El Caribe nunca fue una región homogénea. Lo sabemos quienes vivimos en ella. Pero el Panorama actual del Caribe 2024-2026, investigación coordinada por el doctor Antonino Vidal Ortega bajo el auspicio de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) y la Embajada de los Estados Unidos, pone en blanco y negro lo que se ha preferido no nombrar con tanta claridad: el Gran Caribe es hoy uno de los espacios geopolíticos más volátiles del hemisferio occidental.

El texto no es un manual de soluciones. Es, ante todo, un inventario de urgencias. Y ese inventario es largo.

La bomba del Esequibo, con mecha encendida

De todos los focos de tensión que identifica el estudio, el diferendo entre Venezuela y Guyana por el territorio del Esequibo es el que más riesgo de escalar a conflicto armado de alcance regional tiene. No es una advertencia académica abstracta: en mayo de 2026, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) celebró audiencias sobre el litigio, con la presidenta encargada venezolana Delcy Rodríguez argumentando que la solución debe pasar por negociación política bajo el Acuerdo de Ginebra de 1966, mientras Guyana sostiene la validez del laudo arbitral de 1899.

Las diferencias sobrepasan el territorio, son 160.000 kilómetros cuadrados y, sobre todo, los vastos yacimientos petroleros descubiertos en 2015 que convirtieron a Guyana (un país de apenas 800.000 habitantes) en una de las mayores reservas de petróleo per cápita del mundo. Estados Unidos ya confirmó que defenderá a Guyana ante cualquier intento de invasión. 

Quizás fue respuesta ante "la diplomacia del broche" —Rodríguez apareció en actos oficiales usando un pin con el mapa de Venezuela que incluía el Esequibo—.

Democracias que se erosionan desde adentro

El estudio advierte sobre una tendencia que los datos electorales de la región confirman: la confianza ciudadana en las instituciones democráticas cae de manera sostenida. No es solo el autoritarismo abierto de Cuba preocupa. Es también la erosión silenciosa en países que mantienen las formas democráticas pero estás se encuentran vacías su contenido.

Los ciclos electorales previstos entre 2024 y 2027 podrían redefinir el mapa político regional. Pero el riesgo no es solo que ganen los candidatos equivocados: es que la ciudadanía deje de creer que vale la pena votar. Esa desafección es el terreno fértil donde prosperan los liderazgos de mano dura, los caudillos con redes sociales y los operadores del crimen organizado que ofrecen lo que el Estado no da.

Haití: el colapso que nadie quiere ver de frente

Si hay un capítulo del informe que debería leerse como una emergencia, es el de Haití. El país no está en crisis: el país es la crisis. Las pandillas controlan aproximadamente el 80% de la capital, Puerto Príncipe. Más de 700.000 personas están desplazadas internamente. Y la semana del 20 de mayo de 2026, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) alertó sobre más de 8.500 nuevos desplazados tras una nueva ola de violencia en Cité Soleil, donde más de 80 personas fueron asesinadas en enfrentamientos entre bandas en apenas una semana.

La respuesta internacional ha sido, en el mejor de los casos, tardía. Los últimos 150 policías kenianos de la Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad (MSS) abandonaron el país a fines de abril, dejando paso a la nueva Fuerza de Represión de Pandillas (FRG) que la ONU planea desplegar por etapas con 5.500 efectivos. El problema es que las etapas no tienen fecha precisa, y las pandillas no esperan.

Para la República Dominicana, que comparte isla con Haití, esto no es una noticia lejana. Es una presión constante sobre su frontera, su sistema de salud, su seguridad y su política interna.

El narcotráfico no para: la RD en el centro del tablero

El informe señala a República Dominicana y Jamaica como puertos estratégicos del narcotráfico hacia Estados Unidos y Europa. Los hechos recientes no dejan lugar a dudas. Ayer, la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) incautó 978 paquetes de cocaína en una operación conjunta con Francia y Estados Unidos al sur de las costas de Santo Domingo. Dos semanas antes, otra operación simultánea en Pedernales había resultado en la confiscación de 1.295 paquetes de cocaína y marihuana.

El contexto regional es aún más preocupante: según el Bloomsbury Intelligence and Security Institute, las incautaciones marítimas de cocaína en el Caribe alcanzaron un récord histórico de aproximadamente 231.000 kilogramos en el año fiscal 2025, a medida que los traficantes reorientan rutas ante la presión en el Pacífico y Centroamérica. La Operación Southern Spear, impulsada por Estados Unidos, ha ejecutado al menos 50 ataques contra embarcaciones sospechosas desde mediados de abril de 2026, generando críticas de varios líderes del CARICOM por violaciones a la soberanía.

El crimen organizado no es solo un problema de seguridad. Como bien señala el estudio, es un problema de gobernanza: cuando las instituciones se infiltran, el dinero que debería ir a escuelas y hospitales termina financiando seguridad, y aun así la seguridad no alcanza.

El clima no espera a que los gobiernos se pongan de acuerdo

Los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (PEID) del Caribe enfrentan una paradoja cruel: son los que menos han contribuido al cambio climático y los que más lo padecen. El aumento del nivel del mar, la acidificación de los océanos y la mayor intensidad de los huracanes no son proyecciones para el futuro: son la realidad presente de islas que ven cómo sus costas retroceden y sus presupuestos se agotan reconstruyendo lo que cada temporada ciclónica destruye.

A esto se suma una trampa financiera que el informe denuncia con claridad: los países de renta media —categoría en la que cae buena parte del Caribe— no califican para los fondos concesionales ni para el financiamiento climático internacional. Son demasiado "ricos" para recibir ayuda, pero demasiado vulnerables para sobrevivir sin ella, precisa el informe. La Iniciativa de Bridgetown, impulsada por Barbados, ha puesto este debate en la agenda global. Pero la arquitectura financiera internacional se mueve con la lentitud de los consensos multilaterales, mientras los huracanes no esperan.

La trampa de la dependencia

Más del 60% de los alimentos que se consumen en las islas del Caribe son importados. Esa cifra, que el estudio cita como indicador de inseguridad alimentaria estructural, es también una sentencia: cualquier shock externo —una pandemia, una guerra en Europa que dispare los precios del trigo, una crisis logística global; lo que está sucediendo ahora por el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán— se traduce de inmediato en hambre para los sectores más pobres de la región.

La dependencia energética completa el cuadro. La mayoría de los países caribeños siguen atados a los combustibles fósiles importados, con costos que castigan a las familias y a las empresas. La transición hacia energías renovables es urgente, pero requiere inversión que los estados no tienen y el financiamiento internacional no provee con la velocidad necesaria.

¿Quién mira al Caribe?

El estudio, auspiciado en parte por la Embajada de Estados Unidos, llega en un momento en que Washington ha vuelto a mirar el hemisferio con la lógica de la doctrina Monroe: el Caribe como patio trasero, no como socio. La Unión Europea  publicó esta semana un análisis advirtiendo que no puede darse el lujo de ignorar la región, especialmente en lo que respecta al crimen organizado transnacional.

China y Rusia también están presentes, ofreciendo financiamiento e influencia a países que no encuentran respuestas en los organismos tradicionales. El resultado es un Caribe que navega entre potencias sin poder elegir libremente su rumbo, obligado a equilibrios diplomáticos que agotan a sus cancillerías y confunden a sus ciudadanos.

El regionalismo como última trinchera

Frente a este panorama, el informe apuesta por el regionalismo caribeño como herramienta de supervivencia colectiva. La lógica es impecable: ningún estado insular pequeño puede negociar solo con el FMI, enfrentar solo al crimen transnacional o resistir solo los embates del cambio climático. Juntos, tienen más voz.

El problema es que el regionalismo caribeño ha demostrado históricamente más capacidad para producir declaraciones que para ejecutar políticas. El CARICOM existe, pero sus mecanismos de integración son frágiles. La crisis de Haití, que es también una crisis para toda la región, lleva años sin una respuesta colectiva a la altura.

Ahora bien, ¿tienen los países del Caribe tienen la voluntad política y los recursos institucionales para convertir el regionalismo en algo más que retórica?

Lee más en Acento.com.do

Piden reparación frente a la esclavitud | Acento

Rubió reiteró a primer ministro haitiano apoyo de EEUU a lucha contra bandas armadas | Acento

Marco Rubio pedirá el miércoles al Caribe unidad ante Venezuela y Cuba | Acento

Destino de Cuba 'está en sus propias manos', dice vicejefe de Gabinete de Trump | Acento

EN ESTA NOTA

Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

Ver más