comodidad, sino una vida dedicada aquello para lo que tenemos vocación”. Y Corpas tiene vocación de poeta.

Y afirma el poeta Corpas, consciente de su decir:

Y cuando quieren ser silencio/se esconde en su universo/Y cuando quieren morir al nacer/ te miran por los espejos/Y ahora quien los detendrá/si giran bailando desnudos/en su irrealidad.

Así, en el concierto de las sombras y las luces,  de las noches y los días, se desenvuelve el poeta Corpas. Sí, su sino va por esas autopistas húmedas y claroscuras por donde desandan danzarinas, como mariposas en vuelo asimétrico, con la muerte y con la vida acuesta, como diosas que dan y quitan.

Lo que se sueña, lo que nos da ese “duende lorquiano”, los que necesitan a las musas, a la inspiración o los motivos de escritura como acordes de silencios para que resuenen los mundos en las soledades y las muchedumbres, todos ellos abrazan ese decir y ese crear desde los distintos lenguajes, los diferentes niveles de lengua, y  los sentidos figurativos y metafóricos, como salvación y escape de su realidad.

En “A Caballo del Sueño” encontramos una textualidad  cargada de imágenes que no son en esencia pesimistas, angustiantes. Pero lo parecen. Que nos dan una visión de un mundo caótico, brumoso, oscuro y espeluznante. Por ejemplo, imágenes como: Genocidio de la infancia. Holocausto convenido. Oleada de metralla. Sueños mutilados. Esperanza sin destino. Lunas que anuncian el hambre. El tiempo es nuestro enemigo. Fusiles de espanto. Asesinos de la verdad.

También las hay, para un equilibrio sintáctico, semántico y emocional del poemario. Un mar de versos que le aportan hermosura, profundidad y que aleccionan con sus significados, como son: Sueño con que vengan nuevos tiempos/donde el viejo sea el sabio/y el joven aprenda de él. Cuando se pone luna/las cuevas sienten tus pasos/y el eco de tu simiente/se hace grande con los años. Sigo la huella desnuda y pura,/que me marca el corazón,/sigue siendo tu sonrisa vida,/la que calma mi dolor. 

Vamos a derribar los muros de la indiferencia, dice Corpas, en el sabor social de sus versos, porque sabe con exactitud, que ese es el modus operandi, con el que se sostiene la existencia, en estos tiempo de sociedades descentradas de sus propósitos.

Al alcanzar el umbral del purgatorio, donde se decide la entrada a la paz paradisíaca del cielo o a la sala esperpéndica de bailes del infierno, nuestro poeta, el español granadino, José Antonio Corpas, quien se declara heredero de las teorías del “Duende Lorquiano”, nos trajo “Los Ojos del Tiempo”,   diciéndonos, en la introducción, que este poemario “ es un viaje al otro lado” -donde estuvo con la Parca-, “un bajar a la inconsciencia, un apagar los sentidos y ensoñar en la más absoluta tranquilidad, fuera del ruido mundanal que nos acosa en estos tiempos”.

Desde esta declaración, entramos, a otros universos susceptibles de fascinación y miradas sémicas, en la cual el poeta está henchido de figuras e ideas que necesitan salir limpias y frescas con su carga figurativa, metafórica, sensorial y rítmica.

Así como resonaron, por toda la eternidad, en todos los poetas que vivió Neruda,  al leer este autor, nos resonará por siempre. Y así se escuchará la sonora melodía de su sinfonía, por los cielos despejados, de esta voz, que busca y toma los versos que les son dados por el duende.

Con Los Ojos del Tiempo, iremos Aflamencando el Tiempo en este universo de sonidos ontológicos, para encontrarnos, entre las luces y las sombras de las huellas de un pasado o posiblemente de un futuro de ecos y de voces donde se acumulan cifrados todos los actos subliminales de coexistencia del hombre de hoy o posiblemente de todos los seres existenciales de todas las eras.

Esta poética de Corpas es un Tríclope ficcional moderno de nuestra realidad que nos esencializa en el espacio y en el tiempo pendular  y poético. Péndulo, vuelo, señal. Veamos su primer Ojo.

“Bajo la sombra de la higuera/sueña la alondra enamorada/Cruces de caminos/cruz de piedra olvidada”.

Aquí, la voz poética es dueña de un decir ardiente y gélido, llameante y nostálgico que se acongoja en su eco. Sabe de la pérdida de lo que se ama, se quiere y se añora, pero sabe que no se  corresponde. Sabe que su olvido pesa y duele.

Aquí, la enamorada bajo la higuera funciona como figuración de la que espera en tiempo agotado, impreciso e imprevisible por un sentir imposibilitado. La alondra es el alma mística que va penando por los espacios de silencios. El olvido es un remolino abismal. Abismo que eclosiona desde dentro del drama, de la tragedia. La piedra, en este verso, es el sentimiento sufrido de dureza y pesadumbre. Olvido y piedra, ambos funcionan como vacío que se hace presencia pesada y dolorida.

En “Canto al Poeta” -segundo Ojo del Tríclope-, la voz del poeta retumba, suena, se oye su eco y se escucha a raudales por las distintas dimensiones de los pasillos vacíos de la ausencia, que va dejando, porque ella – la amada, la familia- no se encuentra frente a él. Están idas. Están ausentes. El espacio y la espiral de tiempo que lo separan es la distancia. Imposibilitado, se le prende el cuerpo y se le humedece corrosiva el alma. Baila para aliviar el sentido y el sentimiento perturbado por la tristeza abrumadora.

“Hoy bailo/con el tiempo en mis brazos./Las horas calladas me piden/que nunca suelte sus manos.”

La distancia es ausencia. La ausencia, los bordes quebrados del abismo sentimental. Ésto crea  estados emocionales de afectividad o de imposibilidad, al no estar. El alma tiene tristezas, congojas. Está afligida, apesadumbrada. Está abatida y desolada. El alma, desde la voz poética, habla desesperanza. El dolor emocional nubla su raciocinio. Para sanar, se ha incendiado el cuerpo desde el pensamiento de la voz de ella o ellas.

El poema, que titula, Ahora que ya se bailar  es homenaje al género femenino. Es homenaje a ella o ellas. También a su mujer, luz de sus ojos felinos. Y  que tiene en la luna, porque les ama. A ella, su mujer,  porque le ha dado su vida. Mejor, porque, se han dado mutuamente cuanto son.

El poeta sigue la trayectoria de su sueño soñado y sentencia que “el poeta nunca miente, porque quien miente al pasado profana los sueños” y él no es un profanador de sueños. Más bien, es un creador de sueños. Es un hacedor de sueños de todos los matices.

El poeta escribe:  “Abro de par en par el alma/y susurra callada/la maldita distancia/que separa tu voz de la mía”. Separación sin lógica. Vínculo en pausa. Y describe sus emociones como “Ascua de frío en el pecho/que arde en la madrugá, cual sensación de fuego, de llamas, de cenizas… 

Esta poética se mueve en el ámbito de una “poética de la experiencia” en donde el decir retórico no se presencializa. Es una poética simple y sencilla, pero dinámica, musical y cognoscitiva. Casual y causal. La primacía de su yo experiencial especifica un hacer decir, que mediante los recursos estilísticos y metafóricos, arde los significantes significados y quedan gélidas las letanías de las llamas ondulante de los volcanes erupcionados del hombre.

Así, la movilidad, en giro perpetuo, de los significados de los tramados, de su “poética experiencial”, aborda temáticas como la muerte, como el amor, como la vida, como las guerras, como la desilusión, como la desesperanza y como la esperanza que anuncia y denuncia con su canto…, que se alza erguido hacia lo excelente amplificado desde lo simple. Su estructura encaja en el molde estrófico combinatorio binario asonántico, consonántico y en la liberta de los textos.

Cuando Corpas, dice: “Los poetas son jinetes de la libertad”, lo que se lee es que vivimos en el lomo del corcel del tiempo, en la lucha contra toda adversidad. Y lo dice desde sus convicciones y en sus composiciones estróficas ardientes y asombrosas. Y lo expresa así, sin el más mínimo sentido singular de extrañeza.

Su modo de expresión estético es un sistema blando y sensible enraizado en lo tradicional poético de la contemporaneidad andaluza, granadina y española. Afirma, Miguel Mora Alvárez, en el prólogo del poemario, que “el valor de esta obra poética está en identificar que existen voces que

nunca callarán, aun bajo el frío mármol”. Y estoy en sintonía con este autor. Nunca sus voces se apagarán. Jamás se silenciarán. Así como no se callan las voces de Federico García Lorca o la de Miguel Hernández o la de Machado o la de Jaime Gil de Biedma y la del poeta Corpas. Todas estas voces permanecerán dándole vida a las historias literarias de España  e Iberoamérica, porque son jinetes libres, que van tras la libertad que tanto cuesta conseguir y mantener.

Las Miradas contemporáneas, como visionarias, del Tercer Ojo, de este Tríclope, ve las urgidas cicatrices como líneas laberínticas que se abisman, ve la Tierra mojada con los ríos de lágrimas correr a lo interno del hombre pueblerino, ve las sombras divididas hiriendo la luz de las almas que habitan los espacios citadinos, y ve y siente, finalmente, el presagio naciente de desolación anunciada, que hace su entrada oronda al hábitat de los hombres.

Entonces canta el poeta “El eterno silencio de las sombras, como agonía de la memoria” arada por el paso del tiempo. Entra a ese estado específico donde el rose del viento con el cuerpo hace sublime el ardor humano.

Así, tendremos la luz de la era para ver y sentir, como el Tríclope, estos poemas y saberse Corpas. Tendremos el tiempo para el entendimiento álgido para discernir en la  prudencia,  los estados y la imaginería de José Antonio Corpas. Porque la ironía se hace presencia cuando afirma “Como duele la ausencia/de tus llamadas/y tus risas” . 

 A Caballo del Sueño tiene Los Ojos del Tiempo en el galopar existencial humano, y nosotros en el poeta.

Bernardo Silfa Bor

Escritor

Bernardo Silfa Bor (Azua de Compostela, 1967). Poeta y Narrador. Reside en Murcia, España. Ha publicado los poemarios Hacia la Otra Senda de la Luz (1999), Máscara de la Imago (2005), Oscilaciones (2014), Reiteración del Síndrome ( 2016 ) y Después el Tiempo, Recopilatorio (2018). Sus poemas y sus cuentos aparecen en diversas antologías en el país y en el extranjero. Ha publicado en revista y periódico de varios países. Ha sido reconocido por su labor educativa, sociocultural y literaria. Es Metapoeta. Ha recibido diversos premios, entre ellos Primer Premio de Poesía y Primer Premio de Cuento del Concurso Regional Sur de Athene; Premio Nacional de Poesía Athene y Premio Internacional de Poesía (Accésit) de Casa de Teatro.

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